Nunca pude imaginar que...



Nunca pude imaginar que correr me convertiría en un ser tan emocionable. Siempre he sido de lágrima fácil. Tal vez sea justo decir que siempre he sido generosa con las emociones y los sentimientos. Así que siempre he sido de lágrima fácil de la misma manera que siempre he sido de orgasmo fácil, de risa, de abrazo, de "te quiero", de susto, de sonrojo... Todos fáciles, espontáneos, estrepitosos y generosos. Nunca me he privado de unas buenas lágrimas al escuchar el saxo de Don Byas, ni de un instante de placer conmigo o contra mí, ni de unas risas tontas por un chiste malo y tonto... Hoy le pedía a una alumna a quien aprecio mucho que no sea nunca tacaña con sus sentimientos. No sé si este mundo nuestro está condenado o aún tiene un halo de esperanza. Pero si hay salida, desde luego, pasa por la gente que no le tiene miedo a expresar lo que siente. Aunque a veces sea un insulto terrible. Hay ocasiones en las que también es necesario mentar a los ancestros de nuestro contertulio. Mi abuela, que era una mujer sabia que apenas sabía leer y solo era capaz de escribir su nombre, siempre decía que para hacer una buena tortilla de patatas era necesario romper algunos huevos. Y yo nunca entendí lo que quería decir, claro, porque era un niña y para mí era obvio que había que romper los huevos para batirlos y hacer la tortilla. Pero ella ponía una voz como muy digna, de intriga de película mala y muy sobreactuada. Yo me sentía entre incómoda y asustada, como quien se encuentra ante un familiar demente. Han tenido que pasar muchos años para darme cuenta de lo sabia que era aquella mujer cuerda que apenas leía y escribía. Pero sobre los huevos que se me han roto y los que he debido romper yo, mejor hablaré otro día.

Siempre he sido de lágrima fácil. En mis clases de "Publicidad", a menudo tenía que simular las lágrimas para que mis alumnos no se rieran de mí. Había puesto un anuncio de la relación entre un fisioterapeuta y un futbolista lesionado, o el de una niña que se corta el pelo para regalárselo a su hermano con leucemia, y no era capaz de retomar la clase como si hubiera visto un anuncio de perfume. No sé cuántas veces he llorado con "The Bridges of Madison County". Da igual, sé que si vuelvo a verla mañana, volveré a llorar desconsoladamente cuando Francesca no abra la puerta de la camioneta y se vaya con Robert Kincaid, maldeciré su cobardía y que, con ella, nos haya condenado a todos a un final tan necesario como estúpido. La música, el cine y la literatura me han hecho llorar, me han hecho reír, me han hecho sentirme viva y, por ende, mejor persona. Nunca pude imaginar que correr también me haría llorar, reír, sentirme viva y, por lo tanto, mejor persona. Hoy ha sido uno de esos días en los que correr me ha hecho gigante.

Faltan menos de tres semanas para mi primera media maratón y mi ángel de la guarda no está seguro de que sea una buena idea. Cree que no estoy lo suficientemente fuerte para afrontar una prueba tan dura y yo le he pedido un par de semanas para demostrarle que sí. Hoy me había mandado un fartlek durísimo. Un fartlek es una prueba que consiste en correr a diferentes ritmos sin descanso, lo que llega a ser agotador. Yo me había dicho: "si lo consigo, puedo con la media". Soy muy cabezota y me enfada mucho tener que abandonar un objetivo. Así que he estado durante toda la carrera repitiéndome "si lo consigo, puedo con la media". Primer tramo, un kilómetro calentando. Dos kilómetros corriendo suave. "Si lo consigo, puedo con la media". Medio kilómetro a toda velocidad. "Si lo consigo, puedo con la media". Medio kilómetro suave. Y, entonces, otro medio kilómetro a toda velocidad que te hace querer morir. "Si lo consigo, puedo con la media". Dos kilómetros de carrera suave. Medio kilómetro a toda velocidad. Aquí sí crees que te mueres. Medio kilómetro suave. Medio kilómetro rápido y, cuando ya quieres que se acabe, dos kilómetros más a carrera suave que te mantiene doloridos los abductores y los gemelos a cada zancada. "Pero si lo consigo, puedo con la media". Y después, ya sí, la felicidad en forma de otro kilómetro andando. Al empezar a andar, con la respiración desbocada, con las pulsaciones aún a 173, no he podido evitar echarme a llorar. "Si lo he conseguido, puedo con la media y puedo con lo que quiera". Un hombre se ha cruzado conmigo y me ha mirado. Creo que quería decirme que no pasaba nada, que fuera cual fuera mi mal, se acabaría solucionando. Y, entonces, me he empezado a reír. El hombre se ha alejado, entre la incomodidad y el susto, como la niña que yo fui ante una abuela a la que imaginaba medio loca. Nunca pude imaginar que correr me haría tan feliz y me daría tanto. Hoy, durante un momento, al terminar ese fartlek terrible, he sido invencible. Todo el mundo debería vivir esa sensación, al menos, una vez en su vida.

Pese a todo


Soy feliz,
pese a todo.
No pretendo trivializar.
Pero es cierto
que un día
empecé a correr.
Otro día
corrí 30 minutos
seguidos,
sin parar,
sin intervalos,
sin caminar entre medias.
Otro día
terminé una carrera
¡de 10 Kilómetros!
Y lo celebré
como si hubiera ganado
la batalla más dura.
Y otro día
correr 10 kilómetros
se había convertido
en un entreno normal,
y ya no había necesidad
de celebrar
ninguna victoria.
Y cuando haces estas cosas,
cuando todo esto te pasa
(a ti),
eres feliz.
Pese a todo.

Me voy


Me voy,
me vuelvo a ir,
siempre acabo yéndome
porque siempre acaban invitándome a que me vaya.

Tengo
pensado ya
qué llevará mi maleta
el aceite de Jaén, la alianza y la bufanda.

Malta,
Colombia y Polonia.
Y antes Madrid y Pamplona
y unas cuantas camas desperdigadas por el mapa.

Pero
Volveré
con los billetes de vuelta
para que no olvides ni mi risa ni mi marcha.

Solo
es exilio
que deja de ser palabra
para ser el insomnio de mis padres. Y su pena.

Me voy,
me vuelvo a ir,
buscando tiza, pan y agua,
y un espejo que no escupa odio cada mañana.

Palabras para Philip Seymour Hoffman

A Philip Seymour Hoffman, 
porque el mundo da mucho más miedo sin él dentro




El cine tiene estas cosas
Amas, odias, sonríes, deseas, extrañas
a personajes de cartón piedra y serrín,
a los fantasmas que hemos creado ad libitum
a partir de lo que imaginamos que son y aman
los actores y directores que amamos,
los guionistas que nombran nuestros miedos y sombras.

El cine tiene estas cosas
de enamorarte de los hugh jackmans,
de perderte en las miradas de las meryl streeps,
de protegerte bajo el ala de los clint eastwoods,
de buscarte en las frases de los charlie kaufmans
y de envenarte, llena de incomprensión y enfado,
cuando te abandonan los philip seymour hoffmans.

A propósito de la San Silvestre Vallecana


Jane y yo al terminar la San Silvestre Vallecana


Anoche, 31 de diciembre, corrí la San Silvestre Vallecana. Era la primera vez que corría diez kilómetros, mi segunda carrera y la primera de 10K. Tras las dos carreras en las que he participado, una de 5K y esta San Silvestre, mucha gente me ha preguntado en qué posición quedé, como si eso importara algo. Quiero decir, quitando a los deportistas profesionales, que no deben de suponer ni el 2% de los participantes de una carrera, el resto de participantes no corren para ganar. Corren para alcanzar su mejor versión. Tan sencillo e imponente como eso. 

