Soundies

Desde 1941 y hasta 1946, la compañía RCM Corporation produjo una serie de cortometrajes de unos tres minutos de duración. Todos ellos estaban protagonizados por músicos, llevaban por título el de una canción y se reproducían en unas máquinas conocidas como Panoram, muy similares a las jukebox.




A día de hoy, estos cortometrajes están considerados como el antecedente más claro e inmediado de los videoclips. Se trata de los Soundies. Músicos como Duke Ellington, Count Basie, Lionel Hampton y Nat King Cole, entre otros muchos, grabaron sus canciones para ser reproducidos en esas máquinas Panoram. Aquí tenéis un documental (en cuatro partes) sobre estos Soundies. ¡Disfrutadlo!








Sobre la defensa de mi tesis doctoral

Esta fue la presentación que usé en el acto de defensa de mi tesis doctoral. Cómo pasa el tiempo...


 

Lo mejor de 2012

Es que no han podido con nosotros. Y mira que lo han intentado, los muy...

Lo segundo mejor de 2012 es que ya se acaba y, como decía la canción, lo mejor aún está por venir.

Lo tercero mejor de 2012 es que aún seguimos juntos, después de tanta sangre, después de tantas notas, después de tantas risas, después de tantas despedidas, después de tantas "tantas".

Y es que, después de todo, The Best Is Yet to Come...




Cuando esté frente a él


Cuando esté frente a él (por fin otra vez), sentiré un cierto mareo cálido.
Trataré de esconder mi inquietud bajo una copa de vino.
Jugaré torpe y nerviosa con mis manos, porque desde que dejé de fumar ya nunca sé qué hacer con ellas. Siempre me falta algo entre los dedos y creo haber perdido para siempre la coordinación y dominio sobre ellas.
Él bailará para ella y con ella, acariciando su embocadura, casi besándola en un letargo idílico.
Miraré entonces hacia otro lado, incómoda como quien observa de manera casi accidental un acto sexual ajeno. 
Pero volveré a él, porque me llamará desde el escenario, aunque nadie perciba esa llamada. 
Tampoco nadie escuchará mi caída de ojos que, en ese momento, ya no será para él, sino para ella, tan brillante, tan sutil, tan delicada y, en (falsa) apariencia, insignificante. 
Me arderá el vientre, ya sí, cuando suene aquella canción. 
Me morderé el labio (¡Cómo evitarlo!) cuando él alcance esa nota.  
Mirará de reojo hacia mi copa de vino (tinto, rojo, sangre), protegiéndose bajo su armónica.  
Yo balancearé mi cadera sin remedio por y para él. 
Mi mirada le adulará de frente, desarmada. 
Y entonces, justo un segundo antes de que por fin él me sonría de cara, yo le susurraré un casi inaudible "Jass it up, man!"

Querido hombre de mi vida

Escribí esto hace diez años. Hoy lo he descubierto en una vieja carpeta. Copio y pego sin editar ni una sola tilde. Psicoanalizándome ando tras la lectura...

* * * * *


Querido hombre de mi vida al que todavía no he conocido:

