Soundies
Sobre la defensa de mi tesis doctoral
Lo mejor de 2012
Lo segundo mejor de 2012 es que ya se acaba y, como decía la canción, lo mejor aún está por venir.
Lo tercero mejor de 2012 es que aún seguimos juntos, después de tanta sangre, después de tantas notas, después de tantas risas, después de tantas despedidas, después de tantas "tantas".
Y es que, después de todo, The Best Is Yet to Come...
Cuando esté frente a él
Trataré de esconder mi inquietud bajo una copa de vino.
Jugaré torpe y nerviosa con mis manos, porque desde que dejé de fumar ya nunca sé qué hacer con ellas. Siempre me falta algo entre los dedos y creo haber perdido para siempre la coordinación y dominio sobre ellas.
Él bailará para ella y con ella, acariciando su embocadura, casi besándola en un letargo idílico.
Miraré entonces hacia otro lado, incómoda como quien observa de manera casi accidental un acto sexual ajeno.
Pero volveré a él, porque me llamará desde el escenario, aunque nadie perciba esa llamada.
Tampoco nadie escuchará mi caída de ojos que, en ese momento, ya no será para él, sino para ella, tan brillante, tan sutil, tan delicada y, en (falsa) apariencia, insignificante.
Me arderá el vientre, ya sí, cuando suene aquella canción.
Me morderé el labio (¡Cómo evitarlo!) cuando él alcance esa nota.
Mirará de reojo hacia mi copa de vino (tinto, rojo, sangre), protegiéndose bajo su armónica.
Yo balancearé mi cadera sin remedio por y para él.
Mi mirada le adulará de frente, desarmada.
Y entonces, justo un segundo antes de que por fin él me sonría de cara, yo le susurraré un casi inaudible "Jass it up, man!"
Querido hombre de mi vida
Querido hombre de mi vida al que todavía no he conocido:
El orgasmo de la guerrera
Una vez...
...Y otra...
...Mmmm...
...Y una vez más...
...Y otra...
...Más...
...Y...
Sí, soy una viciosa. Lo sé, pero es que las chicas son guerreras...
Querida M.
I Could Have Danced All Night with Sammy Davis Jr.
#nosonbrotesesilusion
También, gracias
Fly me to the moon,let me play among the stars,let me see what spring is likeon Jupiters and Mars.In other words…A Fernando
Cuando estaba en 2º de B.U.P. mantuve una acalorada discusión con mi profesor de Ética y Filosofía. Hablábamos de la importancia de la comunicación y de los peligros que suponía la ausencia de ella, cada vez más alarmante, en la sociedad contemporánea. Unos días más tarde mi profesor escribía un artículo de opinión en el Diario Jaén. Hablaba de la discusión que habíamos mantenido y me llamaba “su amiga Olvido”. Yo le había dicho, y así lo recogía en su artículo, que muchas veces los contenidos básicos y primarios de comunicación se encuentran encerrados en unas simples palabras o frases cortas: Perdón, por favor, te quiero, lo siento, y también gracias, pero que es la cobardía la que nos impide pronunciarlas. Es esta última palabra, gracias, la que ahora me dispongo a rescatar y dedicar a todas aquellas personas que me han ayudado a realizar esta tesis doctoral y, mucho más importante, a ser la persona que hoy soy. Gracias a D. José Biedma López, aquel profesor de Ética y Filosofía, que me motivó siempre a cuestionarlo todo. Gracias también a D. Ángel Ruiz Fajardo y a D. Juan de la Torre Torres. Estos tres profesores alzaron la palabra educación a un significado sagrado en mi vocabulario.
Gracias, también, al profesor D. José Antonio Gurpegui, quien me ha guíado durante el desarrollo de esta tesis doctoral con el mimo y paciencia del mejor de los maestros. Tanto es así que, a día de hoy, no sé si es más amigo, más maestro o más director.
Gracias a mis compañeros del Instituto Franklin de la Universidad de Alcalá por ayudarme siempre en todo lo que estuvo en sus manos. Gracias a mis compañeros de la Universidad Europea de Madrid y a los de University of Malta. Todos y cada uno de ellos han contribuido, y cómo, a que hoy esté redactando esta página.
