Cumpleaños

Hoy cumplo diez años de bloguera en clave de jazz. El 30 de agosto de 2005 inauguré mi blog con este post de sabor ingenuo.
A los que habéis estado al otro lado de la pantalla desde el principio, a los que habéis llegado después, a los que os emocionáis con los mismos acordes, gracias.
Seguiremos por aquí. Jass it up, boys!


Duke Ellington & John Coltrane



Track 01. In A Sentimental Mood

Abrió la botella de Enate Syrah Shiraz 2007, se sirvió una copa para ella y sirvió otra para él. Se acercó el vino y estiró el brazo hacia la lámpara que la tía Blanca les había regalado para su boda. Ella se había empeñado en que quería tener un trozo de la judería de Córdoba en su casa y su tía, que nunca tuvo hijos y la quiso más que su propia madre, no paró hasta encontrar una lo suficientemente cálida y luminosa, que era como debía ser una cocina. Al fin y al cabo, es la habitación más hogareña y en la que se forjan los recuerdos, explotan las risas y surgen las conversaciones más importantes. Angélica observó las vetas de color contra la luz, sonrió, bajó el vino y lo apoyó sobre la mesa. Lo balanceó con cuidado, como en una caricia, para olerlo un poco después.

Track 02. Take The Coltrane

Había pocos aromas que le gustasen tanto. El del café recién hecho por la mañana, el del chocolate negro –negrísimo–, el del mar cuando estaba encabritado y el del vino recién abierto, servido en una copa generosa y balanceado al ritmo de una buena canción. Solo unos segundos. Los justos para despertarlo, para traerlo de nuevo a la vida. Y ahí, cuando apenas estaba desperezándose en una cuna de cristal, embriagarse con el olor de la uva, de la madera, de la ceniza o de las frutas.

Track 03. Big Nick

Nunca entendió a las personas que, sin ningún tipo de pudor, reconocían en público, en voz alta y con toda la fanfarronería del mundo, que eran “más de cerveza que de vino”. Sobre todo, cuando no eran más, eran solo. En resumen, que tampoco sabían utilizar el lenguaje, o sí sabían y mentían sin rastro alguno de culpabilidad. Ella no estaba muy segura de si era peor un iletrado o un mentiroso, pero ninguna de esas dos cosas le gustaban. Nunca había terminado de fiarse de ellos, como tampoco se fiaba de la gente que no tomaba postre, que no leía o que cometía faltas de ortografía.

“¿Quieres una copa de vino? Tengo un Gewurztraminer increíble, un italiano, te va a gustar. ¿O te apetece más un cava? Me han traído un Laietà que te mueres de amor. Sí, abrámoslo, la vida siempre es mucho mejor regada con cava”. “No, casi prefiero una cerveza si tienes, yo es que soy más de cerveza”. Y, entonces, ella ya sabía que no les dejaría nunca –pero nunca, nunca, nunca– dejar un cepillo de dientes en su cuarto de baño.

Trak 04. Stevie

No había preparado cena. Bueno, en realidad, no había cocinado. Había comprado un trozo de Chaumes, un foie de Lagansa, un poco de cecina y panecillos de todo tipo de delicias: uno de pipas, uno de nueces, uno de aceitunas negras y otro de aceite de oliva. Lo había dispuesto todo en la vajilla pintada a mano que habían comprado en Ravello. “Pero si todos los platos son distintos”, le había reprochado él. “Claro, así son más bonitos, porque no hay dos comidas iguales, ni dos días, ni yo misma voy a ser hoy igual que mañana”. “Desde luego”, había asentido él entre dientes.

Track 05. My Little Brown Book

Aquel Somontano olía a violetas y a beso detrás de la oreja derecha. Y a la sonrisa irremediable cuando la respiración ajena eriza la piel y un golpe de frío se sucede con la cálida caricia.

Se alejó la copa seis o siete centímetros. Respiró de nuevo. La cocina olía a patatas, a ajos, a cebolla, a aceite de oliva, a pastillas de caldo de cocido, de pollo y de pescado, a orégano, a pimentón dulce, a perejil, a galletas, a café, a queso, a foie, a pan, a cecina ahumada, a pasta seca, a granos de arroz...

Track 06. Angelica

“Siempre igual, tú y tus tonterías. Es solo vino”, resonaba en su cabeza, como la cantinela reprobatoria que nunca se cansó de decir.