Habría sido más rápido enviarte un e-mail, pero no sé tu dirección electrónica. Ni siquiera sé si usaras Internet habitualmente.
No sé nada de ti. No sé cómo te llamas ni cómo te gusta tomar el café. Puede que ni siquiera lo tomes. A lo mejor prefieres el té o la leche con cacao. En ese caso, tendrás que acostumbrarte al sonido de la cafetera por las mañanas.
¿Sabes? Cada mañana, desde que tengo uso de razón, una melodía que se parece al ruido que hacían los trenes de vapor que veía en las películas cuando era niña, ambienta la banda sonora de mi casa.
Chup-chup chup-chup chu-chup. La verdad es que no es exactamente igual que el ruido de aquellos trenes. Son chup-chup más cortos y rápidos.
Yo corro desde el baño para apagar el fuego. Es una pena cuando el café llega a hervir por dejarlo más tiempo de la cuenta. Se echa a perder y hay que hacerlo de nuevo.
Retiro el café del fuego y lo pongo sobre la encimera de granito. Y, en ese momento, levanto la tapa. Vas a pensar que es absurdo, pero me gusta dejarle respirar. Sí, ya sé que no es una botella de vino que lleva encorchada veinte años, pero, igual, a mí me gusta dejarle respirar un poquito antes de beberlo.
Cuando levanto la tapita de la cafetera, el mejor aroma del mundo inunda toda la casa. Yo cierro los ojos y digo mmmmm. Ese momento es el mejor del día.
Mientras el café respira, yo vuelvo al baño a seguir lavándome los dientes.
A cepillarme el pelo.
A ponerme la crema en la cara.
Siempre voy apurada de tiempo. Da igual a la hora que tenga que estar en un sitio. Yo siempre me despisto.
La impuntualidad es algo innato. No puede corregirse. Por eso, cariño, no debes enfadarte conmigo cuando quedemos para ir al cine y yo llegue cinco minutos tarde. No puedo remediarlo y no lo hago con mala intención. Me sale así. ¿Me perdonarás ese defecto?
Yo, a cambio, te prometo desvivirme por ti. Cocinaré recetas exóticas para que digas ¡mmmmm qué delicioso!
Cada noche, mientras me haces la sillita para que durmamos encajados el uno en el otro, yo inventaré un cuento para ti, con las palabras que tú me digas. Si quieres un cuento sobre un calcetín de cuadros, yo te contaré el cuento del calcetín de cuadros que soñaba con ser un calcetín liso.
Los domingos pasearemos por el Rastro. Yo haré fotos en blanco y negro que luego revelaremos juntos llenando nuestro hogar de un mágico olor a química. Tú regatearás a los vendedores de camisetas. También regatearás en el puesto de Manuel, pero en este tenderete lo harás sólo por diversión, por hacerle rabiar.
Manuel es un buen hombre. Puede dar la impresión de ser muy refunfuñón, porque siempre anda farfullando como las lentejas, si te gustan bien y si no las dejas.
Manuel vende vinilos de jazz y dice que lo hace por placer. Pero yo sé que eso es una mentira que él se cuenta a sí mismo para no reconocer la mala tormenta laboral que azota a este país.
Hace mucho tiempo, él era uno de los mejores contrabajos de jazz de este país. Le llamaban para dar conciertos o para acompañar a las grandes estrellas que venían a Madrid. Pero el jazz no es una música de masas y las llamadas empezaron a distanciarse más y más hasta quedar en nada.
Así que, un día, Manuel puso ese puesto en el Rastro. Lo que pasa es que es muy orgulloso y no tolera que nadie le regatee en lo que él llama “lenguaje divino”.
Se pone muy exaltado y echa al que le intenta rebajar algo de dinero. Mientras se aleja, me mira y farfulla tú te crees que regatearle a Charlie Parker, ya no hay respeto ni por los muertos.
Yo me sonrío por dentro. ¿Sabes? No es el ogro que parece. A mí me ha regalado muchos discos, aunque no le comprara ninguno. De tanto en cuando, me alarga un vinilo y farfulla anda, escucha eso, que si no se os aconseja, acabáis escuchando cualquier cosa. Y yo le doy las gracias y él mira para otro lado porque odia que yo vislumbre su generosidad.
Después de charlar con Manuel, iremos a comer de tapas a Chamberí. Te parecerá irreal, pero en ningún sitio del mundo está tan buena la cerveza como en los vasitos que ponen en las tabernas de la glorieta de Bilbao.
Yo empezaré a estar un poco borrachina y me reiré sola sin que tú entiendas el motivo. Pero, igual, me mirarás con dulzura y me dirás que nos vayamos a dormir.
Me pondrás el pijama y me arroparás con el edredón para que echemos la siesta en condiciones. Entonces, querido hombre de mi vida, te tumbarás a mi lado y me acariciarás muy lento la frente. Yo gemiré un mmmmm ¿sabes que te quiero con toda mi alma? Y tú susurrarás muy bajito tss tss duérmete loquita.
Por la noche, prepararemos una tabla de queso y paté. Abriremos un Ribera del Duero y lo saborearemos a sorbitos pequeños mientras vemos una película de Woody Allen o de Stanley Kubrick. Yo liaré un porro y tú halagarás mi técnica. Fumaremos disfrutando cada calada y estrellaremos las miradas borrachas de amor y hachís.
Después, me dirás que nos vayamos a dormir. Pero yo seré muy pícara y te besaré el cuello.
Te lameré los codos.
Te morderé muy flojito los pezoncitos rodeados de bello.
Ya sabes cómo acabará la noche. No te dejaré dormir hasta que no hayamos tenido un par de orgasmos, quizá tres. Nos abrazaremos y nos quedaremos dormidos empapados en sudor y saliva.
A la mañana siguiente, chup-chup chup-chup chup-chup. La casa se inundará con ese aroma tan delicioso.
Te querré, y además muchísimo, porque serás el hombre de mi vida al que ya conoceré.
Finalmente, cuando yo sea una moribunda en nuestro lecho, te diré que te he amado más que a nada en la vida.
Tú contendrás una lágrima y me susurrarás tss tss duérmete, loquita.
Pero tienes que darte prisa, desconocido hombre de mi vida. No nos queda mucho tiempo. Los médicos dicen que pueden quedarme seis meses, un año tal vez. No son capaces de precisar más.
Y yo no quiero irme sin que me hagas la sillita cada noche hasta el fin de mis días. Creo que tengo derecho a conocerte.

