¿Cómo es España? - me preguntan siempre mis alumnos de una forma u otra. Surrealista, pienso. Yo hago como que estoy buscando las palabras apropiadas mientras sigo manteniendo un diálogo conmigo misma. España es surrealista. Hace ya tiempo que nos hemos instalado en un país que vive al revés. Trabajo para una universidad progresista y confesa de un partido de izquierdas en pro del trabajador. Tengo un horario estricto que incluye, si se tercia, fines de semana lejos de mi cama, de mi ducha y del cuerpo cálido del Hombre. Tengo que ser flexible e impartir Cine Español un día (y fingir que me gusta) o los Atentados del 11-M al siguiente. Tengo que redactar noticias desde un punto de vista muy progre, que para eso lo somos. Y, sin embargo, la universidad progre en pro del trabajador me pide que sea autónoma y yo misma me pague mi seguridad social.
¿Te gusta tu país? - me pregunta otro. Nunca entendí del todo el surrealismo. Me cuesta disfrutar con esa corriente artística, sigo pensando para mí misma. No entiendo (lo siento) que elijamos a un señor que ratifica las nauseabundas declaraciones de un imbécil que se atreve a hacer un ranking de gravedad situando al aborto en el número uno de los pecados, por delante, por supuesto, del abuso sexual a un niño. Da igual que tenga sobrinos y da igual que con Laura se me caiga la baba a regueros. Aunque Laura no existiera, seguiría sintiéndome indignada y desprotegida. ¿No es eso apología de la pederastia? ¿No es delito hacer apología de otro delito? Yo creo que sí. Y me cabrea a unos niveles tan enormes que me enveneno yo sola.
¿Cómo describirías España? - le pregunto yo siempre a mis alumnos en una clase u otra. Me gusta la fiesta. Me gusta la paella. Me gustan las chicas. Me gusta el sol. (Les encantan los tópicos). ¿Y no os gusta lo surrealista que es? - pienso mientras les sonrío con la cortesía precisa para no cortarme las venas.
Pd. Todo esto venía sólo por la gota que siempre acaba colmando el vaso. Festival de ¿Jazz? de Collado Villalba, más conocido como Viajazz. Cabeza de Cartel: Serrat. ¿Es o no para descojonarse?
No debe hacer ni un año. El escenario era un garito de Malasaña. Las lenguas de los Rolling adornaban unas paredes sucias, más por estética que por falta de higiene. Yo hablaba de Jazz, porque estaba con mi amigo Juan, que sabe de jazz lo que yo me moriré sin saber, y por ello a veces le envidio de una forma muy insana. (Juan, no sabes cuánto de echo de menos)
Algunas noches nos juntábamos los cuatro (mi mejor amiga, Juan, que siempre se portó como el mejor amigo, El Hombre y yo). Cenábamos. Juan siempre pedía ensaladas, porque quería guardar la línea. Yo prefería platos menos sanos y más sabrosos. Él refunfuñaba un rato. Los fritos por la noche, los hidratos por la noche, la madre que nos parió por la noche... Y, entre tanto, divagábamos. Hablábamos de ya no se hacen películas como Manhattan, de ¿te gusta la Verve (casa discográfica)? ¿tú decías que te gustaba el jazz?, de ¿sabes que han sacado un libro de Coltrane? Ya lo tengo. Juan siempre lo tenía todo. Yo me burlaba de su pedantería, él se hacía el picajoso y, entre tanto, la felicidad se me asomaba a las pupilas. (Juan, no sabes cuánto de echo de menos)
Una noche, con más ron en el cuerpo que hojas de lechuga, me dijo el jazz está muerto. Se murió hace tiempo. Y me enfadé, me puse defensora/fascista de una causa perdida de antemano. Juan sabe de jazz lo que yo nunca sabré, pero también sabe del arte de la oratoria. A medida que él desarmaba mis argumentos yo me enfadaba más y más y más y más. Creo que hasta le insulté. Él me respondió con una carcajada. Había ganado la batalla. Cuando me chillas o cuando me insultas, pierdes automáticamente la pelea, me decía mi abuelo, que sabía leer a duras penas y era el hombre más sabio del mundo. (Juan, no sabes cuánto de echo de menos)
Y ahí se me quedó la amargura de la batalla perdida. El jazz no está muerto, Juan, pienso de vez en cuando, cada vez que una canción me araña las encías. El jazz no puede estar muerto, Juan, suplico cuando necesito convencerme a mí misma.
Sin embargo, sí digo el cine está muerto. Se lo llevo diciendo algún tiempo al Hombre. [No ayuda que me encuentre escribiendo sobre el uso del jazz en el cine mudo, desde luego]. Pero no me refiero a que el cine haya muerto, claro que no, sería reconocer que ha muerto uno de mis amantes preferidos, aquel que me salva la vida a una velocidad vertiginosa de tanto en cuando. Me refiero a la concepción hasta ahora entendida. Me refiero a que hace mucho tiempo que no me engancha la noticia de un próximo rodaje. Me refiero a que no recuerdo la última vez que busqué en foros a un director de cine. Me refiero a que ya no hablo con nadie de la película que vi el sábado. Sin embargo, sigo en twitter los comentarios sobre ese otro cine, tan menospreciado por los puristas del cine (ya he dado muchas veces mi opinión sobre los puristas de lo que sea). También, sin embargo, cuando leí en la Bourbon que Meat Loaf salía en el episodio 20 de la quinta de House, me faltó tiempo para bucear en internet con el ansia encendida en las uñas mordisqueadas.