Gracias a la Biblioteca Nacional, a la Biblioteca Pública Municipal Conde Duque de Madrid, a la Filmoteca Española, a la Biblioteca de la Universidad de Alcalá, a la Biblioteca Dulce Chacón de la Universidad Europea de Madrid, al Media Resources Center de la Moffitt Library de University of California, Berkeley y, en concreto, a Mr. Gary Handman. Son las grandes personas las que hacen grandes a las instituciones. Todas estas bibliotecas son grandes y asombrosas gracias a la gente que trabaja en ellas. Por mi parte yo solo tengo palabras de agradecimiento por permitirme acceder a sus fondos de manera desinteresada y sin condiciones.
Gracias también a aquellas personas que no dudaron en ayudarme de forma desinteresada durante la realización de esta tesis doctoral. Helena Aristu, Aarón Rodríguez, Joaquín Sevilla, Lola Molina, Fernando García, Alberto de Francisco, Fco. Javier Muñoz, Irene Escolar, José Miguel Gonzalvo, Eva Jiménez y Jose Millares.
Quiero dar también las gracias a mis alumnos y alumnas. Son ellos y ellas quienes han hecho que sea un placer conjugar el verbo enseñar. No ha habido un solo día en el que no me hayan enseñado algo. No ha habido un solo día en el que no me hayan hecho pensar que tengo la profesión más bonita del mundo.
Gracias también a los músicos y cineastas que calmaron mis penas, me robaron sonrisas e hicieron del mundo un lugar mucho más habitable. Sin ellos, mi vida habría sido mucho más triste. Sin la trompeta de Louis Armstrong, el saxo de Charlie Parker o las películas de Billy Wilder y Clint Eastwood, quizá no estaría escribiendo esta página.
Gracias a mis amigos y amigas, son quienes más han hecho por mí, la mayoría de las veces sin ni siquiera saberlo. Benita Campos, Javier Gordillo, Zaida Núñez, Esther Sánchez, Laura de Mingo, Roberto Fuertes, Héctor Checa, Susana Hidalgo, Maria Laroussi, Margarita Andújar, Daniel Hare y Ernesto Filardi. También a mis amigos malteses, Fiona Navarro y Carmel Vassallo. Ellos han hecho que me sienta en Malta como en mi propia casa y que ya no quiera marcharme.
Gracias a mi familia, a mis padres, a mi hermano, a mi cuñada y a mi sobrina, que tiene la sonrisa más bonita del mundo. Porque me quieren sin condiciones e incluso cuando menos lo merezco. Sin ellos me sentiría perdida y desorientada.
Gracias también a mi otra familia. Es un lujo tenerles en mi vida, Esmeralda, Manolo, Mónica, Héctor, Raúl, cuñadas, cuñado, sobrinas y sobrinos.
Y, por último, gracias a Fernando, mi amigo, mi compañero y mi amante. Encontrarte y que te quedaras a mi lado sí que fue un verdadero golpe de suerte. Gracias por apoyarme, por protegerme, por hacerme reír cada día y por seguir colocando mariposas en mi estómago. Todavía. Te quiero.
Gracias
In a Sentimental Mood
Charlie Parker terminó de tocar su How High the Moon al tiempo que la mujer terminaba su copa de vino. Se deja beber, se dijo en voz alta mientras miraba la etiqueta de la botella donde se leía “Los Boldos. Cuvée Tradition. Shiraz 2009”.
Dejó la copa sobre la mesa y sintió ganas de fumarse un cigarro. Hacía ya tres años que había dejado de fumar y, sin embargo, de tanto en cuando, sentía el deseo de encender un cigarrillo. Casi podía sentir el idealizado sabor del tabaco en su boca. Olía, mentalmente, un aroma que creía asociar a su marca habitual de cigarrillos. Cerró los ojos y terminó de saborear aquel pitillo ficticio que, todavía, luchaba por no convertir en real. Se puso de pie y fue hacia la estantería donde guardaba sus discos. Su madre le había dicho mil veces que se los llevara de allí, pero mil y una veces ella le había prometido hacerlo más tarde, otro día, cuando tenga tiempo.