Siempre tuya,

la mujer de tu vida a la que aún no conoces.

El orgasmo de la guerrera

Dicen que hoy es el Día Internacional del Orgasmo Femenino y a mí no se me ocurre mejor manera de celebrarlo que dejándome llevar por los éxtasis de todas estas bellas guerreras...

Una vez...





...Y otra...




...Mmmm...





...Y una vez más...




...Y otra...




...Más...




...Y...

 


Sí, soy una viciosa. Lo sé, pero es que las chicas son guerreras...

 (Continuará, no podría ser de otra manera)

Querida M.


Querida M.,

Has de saber que todos los informativos del mundo han abierto hoy con un llanto nostálgico en tu nombre. También, que no hay un solo periódico que no te haya dedicado hoy una página triste; que no hay un solo periodista que no se haya descubierto echándote de menos; que todo el mundo ha vuelto a encontrarse con esa mirada tuya que más que mirada era un puñal certero.

Has de saber que otra vez han errado, querida M., buscando en la dirección equivocada. En efecto, otra vez con el dichoso El misterio de Marilyn. ¿Alguna vez te has entretenido en contar cuántas páginas erradas se han llenado de tinta buscando la solución a un enigma absurdo? Ay, ¿cuándo aprenderán los medios que El misterio de Marilyn no es el que ellos persiguen resolver? No ha sido hoy, ni probablemente mañana. Realmente ni vende ni interesa contar que no importa si te asesinó la mafia, la CIA, los Kennedy o un amor despechado y no correspondido. Probablemente porque sí que te mató la mafia, y la CIA, y los Kennedy, y un amor despechado… Y lo más seguro es que aquella noche te masturbaras llena de frustración, dolor y soledad sin alcanzar el consuelo. También que lloraras, otra vez. Que bebieras, para ver si esa pena se iba. Y que te perdieras al fin en un sueño de calmantes químicos que te quitaran el dolor para siempre. Y a pesar de todo fueron ellos ‒la mafia, la CIA, los Kennedy, el amor despechado‒ quienes te asesinaron a sangre fría.

Has de saber, querida M., que las rotativas siguen errando. Sigues siendo aquella rubia frágil que, cuando se volvió loca de desamor e internada tras el abandono de Miller, fue rescatada y cuidada por DiMaggio, quien nunca dejó de quererte. Sigues siendo el mito sexual y la criatura hermosa que se enamoró de un político poderoso primero y de su hermano, también político, también poderoso, después. Sigues siendo una carretera llena de curvas que nos recuerda, a las demás, que no tenemos tus caderas, ni tu cintura, ni tu mirada que más que mirada era un puñal certero. Ay, querida M., sigues siendo una criatura bella y tonta a la que persigue el misterio de su asesino/suicidio.

Quizá tengan que pasar otros cincuenta años para que alguien se dé cuenta de que la resolución de El misterio de Marilyn Monroe no es quién puso esas malditas pastillas en tu estómago, sino quién fue la rubia frágil, mito sexual, carretera llena de curvas que reivindicó, sin saberlo, la independencia de la mujer mucho mejor que la mayoría de las feministas de la época. Esa criatura hermosa que se sabía bella y se sabía una artista, que se enamoró de hombres con demasiados enigmas, cercana al movimiento beat, y de la que ahora se cuenta que fue terriblemente cercana a la izquierda y al socialismo. Tan cercana que, según cuentan algunas buenas lenguas, simpatizabas ‒y mucho‒ con el Fidel Castro de aquellos días.