Sin embargo, que toda esta gente me haya preguntado una y otra vez lo mismo, me ha servido para darme cuenta de la mediocre educación que han recibido los españoles durante generaciones o, mejor dicho, la carencia de valores, de buenos valores, que han sufrido nuestros hermanos, padres y abuelos. En este país se ha enseñado que el deporte solo sirve para alentar la competitividad. Se corre para ganar, se juega al baloncesto para ganar, se practica fútbol para ganar... Ganar, ganar, ganar (y de camino, transmitir la idea del perdedor, decepción, competitividad...) Así hemos llegado a un país con estadios de fútbol llenos de insultos y gritos de odio, de confundir el animar a tu tenista con hundir al contrario, de medirnos, como país, con otro ciclista o de sentirnos magnánimos solo por ganar al fútbol al país vecino que, probablemente, aunque pierde al baloncesto tiene un sueldo mínimo que triplica el nuestro... Qué cosas. 

Así que cada vez que me preguntan mi puesto en cualquiera de las dos carreras, se me queda cara de signo de interrogación. ¿En qué posición llegué? No lo sé. Nunca lo miré. Al final de las dos carreras, cuando se hicieron públicas las marcas, solo comprobé el tiempo que había invertido y la velocidad promedio por kilómetro. Eso es lo que me importaba y lo que me importará siempre (si es que no pierdo el norte y me convierto en una imbécil profunda, claro). 

Y, después de saber mi tiempo total y mi velocidad promedio, solo lucho contra mí misma. Si hice 5K en 32 minutos y 21 segundos el 15 de diciembre, el 17 entrené para llegar a hacer, en unas semanas, esos mismos cinco kilómetros en 31 minutos, y luego en 30, y meses más tarde en 29 ... Y así ir venciéndome a mí misma, a mi naturaleza, a mis músculos que, durante tantos años, han estado cómodamente tirados en un sofá mientras otros seres humanos se calzaban unas zapatillas y salían a correr. Me atrevería a jurar que, con toda probabilidad, ellos tampoco miraron nunca la posición en la que terminaron una carrera. No quiero vencer al que corre a mi lado, quiero formar equipo con él y alentarle cuando parezca agotado: "Vamos, campeón, que ya nos queda poco", igual que hicieron ayer conmigo desconocidos maravillosos que me arrancaron lágrimas de emoción. Los niños que me chocaron la mano en la Castellana, el hombre que me dijo "venga, valiente, que eres un ejemplo" a la altura de Atocha o la mujer que tocaba un timbal para animarnos en la entrada en Vallecas. Todas esos seres humanos, que ayer salieron de sus casas y animaron, bajo un frío agotador, a los 40.000 locos desconocidos que cruzaron Madrid corriendo, son unos héroes y no sé si son conscientes de la importancia de sus ánimos. Ojalá alguno de ellos lea estas palabras: Gracias, de corazón.

Sin embargo, el aliento más importante me vino de Jane, que corría a mi lado. Recuerdo que, durante la terrible subida de la Avenida de la Albufera, le dije "I can't. I think I need to stop. I'm dying". Ella me sonrió con esa sonrisa infinita suya que más que sonrisa parece un amanecer lleno de luz y calor y me respondió algo parecido a un "No, the climb finishes in a few meters. I'm seeing the end. ¡Tú puedes!".  En ese momento tuve que girar la cabeza para que no me viera llorar. De felicidad, claro. Por sentir la verdadera dimensión del compañero de carrera, por tener, por fin, una amiga de verdad y mayúscula. También tuve que girar la cara cuando, llegando a la línea de meta, me dijo "your hand" buscando mi brazo. Me cogió de la mano y ambas entramos sonriendo y juntas por el arco de entrada. No hablamos. Solo sonreímos. Esa sensación maravillosa de sentirse acompañada y abrazada tras el cansancio de diez kilómetros batiéndose zancada a zancada contra el suelo, no la entenderá nunca el que no se calzó unas zapatillas y salió a correr. Pero esa sensación es lo que de verdad importa del deporte.

No sé cuántos llegaron antes que yo a la línea de meta ni cuántos lo hicieron después. Me da igual. Aunque hubiera llegado la última, habría millones de personas que, tirados cómodamente en sus sofás, decidieron no calzarse unas zapatillas y correr a mi lado para decirme un "vamos, campeona, que ya nos queda poco". A todos los efectos, llegaron después de mí. Y sigue sin importarme. Solo me importa superar mi propia marca en la próxima carrera para llegar a ser una mejor versión de mí misma. Ese debería ser el verdadero valor o finalidad del deporte y, sin embargo, durante generaciones nos han enseñado otras mentiras. Ojalá que a mis sobrinos y a los niños de su generación les enseñen que el deporte, realmente, solo sirve para hacernos mejores personas.

Correr

A Fernando Vivas, por ser mi ángel de la guarda




Correr. Hacia adelante. Siempre. Aunque a veces duela. Aunque a veces no puedas respirar. Aunque a veces sientas un calor intenso en la coronilla y creas que vas a desmayarte. Correr. Hacia adelante. Siempre. Aunque...

Correr con Charlie Parker o con Lee Morgan. Correr persiguiendo a ese tú mejor que camina apenas unos metros delante de ti. Correr incluso cuando quieres parar y respirar. Seguir corriendo y tomar el aire por una boca jadeante. Correr con ese calor en la coronilla que parece la crónica de un desmayo anunciado. Pero no, cada zancada te hace más fuerte, más gigante, más invencible, más valiente, más corredora. 

Correr 6,41 kilómetros en 45 minutos con Duke Ellington, John Coltrane y la voz femenina del Run Keeper. "Tiempo: cinco minutos. Distancia: cero coma setenta y dos kilómetros. Ritmo promedio: siete minutos cero tres segundos por kilómetro". 

Y tu mejor yo siempre un par de kilómetros por delante. La peor versión de ti te susurra al oído que pares, que respires, que hace frío, que ya has corrido bastante, que vayas a casa, que allí hace calor, que te tomes una onza de chocolate, o dos, y que te des una ducha caliente. Se te cuelga del culo, para que pese, para frenarte. Los muslos te duelen a cada zancada nueva. Pero tu mejor versión aún te saca unos kilómetros de ventaja. Cuesta respirar, pero no pierdes la mirada fija en ese mejor tú. Y, por supuesto, sigues corriendo. 

"Tiempo: diez minutos. Distancia: uno coma cuarenta y dos kilómetros. Ritmo promedio: siete minutos un segundo por kilómetro". Correr y pensar. Organizar las tareas pendientes, planificar, imaginar. Tu voz en off sobre el saxo de Trane. "Podría darle esta forma al blog de mi próximo proyecto de emperdedora. En este país sobran emperdedores que se llaman a sí mismos emprendedores. Me gustaría una web a tres columnas, pero no las quiero con aspecto viejuno".

"Tiempo: veinte minutos. Distancia: dos coma ochenta y tres kilómetros. Ritmo promedio: seis minutos cincuenta y nueve segundos por kilómetro". El piano de Duke empieza a confundirse con la respiración y tu peor yo ha dejado de susurrarte al oído. Corres y piensas. Corres e imaginas. Corres y no eres del todo consciente de estar corriendo. 