Cogió el disco Duke Ellington and Jonh Coltrane, uno de los amores verdaderos de su vida, y lo llevó hasta el viejo gramófono de su abuelo. Puso la primera pista, In a Sentimental Mood y salió a la terraza. No había salido allí desde hacía mucho tiempo. No recordaba con exactitud cuándo, pero sabía con certeza que fue antes de que su madre decidiera arrojarse al vacío desde esa misma terraza.
Continuará...
Un cuento antiguo

… tanto de menos
Ya nada es como les prometieron que sería. No hay mariposas haciendo cosquillas en el vientre. No hay piropos, ni coqueteo, ni danza del apareamiento.
Ya nada es como ella soñó un día que sería. Él ya no le propone brindis con Riojas del 86, ni le deja poemas, escondidos por la casa, escritos en un post-it.
Ya nada es como él soñó un día que sería. Ya no hay entrañas que arden por la noche bajo las sábanas. Ni sonrisas cómplices, ni caricias en la espalda.
Silencios. Reproches que se ahogan en miradas de desprecio. Espacios incómodos que aún comparten porque no les queda más remedio. Porque no se plantean reconocer en público que ya no son felices. Porque les da miedo aceptar que el tiempo les ha vencido.
Nunca lo han hablado, no han llegado a un acuerdo formal ni han estrechado sus manos para sellar el contrato. Pero, desde hace unos meses, ella huye de casa unos días y él lo hace los restantes. Así no han de encontrarse. Así el cónyuge estará dormido al regresar a casa y se evitarán los reproches, las miradas de desprecio, los silencios incómodos.
Ella ha oído en la radio que en la Filmoteca Nacional ponen Jenny, una película que vio sentada en las rodillas de su padre cuando aún no sabía que el amor lleva fecha de caducidad impreso en la monotonía. Se acuerda de su padre, de cómo la acurrucaba mientras el vídeo Beta reproducía las historias en las que aprendió a buscarse a sí misma. Se acuerda de esos años en los que era el hombre más sabio del mundo y ella gimoteaba un ¿por qué, papá? cuando la cinta se acababa. Entonces, esboza una sonrisa que se columpia entre la ternura y la tristeza.
Él ha tenido un día duro de trabajo. Una semana, un mes y un año. Él no podría señalar en el calendario el día en el que vive. Sí sabe la hora, porque su reloj son unos grilletes que le mantienen clavado a su agenda de piel marrón. En el periódico ha leído que reponen una vieja película de Jennifer Jones en la Filmoteca. Quiere olvidar y ser olvidado entre los ojos de celuloide del personaje de Jenny.
Ella se sienta en la fila número siete. Centrada. Siempre lo ha hecho así. Acostumbró a su marido, que prefería siempre sentarse al final de la sala, a disfrutar de ese lugar del anfiteatro en el que la película te envuelve y el sonido es capaz de confinarte en un personaje más dentro de la ficción. Se pregunta si él seguirá sentándose en las filas número siete o si, por el contrario, habrá vuelto a recluirse en el asiento más alejado de la imagen proyectada.
Ya han apagado las luces cuando él entra en el cine. Los números de las filas se iluminan en la oscuridad, de modo que no le es muy difícil llegar hasta la estela del número siete. En el centro distingue una silueta de mujer. Se sienta dejando la protocolaria separación de una butaca. A los pocos minutos de empezar la película, un personaje gasta una broma absurda. Él esboza una sonrisa. El resto de la sala, salvo la sombra de la mujer que disfruta a un asiento de distancia, guarda silencio.
Ella se ha reído. Es un chiste absurdo de uno de los personajes, pero ella se acuerda irremediablemente de las bromas que le gastaba su marido cuando aún eran novios. Piensa en él, en el hombre que fue hace tiempo, cuando aún no le ahogaba su presencia en el mismo cuarto.
Él la oye reírse y reconoce en la carcajada a la mujer que amó. Reconoce la risa de la persona que no miraba con reproche, sino con complicidad. Recuerda a la mujer que ardía bajo las sábanas. Revive las bromas que él le gastaba y la alegría que ella le concedía. Más por instinto que por premeditación, él alarga la mano hasta la silueta de la mujer que ella fue un día, antes de que la monotonía la convirtiera en un ser desilusionado. Acaricia la mano de ella y la enlaza con la del hombre que él fue un día, antes de convertirse en el personaje apático que es hoy.