Hernán Casciari, con la excusa de hablar de Lost en su blog, se apoderaba hoy [entre líneas] de mis pensamientos. Y, tras leerle, me he sentido mucho menos sola. Me he acordado de mi enfado por el jazz ha muerto y he echado mucho más de menos a Juan. Un día de estos debo de llamarle para decirle ya entiendo lo que querías decir. Por cierto, no sabes cuánto de echo de menos.
El domingo por la noche me sentí como un acantilado. El Hombre había llegado al salón y lo había dicho como quien no sabe donde enfocar la vista para no encontrarse con una mirada hueca o cadavérica.
El domingo por la noche se me agolparon las cartas de amor adolescente. Fue una historia hermosa, idealizada como se idealizan todas las historias muertas antes de sangrar siquiera. Da igual cómo él se llamará. Sus cartas siempre traían dentro un poema de Benedetti. Él se fue, o me fui yo, pero el poeta siguió. Vinieron otros que siempre se fueron, o me fui yo, y dejé sin mis dudas / pobres y malheridas / sin mis inmadureces / sin mi veteranía.
Compré libros suyos en librerías con solera. Recité un capítulo de Primavera con esquina rota tratando de creerme mejor persona. Le plagié sin ser del todo consciente en mis historias personales. Una noche lloré leyendo uno de sus relatos en voz alta. Aprendí que uno de los mejores regalos que puedes hacerle a alguien es leerle y dejarte leer en voz alta. Y Benedetti es un autor para ser leído y saboreado en voz alta.
Años más tarde, un concejal leyó Táctica y Estrategia el día de mi boda. Y ése fue uno de los mejores regalos de aquel día.
El domingo me di cuenta de que ya no volverían las tardes de radio en Villaviciosa. Decidimos salvarnos después de todo. Mira que prometimos sin palabras que nosotros seríamos distintos, que no nos juzgaríamos sin tiempo, que no nos pensaríamos sin sangre…
Todo hubiera sido mejor si hubiera hablado en boca de él las muchas veces que me quedé callada. Las veces que no insulté o definí cuando mis entrañas me pedían esa última palabra. Los versos que no susurré después de una noche de sexo amable. Los tratos que no llegamos a hacer porque sabíamos que no podíamos contar el uno con el otro. ¡Y que no haya aprendido todavía que en el mundo real no hay posibilidad de pause ni rewind!
El domingo se me agolparon mis pasados. El Hombre entonaba la voz como queriendo convertirla en un abrazo. Nunca le he dicho lo importante que fue para mí Benedetti. Y, sin embargo, sabía que la noticia iba a apuñalar a mi soledad tan concurrida, tan llena de nostalgias. Por saber cosas como esas es, después de todo, El Hombre.
No sé cómo terminar esta rabia contenida. No es tristeza lo que siento sino una profunda rabia. Porque en momentos como estos es cuando no entiendes por qué se nos tienen que ir siempre los necesarios cuando hay tantos Ratzinger y tantos Cheney revolviéndonos el estómago a la hora del telediario.
No quería escribir estas palabras, porque estos días todo el mundo tiene un momento para recordar poemas que nunca le arañaron las encías. Quería quedarme para mí el enfado y la impotencia. Pero llevo desde el domingo con esta sensación extraña y quería vomitarla para poder seguir defendiendo la alegría.
Cuando el crítico Olin Downes y el compositor Elie Siegmeister recopilaron su Treasury of American Song en 1940 no incluyeron ningún tema de jazz porque: Las canciones de jazz son de corta vida, ya que sólo buscan valores de entretenimiento superficiales y son incapaces de enraizar profundamente en los sentimientos humanos
Porque a veces necesitas que te arranquen la sonrisa de las caderas. No siempre la carcajada viene de fábrica. No siempre consigues olvidar la alergia a alguna florecilla horrible de esta tierra a ratos inhóspita...
Porque a veces me harto de leer sesudos tratados sobre la música en el cine silente y lo que necesito es, simplemente, ponerme este disco, cerrar los ojos, bailar para Duke un rato y guiñarle un ojo lleno de picardía a Louis. Ahora, que el calor aprieta, llevo un short que compré en su ciudad. En la parte trasera (o en mi culo) se lee "Bourbon Street". Así que también le hago un golpe de cadera cómplice al amigo Louis, para que sepa que yo también me volví loca de amor por Nueva Orleans. Todo eso, con los ojos cerrados, en este instante que es sólo mío. Ni del Hombre, ni de mi Director de Tesis, ni de mi verdadero Director de T(H)esis... I'm just a lucky so and so, bluesea Armstrong mientras Duke acaricia de esa manera tan suya y tan única las teclas de algo que ya no es un piano. En él no. Ya sabes de lo que hablo...