Al principio, no pudo evitar el pudor, y hasta llegó a disimular su pequeña ceremonia para que él no se diera cuenta. Pero siempre se daba cuenta. Daba igual que ella balanceara imperceptiblemente el vino, dos milímetros, uno… Él siempre la descubría. “¿Qué haces? Ya estamos otra vez, tú y tus cursilerías”. Hasta que a ella le dio igual y ya no escondió nunca su ritual, ni sus bragas viejas, ni la cera de depilar, ni la caja de tampones.

Track 07. The Feeling Of Jazz  

Cerró los ojos y volvió a acercarse la copa de vino. Gimió muy bajito, mientras una leve sonrisa le apareció en el rostro. “Va a estar bueno, como un baño en la playa a las siete de la mañana en agosto, desnuda, después de haber corrido 10 o 12 kilómetros. Como una pizza margherita en Napoli, como unas kokotxas al pil pil en Donosti, como unos bombones en Bruselas y como un puro en La Habana”, pensó. Abrió los ojos de nuevo, miró hacia su copa de vino, la chocó contra la de él, que descansaba sobre la mesa, inerte e inamovible, sin ninguna mano que cogiera su tallo, y solo dijo “feliz aniversario de divorcio, querido, estés donde estés”.

Después, subió el volumen del disco y se llevó la copa a la boca. Gimió bajito, como se gime con los manjares y los placeres sublimes.



Escuchando Duke Ellington & John Coltrane (probablemente mi álbum favorito de jazz)

Parmigiana di melanzane

Ingredienti:

-       Dos berenjenas grandes, brillantes y turgentes
-       Passata di pomodoro (o tomate triturado)
-       Mozzarella di bufala
-       Albahaca
-       Sal
-       Aceite de oliva extra virgen


***

“Due melanzane grande, per favore” – le dijiste a aquel tendero de Napoli. Me reí y te volviste enfadada.
“Ma che cazzo...” – me interpelaste rabiosa. Y, entonces, ya supe que podría quedarme a vivir en tu mirada. Pero solo fui capaz de articular una i. No sé cuánto tiempo pasó hasta que pude decir “grandi”. Solo sé que esta vez fuiste tú quién te reíste y, entonces, también supe que podría perderme para siempre en la comisura de tus labios.

***

Se corta la berenjena en rodajas de un centímetro o centímetro y medio de grosor. Se ponen en agua y sal.

***

Yo siempre añadía un chorrito de vino bianco frizzante Prosecco. La comida tiene memoria, también le melanzane. Cortaba las rodajas de berenjena y las bañaba durante una hora en agua, sal y el mejor frizzante que encontrara. Eso sí, el mismo que más tarde me bebería contigo, Marta.
Estas berenjenas iban a dar su vida en breve en una sartén colmada de aceite hirviendo. Y lo iban a hacer para que nuestro paladar fuera acariciado hasta el éxtasis gustativo. Qué menos podía hacer yo que ofrecerles un último baño en un buen vino.

***

“È grandi, perche melanzane è plurale”.
Pero tú seguías riéndote de mí, de mi cara de miedo. Me dejaste que te invitara a una cerveza y hablamos.
Cuatro o cinco cervezas después ya sabía que habías viajado a Napoli para mejorar tu italiano, pero te habías dado de bruces con el dialecto “napoletano”. También sabía que a partir de la tercera cerveza alargabas las vocales y tu italiano se convertía en itañolo. Y, lo más importante, que bajabas la guardia y la sonrisa se te volvía generosa.
Seis cervezas después conseguí besarte y poner mi mano en tu muslo, justo por encima de tu rodilla. Ay, Marta, recuerdo aquel momento y se me enciende el abdomen.
Estaba prieto, como esas berenjenas turgentes que habías comprado hacía un rato. Y suave, como si lo hubieras bañado durante horas en el mejor aceite de oliva antes de vernos. Mi mano se hubiera quedado pegada a él de buena gana, pero tú la cogiste y la subiste un poco. Apenas fueron unos centímetros, mientras abrías un poco tus piernas.
No hubo una séptima cerveza. Alargamos los mimos hasta llegar a tu casa, te desnudé con ansia, mientras besaba cada trozo de piel que tu ropa iba liberando a su retirada en combate.  Mi lengua saboreó tu aroma a piñón y a leche y, según te ibas erizando en un gemido, yo iba deseándote cada vez más.

***

Se añade aceite de oliva extra virgen en una sartén y se pone a fuego medio. Cuando esté caliente, se van incorporando las rodajas de berenjena. Se fríen con paciencia, poco a poco, para que queden jugosas y doradas.
Según van estando, se retiran en un plato mientras se siguen friendo las demás.