"Tiempo: treinta minutos". Tengo que preguntarle a Fernando/@Runando, mi ángel de la guarda y mi entrenador, si es mejor correr el jueves o el viernes. El domingo es mi primera carrera. ¿Podré? ¿Y si me canso? ¿Y si justo ese día me duelen los muslos o los gemelos o las rodillas? "Tiempo: cuarenta minutos". Para la clase de la semana que viene podría planificar una actividad interesante por parejas, que cada estudiante desarrolle un nivel del comentario filológico. "Tiempo: cuarenta y cinco minutos. Fin de la sesión de entrenamiento. Siguiente intervalo: cinco minutos lento". Sonreír. Que te lo has creído. Ojalá estuvieras aquí ahora. Verás qué fuerte que soy, te vas a sentir orgulloso, ángel de la guarda. Y en ese momento, correr todo lo deprisa que puedes, hasta quedarte sin aliento, hasta sentir dolor en el abdomen. Treinta segundos, cuarenta, cincuenta, tal vez un minuto. Parar. Respirar. Reír. Otro día más de vencer al peor yo. De correr hacia adelante. De sentirme más fuerte, más gigante, más invencible, más valiente y más corredora. 



De belleza

Ayer vi esto en uno de los cines más bonitos que conozco:

 

No habían transcurrido ni cinco minutos y yo ya tenía los ojos empañados en lágrimas. 

- ¿Tan triste era? -me preguntó él más tarde, cuando se lo contaba con una copa de Somontano en la mano.

- En absoluto -le contesté llena de incomprensión. "¿Triste? ¿Cómo va a ser triste?", me preguntaba a mí misma, pero solo fui capaz de añadir un: 

- Era hermosa. 

No habían pasado ni cinco minutos de "A Film About Kids and Music. Sant Andreu Jazz Band" cuando una niña de seis años levantaba una trompeta más grande que ella y le robaba unas notas de jazz clásico. ¿Cómo no echarse a llorar en ese mismo instante? Si esa escena no remueve tus vísceras, es que no sientes amor ni por el jazz, ni por la música, ni por el arte, ni por la hermosura.

   
Aquí tenéis a esa niña, ¿no es para morir de amor?


De modo que, cuando le dije que era una película hermosa, quería decir que la belleza inunda cada plano y cada escena del film. Es hermoso el amor que los niños -músicos de jazz- sienten por un director y profesor que les trata como seres humanos, independientemente de que tengan seis o dieciocho años. Les regaña, claro, pero también les entiende en su dimensión de niños. Sabe que necesitan jugar, así que ha convertido las melodías de Sidney Bechet o Charlie Parker en una diversión que, de paso, les da confianza, ilusión y les enseña a creer en sí mismos. Casi

Cuando digo que es hermosa, quiero decir que capta el lenguaje del jazz. No solo esto. Lo capta con el objetivo, lo despieza en trozos muy pequeños y lo vuelve a montar para que todos lo entendamos y, sin darnos cuenta, caigamos enamorados -si es que no lo estábamos ya.

Quiero decir también que al final de la película entendemos la dificultad de tocar en una nota o en otra y que esa dificultad puede ser una declaración de intenciones y una demostración del compromiso adquirido por una niña -música de jazz- con/hacia la persona que dirige su banda y la está convirtiendo en un ser humano mejor. 

Cuando digo que es hermosa, quiero decir que el cuatrilingüismo que domina todo el metraje no es un inconveniente ni una dificultad, sino una hermosa conjunción de (buenas) maneras y el deseo de comunicarnos con otros seres humanos, más allá del propio código que recibimos siendo niños. Hay una escena en la que Jesse Davis, un músico de Nueva Orleans, negro, grande, de voz grave, se entiende perfectamente en su inglés con un Joan Chamorro que pasa del español, al catalán, a un mal inglés. Y se entienden perfectamente. Porque están hablando de jazz, de pasión, de gratitud, de milagros, de creatividad, de felicidad, de música, de jazz... Y al músico catalán se le llenan los ojos de lágrimas cuando aquel negro, alto, grande, de voz grave, le dice en su inglés que algún día la Historia (con mayúscula) del jazz le dará las gracias por la labor que está haciendo con esos niños. A Joan Chamorro se le llenan los ojos de lágrimas y en la sala 1 del Cine Doré se oye más de un hipido. No soy la única que está llorando. Nos sigue emocionando la generosidad y la belleza. Este mundo aún no está condenado. Sonrío, todavía con las lágrimas desparramándoseme por las mejillas. 

Cuando digo que es hermosa, quiero decir esto:

   


Y esto:

 



Y también esto:

   


Y cómo no, también esto otro:

   


"A Film About Kids and Music. Sant Andreu Jazz Band" no es un drama, ni una película de llorar... Pero yo no pude remediar el llanto durante la práctica totalidad del metraje. No lloré de tristeza, ni de felicidad (o al menos, no solo de felicidad). Lloré de belleza, si es que esto es posible.  

Es muy difícil explicar qué nos lleva a emocionarnos como nos emocionamos. Resulta en exceso complicado poner palabras a un sentimiento. Y aun así, una y otra vez, estropeamos un afecto con el código escrito. Y así nos va... Lo he dicho muchas veces. Necesitamos más besos, más abrazos, más polvos... y menos gramática. Y también, por qué no decirlo, aunque sea políticamente incorrecto, más gritos, más blasfemias y más puñetazos (a una almohada o a un punch). 

Pero esto iba de llorar de belleza. De Joan Chamorro. De sus niños músicos de jazz. De "A Film About Kids and Music. Sant Andreu Jazz Band". De la emoción. Y también de la fe, de la pasión, de la enseñanza, del aprendizaje, de la creatividad, de la belleza (de esa belleza que nos hace llorar). 

Y es que, tras ese primer momento que comenté antes, protagonizado por una niña llamada Elsa Armengou -apodada Garrapata, porque en el jazz todo músico que se precie arrastra un mote- sosteniendo con gran respeto y cariño una trompeta gigantesca, la película mostró su verdadera cara, se quitó el antifaz de los títulos de crédito y enseñó cuál era su verdadera intención. "A Film About Kids and Music. Sant Andreu Jazz Band" no es un documental sobre el trabajo que Joan Chamorro hace con los niños que componen la Sant Andreu Jazz Band (o no solo). "A Film About Kids and Music..." es una declaración de amor al jazz, a la docencia, a la niñez, a la creatividad, a la humanidad, al compañerismo, a la generosidad... Y eso, en estos tiempos que corren, como mínimo te tiene que hacer llorar. De felicidad y de belleza. 


No me resisto a este bonus track:

 

Una tía con suerte



Anoche volvió a pasar. La música volvió a salvarme la vida. Una trompeta me hizo reír a carcajadas. Un solo de trombón me calentó los muslos y la entrepierna. Unos acordes de guitarra me hicieron morderme los labios. Unas notas de piano me pusieron de pie incapaz de ahogar un grito de placer. Un contrabajo me acarició la nuca y una batería me hizo cosquillas en las costillas, en el ombligo y en los senos.

Anoche volvió a pasar. Una vez más me sentí en mitad del mayor espectáculo del mundo sin haber hecho nada para merecerlo. Mi vida es una concatenación de momentos de buena suerte. Tuve buena suerte el día que acabé en San Javier viendo a mi Wynton. Tuve una suerte increíble el día que escuché a Ron Carter en el Teatro Real. Mi suerte no pudo ser mayor el día que Roberto y yo nos quitamos el desengaño con ron y blues sexy en el Populart. Qué decir del día en que Manolo me llevó a probar las mieles de Avishai Cohen... Y anoche, una vez más, tuve suerte. La suerte de poder disfrutar a Zenet (un gigante que llena teatros) en un club tan íntimo y tan mío como el Central.