Porque con I don't mean a thing (if it ain't got that swing) aprieto los puños. Me pasa pocas veces, con pocas canciones. Pero a veces pasa y no puedo dejar de morderme el labio y de apretar los puños. Escucho algo especial (en sí o por mí) y deseo subirme a la mesa para convertirme en una striper mal de familia bien. A veces un scat puede ser tan erótico... ¿Acaso puedes decir que no?
Porque muchas veces me he preguntado qué estoy haciendo. Me ha entrado el miedo. He imaginado que cogí el desvío equivocado. Me equivoqué a los trece años cuando decidí escoger letras en lugar de ciencias (quizá ahora podría ser médico, como mis padres, y no mirar la cuenta por si me he quedado en números rojos). Me equivoqué a los veintidós cuando rechacé un trabajo en una agencia de prensa rosa para coger una beca (de 150 euros mensuales) en el gabinete de comunicación de una escuela de cine. Me equivoqué cuando decidí olvidar mi carrera y hacer una tesis sobre una cosa de la que no tenía ni idea. No han faltado "amigos" empeñados en recordarme que nunca sabré lo que ellos. Siempre habrá un teórico del cine a quien no conozca. Siempre habrá un nombre técnico que no sepa. Pero cuando hago un descanso como éste y cierro los ojos para bailar con Duke Ellington y Louis Armstrong todo eso se olvida. Ahora mismo, Louis me está cantando al oído Solitude. Si hubiera escogido ciencias, o si hubiera aceptado aquel micrófono para perseguir a Belenes Esteban... ahora no estaría a solas con Louis, buscando esa biografía en la que cuenta cómo se ganaba la vida tocando en salas de cine mudo. Y Solitude no estaría sonando sólo para mí en un descanso de histeria y miedo. Es verdad, quizá me equivoqué de desvío. Pero de no haber cogido el camino erróneo, Matt no me habría abrazado mientras me daba las gracias por ser su mejor profesora en toda su vida universitaria. (Aún se me cae la baba)
Suena Just Squeeze Me... Eso, sólo necesitaba un abrazo. Algún día tendré que contar cuántos abrazos me han dado Duke, Louis, Chet, Ella, Billie, Stan, Charlie... Pero hoy, en este momento, quien me ha consolado de mi miedo, han sido ellos, mis dos galanes preferidos.
Pd. Si alguien necesita también un baile con ellos, un guiño cómplice, un abrazo o un golpe de caderas...
Desmenuzando, sacando citas, saltando a otras informaciones gracias a La música en el cine de Michel Chion.
Buscando desesperadamente un cortometraje perdido. A mi alma gemela ya se lo conté un día. La Original Dixieland (Jazz) Band, no sé si antes o después de incluir Jazz a su nombre, salieron en un cortometraje. Corría, también, el año 1917. Era (también) la primera vez que unos músicos de jazz aparecían delante del objetivo en una película. The Good for nothing, de Carlyle Blackwell. La película parece perdida. ¿He contado alguna vez lo insistente/yonki que puedo llegar a ser? Necesito verla.
Desmenuzando a Michel Chion esta tarde de fiesta. Escuchaba a El Cantor de Jazz y le acosaba por twitter. Creo que ya no me falta ninguna herramienta web 2.0 a la que afiliarme. Después de embobarme con su selección musical y su voz acogedora, he decidido descargarme sus antiguos regalos y escucharlos en el ipod cuando apague la luz de la mesilla de noche.
Habla Chion de La Calle 42 y dice "en este ballet, la ciudad entera parece sacudida, conducida, por un desenfrenado ritmo de jazz. El crimen, el sexo, el dinero, la crónica de sucesos, todo está sometido a este ritmo fundamental".
Fundamental.
1. adj. Que sirve de fundamento o es lo principal en algo.
(vía RAE)
No, no me estoy equivocando. Efectivamente, el jazz y el cine, o el cine sobre jazz, es lo principal en algo.
Por Harry Edison (no puedo evitar enamorarme de su trompeta una y otra vez), también por la batería de Joe Jones, tan perfectamente contenida.
Por el humo que asciende, entre la timidez, la curiosidad y el ansia de ser partícipe.
Por la fotografía, que es mágica. Por los planos, por la luz, por las perspectivas.
Porque me hace sentir que no me he equivocado, que estoy en el camino correcto. Porque hace que quiera meterme a escribir como una loca para tener el Capítulo II terminado para el viernes (te lo prometo, H). Porque si la tesis es, al fin y al cabo, enfrentarme a joyas como ésta, verlas una y mil veces hasta tener la frase que las defina en un tocho de ombliguismo en primera persona del plural, entonces, soy la persona más afortunada de este jodido planeta.