***

Poco después descubrí que había un plato que obraba en ti el mismo efecto que seis cervezas: mi parmigiana di melanzane.
Te invité a cenar unos días después. No sabía qué cocinar para ti, pero recordé que habías comprado berenjena la mañana en que te conocí. No quería arriesgarme, no podía hacerlo. Necesitaba seguir escondiendo mi lengua en la línea que unía tu clavícula con tu oreja.
Sobre la mesa, había dispuesto una botella de Foss Marai Prosecco Valdobbiadene Cartizze y en el tocadiscos sonaba Clifford Brown y Max Roach at Basin Street.
Cuando te llevaste a la boca el primer bocado, no pudiste remediar un suspiro. No te lo dije entonces, ni lo he hecho nunca, pero la mirada se te encendió en ese momento como cuando llevabas cinco cervezas en aquel primer bar “napoletano”.
Según ibas devorando el plato, se te iba iluminando la piel y te ibas volviendo incandescente. Desprendías una luz que quemaba y a la que uno querría abrazarse siempre.
En ese momento supe que quería hacer el amor contigo todos los días veinte veces.
No me dejaste ni servir dos vasos de limoncello de postre. Te levantaste y te sentaste sobre mis piernas. Empezaste a besarme, mientras movías tu cadera al son de What is this thing called love.
No me quedó más remedio que despejar la mesa de una brazada, subirte a ella y perderme otra vez en el sabor a piñones y leche que desprendían tus senos cuando se les lamía despacio.

***

Se corta la mozzarella di bufala a rodajas de medio centímetro de grosor y se reservan. Si la mozzarella es buena, al ir cortándola escurrirá un poco de leche agria.

***

De Napoli, nos mudamos a Roma primero y a Madrid después. Nuestra relación siempre fue abrasadora y, cuando la monotonía, el cansancio o un enfado pasajero la enturbiaba, me bastaba con prepararte parmigiana di melanzane, poner un buen Prosecco sobre la mesa y un disco de jazz en el tocadiscos. Siempre gemías al llevarte el primer bocado y siempre acabábamos enredándonos entre sábanas, sudor, saliva y tu aroma a piñones y a leche.
No importaba la magnitud de nuestro enfado o el cansancio acumulado. Cuando nos perdíamos en nuestro ritual encendido, comprendía que no quería vivir fuera de los límites de tu sonrisa. Por cómo me mirabas cuando entraba dentro de ti, sabía que tú tampoco querías existir en ningún otro lugar.

***

En una fuente, se van disponiendo capas de passata di pomodoro, con capas de berenjena y mozzarella di bufala cortada a rodajas.

***

El trabajo iba bien y Madrid era una gran ciudad, pero el espacio entre nosotros fue creciendo. Los enfados se fueron encadenando, también los silencios. No conseguía invitarte nunca a una tercera cerveza y los besos parecían racionados. Nada te gustaba, nada te hacía reír, nada te parecía bien. Al menos, yo ya no te parecía bien. Una noche me pediste tiempo y distancia. “Necesito espacio”. Solo dos palabras. Yo te seguía necesitando a ti y a la comisura de tus labios.

***

Cuando la fuente ya está preparada, se corona todo con una última capa de passata di pomodoro, un chorrito de aceite de oliva virgen y unas hojas de albahaca. Después, se introduce en el horno y se gratina hasta que el queso se confunde con la passata.

***

Aquella noche, cuando llegaste, te dije que había preparado parmigiana di melanzane para cenar. No sonreíste. No se te encendió la mirada adelantando el placer en tu paladar, primero, ni en tu vientre, después. Bajaste la mirada y solo dijiste: “No tengo hambre, me voy a dormir”.
Por primera vez, supe que ya no volvería a perderme entre tus muslos. “A buon intenditor poche parole”.
Te dejé las berenjenas sobre la mesa y me marché, sin tu sabor a leche y piñones en mi saliva.



Sopa de huesos


Mis recuerdos tienen más de olores y sabores que de imágenes. Apenas puedo recordar las arrugas en la frente de mi abuelo, pero recuerdo el olor de su cuello cuando me abrazaba fuerte y no me dejaba escapar.

Tampoco recuerdo el color de los ojos de mi abuela, pero recuerdo cómo sabía su alioli untado en las rodajas que cortaba para mí de la hogaza de pan de pueblo recién horneado. 