Puede que sea la oscuridad. Quizá sea la magia desbordada a través de un proyector cinematográfico, la música de fondo o el guión invitando al espectador a olvidarse de la desidia que encontrará a la salida. Ninguno de los dos puede ni quiere explicarlo. Quizá saben que sólo es un espejismo que les ha regalado, por un instante, el séptimo arte. De cualquier modo, no importa. La mano de él y la de ella se han juntado por primera vez tras demasiado tiempo de huidas y ausencias.
Cuando, dentro de uno hora y media, las palabras The End invadan la pantalla de la Filmoteca, todo volverá a ser silencio y reproche. Volverá a haber una distancia demasiado incómoda entre el matrimonio. Pero, en el momento en que la mano de él enlaza la de ella, la mujer no puede contener el dulce susurro: “te he echado tanto de menos”.
San Javier

How High the Moon
El camino de baldosas amarillas
Ojalá nunca
Razones para (re)enamorarte de Marilyn Monroe





Citas
"El sonido de Louis Armstrong tiene un poder curativo. Entraña sabiduría y perdón. Tiene el mismo sonido que la voz de esa persona a la que siempre recurres cuando algo malo te ha sucedido, ya sea tu abuela, tu madre u otro cualquiera. Esa persona que, mediante sus palabras y sus caricias, te reconforta y te alienta diciendo que todo irá bien. Ese sentimiento se puede encontrar en la música de Louis Armstrong, ese calor y esa familiaridad que te hacen sentir que, digas lo que digas, esa persona te comprenderá y aceptará tu punto de vista" (Geoffrey C. Ward y Wynton Marsalis, Jazz. Cómo la música puede cambiar tu vida).
And I love You, Louis
"Con todo, si a algún individuo en particular le corresponde el título de fundador del jazz moderno, éste no puede ser otro que Charlie «Bird» Parker" (Frank Tirro, Historia del jazz moderno).
Y es que, después de todo, "las cuatro palabras que resumen la historia del jazz son «Louis Armstrong-Charlie Parker»" (Philip Larkin, All What Jazz).
On The Road to Charlie Parker (una carta de amor a Anders Orborne)
Viene siendo una rutina. Antes de ponerme a trabajar en la tesis (#fuckingtesis para los amigos), me permito un vídeo (a veces dos). Siempre de música y nunca de chorradas realizadas por animalitos: osos, delfines, perros, gatos o humanos. Es mi premio pre-trabajo-duro: una canción que me haga alegrarme de estar viva un día más para haber podido escuchar esa canción.
Esta tarde también he tecleado "yout" en la barra de direcciones del Chrome. Y como es un navegador muy listo (y también porque me tiene muy vista), me ha sugerido el resto de la dirección. Debajo, en gris, aparecía www.youtube.com - Youtube - Broadcast Yourself. Así que le he dado al enter.
Youtube se ha aliado con los contactos de Google+ y me ofrece sus vídeos, normalmente de chorradas realizadas por animalitos y casi siempre animalitos de la especie humana. Así que yo me he ido al buscador directamente. Hoy no quería a Wynton, ni a Charlie, ni a Miles, ni a John, ni a Billie, ni a Louis (lo sé, hoy tenía un día raro). Después de pensar un poco, he escrito "Tipitina's". Tipitina's es el mejor club de música en vivo de Nueva Orleans. Y Nueva Orleans es la mejor ciudad del mundo. Si algún día me pierdo, ya lo he dicho alguna vez, buscadme por allí. Probablemente me encontraréis con un spiced rum and coke muy cerquita del escenario. En cualquier caso, si existe el paraíso, estará decorado como el Tipitina's. Lo mismo digo, buscadme cerca del escenario. Seré la chica del spiced rum and coke.
En la segunda página me he encontrado un vídeo llamado "Anders Osborne - Charlie Parker @ Tipitina's FQ.". Obviamente, le he dado al play.
Adivina...
Damn it!

Acerca de Lena Horne



Lo que no podrán quitarle nunca fue el honor de recibir dos estrellas en el Paseo de la Fama de Hollywood. No creo que esas dos estrellas borraran de su mirada ese aire triste, pero seguro que, al menos, le arrancaron una de sus sonrisas enormes.

¿Ajo y agua?