Zenet es bueno. Diría más, es una bestia parda que te pone el mundo patas arriba. Es un canalla al que te apetece callar a besos porque, gracias a él, recuerdas lo mucho "que te ponen los feos". Es un gamberro que te desmonta tus creencias musicales y te las vuelve a montar en una mágica termita de la que quieres beber para siempre. Zenet es bueno, pero sus músicos... Aaaaaaaaayyyyyyyyyyyyyy, sus músicos. Solo con pensar en ellos se me encienden todos los calores de mi cuerpo, se ilumina la habitación con la sonrisa que me sacan en esta mañana de resaca armónica y me llevo la mano a los labios como queriendo retener y recordar ese beso que, sin ellos probablemente saberlo, me dieron anoche con sus acordes. Sus músicos. Uuuuuffffffff. Me estremece el recuerdo de ayer. Y es que anoche volvió a pasar. Anoche esos músicos me hicieron sentir muy bien amada, me dejaron satisfecha, pletórica y encendida. Más que la mayoría de los hombres que alguna vez me amaron. Y es que anoche esos músicos volvieron a recordarme que soy una tía con suerte.

Déjame esta noche...





Déjame esta noche... soñar contigo, 
déjame imaginarme en tus labios los míos, 
déjame que me crea que te vuelvo loca, 
déjame que yo sea quien te quite la ropa, 
déjame que mis manos rocen las tuyas, 
déjame que te tome por la cintura, 
déjame que te espere aunque no vuelvas, 
déjame que te deje, tenerme pena. 

Si algún día diera con la manera de hacerte mía, 
siempre yo te amaría como si fuera siempre ese día, 
qué bonito sería jugarse la vida, probar tu veneno, 
que bonito sería arrojar al suelo la copa vacía. 

Déjame presumir, de ti un poquito, 
que mi piel sea el forro de tu vestido, 
déjame que te coma solo con los ojos, 
con lo que me provocas yo me conformo. 

Si algún día diera con la manera de hacerte mía, 
siempre yo te amaría como si fuera siempre ese día, 
qué bonito sería jugarse la vida, probar tu veneno, 
que bonito sería arrojar al suelo la copa vacía. 

Déjame esta noche... soñar... soñar... contigo

...

¿Y para qué añadir más, si ya lo ha dicho todo (y cómo) Zenet?

Pd. Me voy a derretir cuando cante esta canción. Voy a sentir un cosquilleo en la nuca y voy a querer pedirle que sea el padre de mis hijos. Siempre me pasa. Y el día que no me pase, matadme. No creo que valga la pena vivir una vida en el que la música no me ponga un cosquilleo en la nuca, en las orejas, en el vientre y en los muslos...

pooh pooh bee doo



tengo una novela por capítulos (o posts) que continuar sabe a desgarro de flamenco y a orgasmo de jazz mañana lo prometo siempre prometo que mañana lo prometo

tengo una melodía metida en la cabeza pooh pooh bee doo mientras trabajo en una guía cátedra de recursos audiovisuales para la educación

tengo un disco que recomendarle a miguel ángel una canción que dedicarle a mi soulmate y un vino que tomarme con roberto pooh pooh bee doo

tengo una nostalgia en las entrañas de horas en la n41 aprendiendo enseñando riendo compartiendo inventando creando

tengo que ordenar el salón (¿seré desordenada por un resentimiento no integrado hacia la figura materna?) pasar el aspirador limpiar el polvo fregar el suelo

tengo que hacer una crema para gastar las verduras que hay en la nevera o se echarán a perder pooh pooh bee doo odio tirar comida me siento miserable

tengo que ducharme darme crema vestirme maquillarme un poco pasear hasta el inem pelearme con una funcionaria coger el metro a velázquez para ver a jane

tengo una novela por capítulos (o posts) que continuar i wanna be loved by you just you nobody else but you i wanna be loved by you paah-deeedle-eedeedle-eedeedle-eedum poo pooo beee dooo

Long Play. Flamenco, jazz y otras lágrimas (primera entrega)

Cuando Soledad se vio rompiendo aguas en el corral en el que ella misma había nacido treinta y tres años atrás, no pudo evitar echarse a llorar. Lloró por sentirse tan sola, por lo que había dejado atrás y por la angustia que invadía sus entrañas y le dejaba un regusto amargo y ácido en la garganta.

Cuando María, la madre de Soledad, entró en el corral y vio a su hija encogida en el suelo, sujetándose la barriga como si con ello tratara de impedir el parto, no pudo menos que correr a sentarse junto a ella y solidarizarse en el llanto. Así, María y Soledad lloraron juntas por primera vez desde hacía treinta y tres años, cuando la madre dio a luz a la hija en ese mismo corral pero sin nadie al lado. En aquel momento, María, joven y viuda desde hacía tres meses, lloró con la amargura de quien se sabe desamparado. A su marido, lo único que tenía en la vida, se lo habían matado tres meses atrás dejándola con las entrañas podridas de odio y de llanto. Cuando rompió aguas mientras tendía las sábanas, solo tuvo tiempo de agarrarse a una sábana y dejar que la niña saliera. Fue un fracaso, la fuerza con la que tiraba de la sabana hizo que el pedazo de tela blanca se rasgara en dos pedazos. Al verlo, no pudo evitar echarse a llorar por la sábana rota. 

Al salir la niña, María se la llevó a la cara, aún con el cordón umbilical entero y sangriento, y las dos, madre e hija, lloraron al unísono.

Ese fue el momento más íntimo que vivieron madre e hija. Habrían de pasar treinta y tres años para que las dos volvieran a llorar juntas.

Soundies

Desde 1941 y hasta 1946, la compañía RCM Corporation produjo una serie de cortometrajes de unos tres minutos de duración. Todos ellos estaban protagonizados por músicos, llevaban por título el de una canción y se reproducían en unas máquinas conocidas como Panoram, muy similares a las jukebox.




A día de hoy, estos cortometrajes están considerados como el antecedente más claro e inmediado de los videoclips. Se trata de los Soundies. Músicos como Duke Ellington, Count Basie, Lionel Hampton y Nat King Cole, entre otros muchos, grabaron sus canciones para ser reproducidos en esas máquinas Panoram. Aquí tenéis un documental (en cuatro partes) sobre estos Soundies. ¡Disfrutadlo!








Sobre la defensa de mi tesis doctoral

Esta fue la presentación que usé en el acto de defensa de mi tesis doctoral. Cómo pasa el tiempo...


 

Lo mejor de 2012

Es que no han podido con nosotros. Y mira que lo han intentado, los muy...

Lo segundo mejor de 2012 es que ya se acaba y, como decía la canción, lo mejor aún está por venir.

Lo tercero mejor de 2012 es que aún seguimos juntos, después de tanta sangre, después de tantas notas, después de tantas risas, después de tantas despedidas, después de tantas "tantas".

Y es que, después de todo, The Best Is Yet to Come...




Cuando esté frente a él


Cuando esté frente a él (por fin otra vez), sentiré un cierto mareo cálido.
Trataré de esconder mi inquietud bajo una copa de vino.
Jugaré torpe y nerviosa con mis manos, porque desde que dejé de fumar ya nunca sé qué hacer con ellas. Siempre me falta algo entre los dedos y creo haber perdido para siempre la coordinación y dominio sobre ellas.
Él bailará para ella y con ella, acariciando su embocadura, casi besándola en un letargo idílico.
Miraré entonces hacia otro lado, incómoda como quien observa de manera casi accidental un acto sexual ajeno. 
Pero volveré a él, porque me llamará desde el escenario, aunque nadie perciba esa llamada. 
Tampoco nadie escuchará mi caída de ojos que, en ese momento, ya no será para él, sino para ella, tan brillante, tan sutil, tan delicada y, en (falsa) apariencia, insignificante. 
Me arderá el vientre, ya sí, cuando suene aquella canción. 
Me morderé el labio (¡Cómo evitarlo!) cuando él alcance esa nota.  
Mirará de reojo hacia mi copa de vino (tinto, rojo, sangre), protegiéndose bajo su armónica.  
Yo balancearé mi cadera sin remedio por y para él. 
Mi mirada le adulará de frente, desarmada. 
Y entonces, justo un segundo antes de que por fin él me sonría de cara, yo le susurraré un casi inaudible "Jass it up, man!"