Mis abuelos fueron gente muy humilde. Mi madre se pagó los estudios fregando escaleras. Ella no lo ha olvidado, ni ha dejado que yo lo olvide. Me lo repite mucho, casi a modo de reproche. No sé si porque yo no había recogido la misma mierda que ella o porque la que yo había limpiado no estaba a su altura. O quizá porque era mayor. Quién sabe. Pero nunca aceptó que yo aguantara la ira del ogro anónimo al teléfono cuando compaginaba mi estudios en la universidad con un trabajo como teleoperadora, ni tampoco que me pagara mi primer viaje a Nueva York sirviendo copas y esquivando los escupitajos que creían piropos los señores casados de un barrio obrero del Madrid más casposo. En la cocina, mi jefe terminaba gramos de cocaína y yo buscaba excusas para no coincidir. Como persona del sur, fui educada para no rechazar invitaciones y con un jefe, uno nunca debe acostarse ni drogarse. Regla básica de superviviente. 

Mi madre no fue la primera mujer trabajadora de su familia. En una posguerra en la que el frío congelaba los huesos y el hambre agarrotaba los estómagos, mi abuela tuvo que trabajar el esparto en los gélidos campos manchegos, sin un mal vino con el que entrar en calor. Cuando el cansancio le comprimía los párpados, se abofeteaba para seguir destrozándose las manos con el insolente arbusto. Tenía que dar de comer a sus tres hijos, porque a mi abuelo le había dado por buscarse la vida (o quizá el honor arrebatado) en los montes del País Vasco y la había dejado allí sola, tan valiente, tan fuerte y tan luchadora. Pasaron mucha hambre. Mi madre me habla de vez en cuando de cáscaras de naranjas y de mondas de patatas. "Estaban exquisitas", me dice. También como en un reproche. 

Mi abuela nunca superó el miedo que el hambre le dejó metido en la sesera. Así que durante toda su vida ahorró y aprendió a hacer comidas baratas y abundantes, porque no quería (no podía) volver a pasar hambre. El hambre, para mi abuela, era la derrota, simbolizaba la pérdida de una guerra y el fracaso como personas. 

Recuerdo vagamente su rostro, pero tengo clavado en mi olfato el sabor de una de sus cenas favoritas: la sopa de huesos. Primero nos comíamos el caldo con los fideos y después repelábamos los huesos del pollo. No recuerdo su tono de voz, pero sí que siempre se quedaba con el cuello porque era lo que más le gustaba. Y recuerdo cómo olía la casa cuando tocaba sopa de huesos para cenar. 

De tanto en cuando hago sopa de huesos para cenar, en un intento ingenuo de recordar a mi abuela, por si así consigo reconocer el olor del cuello de mi abuelo cuando me atrapaba en un abrazo y el aroma de la sopa me trae a mi abuela de pie cocinando en su cocina. Es una suerte que mis recuerdos se hayan forjado sobre olores y sabores... Así, cuando echo de menos a quienes me criaron como a una hija, solo tengo que poner a hacer caldo con un esqueleto de pollo. 

Sobre guerreras que corren maratones


Hace unas semanas, publiqué en Revista Cronopio la historia de las dos primeras mujeres en correr la Maratón de Boston. Mucha gente conoce la historia de Kathrine Switzer, el famoso dorsal 261. Sin embargo, aquel día, Switzer no corría sola. Roberta Gibb corrió la misma maratón. Si quieres saber más, puedes leerlo aquí.

Otro mal día

Hoy, al abrir los ojos, ya sabía que iba a ser un día de mierda. Anoche me había puesto el despertador a las 6:40, para salir a correr antes de que las calles se convirtieran en lava volcánica, pero ha decidido no sonar. Y no es una excusa inventada, ni un perro que se ha comido mis apuntes. No ha sonado y me he despertado cuando el sol ha inundado la habitación, ya cabreada, porque sabía que hoy me quedaba sin correr. He ido a la cocina y he puesto a hacer café. Me gusta disfrutar de ese mágico momento en el que el café se está haciendo y la casa se convierte en un hogar al perfumarse con el olor al grano que tantas veces tostó mi abuelo paterno, quien había aprendido el oficio cuando estuvo en la Guinea española. Es entonces cuando suelo encender el teléfono, conectarme a diferentes redes sociales y ver qué ha pasado en el mundo. Robin + Williams + DEP. Repetido hasta la saciedad en mil tuits, en mil actualizaciones de estado, en mil fotografías. Robin + Williams + DEP