Porque una jam session con el Press siempre merece la pena. Porque Press me ha salvado la vida tantas veces. Porque Lester Young es ese amor platónico con el que quiero bailar agarrada cuando la parca venga a visitarme. Llevaré un vestido negro, un tacón de aguja y unas medias de rejilla. Y entonces, tú, me sonreirás con tu mirada lasciva de jazz y humo. (¿Me lo prometes?)
Porque son unos de los diez minutos más sublimes que puedes pasar en tu vida. ¿Qué no? Dale al play y me cuentas.
Jammin' the Blues, Gjon Mili, 1944. Disponible con más calidad en TCM.
El sábado llevé a mi ojito derecho (mi sobrina Laura) a su primer concierto de jazz.
Locos por el Jazz es un espectáculo que reúne en el escenario a la banda The Missing Stompers con los guiñoles de El Conciertazo de TVE para así acercar el jazz a los más pequeños. Para ello, interpretan temas de los dibujos animados de siempre. Los Picapiedra, la Pantera Rosa, los Aristogatos… Aunque también hubo un momento para Beyond the Sea (siempre hay un momento para esta canción).
Tenía miedo, claro. Miedo a que Laura no vibrara con aquello que me hace vibrar a mí. Miedo a que no le acariciaran el alma los sonidos del saxo o de la trompeta. Miedo a que se quedara dormida y miedo a que se pusiera a llorar.
Sin embargo… Se quedó alunada mirando a los músicos y a los guiñoles. No hubo un solo momento en el que la música sonara y ella no aplaudiera (a veces arrítmicamente encantadora), bailó encima de mis rodillas y también en el pasillo lateral del teatro… ¿Qué instrumento quieres aprender a tocar? – pregunté embobaba. Al final, con su dicción de tres años, optó por la trompeta. (Y yo llegué a casa aún con la baba caída)
Pd. El gran descubrimiento: Arturo Cid, clarinetista, cantante y showman.
En una ocasión, a mediados de los sesenta, los Martin [Dean Martin y su tercera esposa Jeanne Biegger] ofrecieron una fiesta en casa por su aniversario de bodas. Decenas de personas en esmoquin y trajes de gala acudieron para celebrar el evento con la pareja. Había mucha comida, mucha bebida y buena música. Algunos invitados bailaban alrededor de la piscina. Poco después de las once de la noche, unas sirenas de la policía llegaron desde lo lejos. Sonó el timbre de la puerta. Jeanne trató de que su marido abriese, pero al no encontrarlo, Sinatra se ofreció para hacer las veces de anfitrión. «¿Algún problema, agentes?», les preguntó. «Hemos recibido una queja por el volumen de la música y las voces. Tendrán que suavizar el tono o terminar la fiesta.» Dado que Jeanne le había comentado que allí estaban todos sus vecinos, Frank preguntó quién había puesto la denuncia. «Nos han pedido que no revelemos su identidad.» «¡Eh, amigos, están hablando conmigo!», se impuso el artista. «Pues verá, señor Sinatra, para serle totalmente franco, la llamada se realizó desde esta misma casa.» Frank no necesitaba saber más. «¡Maldito hijo de puta!», musitó mientras cerraba la puerta. Subió a saltos los peldaños de la escalera y abrió de golpe la puerta del dormitorio de Dean. «Hola, socio, ¿qué tal va eso?», saludó éste desde la cama, en pijama, mientras saboreaba una galleta. En el televisor se desarrollaban las aventuras de la familia Cartwright en su rancho de Bonanza. «¿Qué tal va? - respondió enfurecido Frank -. ¿Has mandado a la policía a tu propia fiesta?» Dean se incorporó y tragó para poder hablar claro. «Mira, esa gente ya ha comido, ya ha bebido, se ha divertido de lo lindo. Pues bien, ya pueden largarse a casa. Mañana tengo que levantarme temprano.» «Loco bastardo», se despidió Frank.
Acabo de ver Gran Torino así que, tal vez, no sea un buen momento para escribir. Las películas de Eastwood, como todas las cosas enormes, hay que rumiarlas, procesarlas, pasarlas por el tamiz de la resaca y, sólo después, vomitarlas.
Acabo de ver Gran Torino y ando secándome las últimas lágrimas y limpiando la saliva de las sonrisas arrancadas, entre el agridulce y el amargor de un susurro.
Es verdad que tengo que rumiar, procesar y pasar por el tamiz de la resaca antes de vomitar las sensaciones vividas en esta ruleta rusa que sólo los genios son capaces de construir desde el otro lado de una pantalla.
Pero dicen (lo dice Él/Clint) que ya no volveré a encontrarme un Walt Kowalski/ Harry Callahan/ Robert Kincaid/ Bill Munny en la pantalla/altar. Por eso, además de por un coche del 72, he llorado a moco tendido mientras Eastwood volvía a regalarme ese pellizco en las entrañas...
Tal día como ayer - como escribían antes los periódicos serios - de hace cincuenta años, siete tipos decidieron salvarme la vida.
