Muerte de un funcionario

Crucifixión, Antonio Saura


La mañana en que Félix apareció crucificado en la Plaza de Santa María, lo primero que pensaron todos es que por fin se había cumplido su sueño. Algunos, seguramente, se preguntaron quién podía haber hecho algo así. Pero con total seguridad no fue una pregunta reprobatoria, si acaso de cierta admiración silenciosa.

Nadie en el pueblo le conocía bien. Sabían que obedecía con diligencia cada orden y que elogiaba a los compañeros que no cuestionaban nunca su trabajo, aunque no siempre fuera fácil. Poco más. Nadie sabía que escuchaba boleros en una gramola heredada imaginando a la novia que nunca había tenido. Tampoco sabían que leía novelas de misterio y que Sherlock Holmes era su personaje favorito. No sospechaban que sabía hacer croché. Ninguno de sus amigos lo hubiera entendido y le hubieran acusado, como poco, de afeminado. No se hubieran parado a peguntarle cómo había aprendido, ni él hubiera podido hablarles de cuando su madre empezó a perder la cabeza y solo pudo comunicarse con ella a través del hilo y la aguja. Se sentaba a su lado y, mientras los dos tejían, ella le contaba quién había sido de joven, cómo se había enamorado de un hombre guapísimo y cómo había tenido un hijo con él antes de que se lo mataran en la guerra. Ella no sabía quién era el hombre que se sentaba a tejer cada tarde y él nunca le preguntó dónde estaba su hijo, por miedo a que le respondiera que había muerto el día que aceptó su puesto de trabajo.

“Crucifixión de un bondadoso funcionario”, titularon primero. “Muerte cruel de un funcionario”, “Sin noticias del verdugo del heroico funcionario”, fueron impregnando el papel maché que más tarde envolvería las lechugas de casi todos los hogares de España. La prensa había inundado el pueblo y los fantasmas de Félix comenzaron a arañar la tierra con los dientes para emerger a la superficie.

La policía comenzó sus interrogatorios con mano de hierro. Por los calabozos pasaron el carpintero, el maestro, el panadero y casi todos los músicos de la banda municipal. No consiguieron mucho. Algún ojo morado, un par de uñas rotas y gritos que congelaban el ánimo en mitad de la madrugada.

Mientras tanto, la gente del pueblo guardaba silencio, en parte por miedo, en parte porque nadie se decidía a condenar aquel excéntrico asesinato. Los periodistas, hambrientos de carroña, hablaron con las viudas de dos agricultores, con los hijos del médico y con los padres del aprendiz de ebanista. Tampoco sacaron nada en claro. Entre chatos de vino y copas de sol y sombra, empezaron a encontrar algunas de sus rarezas. El boticario les contó que a veces hablaban de las mejores formas de morir y que Félix siempre idealizó la crucifixión de Jesucristo. La vendedora de verdura de la Plaza de Abastos les dijo que solo compraba frutos de color verde: calabacines, lechugas, apio, espinacas y pimientos conformaban su dieta habitual. Los periodistas, que aún no habían oído hablar de intolerancias alimentarias o de vegetarianismo, salivaron de placer y empezaron a llenar sus artículos con las extravagancias de aquel hombre crucificado. El bondadoso funcionario cruelmente asesinado pronto fue conocido como un hazmerreír estrambótico.

En un pueblo cercano, Bélmez de la Moraleda, apareció una cara en la pared de una casa. Corría el año 1971. Los periodistas hicieron las maletas y se marcharon. Quizá en aquel pueblo encontraran los suficientes fantasmas con los que seguir envolviendo lechugas.

Ni la policía ni la prensa encontraron nunca al asesino de aquel funcionario de prisiones. El pueblo siempre guardó el secreto, nunca hablaron de las ánimas de sus ajusticiados ni de cómo las habían visto aullar en mitad de la madrugada, sedientas de sangre y especialmente agitadas, la noche en la que Félix, el funcionario de prisiones, el verdugo que había ejecutado a más de doscientos condenados a muerte, apareció crucificado en la Plaza de Santa María.

El pueblo en el que nací

 (Relato corto a partir de la fotografías "Milly, John, Jean MacLellan, South Uis", de Paul Strand; y "Boda de Marcel Bergès", de Colita).