Querido hombre de mi vida

Escribí esto hace diez años. Hoy lo he descubierto en una vieja carpeta. Copio y pego sin editar ni una sola tilde. Psicoanalizándome ando tras la lectura...

* * * * *


Querido hombre de mi vida al que todavía no he conocido:

Habría sido más rápido enviarte un e-mail, pero no sé tu dirección electrónica. Ni siquiera sé si usaras Internet habitualmente.
No sé nada de ti. No sé cómo te llamas ni cómo te gusta tomar el café. Puede que ni siquiera lo tomes. A lo mejor prefieres el té o la leche con cacao. En ese caso, tendrás que acostumbrarte al sonido de la cafetera por las mañanas.
¿Sabes? Cada mañana, desde que tengo uso de razón, una melodía que se parece al ruido que hacían los trenes de vapor que veía en las películas cuando era niña, ambienta la banda sonora de mi casa.
Chup-chup chup-chup chu-chup. La verdad es que no es exactamente igual que el ruido de aquellos trenes. Son chup-chup más cortos y rápidos.
Yo corro desde el baño para apagar el fuego. Es una pena cuando el café llega a hervir por dejarlo más tiempo de la cuenta. Se echa a perder y hay que hacerlo de nuevo.
Retiro el café del fuego y lo pongo sobre la encimera de granito. Y, en ese momento, levanto la tapa. Vas a pensar que es absurdo, pero me gusta dejarle respirar. Sí, ya sé que no es una botella de vino que lleva encorchada veinte años, pero, igual, a mí me gusta dejarle respirar un poquito antes de beberlo.
Cuando levanto la tapita de la cafetera, el mejor aroma del mundo inunda toda la casa. Yo cierro los ojos y digo mmmmm. Ese momento es el mejor del día.
Mientras el café respira, yo vuelvo al baño a seguir lavándome los dientes.
A cepillarme el pelo.
A ponerme la crema en la cara.
Siempre voy apurada de tiempo. Da igual a la hora que tenga que estar en un sitio. Yo siempre me despisto.
La impuntualidad es algo innato. No puede corregirse. Por eso, cariño, no debes enfadarte conmigo cuando quedemos para ir al cine y yo llegue cinco minutos tarde. No puedo remediarlo y no lo hago con mala intención. Me sale así. ¿Me perdonarás ese defecto?
Yo, a cambio, te prometo desvivirme por ti. Cocinaré recetas exóticas para que digas ¡mmmmm qué delicioso!
Cada noche, mientras me haces la sillita para que durmamos encajados el uno en el otro, yo inventaré un cuento para ti, con las palabras que tú me digas. Si quieres un cuento sobre un calcetín de cuadros, yo te contaré el cuento del calcetín de cuadros que soñaba con ser un calcetín liso.
Los domingos pasearemos por el Rastro. Yo haré fotos en blanco y negro que luego revelaremos juntos llenando nuestro hogar de un mágico olor a química. Tú regatearás a los vendedores de camisetas. También regatearás en el puesto de Manuel, pero en este tenderete lo harás sólo por diversión, por hacerle rabiar.
Manuel es un buen hombre. Puede dar la impresión de ser muy refunfuñón, porque siempre anda farfullando como las lentejas, si te gustan bien y si no las dejas.
Manuel vende vinilos de jazz y dice que lo hace por placer. Pero yo sé que eso es una mentira que él se cuenta a sí mismo para no reconocer la mala tormenta laboral que azota a este país.
Hace mucho tiempo, él era uno de los mejores contrabajos de jazz de este país. Le llamaban para dar conciertos o para acompañar a las grandes estrellas que venían a Madrid. Pero el jazz no es una música de masas y las llamadas empezaron a distanciarse más y más hasta quedar en nada.
Así que, un día, Manuel puso ese puesto en el Rastro. Lo que pasa es que es muy orgulloso y no tolera que nadie le regatee en lo que él llama “lenguaje divino”.
Se pone muy exaltado y echa al que le intenta rebajar algo de dinero. Mientras se aleja, me mira y farfulla tú te crees que regatearle a Charlie Parker, ya no hay respeto ni por los muertos.
Yo me sonrío por dentro. ¿Sabes? No es el ogro que parece. A mí me ha regalado muchos discos, aunque no le comprara ninguno. De tanto en cuando, me alarga un vinilo y farfulla anda, escucha eso, que si no se os aconseja, acabáis escuchando cualquier cosa. Y yo le doy las gracias y él mira para otro lado porque odia que yo vislumbre su generosidad.
Después de charlar con Manuel, iremos a comer de tapas a Chamberí. Te parecerá irreal, pero en ningún sitio del mundo está tan buena la cerveza como en los vasitos que ponen en las tabernas de la glorieta de Bilbao.
Yo empezaré a estar un poco borrachina y me reiré sola sin que tú entiendas el motivo. Pero, igual, me mirarás con dulzura y me dirás que nos vayamos a dormir.
Me pondrás el pijama y me arroparás con el edredón para que echemos la siesta en condiciones. Entonces, querido hombre de mi vida, te tumbarás a mi lado y me acariciarás muy lento la frente. Yo gemiré un mmmmm ¿sabes que te quiero con toda mi alma? Y tú susurrarás muy bajito tss tss duérmete loquita.
Por la noche, prepararemos una tabla de queso y paté. Abriremos un Ribera del Duero y lo saborearemos a sorbitos pequeños mientras vemos una película de Woody Allen o de Stanley Kubrick. Yo liaré un porro y tú halagarás mi técnica. Fumaremos disfrutando cada calada y estrellaremos las miradas borrachas de amor y hachís.
Después, me dirás que nos vayamos a dormir. Pero yo seré muy pícara y te besaré el cuello.
Te lameré los codos.
Te morderé muy flojito los pezoncitos rodeados de bello.
Ya sabes cómo acabará la noche. No te dejaré dormir hasta que no hayamos tenido un par de orgasmos, quizá tres. Nos abrazaremos y nos quedaremos dormidos empapados en sudor y saliva.
A la mañana siguiente, chup-chup chup-chup chup-chup. La casa se inundará con ese aroma tan delicioso.
Te querré, y además muchísimo, porque serás el hombre de mi vida al que ya conoceré.
Finalmente, cuando yo sea una moribunda en nuestro lecho, te diré que te he amado más que a nada en la vida.
Tú contendrás una lágrima y me susurrarás tss tss duérmete, loquita.
Pero tienes que darte prisa, desconocido hombre de mi vida. No nos queda mucho tiempo. Los médicos dicen que pueden quedarme seis meses, un año tal vez. No son capaces de precisar más.
Y yo no quiero irme sin que me hagas la sillita cada noche hasta el fin de mis días. Creo que tengo derecho a conocerte.

Siempre tuya,

la mujer de tu vida a la que aún no conoces.

El orgasmo de la guerrera

Dicen que hoy es el Día Internacional del Orgasmo Femenino y a mí no se me ocurre mejor manera de celebrarlo que dejándome llevar por los éxtasis de todas estas bellas guerreras...