Ya sé, quizá ellos no sabían que le salvarían el equilibrio a una europea -española para más señas- cincuenta años después. Es lo que tienen los genios, que mientras garabatean que le tienen miedo a la limpiadora con una cicatriz en la mejilla o construyen con colores fríos a una mujer sola en una cafetería, no pueden imaginarse lo mucho que llegarán a hacer con esas improvisaciones. Por eso siempre he desconfiado de los/las que se creen genios adelantados a su tiempo. Siempre acaban siendo estafadores aduladores de su propio falo -que para más inri, resulta ser en exceso anodino, maloliente e insípido.
También sé que empiezo a resultar pesada con el dichoso Kind of Blue. Pero últimamente no me dejo caer demasiado por este espacio y hoy tenía que volver, aunque sólo (dicen ahora en la RAE que no acentúe este sólo y me duele la vista sólo de pensarlo) sea para recomendar un paseo por este magnífico especial.
Pd. Algún día debería contaros cuánto han hecho por mí los amigos de Tomajazz.
Ya tengo las entradas. De acuerdo, no es jazz. Pero aquí estamos para hablar de la Música con mayúsculas (ésa que nos hace levantarnos cada día de la cama, ésa que nos dibuja una sonrisa en las caderas, ésa que nos hace seguir en el camino).
Al fin y al cabo, tampoco es jazz muchas de las maravillas que me han salvado la vida (tantas veces).
Uno de mis dioses (me/nos) dijo una vez que tienen uno de los shows más potentes que ha visto en su vida.
Así que el 5 de junio estaremos coreando...
Cause I'm back Yes, I'm back Well, I'm back Yes, I'm back Well, I'm back, back (Well) I'm back in black Yes, I'm back in black
Cuando era pequeña, le pedía a mi abuelo que me hiciera un conejo en la pared, o una gaviota sobre el mar, o un hombre pensativo encima del cabecero de mi cama.
Siempre encuentro un motivo para acordarme de él, de su boina a medio lado, que no intentaba imitar al Che sino a un hombre con poco pelo y demasiadas horas bajo el sol.
Tengo una nueva compañera de trabajo que me ha regalado una preciosidad esta tarde. Y ya sabéis que no me gusta quedarme estas cosas para mí sola...
Tiene 3,8 milímetros de estatura y late como una fiera.
Mi hermano me va a hacer tía y, de paso, una de las mujeres más felices sobre la faz de la tierra. En cuanto pulse el botón "Publicar Entrada", me voy a poner a escoger canciones para grabarle su primer cd de música.
Por cierto, felicidades, Toño y Marisa. Os quiero mucho.
Ayer hablaba en el meme de algunas cosas que me hacen feliz. Olvidé nombrar a Hernán Casciari. Con sus palabras en Espoiler, a menudo, me dibuja una sonrisa en las entrañas. Del mismo modo que lo hace la voz rota de Satchmo o los dedos infinitos de Bird, Casciari hace que algunos días se arreglen cuando parecían condenados al fracaso. Hoy, incluso, me ha hecho reír a carcajadas después de un día horrible de nieve, atascos, resbalones y frío. Sólo por eso, merece que le diga, del único modo que se me ocurre, un gracias enorme.
Pd. Os dejo el motivo de las risas desparramadas hoy.
Mi querida Ana, a la que a veces le guiño un ojo desde este lado del mundo, me ha dejado un regalo. Nada más y nada menos que una excusa para escribir. Y eso, en estos tiempos que (me) corren, es un regalo enorme.
Me pide que siga un meme. No tengo nada que objetar. De hecho, hasta me divierte.
Va por ti, preciosa.
1- Nombra el blog que te ha concedido el premio. Una mujer que podría ser un sueño (muy felino)
2- Enumera seis cosas que te hagan feliz.
La música, pero no toda. O a lo mejor sí es toda pero el problema reside en que llamamos música a cosas que no lo son. Vaya usted a saber, Doña Ana.
El séptimo arte cuando merece ser llamado arte. Algunos fragmentos me han hecho pasar de la carcajada al puro llanto feliz.
Mi sobrina, sobre todo cuando me hace una caída de párpados de las suyas.
Algunos alumnos. Hace unas semanas leí una de las evaluaciones que hacen cuando se van y las cosas que alguien había escrito sobre mí hizo que me pusiera a llorar como una tonta. Entonces, H. se levantó y vino a abrazarme. H. también me hace feliz. (Aunque ya no vaya a estar en mi día a día, shit!!!)
Esas tareas cotidianas. Cocinar con un disco de Nina Simone. Leer una biografía de Rat Pack. Fumarme un cigarro mientras veo Los Soprano (gracias, Reyes Magos). Beber una copita con una película atronándome las vísceras(gracias a mi nuevo YSP).
El Hombre cuando vuelvo del trabajo y me abre la puerta a besos. Cuando levanta la vista del ordenador y me regala una ñoñada. Cuando se pone lascivo y cuando tiene pinta de marido descuidado, con una camiseta rota, unos calcetines viejos y la barba de tres días. Hasta en ese momento, es el hombre más atractivo del mundo.