Y, entonces, he vuelto a ver a aquella niña de once o doce años que asistía, refugiada en las rodillas de su padre, a aquel "Oh, capitán, mi capitán" doblado al español, porque entonces ni mi padre ni yo (ni casi nadie) habíamos descubierto todavía que existía la versión original. Todo estaba doblado. Pero aún así, fascinada, escuchaba a aquel profesor y pensaba que sería bonito, algún día, ser una profesora igual que él. Faltaban muchos años para que Don Ángel, mi profesor de Periodismo Digital, me propusiera quedarme en la universidad una vez terminada la carrera y responsabilizarme, junto a otro compañero, de sacar adelante un periódico para los estudiantes y tutelar una asignatura de prácticas de Periodismo Escrito. Faltaba mucho para aquello, pero ya entonces, cuando veía a aquellos chicos de celuloide mirar fascinados a aquel profesor, entre la locura, la temeridad y la sabiduría, ya supe que yo quería que, algún día, alguien me mirase así. Porque no hay amor más grande. Me han amado algunas personas que se han ganado a pulso el título de amigas. Me han amado (dicen, dijeron) algunos hombres. Confieso que alguna mujer también. Me han amado familiares, entre la obligación, el compromiso y la costumbre. Y me han amado algunos de mis alumnos. He recibido correos electrónicos que me han arrancado una lágrima dulce y notas en trabajos que me han sonrojado, pero no me refiero (solo) a eso. 





Me han amado cuando he entrado en el aula y han dejado de leer un comic maravilloso o de contar la apasionante noche anterior al compañero de al lado para escucharme a mí. Para considerarme. Para cederme el protagonismo, a mí y a lo que tuviera que contarles. Me han mirado con ojos hambrientos y me han pedido más historias, más lecturas, más películas. Me han amado. Quienes no se dedican a la docencia no pueden saber de lo que hablo, ni a qué me refiero, cuando digo que tengo el trabajo más bonito del mundo. Los que no se dedican a la docencia tampoco saben qué supone entrar en un aula para ser mimada por treinta pares de ojos que, en ese momento, ya solo existen para ti. Mi empeño ha sido, siempre, hacer creer a cada par de ojos que yo tampoco tenía mirada para nadie más que para ellos. Algunas veces, seguro, lo he conseguido. Otras tantas, no, pero los alumnos siempre saben distinguir la honestidad de la hipocresía. Y yo no he sido nunca la profesora que más sabía, pero sí he tratado de ser la más honesta, la que más les escuchaba, la que más estaba ahí, para ellos, entonces y todavía, aunque haya pasado un año, o dos, o diez.

Robin + Williams + DEP. Después vino El Rey Pescador y la primera toma de contacto con ese submundo, con esos personajes que tantas veces, después, me robaron el corazón. Fue con su personaje con quien nació mi atracción hacia la locura, hacia la perdición, hacia esas almas que se perdieron en algún momento del camino y se quedaron atrapadas buscando la baldosa (esa maldita baldosa) en la que posar el pie para poder seguir adelante. Robin + Williams + DEP. Vinieron mil y una carcajadas, doscientas mil sonrisas y algunas (muchas) lágrimas dulces. Robin + Williams + DEP. Hook. La señora Doubtfire. Jumanji. El indomable Will Hunting. Robin + Williams + DEP. Good Morning, Vietnam. Hamlet. Desmontando a Harry...



Antes de pensar siquiera en cómo decir lo triste que me caía esta noticia sobre las lumbares, sobre esta mañana que vaticinaba un día horrible, en el que el despertador no ha sonado y no he podido salir a correr, ya había voces lamentando que se lamentara (valga esta redundancia expresa) la muerte de un actor más que nuestras propias miserias. Y claro, yo hice una tesis doctoral sobre el cine en la que trataba de reflejar cómo el séptimo arte nos conforma a los espectadores (y no al reves). El cine es nuestra expresión cultural contemporánea por antonomasia, la forma que tenemos de escapar del miedo y de explicar lo que no entendemos, como antaño tuvieron juglares o gárgolas en catedrales. Y sí, es verdad que parece muy fariseo lamentar la muerte de un actor multimillonario cuando el mundo nos está agonizando. Es verdad. Israel está borrando del mapa a Palestina (y a los palestinos). Es verdad. Hay familias que están siendo desahuciadas. Niños que se van a la cama con hambre, no en el tercer mundo, en nuestra calle, en nuestro bloque. Hay desamparo. Desolación. Motivos, hoy más que nunca, para hacer que rueden cabezas, para no lamentar que un infortunio derrame la sangre de los mandamases que nos han puesto aquí. Es verdad. El mundo se nos está yendo a la mierda y de alguna manera estamos siendo cómplices. Todo eso es verdad. Pero hoy, además de para este mundo enfermo, también tengo dolor para ese actor multimillonario, aunque suene frívolo. Si quieren, puedo decir, mejor, que me queda dolor para esa niña de once o doce años que veía, refugiada en las rodillas de su padre, aquel "Oh, capitán, mi capitán" y ya entonces fantaseaba, por primera vez, con dedicarse a la docencia. Porque esta mañana, cuando he visto la combinación Robin + Williams + DEP, de alguna manera, esa niña también ha muerto un poco


Descanse en paz, hacedor de sueños. Si hoy estoy donde estoy, si hoy me dedico a lo que me dedico, en parte, es por su culpa.