* * * * *



El pueblo en el que nací empezó a hablarme un día. Al principio lo hacía en mitad de mis sueños. De pronto, tras escalar a la cima de un árbol, divisé una calle empedrada de mi infancia. Más tarde, los niños que una vez quemaron a un gato vivo volvieron en mitad de una madrugada. Esta vez fue diferente. Yo aún no había salido corriendo con el miedo atrapado en la tripa. Pude verles relamiéndose de gusto ante los gemidos del pobre animal. Todavía era noche cerrada cuando me desperté empapada en sudor y un poco de orina manchaba mi pijama. Llevaba treinta años sin hacerme pis en la cama. 

 "Milly, John, Jean MacLellan, South Uis", de Paul Strand

Tardé en comprender que eran misivas en clave, lo que tardé en descubrir que no eran mis recuerdos los que se me aparecían en sueños, sino la grabación de un espectador siniestro y, tal vez, algo perturbado. No soñaba lo que yo había visto un día mientras era castigada por mi madre, ni siquiera los flecos del sofá verde o el mono de peluche en el que mi yo niña se fijaba mientras ella me pegaba insistentemente con su zapatilla. Estas piezas de video me mostraban a mí, como yo nunca hubiera podido verme.
Como no le hacía caso, mi pueblo empezó a aparecer en la publicidad de los periódicos y mis recuerdos infantiles se colaron entre tuits y estados de Facebook que mis contactos retuiteaban o compartían ajenos a su significado. Pero yo seguí sin comprender que mi pueblo quería comunicarse conmigo.
En los últimos días de verano me envió una última señal con una fecha concreta: el alumbrado de la feria de San Miguel. Pero tampoco hice caso. Debí hacerlo. El día 29 de septiembre recibí una llamada de mi padre. Mamá había muerto. Cuando llegué al pueblo, ella olía a las clases de Química del instituto y estaba maquillada, con un traje sastre e incrustrada en un ataúd de nogal oscuro. Me costó reconocerla. No tanto porque ella no se hubiera acicalado nunca, como sí lo estaba aquel cadáver, sino por una serenidad en su rostro que jamás alcanzó en vida. Parecía como si hubiera necesitado morir para reconciliarse con sus propios demonios.
Mi pueblo no volvió a hablarme, mis sueños recobraron su normalidad y mis contactos en las redes sociales dejaron de compartir fotogramas y juegos de mi infancia.

"Boda de Marcel Bergès", de Colita

Anoche, después de algunos años, la madrugada se me llenó de calles empedradas. Al final de una de ellas aparecía yo, me estaba casando frente a la lápida de mi madre y la de mi abuelo. 
Esta mañana, nada más despertarme, compré un billete de tren a mi pueblo. Me gustaría mucho llegar a tiempo de despedirme de mi padre.

Microrrelato con sabor a salitre



Las pupilas se le llenaron de sal.
Al principio, intentó calmar el dolor con agua. Como no lo conseguía, añadió colirio. Más tarde, infusiones de tomillo, de jengibre, de miel...
Probó con todo tipo de remedios caseros. Ninguno funcionó. No pudo evitar que los ojos se le inundaran de heridas, de lágrimas y de salitre.
Consultó a médicos, a sabios y a curanderos. Nadie pensó que la causa de su dolor pudiera ser el océano, tan lejos de esa ciudad aislada entre montañas. ¿A quién se le iba a ocurrir que el mar pudiera mandar mensajes de desamor a través de lágrimas y de sal?

I've got you under my skin


I've got you under my skin
I've got you deep in the heart of me
So deep in my heart that you're really a part of me
I've got you under my skin...




Lo escribió un día Cole Porter, imagino que pensando en un hombre con el que tal vez no pudo besarse nunca en público.

Lo cantó Diana Krall. También Frank Sinatra, Dinah Washington, Sammy Davis Jr. y la enorme Mina

¿Podías imaginar, hace un mes, que estarías canturreando esta noche el I've got you under my skin? La vida es un milagro.


I've got you under my skin
Una no termina de entender los alaridos de ciertos poemas, ni el quejido de algunas canciones, ni los sobresaltos de ciertas pinturas, hasta que no vienen en fila y se le clavan como una guadaña en los intestinos. Solo cuando resulta imposible distinguir las mariposas de la angustia, solo entonces, se empiezan a masticar los significados y los significantes que un día vomitara un poeta en mitad de una tormenta.