3- Y por último, escoge a cinco amigos que sigan pasando el premio.
Jácaras Reales. Aunque fue con su otro blog con el que me enamoré perdidamente de él.
Ha sido un gran año después de todo. Me convertí en la señora del Hombre. Y él se convirtió en el señor de una chica a la que le gusta el jazz.
Le regalé un disfraz de Peter Pan a mi sobrina_ojito_derecho. Quizá porque algo dentro de mí no quiere que crezca nunca. Quizá porque sus nervios poniéndose el disfraz me agarraron algo dentro de las entrañas que se parecía a esa Felicidad en mayúsculas con los que todos hemos soñado tantas veces.
Conocí La Ciudad (o Nueva Orleans) y desde entonces tengo un ojo constántemente mirando ofertas de trabajo, vuelos y hoteles en esa ciudad.
Recibí un regalo precioso de mi alma gemela que todavía no he contestado (él sabe perdonarme la espera, seguro).
Obama me devolvió la fe en un país al que amo y odio a equilibrios iguales.
Hubo cosas malas, como que H. se vaya de mi lado y ya no vaya a estar para guiñarme un ojo de soslayo. Pero no quiero acordarme ahora de eso.
Ha sido un gran año. Y eso es lo que quiero llevarme hoy a la boca. A mí me queda poco que añadir. Sólo quiero haceros dos regalos para que recibáis este 2009 con el mejor swing posible.
Mientras escribo esto, mi nueva emisora de radio on-line llena mi pequeño puesto de trabajo.
Los compañeros de trabajo, como los de cama, pueden llegar a sorprenderte. Al final me hice amiga de un compañero de la rama informática con el que empecé con un esguince de tobillo izquierdo. Después de un tiempo, después de observaciones y silencios, llegó un día una mirada cómplice. De ahí, un café, una confesión y un regalo: me puso altavoces en mi ordenador laboral.
Mucha gente podría no entenderlo. Pero ese día, además de un regalo cómplice, me salvó un poquito la vida y las ganas.
Mientras escribo esto, Freddie Hubbard le sopla a su trompeta You're my everything. De vez en cuando, uno de mis superiores más inmediatos sale de su refugio y se detiene a mi lado. "¿Qué suena?", añade con cierto tono crítico. Pero yo disimulo ser rubia natural y añado, "Freddie Hubbard, un trompetista de jazz". Y entonces se vuelve con cierta sensación de derrota a su lugar, intentando averiguar en qué momento dejamos de confundir respeto con miedo y les perdimos (a todo su clan en general) la obediencia estúpida. Otras veces es menos sutil y, directamente, dispara un "¿Eso no está demasiado alto?" Entonces, lo bajo un poquito hasta que regresa a su refugio. Después, sin más, vuelvo a recuperar ese poquito de volumen que me quisieron robar.
Mientras escribo esto, Mafalda me saluda desde la CPU. He tuneado mi escritorio con sus viñetas. En primer lugar, porque me dan mejor rollo que la lista de tareas que adornaba antes mi zulo. En segundo lugar, por si alguien capta el mensaje subliminal. En tercer lugar, porque ya me dan igual bastantes cosas. Tengo unos altavoces, tengo a Mafalda, tengo a Hubbard y una mirada cómplice con las pocas personas que me interesan de esta pajarería. Lo demás... So what!
Me dispongo a cocinar una cena de Thanksgiving. O al menos, a intentarlo.
Tengo el pavo para hacerlo glaseado a los arándanos (vale, eso no es exactamente pavo de Acción de Gracias), tengo la calabaza para hacer un pastel y... Me falta un disco especial Thanksgiving.
Sé que de un tiempo a esta parte, apareco por sorpresa y después vuelvo a desaparecer durante demasiados silencios. Sé que he intentado dar una y mil explicaciones. Sé quiénes estáis ahí a pesar de que me quede callada. Sé que sabéis que tengo uno y mil discos que compartir. Lo he dicho ya muchas veces. El alcohol, la música, el sexo, los vicios en general... saben mucho mejor bajo la lumbre compartida.
No sé cuánto tiempo va a durar esta desidia de aparecer para volver a quedarme callada. Pero hoy no quería (no podía) irme a la cama sin poner este disco con el volumen bien alto. De alguna manera, me gustaría que su sonido llegara a Zaragoza, a Tarragona, a un piso cerca de Embajadores, a Mexico... A todos esos lugares en los que habita una persona que, de tanto en cuando, esboza una sonrisa al ver un nuevo post en este espacio. Y tampoco quería (ni podía) irme a dormir sin regalaros esta joya.
Pd. Otro día hablaré de la grandeza de rapidshare, megaupload y otros servidores de descarga directa.