Por si acaso

En la Revista Cronopio de Medellín, con la que llevo un par de meses colaborando, me publicaron hace unas semanas esta historia sobre Lady Day y su Prez. 



Dicen que, cuando se grabó el especial “The Sound of Jazz”, Billie Holiday llevaba años sin hablar con Lester Young, quien probablemente fuera su verdadera alma gemela, su soulmate. Dicen también que nunca la palabra soulmate, tan elocuente en el mundo del jazz, fue tan precisa como cuando definió el querer que Billie Holiday y Lester Young sintieron un día el uno por el otro... 

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Carta a mi yo del 16 de julio de 2013

Querida yo de hace un año:

Tú aún no lo sabes, pero mañana te despertarás rumiando una idea entre los dientes. Pasarás la mañana buscando información en Google y, después de comer, ya habrás tomado la decisión de empezar a correr ese mismo día. Siempre has sido así, impulsiva. Decides que quieres algo y lo quieres ya, no mañana, no sea que cambies de opinión y te lo pierdas. Le enviarás un mensaje a Loli, asustada, porque quieres empezar a correr pero sabes que no tienes el fondo para hacerlo. No nos engañemos. Nunca has hecho deporte. Subir cuatro pisos a pie por las escaleras siempre te ha supuesto un trauma y te pones de mal humor, de muy mal humor, cuando haciendo turismo has tenido que andar más de la cuenta. No te voy a recordar las cuestas de San Francisco... No eres deportista, nunca lo has sido. En el colegio te inventabas excusas para no tener que darle vueltas al patio corriendo, o te escondías detrás del kiosko para que Doña Toñi no te increpara con su silbato militar. Los días de saltar el potro, curiosamente, siempre estabas indispuesta. Nunca te gustó el deporte o, al menos, nunca le diste la oportunidad de que entrara en tu vida. Toda la actividad que has hecho se reduce a un engaño: andar, bicicleta estática y nadar quince largos mal contados. Tú aún no lo reconoces, pero eso no es hacer deporte. 

Querida yo, aunque aún no lo sepas, te aseguro que mañana estarás entre asustada y excitada. Quieres correr. Sabes que vas a hacerlo. Pero tienes miedo de no poder, de ahogarte, de tener que pararte, de que sea demasiado, de no aguantar, de que se te salga el corazón por la boca... Y de que te guste. Tú aún no lo sabes, pero es que mañana vas a vivir todo eso, no vas a poder, te vas a ahogar, vas a tener que pararte, va a ser demasiado, no vas a poder aguantarlo, se te va a salir el corazón por la boca y vas a terminar tu primera sesión de corredora con un aullido, los mofletes colorados y una sonrisa de oreja a oreja, como aquel día en el que tuviste tu primer orgasmo y querías gritárselo al mundo, pero te frenó esa educación judeocristiana de esconder el placer y la felicidad, como si tuviéramos que sentirnos culpables del goce.


Llevas semanas viendo en Facebook las sesiones de correr (todavía no lo llamas running) que hacen Manolo y Zahara. Las ves y piensas que son unos jabatos, te mueres de envidia y piensas que tiene que ser maravilloso salir ahí y correr durante cuatro o cinco kilómetros. Pero sabes que tú no puedes, porque te sobran muchos kilos, porque nunca lo has hecho, porque te duele la espalda, porque no tienes fondo y porque siempre va a haber una excusa que puedas colocar para justificarte. Todos tenemos siempre un porqué maravilloso con el que engañarnos, con el que disculparnos con nosotros mismos por no dar lo mejor que hay dentro, en algún lugar, esperando a salir. Nuestro yo vago o cobarde es mucho más fuerte que nuestro yo guerrero, así que siempre va a haber un "no dormí suficiente" y un "me duelen las rodillas". Siempre. Este año, además, ha sido un año muy duro. Desde el 16 de julio de 2012 al 16 de julio de 2013, querida yo de hace un año, has vivido en tres países diferentes, has trabajado en dos universidades, has dicho adiós tres veces, has dejado a gente maravillosa, has recuperado 10 kilos de los 25 que llegaste a perder, has vivido el desempleo, has tenido que pedirle dinero a tus padres con la vergüenza devorándote las papilas gustativas. Ha sido un año duro, y te duele la espalda, y te sobran unos kilos, y no tienes fondo, y siempre va a haber una excusa.