El olor de Esther, la risa de Roberto, la mirada de mi sobrino Aitor y las veladas con sus padres, las bromas de Zaida, las canciones de Rubén, las conversaciones con Mónica... Son esas pequeñas cosas que hacen que la vida, realmente, valga la pena. Así que, de vez en cuando, cojo un avión y vuelvo a oler el maravilloso perfume a leche caliente y canela de Esther y a escuchar la maravillosa risa de Roberto.
Hoy no quiero hablar de jazz. Hoy quiero utilizar, con su permiso, este blog para lanzar una denuncia pública. En realidad, preferiría lanzar una piedra al cartel luminoso de algún mostrador de Vueling, pero estoy demasiado lejos y soy bastante más civilizada que ellos. Hoy, ya lo ven, estoy un poco enfadada porque una persona a la que aprecio (mucho) ha sido ninguneada y maltratada por esta compañía aérea.
Yo sé que esto suena a tontada, a enfado irrelevante pero, cuando vives tan lejos de esos momentos que convierten la vida en un milagro, no te queda más remedio que venderle tu alma al diablo de una empresa de aerolíneas. Si esta empresa te niega esas pequeñas cosas, insulta tu inteligencia y te sonríe amablemente mientras tienes que tragarte tu propia bilis, solo puedes sentirte hundido/a e insignificante. Y, lo siento, pero me llevan los demonios cuando una corporación consigue que un ser humano al que aprecio (mucho, ya lo he dicho) se sienta así.
Por eso, este post hoy no habla de jazz. Este post habla de mi amigo Javier y de su viaje infernal con Vueling. Leánlo aquí. Créanme cuando les digo que, además de este espacio, tiene también uno de los mejores blogs que se pueden encontrar hoy en la red. Por mi parte, quedaré eternamente agradecida si, cada vez que alguien les pregunte por Vueling, ustedes le remiten al blog de mi amigo Javier.
Un gran momento
Estados Unidos ha sido educado a través de mil y un cuentos. Aprendieron, ellos, que de un trozo minúsculo de celulosa podía hacerse la luz. Aprendieron que cavando muy profundo, podía un día cualquiera manar un tesoro con olor a petróleo. Aprendieron que siempre había sitio para una buena idea y una recompensa para una persona constante. Lo que nunca les enseñaron es que los cuentos no tenían por qué ser necesariamente ciertos. Pero ese tema, si les parece bien, ya lo discutiremos otro día.
Hoy quería contarles la historia de cómo un niño negro y pobre llegó a ser un hombre enorme. El niño, que no tenía bastante con ser negro y pobre, además perdió a su hermano pequeño y él se sentiría culpable de su muerte toda la vida. El niño, que no tenía bastante con la pobreza y con la culpa, además, se quedó ciego. Y poco después, huérfano. Aún un poco más tarde, intentaron engañarle, le trataron como a un desecho y hasta seguramente le compadecieron. Sin embargo, el niño pobre, ciego y huérfano se convirtió en un hombre que sabía el volumen exacto al que debía susurrar obscenidades al oído de las mujeres. Cuentan que debía hacerlo en un tono tan perfecto que ninguna mujer le negó nunca un hueco entre sus piernas.
El hombre negro, ciego, con sentimiento de culpa, de origen humilde y huérfano aún se buscó una dificultad más con la que lidiar cada mañana. El hombre ciego le vendió su alma a un diablo que venía en forma de heroína (una palabra demasiado hermosa para una realidad tan cruenta).
Sin embargo, a pesar de todas estas dificultades, el hombre de origen humilde se convirtió en uno de los artistas más complejos, variados y completos de la Historia (otra vez con mayúscula) de Estados Unidos. Este hombre negro se llamaba Ray Charles Robinson y, un buen día, decidió mezclar el jazz con rhythm and blues y luego con gospel. Y más tarde con rock and roll. Y después con country... Y un buen día los norteamericanos se dieron cuenta de que tenían otro héroe para protagonizar un cuento con el que educar a sus hijos.