Una vez...





...Y otra...




...Mmmm...





...Y una vez más...




...Y otra...




...Más...




...Y...

 


Sí, soy una viciosa. Lo sé, pero es que las chicas son guerreras...

 (Continuará, no podría ser de otra manera)

Querida M.


Querida M.,

Has de saber que todos los informativos del mundo han abierto hoy con un llanto nostálgico en tu nombre. También, que no hay un solo periódico que no te haya dedicado hoy una página triste; que no hay un solo periodista que no se haya descubierto echándote de menos; que todo el mundo ha vuelto a encontrarse con esa mirada tuya que más que mirada era un puñal certero.

Has de saber que otra vez han errado, querida M., buscando en la dirección equivocada. En efecto, otra vez con el dichoso El misterio de Marilyn. ¿Alguna vez te has entretenido en contar cuántas páginas erradas se han llenado de tinta buscando la solución a un enigma absurdo? Ay, ¿cuándo aprenderán los medios que El misterio de Marilyn no es el que ellos persiguen resolver? No ha sido hoy, ni probablemente mañana. Realmente ni vende ni interesa contar que no importa si te asesinó la mafia, la CIA, los Kennedy o un amor despechado y no correspondido. Probablemente porque sí que te mató la mafia, y la CIA, y los Kennedy, y un amor despechado… Y lo más seguro es que aquella noche te masturbaras llena de frustración, dolor y soledad sin alcanzar el consuelo. También que lloraras, otra vez. Que bebieras, para ver si esa pena se iba. Y que te perdieras al fin en un sueño de calmantes químicos que te quitaran el dolor para siempre. Y a pesar de todo fueron ellos ‒la mafia, la CIA, los Kennedy, el amor despechado‒ quienes te asesinaron a sangre fría.

Has de saber, querida M., que las rotativas siguen errando. Sigues siendo aquella rubia frágil que, cuando se volvió loca de desamor e internada tras el abandono de Miller, fue rescatada y cuidada por DiMaggio, quien nunca dejó de quererte. Sigues siendo el mito sexual y la criatura hermosa que se enamoró de un político poderoso primero y de su hermano, también político, también poderoso, después. Sigues siendo una carretera llena de curvas que nos recuerda, a las demás, que no tenemos tus caderas, ni tu cintura, ni tu mirada que más que mirada era un puñal certero. Ay, querida M., sigues siendo una criatura bella y tonta a la que persigue el misterio de su asesino/suicidio.

Quizá tengan que pasar otros cincuenta años para que alguien se dé cuenta de que la resolución de El misterio de Marilyn Monroe no es quién puso esas malditas pastillas en tu estómago, sino quién fue la rubia frágil, mito sexual, carretera llena de curvas que reivindicó, sin saberlo, la independencia de la mujer mucho mejor que la mayoría de las feministas de la época. Esa criatura hermosa que se sabía bella y se sabía una artista, que se enamoró de hombres con demasiados enigmas, cercana al movimiento beat, y de la que ahora se cuenta que fue terriblemente cercana a la izquierda y al socialismo. Tan cercana que, según cuentan algunas buenas lenguas, simpatizabas ‒y mucho‒ con el Fidel Castro de aquellos días.

Ay, quizá tengan que pasar otros cincuenta años para encontrar un texto en el que no seas esa rubia frágil, mito sexual, carretera llena de curvas y criatura hermosa. Y, mientras tanto, no habrá un solo periódico que no te dedique una página triste ni habrá un solo periodista que no se descubra echándote de menos. Yo, por mi parte, seguiré quedándome atrapada en esa mirada que más que mirada era un puñal certero.





I Could Have Danced All Night with Sammy Davis Jr.

Sé que el título de este post puede resultar engañoso, porque hoy no voy a hablar de Sammy Davis Jr. A fin de cuentas, de lo mucho que le admiro ya he hablado en este blog. Y sí, aun a riesgo de que me acusen de cansina, les digo que podría hablar de él cada día y estoy segura no me cansaría nunca. 

Sin embargo, hoy no voy a hablar de él. ¿Para qué? Solo voy a dejarles a solas con él y con Steve Allen, aquel cómico que un día se metió en la piel de Benny Goodman y protagonizó The Benny Goodman Story  (Valentine Davies, 1956).

De lo enorme que puede resultar Sammy Davis Jr. imitando a Nat King Cole, Mel Tormé, Jerry Lewis o Louis Armstrong tampoco voy a hablarles, porque me quedaría corta. Es mucho mejor que ustedes le den al play y aguanten hasta el final. Después ya me dicen si no entienden cómo pudo un día Kim Novak pasar por las sábanas de este jabato. A fin de cuentas, I Could Have Danced All Night with Sammy Davis Jr...





#nosonbrotesesilusion



 ¿Y qué si nos mentisteis?

¿Y qué si quisisteis arrebatarnos nuestras ilusiones?

¿Y qué si muchos se creyeron que esto eran lentejas?

¿Y qué si nos convencisteis de que robarnos no era tan malo?

¿Y qué si nos creímos que quitarnos nuestro conocimiento, nuestra educación, nuestra sanidad y hasta un regazo en el que sentirnos seguros, era un mal necesario?

¿Y qué si nos negasteis el derecho al pataleo, al "ya no te quiero", al "sois unos hijos del demonio"?

¿Y qué si insultasteis nuestra inteligencia en cada comparecencia pública?

¿Y qué si os llevasteis todas nuestras lágrimas?

¿Y qué si le mentisteis a nuestros jóvenes que ellos habían nacido sin derecho a un futuro?

¿Y qué si nos obligasteis a hipotecar nuestros sueños?

¿Y qué si nos inmovilizasteis recurriendo al chantaje y al pánico?

¿Que y qué? So what!!! Que tocaba Miles en su trompeta para, en realidad, hacerle cortes de manga a todo el que se le ponía por delante.

¿Que y qué? Que somos más, que estamos más cansados y más hartos, que no vamos a dejar que nos robéis lo que es nuestro por puro derecho, que el conocimiento en nuestro, que el futuro es nuestro... y que os jodan. 

Mañana me pondré una pulsera de color verde-esperanza. Porque yo no os voy a permitir que sigáis paralizándonos con vuestra extorsión mafiosa. Porque #nosonbrotesesilusion. ¡Ea!


También, gracias

El pasado viernes 18 de mayo defendí, por fin, mi tesis doctoral. Este blog y quienes lo leéis habéis sido testigos de todo el proceso. Me habéis acompañado y apoyado cuando la investigación parecía estancada e imposible. A vosotros y vosotras, también, gracias. Permitidme hoy que use este espacio para reproducir la dedicatoria y los agradecimientos que figuran en mi tesis doctoral.