Escribía Maruja Torres en el dominical de El País:
La Marsellesa es la más bella canción de amor de largo aliento. Algo así como el resultante de mezclar en una coctelera Le Temps de Cérises, Plaisir d'Amour y el grito de Marlon Brando-Kovalsky ("¡Stellaaaaaa!") en Un tranvía llamado Deseo. La humanidad, humana en su deseo animal y dignísimo de libertad, igualdad y fraternidad, con un poco de buen sexo practicado a cualquier hora y sin curas de por medio.
Una lee a la Torres, que es algo así como la mujer con la que un día soñé un llegar a parecerme, y se queda, cuanto menos, pensativa. Y después se acuerda, cómo no, de la única escena que de verdad me hace llorar en Casablanca. A lo mejor es por ser hija de quién soy, o por haber sido alumna de quien lo fui, pero aquella batalla lírica que ganan "los buenos" siempre me hizo llorar, sobre todo desde que vi a mi padre enjugarse el llanto de la garganta en esa escena. El resto, sólo hace que me suba la rabia desde los intestinos. En casi todos los planos de Ilse, por poner el ejemplo obvio. Una se enerva, metería las manos en el televisor, aun a riesgo de cortarse con el cristal o de electrocutarse con la corriente, sólo por el mero placer de asfixiarla con mis propias manos. Ilse es tonta hasta la náusea. Y sólo de escribir este párrafo ya me cabreo. En cambio, Rick/Humphrey se merece todos los suspiros y todas las palabras de amor que sea capaz de escribir a lo largo de mi vida. La una es un reno o una gallina, que de tontos que son sólo se puede esbozar una sonrisa compasiva al pensar en ellos. El otro es un gato montés con gabardina y tabaco.
Así que una no llora (ni lo intenta) cuando Ilse se va con el héroe Laszlo. Sólo desea que se caiga subiendo las escaleritas y se rompa la cadera. Sin embargo, en aquella otra escena de Casablanca, una se sujeta las piernas para no ponerse en pie y gritar sin escatimar en pulmones:
Aux armes citoyens! Formez vos bataillons! Marchons, marchons, Qu’un sang impur abreuve à nos sillons!
Escribía Maruja Torres que La Marsellesa es algo así como la más bella canción de amor de largo aliento. Lo decía en relación a los abucheos de los jugadores magrebíes al himno de la Selección Francesa. Lo hacía desde el enfado y la incomprensión hacia la estulticia humana. Sin embargo yo ni me irrito. Si todos tuviéramos una Marsellesa, ni siquiera nos preocuparían las declaraciones, si no estúpidas al menos sí fuera de contexto, de un símbolo que al parecer ya ha aprendido a hablar español. Si todos tuviéramos una Marsellesa que enseñar a cantar a nuestros sobrinos, cuando menos, saldríamos a la calle con la cabeza un pelín más alta. Claro que entonces una se pone un poco pesimista. En Francia, la Piaf puso al límite su quebrado hilo vocal en la más bella canción de amor de largo aliento. En nuestro país y en el mejor de los casos, Manolo Escobar se habría encargado de embadurnar escatológicamente nuestra particular Marsellesa. Casi mejor, entonces, tener un himno (que es muy feo) sin letra.
Habéis colmado el vaso. Todos los años me enfado, pataleo y, después, os insulto a través de este blog. Pero, como un pequeño borrego, acabo acreditándome o comprando una entrada (o varias).
Sin embargo, este año habéis colmado mi paciencia. Ya no. No me mandéis más correos, no me pidáis que cubra a ningún músico para ningún site. Este año, os podéis meter vuestro jazz (que intenta ser más elitista que jazz) en el lugar que mejor os siente. Una cosa es la hipocresía y otra muy distinta ser un hijo de puta (con todas las letras y todas las mayúsculas). Primero me cerráis el Bogui (cuántas noches, cuántos recuerdos, cuantos acordes poniéndome cachonda...) y unos días después intentáis venderme que el Ayuntamiento de Madrid está muy involucrado con el jazz... ¡Que os den!
Este año, si necesito ver un concierto, me iré a los clubs que aún me dejáis abiertos. Y si no, me cojo el coche y me subo a Zaragoza. Está más cerca de mi paraíso que vuestro infierno. (Gracias, Javier)
El otro día se nos fue William Claxton, el hombre que me demostró que, para hacer jazz, no (siempre) es necesario tener un saxo, un piano o un contrabajo entre las manos.
Claxton cogió un día su cámara y se echó a andar. Imagino que antes de aquello pensó muchas veces en la manera de hacer jazz sin tocar un instrumento. Quizá hasta compró (como yo) algún libro para aprender a tocar el saxo. Tal vez, también como yo, se frustró mil veces al saber que nunca aprendería a hacerle el amor al complicado instrumento. ¡Qué desagradecido es, por cierto, el saxo! Basta con no ser Charlie Parker o Stan Getz para que de su boquilla salga la queja más atronadora y estridente. Entonces uno y una se sienten los peores amantes del mundo, casi un violador desalmado. Así que guarda el libro, deja el saxo por imposible y se echa al camino con su cámara de fotos.