Estados Unidos está lleno de grandes historias de hombres y mujeres enormes. También de grandes momentos. Sin ir más lejos, ese momento en el que Ray Charles Robinson decidió mezclar el jazz que le había convertido en el músico que era con el gospel con el que probablemente ahogaba la frustración de saberse un niño negro, pobre, ciego, huérfano y culpable. Y, seguramente también, donde encontraba ese consuelo mágico de los dioses y divinidades que tanto gustan a los norteamericanos. En ese momento, Ray Charles, además de una canción, inventó un nuevo estilo musical: el soul. ¿No les dije que era una gran historia?
Algunos teóricos musicales señalan esta canción, I Got a Woman, como la primera del soul.
Night and Day
Hace un tiempo pensaba que lo importante no era llegar primero, sino llegar la última. Paradojas del contexto. Toda la vida aprendiendo que solo los tres primeros recibían la medalla —en tonos dorados, plateados o bronces—, y un buen día descubres que, en la carrera de las relaciones sentimentales, lo mejor es llegar la última.
En las relaciones seximentales la cosa cambia, claro. Cuando solo quieres un abrazo, unas sábanas y un poco de divertimento, casi prefieres no ser la última, como mucho la penúltima, o mejor aún la antepenúltima.
Pero la cosa es totalmente diferente cuando conoces a alguien y comprendes que ya no hay más, que ya no quieres buscar más, que ya solo quieres un hueco entre sus piernas y quedarte a vivir en él. De pronto llega una persona que es ese the one al que cantó Ella Fitzgerald, Frank Sinatra, Billie Holiday y hasta Mina y U2. Y, entonces, en ese momento, sabes que ya no es bueno llegar el primero, ni llegar el último, sino llegar a ser el único. Aunque solo sea mientras duran los acordes del Night and Day en el piano de Art Tatum.
Amad más todavía

Una vez leí una frase suya en algún lugar, no recuerdo dónde, pero pudo ser la firma automática de un email, una actualización de estado en Facebook o un tuit efímero. Sé que no fue en un libro. No por nada, pero al francés le tengo aparcadillo, deseando encontrar ese libro y ese momento que nos permita, a los dos, iniciar un idilio mágico e intelectual.
Aquella frase de Victor Hugo, que me pierdo, decía: "Los que padecéis porque amáis: amad más todavía; morir de amor es vivir".
Amad más todavía, si es que eso es posible. Más todavía amó Billie Holiday a Louis McKay, a pesar de que este le devolvía su querer con golpes y heroína. Más todavía amó —aunque de una manera que no comprenderemos nunca— Cole Porter a su Linda del alma. Una Linda a la que cambió muchas noches por el cuerpo de un hombre, pero a cuyo regazo acababa volviendo siempre. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar el querer de los demás? Cada uno quiere como puede o como sabe. Pero si quiere, y si quiere más todavía, ya es algo más de lo que hace la mayoría.
Amad más todavía, si es que eso es posible. No sé si yo podría amar más la voz de Ella, el piano de Duke o la trompeta de Miles. En cualquier caso, tampoco ellos me hacen padecer. Como mucho, me ponen a un click de distancia de la felicidad.
Aprendiendo tres cosas de Charlie Parker

- Buenas tardes. ¿Tiene algo de Charlie Parker?
Al chico que trabajaba en la tienda, lo supe más tarde, le gustaban otras cosas. Los Planetas, El Niño Gusano... Esas otras cosas, pero no el jazz. De todas formas, yo tomé como costumbre ir una vez a la semana a visitarle y, cada vez, me compraba un disco. Solo uno. Porque yo era una estudiante de presupuesto limitado. Al menos tenías un presupuesto, me sigue echando en cara mi madre movida por no sé qué tipo de sadismo machacón. Así que con ese presupuesto pude elegir entre Zara y mis discos. Fue en esa época cuando aprendí a alargar la vida de mis prendas de ropa hasta tres, cuatro o cinco temporadas.
Han pasado más de diez años. Los hijos nos hacen mayores, pues los nietos ni te cuento, decía siempre mi abuela entre el alarde y el gimoteo fingido. A mí me hacen mayor mis discos (y me encanta). Aquel Charlie Parker at Storyville, todavía hoy, al escucharlo esta noche de viernes, me sigue enseñando cosas. Hoy he aprendido, al menos, tres. La primera de ellas es que "I'll Walk Alone" es una de las canciones más bonitas de la historia. La segunda, que no me cansaría nunca de escuchar llorar al saxofón de Parker y lamentarse al piano de Sir Charles Thompson en "Don't Blame Me". Y la tercera es que la vida sin Charlie Parker sería un asco indigno de ser vivido.