I've got you deep in the heart of me
Tenía el mar atrapado en su mirada y las raíces de la tierra se le habían quedado a vivir en los rizos de su pelo. Tenía una sonrisa capaz de desnudar todos los miedos pero, a poco que te fijaras, te encontrabas de frente con sus fantasmas, que salían llenos de rabia a pedir dolor y sangre rasgando la comisura de sus labios. Era preciosa, también por fuera.

So deep in my heart that you're really a part of me
Diciembre nunca fue su mes favorito, hasta que empezó a comprender que los acordes de algunas canciones también pueden ponerte al filo de un precipicio. Fue entonces cuando se enfrentó al pánico que devoraba al espectador desde todas las pinturas de Hopper. Porque los fantasmas y las maletas de sus personajes pesaban más allá del lienzo. Y fue entonces, también, cuando se sorprendió por primera vez ante la belleza de una piedra, que nunca nació para ser tirada contra una ventana y despertar a la amada entre risas y comienzos, si acaso para pensarla y echarla de menos.

I've got you under my skin...
De Madrid le gustaban los taxis que bajaban bandera ante los primeros besos, los conciertos de jazz mojados en gintonic, los paseos por Ópera y diciembre, aunque nunca hubiera sido su mes preferido y aunque se le hubieran metido bajo la piel el mar y las raíces de la tierra.

Mujer que llora

Mujer que llora, Pablo Picasso



La primera vez que morí no debía de tener más de seis o siete años. Jugaba –estoy casi segura– con algún juguete de mi hermano y, de pronto, mi niñez se me congeló en un lamento, hasta casi poder hacerse trizas con el menor golpe. Un ruido venía desde el baño así que, sigilosa y con cuidado, me tumbé en el suelo, muy pegadita a la línea que la puerta dejaba entre aquel refugio y mi mirada indiscreta. Distinguí la silueta de mi madre, estaba sentada sobre el bidé. Aquellos ruidos empezaron a limpiarse y pronto pude distinguir su llanto. Se tapaba la cara con las manos, imagino que para no escucharse, para no verse y para no descubrirse totalmente aterrada y desnuda al borde de un acantilado.

Me levanté con cuidado del suelo. Un trozo de mi yo niña se quedó para siempre tumbada junto a la rendija de luz que dejaba pasar aquella puerta hecha de la misma madera que había servido para alimentar ataúdes y gusanos. Mi yo adulta despertó de un golpe a un mundo en el que los padres no eran invencibles, ni gigantes, ni todopoderosos. Un mundo en el que las madres lloraban y no eran felices. Jamás comenté nada de esto a nadie y, cuando escuchaba ruidos desde el otro lado del baño, me escondía en mi habitación, para no escuchar, para no ver, para no descubrir. Nunca supe por qué lloraba mi madre.

Hoy me he escondido en el baño, me he tapado la cara y he llorado. He escuchado respirar a la niña que se quedó tumbada junto a una puerta de la casa de mis padres, me espiaba sigilosa desde el otro lado. Al salir, no la he visto. De pronto me ha dado miedo de que a mí también vaya a guardarme el secreto.


Tortilla de patatas



* * * 

Había planeado el crimen perfecto. Pasarían las vacaciones en un pueblo pequeño de las Alpujarras, separado por carreteras infranqueables de la vida urbana, con una pequeña tienda de colmados, un bar y un médico de sustitución itinerante, probablemente recién licenciado, que pasaría consulta dos días en semana, quizá los martes y los jueves. Vivirían una segunda luna de miel y volverían a enamorarse el uno del otro. Y, entre grito e insulto, ella le iría envenenando poco a poco.

Para hacer una tortilla, es necesario romper algunos huevos, le había dicho siempre su abuela, una mujer gigante y maravillosa.

Lo primero que debemos hacer es pelar unas cuantas patatas. A ella también le habían arrancado poco a poco su piel, la habían ido desgajando hasta dejarla sin brillo. Una burla, un reproche, un desprecio, un bofetón, un grito, un insulto… Y con cada golpe una monda más sajada a su alma. 