Tú aún no lo sabes, pero mañana, nuestra yo guerrera nos va a arrastrar a las dos, a ti y a mí, a Madrid Río con una app en ese iPhone 3GS para empezar a correr. Hablarás con Loli y te tranquilizará, te dirá que nadie empieza corriendo 30 minutos seguidos, que se empieza corriendo un minuto, andando dos, corriendo uno, andando dos... Buscarás información para cotejar lo que te ha dicho y, efectivamente, leerás acerca de los runner-walkers, acerca de diferentes entrenamientos, consultarás aplicaciones para el móvil... Y, entonces, pensarás que tal vez, sólo tal vez, sí puedas hacerlo. Y lo harás, aunque aún no lo sepas.



Querida yo, mañana por la tarde vas a ponerte tus mallas de andar, una camiseta vieja y tus deportivas, las que usas para ir a andar o a comprar el pan. No son unas zapatillas para correr, porque todavía no estás envenenada y no te has enamorado de tus Asics, ni sabes que existen las camisetas técnicas, ni las mallas transpirables, ni los pulsómetros, ni los calcetines de corredor, ni las medias de compresión, ni los sujetadores para evitar el impacto continuado en los senos... Tranquila, ya habrá tiempo para todo eso. Ahora, lo importante, es que sepas que mañana te va a cambiar la vida. Mañana vas a tomar la mejor decisión que has tomado en muchos años y, tal vez, la que más felicidad y cosas buenas te ha traído. Querida yo de hace un año, estoy muy orgullosa y muy agradecida por lo que vas a hacer mañana. Tú aún no lo sabes, pero cuando corras el primer minuto vas a creer que te mueres. No tienes ni idea. Vas a creer que se te va a romper el corazón y vas a acabar ese minuto sin poder remediar un "joder" gritado en mitad de ese paseo que tienes al lado de casa. Una señora mayor se te quedará mirando y te sonreirá, porque sabe que no estás derrochando gratuitamente un lenguaje soez. Sabe que tu yo guerrera ha dejado k.o. a tu yo cobarde. 1-0. Y ese "joder" que has soltado ha sido la constatación de tu victoria y lo que te ha permitido tomar fuerzas para seguir. Y seguirás. Recuperarás durante un minuto y medio y volverás a correr otro minuto más. De nuevo, creerás que te mueres. Hace tres años que dejaste de fumar, pero vas a tener la sensación de que te sube una flema con un repugnante sabor a nicotina. Vas a toser, te vas a ahogar, pero vas a seguir corriendo hasta que suene una musiquita y una voz mecánica te diga algo así como "next interval, ninety seconds walking". Y así una vez, y otra, y otra más, y otra... hasta completar la rutina, tu primera rutina como corredora. 



Tú aún no puedes ni sospecharlo, porque vas a acabar tan reventada que creerás que nunca serás capaz de correr más de cinco minutos seguidos, pero en unos meses estarás corriendo tu primera carrera, cruzarás una línea de meta con tu camiseta de los Tranchetes. Un par de semanas después, créeme, vas a correr diez kilómetros, y lo harás con una amiga increíble a tu lado que te regalará uno de los momentos más bonitos de tu vida. Será en la San Silvestre Vallecana. Diez kilómetros, querida yo, vas a correr diez kilómetros desde el Santiago Bernabeu hasta Vallecas. Chocarás las manos de los niños, habrá gente que te anime, que te grite "vamos, valiente, que ya no queda nada" y sentirás que flotas, que vuelas, que has podido, que eres gigante... Y también que estás cansada, que es 31 de diciembre, que qué haces ahí corriendo en vez de estar tomándote un gintonic con almentras fritas en casa. Sobre todo te pasará cuando llegues a la Avenida de la Albufera y te enfrentes a la peor cuesta que has visto en tu vida. Mirarás a Jane, a quien has tenido a tu lado durante todo el recorrido, y le dirás "No puedo más. I need to stop. I can't". Y ella te dará su sonrisa infinita y te abrigará con un "vamos, podemos, the end is so close". Y será magia, porque querrás llorar, pero esas palabras serán un empujón en el culo que te harán subir el ritmo. 



Durante este año te vas a lesionar varias veces, se te van a caer las uñas del segundo dedo del pie, vas a visitar a fisioterapeutas, quiroprácticos, osteópatas, podólogos... Harás pesas y abdominales para correr mejor. Descubrirás los ejercicios "aprietacarnes" que te pondrán la espalda y las piernas más fuertes para evitar lesiones. Pasarás casi tanto tiempo estirando después de correr que corriendo y, aunque no me quieras creer, te pondrás hielo sobre los músculos por mera precaución, acabarás las duchas con un chorro de agua helada sobre los gemelos, los abductores, los lumbares y el psoas. Lo sé, ahora mismo no tienes ni idea de qué es el psoas, pero dentro de poco lo sabrás y lo estirarás con mucho mimo, porque es un músculo que tiene cierta querencia a la lesión y sin él, no puedes correr, y sin correr, dentro de un año, ya no podrás vivir. 