Por lo que pueda pasar y lo que nos pueda venir, yo tendré a mano el Charlie Parker at Storyville. Nunca se sabe si vamos a necesitar que Bird nos salve la vida.
Gracias, Mr. Jobs
Se va otro grande. Se va uno que nos cambió la vida, aunque algunos y algunas aún no sepamos si mucho, si poco o si regular. Lo que sí sabemos es que se va otro genio, como se fueron antes Enrique Morente, Luis García Berlanga, Gary Moore o Amy Winehouse.
Decía ayer que hay gente que no debería morirse nunca, aunque solo fuera para compensar a tanto mediocre, a tanto ruin y a tanto cretino. Steve Jobs era una de esas personas.
A veces me da por jugar, cuando estoy yo sola, a "qué hubiera pasado si no".
¿Qué hubiera pasado si no hubiera comprado aquellos tres discos de la Verve?
¿Qué hubiera pasado si no hubiera continuado aquel primer beso del Hombre?
¿Qué hubiera pasado si la madre de Charlie Parker no se hubiera empeñado en cambiarle la tuba por un saxo alto?
¿Qué hubiera pasado si a Billie Holiday no la hubiera descubierto John Hammond?
Y hoy, como no podía ser de otro modo, me pregunto qué hubiera pasado si Steve Jobs no hubiera sido amigo de Steve Wozniak y no hubieran jugado en un garaje.
Steve Jobs, como Louis Armstrong, como Duke Ellington y como Billy Wilder, solo me ha dado buenos momentos. Me dio un iPod con el que escuchar la voz de Aretha Franklin y fue mucho más que un reproductor de música (ojo, de música, que es lo que me hace feliz y me enseña cada día). Me dio un iPhone con el que pude sentirme en el futuro (y también, aunque parezca una frivolidad, me hizo conocer personas e historias maravillosas). Me dio también un iPad, que aún estoy conociendo y descubriendo, pero de momento me ayuda a ver al Hombre —ahora que está lejos— cada noche un ratito antes de dormirme. También me dio unas risas infantiles, cuando ya no quería ser niña, con Toy Story y unas veladas maravillosas, sola o acompañada, con A Bugs Life, Monsters, Inc o WALL-E. Esta última hasta me hizo llorar. Qué cosas tenía y conseguía Steve Jobs. Y no sé si fue un visionario, si cambió el mundo o si solo fue una pieza más en el engranaje. En cualquier caso, a mí, personalmente, solo me dio momentos buenos.
Hoy, desde este rincón del mundo, solo un gracias, un hasta luego y un descanse en paz, Mr. Jobs.
Esta canción, esta escena, hoy es solo para usted.
Happy Birthday
Yo creo que hay gente que no debería morirse nunca. Aunque solo fuera para compensar la cantidad de gente mediocre y ruin que hay por el mundo. Y cada vez más. Y más. Y más. Yo no sé qué habría pensado el "ingrato" de Louis si alguien le hubiera dicho que, cuarenta años después de marcharse, unos cuantos hijos de puta con pintas iban a jugar y a apostar a hundir países. Le hubiera sonado a película de ciencia ficción, como aquellas historias de Julio Verne que él musicalizaba en las salas cuando el cine aún no había aprendido a hablar. ¿Y Duke? Habría esbozado una sonrisa de medio lado, de hombre que no quiere meterse en problemas, que no quiere perderse en asuntos dolorosos. Y con esa sonrisa de medio lado, más certera que muchas balas y que muchos insultos, habría seguido tocando. Porque él sabía que este mundo era menos malo cuando sonaba la música. Sobre todo si esa música era buena. Sobre todo si esa música era suya. Ay, tres años. Yo ni eso, soulmate.
Hoy es su cumpleaños y yo no podía hacer otra cosa que buscar esta felicitación de cumpleaños. Sé que él sabrá apropiársela y sé que le gustará. Dentro de muchos años, los dos podremos decir que coincidimos muchos años con el grande de Wynton. Y nuestros nietos, esos sí, también se morirán de envidia.