A la semana de estar en el pequeño pueblo, el marido ya empezó a sentirse mal, aunque no le dio la menor importancia. El agua, la morcilla, las especias del sur... Total, no hay nada que un buen vaso de vino no cure. 

El Dr. Hernández, de veintinueve años, sustituía al Dr. Prados, que pasaba su mes de vacaciones en el norte, huyendo del calor sofocante de las Alpujarras y probando la mejor cocina del país. Ay, qué calamidad, estábamos viviendo una segunda luna de miel y había tomado una viagra para quererme más y mejor durante toda la noche. Habrá sido su edad, su sobrepeso, ay doctor, qué calamidad, qué voy a hacer ahora yo sin él.

Cuando se tienen las patatas peladas, se cortan a rodajas de unos dos o tres milímetros y se fríen a fuego lento en aceite abundante, junto a una cebolla hermosa cortada a juliana. Con cuidado y tranquilidad, porque las grandes gestas no entienden de prisas.

Había perpetrado el crimen perfecto. El marido murió y nadie le hizo una autopsia. Sesenta y dos años, fumador, sobrepeso, bebedor y actividad física inusualmente aumentada con ingesta de medicamentos estimulantes. Infarto de miocardio. Claro y cristalino. El Dr. Hernández no tuvo duda alguna en el diagnóstico. Al fin y al cabo, se había formado en una de las mejores facultades de medicina del país.

Cuando las patatas están tiernas y la cebolla parece una gelatina transparente y dorada, se retiran de la sartén, se salan y se dejan escurrir, para que se deshagan de todo el aceite que las ahoga.

Solo había cometido un error en su crimen perfecto. La tarde en que el señor de Madrid murió, mientras esperaban a los servicios funerarios que trasladarían el cadáver al cementerio de la Almudena, la viuda bajó al bar y se pidió una copa de vino. El mesero hubiera jurado que la señora sonrió y brindó con su reflejo en el espejo colocado detrás de la barra. Por suerte, unos días después este camarero empezaba una nueva vida en Colombia con una mujer de fuego que había conocido por internet y solo pensaba en sus caderas, en el avión que debía coger y en el lastre que no cabría en sus maletas, por lo que nunca mencionó a nadie aquella sonrisa siniestra ni el extraño brindis de la forastera que acababa de enviudar.

Por último, se baten unos huevos, se mezclan con las patatas y la cebolla, se cuaja una tortilla y se disfruta del manjar que sabrá, con total seguridad, a triunfo y a libertad. No puede faltar, en la cata, una buena copa de vino para brindar por las grandes obras ejecutadas con mimo y paciencia.


Escuchando a John Coltrane, A Love Supreme

Cumpleaños

Hoy cumplo diez años de bloguera en clave de jazz. El 30 de agosto de 2005 inauguré mi blog con este post de sabor ingenuo.
A los que habéis estado al otro lado de la pantalla desde el principio, a los que habéis llegado después, a los que os emocionáis con los mismos acordes, gracias.
Seguiremos por aquí. Jass it up, boys!


Duke Ellington & John Coltrane



Track 01. In A Sentimental Mood

Abrió la botella de Enate Syrah Shiraz 2007, se sirvió una copa para ella y sirvió otra para él. Se acercó el vino y estiró el brazo hacia la lámpara que la tía Blanca les había regalado para su boda. Ella se había empeñado en que quería tener un trozo de la judería de Córdoba en su casa y su tía, que nunca tuvo hijos y la quiso más que su propia madre, no paró hasta encontrar una lo suficientemente cálida y luminosa, que era como debía ser una cocina. Al fin y al cabo, es la habitación más hogareña y en la que se forjan los recuerdos, explotan las risas y surgen las conversaciones más importantes. Angélica observó las vetas de color contra la luz, sonrió, bajó el vino y lo apoyó sobre la mesa. Lo balanceó con cuidado, como en una caricia, para olerlo un poco después.

Track 02. Take The Coltrane

Había pocos aromas que le gustasen tanto. El del café recién hecho por la mañana, el del chocolate negro –negrísimo–, el del mar cuando estaba encabritado y el del vino recién abierto, servido en una copa generosa y balanceado al ritmo de una buena canción. Solo unos segundos. Los justos para despertarlo, para traerlo de nuevo a la vida. Y ahí, cuando apenas estaba desperezándose en una cuna de cristal, embriagarse con el olor de la uva, de la madera, de la ceniza o de las frutas.