Querida yo del 16 de julio de 2013, estás a punto de conocer a gente maravillosa a la que quedarás unida por la pasión por el atletismo. Aún no le conoces, pero hay un ángel de la guarda que se llama Fernando y va a entrenarte, a preocuparse por tu espalda, por tus estiramientos, por tus rutinas y hasta por tus desayunos pre y post running. Conocerás a Álvaro, que se convertirá en un pilar en tu vida y en alguien que hace del mundo un lugar mejor. Se convertirá en tu amigo. Como Jane, con quien tendrás mucho en común, pero también correr. Conocerás a Juan, que es un superhombre y un superhéroe de los que persiguen sus sueños y te devuelven la fe en la humanidad, tan guapo por fuera que duele mirarle, tal vez porque su exterior sólo es un reflejo de todo lo bonito que lleva dentro. Conectarás con Beatriz, a quien le darás ánimos para salir a correr, quien te los devolverá cuando estés alicaída y te sacará un sonrisa hablándote de tetas nuevas. El running te unirá más aún a gente que ya está en tu mundo, pero con la que ahora tendrás una conexión todavía mayor, como Natalia, Loli, Mar... También a tus compañeros y amigos de la UNED, que te apoyarán, te escribirán para decirte que quieren seguir tu camino y que, sobre todo, te darán el aliento cuando te falte. María, Rocío, Susana, Hu An, Alex, Juan Luis, Joséan... Tantos (siempre hemos sido una tía con suerte). Sin duda, correr te unirá un poco más a Zahara, esa amiga-hermana-cómplice, con quien has vivido muchos momentos y personas en común desde hace más de quince años. Incluso, aunque ahora no te lo puedas ni imaginar, te hará de liebre y lazarillo en una carrera, consiguiendo que superes tu marca personal, animándote durante cada metro y enseñándote que, a veces, es más importante sostener una mano y empujar el culo de una compañera para que no se quede en el camino que batir tu propia marca. Tanta felicidad vivirás junto a Zahara aquel día que, una semana después, tú harás de liebre y lazarillo para una chica que llevará unos meses corriendo y que, al terminar la carrera, te dirá que sin ti no lo habría hecho y se habría parado. Y llorarás, por dentro, de pura felicidad.



Querida yo, tú aún no lo sabes, pero el año que viene por estas fechas estarás pensando seriamente en hacer tu primer triathlon, pesarás dieciséis kilos menos que ahora, correrás tres o cuatro días por semana, le estarás escribiendo una carta a tu yo de hace un año para decirle que, gracias a ese momento de valentía que está a punto de vivir, hoy eres mucho más feliz. Querida yo, mañana te convertirás en una runner princesita y guerrera. Felicidades y, sobre todo, gracias.

Querida yo, esta última foto es lo que vas a hacer mañana, en tu primer día como corredora. Ole

Limpieza de armarios

Hacer limpieza de armarios tiene más de placebo curativo que de limpieza. 
Meter en cajas pantalones, camisas, sujetadores y pijamas que te mantienen clavada a un ayer al que no quieres volver. Hacer limpieza. Aunque sólo sea para seguir avanzando.

1

Dejar en los cajones sólo lo necesario, sólo ese pasado de sonrisas sinceras y mimos melosos.
Aunque sólo sea para seguir creyendo.


2

Hacer limpieza de armarios tiene más de metáfora que de adiós "post temporada pasada de moda".
Hacer limpieza de armarios, de ayeres y de fantasmas.
Algún día tendré que buscar en Google, que todo lo sabe, cuál es la mejor estación para hacer limpieza de humanos y de palabras.
Aunque sólo sea para seguir avanzando.





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1. Lo del fondo es ropa para donar a gente que la necesita. Pero la rebeca que tengo ahora entre mis manos, rota y desteñida por el tiempo, se queda conmigo. No me desprendería de ella ni por todo el oro del mundo. Era del primer hombre de mi vida. Todos los inviernos me la pongo para estar en casa y siento que el olor de mi abuelo sigue habitando en cada hilo, protegiéndome como siempre hizo en vida. Ay, abuelo...
2. Esta camiseta se vende aquí. Y sí, pronto vivirá en unos de los cajones de mi armario.