Gracias a Claxton, como ya he dicho, descubrí que se puede hacer jazz de otras muchas formas. El lo hacía en b/n y en color. Woody Allen lo hace mejor con la tragedia que con las risas arrancadas. Antonio Muñoz Molina le pone caligrafía y mi sobrina favorita lo ha encerrado para siempre en su mirada.
También yo intento hacer jazz con lo que se me antoja pertinente. Cuando me meto en la cocina, cuando escribo en esta bitácora improvisada o cuando le regalo a mi gente una canción con la que irse a la cama.
Con mis libros metidos en cajas, para la que espero será mi última mudanza, incluida alguna obra maestra de Claxton, sólo se me ocurre pedirle al fotógrafo-maestro-jazzero que me reserve un asiento junto a Chet Baker. Estaría de puta madre que el día que viaje a ese lugar (a todos nos va a tocar algún día), Chet me susurre en su trompeta aquel All The Things You Are.
A falta de ganas de comprar "sacaleches" o preparar biberones a las tres de la madrugada...
A falta de ganas de incorporar al vocabulario las expresiones "tienes cacotas?", "eso no se hace" o demas... El Hombre y yo nos hemos comprado, por nuestra honeymoon, una Paulita. Es la ninia de nuestros ojos. No es preciosa?
Los buenos conciertos, como las buenas peliculas o las buenas comidas, te encuentran a ti. Da igual el tiempo que repases la cartelera, si algo bueno tiene que pasarte, te encontrara por sorpresa.
Ayer estuve viendo a este tipo:
Para todo aquel que sepa que es una Gibson, sabra que es una Les Paul. Este senior es el responsable... Casi nada!!!
Esta carta rapida no lleva acentos. No puede llevarlos porque el teclado desde el que escribo es made in USA o (made for USA).
Este hola lo escribo desde New Orleans, La Ciudad.
Siempre pense (algunos lo sabeis) que NOLA era la ciudad de la musica. Pero no es asi. No es la ciudad donde siempre suena jazz y donde los musicos playing for the tips. Nueva Orleans, mas que nada, por encima de todo, es la ciudad del buen rollo. Hasta los costras tienen un Hi, how are you para alegrarte el dia.
Esta solo es una postal rapida sin acentos desde La Ciudad. Prometo, dentro de unos dias, detenerme en la boda, en la honeymoon, en Nueva York y en como miro embobada, fantaseando, los letreros de "For Sale" en las casas del French Quarter.
Como me gusta que me lleven a la luna, volando si hace falta, el hombre y yo vamos a grabar "In other words" en la alianza, que tiene mucho más sentido que un nombre, una fecha o una frase con el significado caducado de tanto usarla.
Como creo que aquel poema de León Felipe debería sustituir a los crucifijos de todos los cabeceros de cama y a los reyes de todas las aulas, le he pedido a H. que lea/escriba/improvise algo en la ceremonia civil. En realidad lo único que quiero es dejar constancia. Las relaciones humanas son tan complicadas y frágiles, tan llenas de desvíos y carreteras secundarias, que un día eres la persona más importante en la vida de otra vida y, al siguiente, al aparecer tu nombre en su pantalla de cristal líquido de un teléfono de tercera o cuarta generación, el único pensamiento es "¡Qué coñazo de mujer!" y su única acción pulsar el botón silenciar.
Por eso le he pedido a H. que lea/escriba/improvise. Yo sé lo mucho que he llegado a admirarle/respetarle/quererle. Pero los días, los espacios, los ciclos humanos y los extraños compañeros de nómina (más que los de cama) pueden hacer que un día ambos olvidemos lo mucho que he llegado a reírme/flotar/hipnotizarme por/con H. A veces, también me he enfadado como una loba ante un peligro para sus lobitos. O como una zorra ante un depredador/cazador que pretende disparar a uno de los suyos. H. es de los míos. H. me desnuda poemas de García Lorca. H. me hace reír y también hace que mi vida sea un poco (o un mucho) mejor. Por eso quiero dejar constancia en una foto que hará un señor que soñó un día con crear la foto del miliciano muerto o capturar el beso más famoso/mentiroso del mundo. No sólo del momento de afirmar sin dudas (pero sí con miedos), no sólo de haber grabado "In other words" en mi alianza, no sólo de tener a la sobrina más lista del mundo... También quiero que el fotógrafo capture lo mucho que he llegado a admirar/respetar/querer a H.
Legendary Savoy Sessions by Charlie Parker & Miles Davis
Escuchando este cd, cierro los ojos y me imagino a Miles tocando de espaldas a mi piel caucásica y a Bird con su mirada ensangrentada de heroína. Escuchando este lujo para el oído, me acuerdo de Los Subterráneos de Kerouac. Escucho este magnífico duelo y no puedo ocultar esa sonrisa de placer absoluto, de felicidad infantil. He de apretar la mandíbula para no gritar, en mitad de mi casa saturada de obras y M30, "Jass it up, boys!" Escucho el cd y no puedo quedármelo para mí sola, necesito compartirlo con vosotros. Los placeres y los vicios, todos, saben mejor cuando son compartidos.