Track 03. Big Nick

Nunca entendió a las personas que, sin ningún tipo de pudor, reconocían en público, en voz alta y con toda la fanfarronería del mundo, que eran “más de cerveza que de vino”. Sobre todo, cuando no eran más, eran solo. En resumen, que tampoco sabían utilizar el lenguaje, o sí sabían y mentían sin rastro alguno de culpabilidad. Ella no estaba muy segura de si era peor un iletrado o un mentiroso, pero ninguna de esas dos cosas le gustaban. Nunca había terminado de fiarse de ellos, como tampoco se fiaba de la gente que no tomaba postre, que no leía o que cometía faltas de ortografía.

“¿Quieres una copa de vino? Tengo un Gewurztraminer increíble, un italiano, te va a gustar. ¿O te apetece más un cava? Me han traído un Laietà que te mueres de amor. Sí, abrámoslo, la vida siempre es mucho mejor regada con cava”. “No, casi prefiero una cerveza si tienes, yo es que soy más de cerveza”. Y, entonces, ella ya sabía que no les dejaría nunca –pero nunca, nunca, nunca– dejar un cepillo de dientes en su cuarto de baño.

Trak 04. Stevie

No había preparado cena. Bueno, en realidad, no había cocinado. Había comprado un trozo de Chaumes, un foie de Lagansa, un poco de cecina y panecillos de todo tipo de delicias: uno de pipas, uno de nueces, uno de aceitunas negras y otro de aceite de oliva. Lo había dispuesto todo en la vajilla pintada a mano que habían comprado en Ravello. “Pero si todos los platos son distintos”, le había reprochado él. “Claro, así son más bonitos, porque no hay dos comidas iguales, ni dos días, ni yo misma voy a ser hoy igual que mañana”. “Desde luego”, había asentido él entre dientes.

Track 05. My Little Brown Book

Aquel Somontano olía a violetas y a beso detrás de la oreja derecha. Y a la sonrisa irremediable cuando la respiración ajena eriza la piel y un golpe de frío se sucede con la cálida caricia.

Se alejó la copa seis o siete centímetros. Respiró de nuevo. La cocina olía a patatas, a ajos, a cebolla, a aceite de oliva, a pastillas de caldo de cocido, de pollo y de pescado, a orégano, a pimentón dulce, a perejil, a galletas, a café, a queso, a foie, a pan, a cecina ahumada, a pasta seca, a granos de arroz...

Track 06. Angelica

“Siempre igual, tú y tus tonterías. Es solo vino”, resonaba en su cabeza, como la cantinela reprobatoria que nunca se cansó de decir.

Al principio, no pudo evitar el pudor, y hasta llegó a disimular su pequeña ceremonia para que él no se diera cuenta. Pero siempre se daba cuenta. Daba igual que ella balanceara imperceptiblemente el vino, dos milímetros, uno… Él siempre la descubría. “¿Qué haces? Ya estamos otra vez, tú y tus cursilerías”. Hasta que a ella le dio igual y ya no escondió nunca su ritual, ni sus bragas viejas, ni la cera de depilar, ni la caja de tampones.

Track 07. The Feeling Of Jazz  

Cerró los ojos y volvió a acercarse la copa de vino. Gimió muy bajito, mientras una leve sonrisa le apareció en el rostro. “Va a estar bueno, como un baño en la playa a las siete de la mañana en agosto, desnuda, después de haber corrido 10 o 12 kilómetros. Como una pizza margherita en Napoli, como unas kokotxas al pil pil en Donosti, como unos bombones en Bruselas y como un puro en La Habana”, pensó. Abrió los ojos de nuevo, miró hacia su copa de vino, la chocó contra la de él, que descansaba sobre la mesa, inerte e inamovible, sin ninguna mano que cogiera su tallo, y solo dijo “feliz aniversario de divorcio, querido, estés donde estés”.

Después, subió el volumen del disco y se llevó la copa a la boca. Gimió bajito, como se gime con los manjares y los placeres sublimes.



Escuchando Duke Ellington & John Coltrane (probablemente mi álbum favorito de jazz)