Fly me to the moon,
let me play among the stars,
let me see what spring is like
on Jupiters and Mars.
In other words…

A Fernando



Cuando estaba en 2º de B.U.P. mantuve una acalorada discusión con mi profesor de Ética y Filosofía. Hablábamos de la importancia de la comunicación y de los peligros que suponía la ausencia de ella, cada vez más alarmante, en la sociedad contemporánea. Unos días más tarde mi profesor escribía un artículo de opinión en el Diario Jaén. Hablaba de la discusión que habíamos mantenido y me llamaba “su amiga Olvido”. Yo le había dicho, y así lo recogía en su artículo, que muchas veces los contenidos básicos y primarios de comunicación se encuentran encerrados en unas simples palabras o frases cortas: Perdón, por favor, te quiero, lo siento, y también gracias, pero que es la cobardía la que nos impide pronunciarlas. Es esta última palabra, gracias, la que ahora me dispongo a rescatar y dedicar a todas aquellas personas que me han ayudado a realizar esta tesis doctoral y, mucho más importante, a ser la persona que hoy soy. Gracias a D. José Biedma López, aquel profesor de Ética y Filosofía, que me motivó siempre a cuestionarlo todo. Gracias también a D. Ángel Ruiz Fajardo y a D. Juan de la Torre Torres. Estos tres profesores alzaron la palabra educación a un significado sagrado en mi vocabulario.
Gracias, también, al profesor D. José Antonio Gurpegui, quien me ha guíado durante el desarrollo de esta tesis doctoral con el mimo y paciencia del mejor de los maestros. Tanto es así que, a día de hoy, no sé si es más amigo, más maestro o más director.
Gracias a mis compañeros del Instituto Franklin de la Universidad de Alcalá por ayudarme siempre en todo lo que estuvo en sus manos. Gracias a mis compañeros de la Universidad Europea de Madrid y a los de University of Malta. Todos y cada uno de ellos han contribuido, y cómo, a que hoy esté redactando esta página.
Gracias a la Biblioteca Nacional, a la Biblioteca Pública Municipal Conde Duque de Madrid, a la Filmoteca Española, a la Biblioteca de la Universidad de Alcalá, a la Biblioteca Dulce Chacón de la Universidad Europea de Madrid, al Media Resources Center de la Moffitt Library de University of California, Berkeley y, en concreto, a Mr. Gary Handman. Son las grandes personas las que hacen grandes a las instituciones. Todas estas bibliotecas son grandes y asombrosas gracias a la gente que trabaja en ellas. Por mi parte yo solo tengo palabras de agradecimiento por permitirme acceder a sus fondos de manera desinteresada y sin condiciones.
Gracias también a aquellas personas que no dudaron en ayudarme de forma desinteresada durante la realización de esta tesis doctoral. Helena Aristu, Aarón Rodríguez, Joaquín Sevilla, Lola Molina, Fernando García, Alberto de Francisco, Fco. Javier Muñoz, Irene Escolar, José Miguel Gonzalvo, Eva Jiménez y Jose Millares.
Quiero dar también las gracias a mis alumnos y alumnas. Son ellos y ellas quienes han hecho que sea un placer conjugar el verbo enseñar. No ha habido un solo día en el que no me hayan enseñado algo. No ha habido un solo día en el que no me hayan hecho pensar que tengo la profesión más bonita del mundo.
Gracias también a los músicos y cineastas que calmaron mis penas, me robaron sonrisas e hicieron del mundo un lugar mucho más habitable. Sin ellos, mi vida habría sido mucho más triste. Sin la trompeta de Louis Armstrong, el saxo de Charlie Parker o las películas de Billy Wilder y Clint Eastwood, quizá no estaría escribiendo esta página.
Gracias a mis amigos y amigas, son quienes más han hecho por mí, la mayoría de las veces sin ni siquiera saberlo. Benita Campos, Javier Gordillo, Zaida Núñez, Esther Sánchez, Laura de Mingo, Roberto Fuertes, Héctor Checa, Susana Hidalgo, Maria Laroussi, Margarita Andújar, Daniel Hare y Ernesto Filardi. También a mis amigos malteses, Fiona Navarro y Carmel Vassallo. Ellos han hecho que me sienta en Malta como en mi propia casa y que ya no quiera marcharme.
Gracias a mi familia, a mis padres, a mi hermano, a mi cuñada y a mi sobrina, que tiene la sonrisa más bonita del mundo. Porque me quieren sin condiciones e incluso cuando menos lo merezco. Sin ellos me sentiría perdida y desorientada.
Gracias también a mi otra familia. Es un lujo tenerles en mi vida, Esmeralda, Manolo, Mónica, Héctor, Raúl, cuñadas, cuñado, sobrinas y sobrinos.
Y, por último, gracias a Fernando, mi amigo, mi compañero y mi amante. Encontrarte y que te quedaras a mi lado sí que fue un verdadero golpe de suerte. Gracias por apoyarme, por protegerme, por hacerme reír cada día y por seguir colocando mariposas en mi estómago. Todavía. Te quiero.

Gracias



Porque una noche, aunque tú no lo sepas, me salvaste la vida. Sonaba el "Don't Explain" y yo llenaba un cenicero de miedos y desilusiones. Pero permíteme que esa historia aún me la reserve un poco más. Las heridas, a pesar de los años, aún pueden infectarse con la respiración de unos ojos inoportunos.

Porque mi primer gran artículo lo inspiraste tú y el biopic con el que un desalmado se atrevió a remover de ira los huesos de tu tumba. Sí, cariño, yo también sentí arcadas de cólera y asco.

También porque, como dice mi alma gemela, eres capaz de hacerme "llorar, sonreír, sufrir o callar en el intervalo de tres minutos".

Porque sin ti, el jazz, no sería tan elegante, ni tan increíble, ni tan sanador como lo es gracias a tu voz al gemir ese "All of me / Why not take all of me / Can't you see / I'm no good without you".

Y también porque una noche, aunque tú no lo sepas, me salvaste la vida.

Gracias.

In a Sentimental Mood



- 3 -

Charlie Parker terminó de tocar su How High the Moon al tiempo que la mujer terminaba su copa de vino. Se deja beber, se dijo en voz alta mientras miraba la etiqueta de la botella donde se leía “Los Boldos. Cuvée Tradition. Shiraz 2009”.

Dejó la copa sobre la mesa y sintió ganas de fumarse un cigarro. Hacía ya tres años que había dejado de fumar y, sin embargo, de tanto en cuando, sentía el deseo de encender un cigarrillo. Casi podía sentir el idealizado sabor del tabaco en su boca. Olía, mentalmente, un aroma que creía asociar a su marca habitual de cigarrillos. Cerró los ojos y terminó de saborear aquel pitillo ficticio que, todavía, luchaba por no convertir en real. Se puso de pie y fue hacia la estantería donde guardaba sus discos. Su madre le había dicho mil veces que se los llevara de allí, pero mil y una veces ella le había prometido hacerlo más tarde, otro día, cuando tenga tiempo.

Cogió el disco Duke Ellington and Jonh Coltrane, uno de los amores verdaderos de su vida, y lo llevó hasta el viejo gramófono de su abuelo. Puso la primera pista, In a Sentimental Mood y salió a la terraza. No había salido allí desde hacía mucho tiempo. No recordaba con exactitud cuándo, pero sabía con certeza que fue antes de que su madre decidiera arrojarse al vacío desde esa misma terraza.

Continuará...

San Javier


Es tan difícil no enamorarse y reenamorarse año tras año del Festival Internacional de Jazz de San Javier...

How High the Moon


- 2 -

Ben Webster acababa de tocar Over the Rainbow solo para ella. O, al menos, eso le gustaba imaginar cada vez que ponía un disco en aquel gramófono heredado de su abuelo. Su abuelo había sido su dios y su gigante. Más que eso. La sonrisa en la que acunarse y la mirada en la que recuperar el equilibrio. Abuelo, te echo tanto de menos, pensó mientras ponía un disco con la leyenda Charlie Parker Quintet Live 1948.

La mujer --hacía ya años que había dejado de ser una chica, aunque ella siguiera pensándose una jovencita necesitada de consejo, beneplácito y protección-- se llevó la mano al rostro. Se acarició la comisura de los labios y después el párpado derecho. Aquella misma mañana se había visto en el espejo una pequeña berruga y, un poco más arriba, su primera arruga. En ese momento, Charlie Parker tocaba -solo para ella- How High the Moon. Cerró los ojos y sonrió. ¿Te acuerdas, abuelo, de cuando me cantabas "quisiera ser tan alta como la luna"? Te reías, y yo hacía como que me enfadaba. Pero era imposible no caer contagiada por tu risa.

Volvió a tomar la carátula de aquel disco, pasando el dedo por las letras que formaban la leyenda Charlie Parker Quintet Live 1948. Se detuvo en el 1948. En ese año, tu hija solo tenía dos años. ¿Tendría ya, entonces, tanta rabia y tanta ira aquella niña, abuelo? ¿La miraste alguna vez y te cortaste por sorpresa con sus ojos de hielo afilado? Abuelo, ¿cuándo supiste que tu hija sería infeliz hasta el último de sus días?

Continuará...

El camino de baldosas amarillas



- 1 -

El camino de baldosas amarillas ha resultado ser demasiado largo. Y los zapatitos de charol rojo no funcionan por más que los golpee el uno contra el otro. Chas chas. Nada. Solo consigo hacerme daño. Chas chas. Ya tengo una rozadura en el talón. Chas chas. Nunca llegaré a casa, porque el Mago de Oz, que me espera al otro lado de estas infinitas baldosas amarillas, se ha cansado de esperar.

Continuará...

Ojalá nunca


¿Te acuerdas? Yo te había escrito una carta larguísima cargada de rabia y de veneno. Tú me contestaste con menos de diez palabras que encendieron mi ira. Eso no llegaste a saberlo nunca. Lo sospechaste, seguro. Pero nunca te concedí el placer de la certeza. Mi abuelo, que era mi dios y mi gigante, me decía siempre que no mostrara mi debilidad al enemigo. Lo sigo intentando, abuelo, te lo prometo. A la segunda, ya consigo callarme. Voy aprendiendo.

¿Te acuerdas? En aquel concierto, cuando la cantante negra que venía de New Orleans cantó What a Wonderful World imitando a Louis Armstrong, me preguntaste que por qué me gustaban las canciones de un hombre muerto. Yo te miré cargada de incomprensión y dolor. Al rato te contesté que porque nunca me decepcionaba, porque siempre me daba lo que esperaba de él, porque me conocía. Sí, Louis a mí. En realidad te estaba hablando del amor, de la fidelidad, de la integridad, de lealtad. Pero tú no lo entendiste, creo.

¿Te acuerdas? Te dije que ojalá nunca tuvieras que echarme de menos. Lo siento.

Razones para (re)enamorarte de Marilyn Monroe

Porque, a diferencia de la imagen vendida (o mentida), no fue en absoluta una mujer inculta.



Porque despertaba esa necesidad de querer salvarla. No vayas a saltar, te lo suplico.



Porque cuando parecía más débil y quebradiza, aún era más sexy.



Porque tenía más registros en su mirada que la mayoría de los actores y actrices juntos.



Porque tenía sueños imposibles.



Porque si te miraba debías sentirte la persona más afortunada del mundo.



Porque no necesitaba joyas para transmitir la idea del lujo.


Porque también tenía esa belleza serena.


Porque a veces también era ñoña.


Porque supo presumir de todo aquello que la definía como mujer. Desde todos los puntos de vista. Y nunca sintió vergüenza ni pidió perdón por ello.


Por mi parte, estoy enamorada de ella desde siempre. Desde el día en que la vi, por primera vez, como la Sugar Kane de Some Like It Hot. Creo que ella también tiene un poco de culpa en que mi #fuckintesis verse sobre la construcción del personaje del músico de jazz en la cinematografía norteamericana.

¿No son suficientes razones? Venga, una más. Si no te enamoras con esta, es que no tienes sangre en las venas.





Citas

"El sonido de Louis Armstrong tiene un poder curativo. Entraña sabiduría y perdón. Tiene el mismo sonido que la voz de esa persona a la que siempre recurres cuando algo malo te ha sucedido, ya sea tu abuela, tu madre u otro cualquiera. Esa persona que, mediante sus palabras y sus caricias, te reconforta y te alienta diciendo que todo irá bien. Ese sentimiento se puede encontrar en la música de Louis Armstrong, ese calor y esa familiaridad que te hacen sentir que, digas lo que digas, esa persona te comprenderá y aceptará tu punto de vista" (Geoffrey C. Ward y Wynton Marsalis, Jazz. Cómo la música puede cambiar tu vida).




And I love You, Louis



"Con todo, si a algún individuo en particular le corresponde el título de fundador del jazz moderno, éste no puede ser otro que Charlie «Bird» Parker" (Frank Tirro, Historia del jazz moderno).




And You too


Y es que, después de todo, "las cuatro palabras que resumen la historia del jazz son «Louis Armstrong-Charlie Parker»" (Philip Larkin, All What Jazz).

On The Road to Charlie Parker (una carta de amor a Anders Orborne)

Teclear "yout" en la barra de direcciones del Chrome. Como el Chrome es muy listo (y me tiene muy vista), pone él solo el resto de la dirección. Aparece justo debajo. Puedo ver claramente un www.youtube.com - Youtube - Broadcast Yourself.

Viene siendo una rutina. Antes de ponerme a trabajar en la tesis (#fuckingtesis para los amigos), me permito un vídeo (a veces dos). Siempre de música y nunca de chorradas realizadas por animalitos: osos, delfines, perros, gatos o humanos. Es mi premio pre-trabajo-duro: una canción que me haga alegrarme de estar viva un día más para haber podido escuchar esa canción.

Esta tarde también he tecleado "yout" en la barra de direcciones del Chrome. Y como es un navegador muy listo (y también porque me tiene muy vista), me ha sugerido el resto de la dirección. Debajo, en gris, aparecía www.youtube.com - Youtube - Broadcast Yourself. Así que le he dado al enter.

Youtube se ha aliado con los contactos de Google+ y me ofrece sus vídeos, normalmente de chorradas realizadas por animalitos y casi siempre animalitos de la especie humana. Así que yo me he ido al buscador directamente. Hoy no quería a Wynton, ni a Charlie, ni a Miles, ni a John, ni a Billie, ni a Louis (lo sé, hoy tenía un día raro). Después de pensar un poco, he escrito "Tipitina's". Tipitina's es el mejor club de música en vivo de Nueva Orleans. Y Nueva Orleans es la mejor ciudad del mundo. Si algún día me pierdo, ya lo he dicho alguna vez, buscadme por allí. Probablemente me encontraréis con un spiced rum and coke muy cerquita del escenario. En cualquier caso, si existe el paraíso, estará decorado como el Tipitina's. Lo mismo digo, buscadme cerca del escenario. Seré la chica del spiced rum and coke.

En la segunda página me he encontrado un vídeo llamado "Anders Osborne - Charlie Parker @ Tipitina's FQ.". Obviamente, le he dado al play.





En la tercera escucha ya me había enamorado de Anders Osborne, quería casarme con él, engendrar sus hijos y asarle pavo cada Thanksgiving. Después he buscado discos suyos, me he hecho con Live at Tipitina's y en él estoy, reenamorándome de la humanidad. Los que me leéis desde hace tiempo ya sabéis que no sé quedarme estas cosas para mí sola. No sé si es porque tengo miedo a reventar por llevar tanto amor dentro de las entrañas o porque la música, como todos los placeres buenos, siempre sabe mejor cuando es compartida. En cualquier caso, enjoy, my friend! Anders Osborne está cantando On The Road to Charlie Parker solo para nosotros dos. ¿Puedes creerlo? La vida vuelve a ser un milagro, ¿que no?