Ay, quizá tengan que pasar otros cincuenta años para encontrar un texto en el que no seas esa rubia frágil, mito sexual, carretera llena de curvas y criatura hermosa. Y, mientras tanto, no habrá un solo periódico que no te dedique una página triste ni habrá un solo periodista que no se descubra echándote de menos. Yo, por mi parte, seguiré quedándome atrapada en esa mirada que más que mirada era un puñal certero.





I Could Have Danced All Night with Sammy Davis Jr.

Sé que el título de este post puede resultar engañoso, porque hoy no voy a hablar de Sammy Davis Jr. A fin de cuentas, de lo mucho que le admiro ya he hablado en este blog. Y sí, aun a riesgo de que me acusen de cansina, les digo que podría hablar de él cada día y estoy segura no me cansaría nunca. 

Sin embargo, hoy no voy a hablar de él. ¿Para qué? Solo voy a dejarles a solas con él y con Steve Allen, aquel cómico que un día se metió en la piel de Benny Goodman y protagonizó The Benny Goodman Story  (Valentine Davies, 1956).

De lo enorme que puede resultar Sammy Davis Jr. imitando a Nat King Cole, Mel Tormé, Jerry Lewis o Louis Armstrong tampoco voy a hablarles, porque me quedaría corta. Es mucho mejor que ustedes le den al play y aguanten hasta el final. Después ya me dicen si no entienden cómo pudo un día Kim Novak pasar por las sábanas de este jabato. A fin de cuentas, I Could Have Danced All Night with Sammy Davis Jr...





#nosonbrotesesilusion



 ¿Y qué si nos mentisteis?

¿Y qué si quisisteis arrebatarnos nuestras ilusiones?

¿Y qué si muchos se creyeron que esto eran lentejas?

¿Y qué si nos convencisteis de que robarnos no era tan malo?

¿Y qué si nos creímos que quitarnos nuestro conocimiento, nuestra educación, nuestra sanidad y hasta un regazo en el que sentirnos seguros, era un mal necesario?

¿Y qué si nos negasteis el derecho al pataleo, al "ya no te quiero", al "sois unos hijos del demonio"?

¿Y qué si insultasteis nuestra inteligencia en cada comparecencia pública?

¿Y qué si os llevasteis todas nuestras lágrimas?

¿Y qué si le mentisteis a nuestros jóvenes que ellos habían nacido sin derecho a un futuro?

¿Y qué si nos obligasteis a hipotecar nuestros sueños?

¿Y qué si nos inmovilizasteis recurriendo al chantaje y al pánico?

¿Que y qué? So what!!! Que tocaba Miles en su trompeta para, en realidad, hacerle cortes de manga a todo el que se le ponía por delante.

¿Que y qué? Que somos más, que estamos más cansados y más hartos, que no vamos a dejar que nos robéis lo que es nuestro por puro derecho, que el conocimiento en nuestro, que el futuro es nuestro... y que os jodan. 

Mañana me pondré una pulsera de color verde-esperanza. Porque yo no os voy a permitir que sigáis paralizándonos con vuestra extorsión mafiosa. Porque #nosonbrotesesilusion. ¡Ea!


También, gracias

El pasado viernes 18 de mayo defendí, por fin, mi tesis doctoral. Este blog y quienes lo leéis habéis sido testigos de todo el proceso. Me habéis acompañado y apoyado cuando la investigación parecía estancada e imposible. A vosotros y vosotras, también, gracias. Permitidme hoy que use este espacio para reproducir la dedicatoria y los agradecimientos que figuran en mi tesis doctoral.








Fly me to the moon,
let me play among the stars,
let me see what spring is like
on Jupiters and Mars.
In other words…

A Fernando



Cuando estaba en 2º de B.U.P. mantuve una acalorada discusión con mi profesor de Ética y Filosofía. Hablábamos de la importancia de la comunicación y de los peligros que suponía la ausencia de ella, cada vez más alarmante, en la sociedad contemporánea. Unos días más tarde mi profesor escribía un artículo de opinión en el Diario Jaén. Hablaba de la discusión que habíamos mantenido y me llamaba “su amiga Olvido”. Yo le había dicho, y así lo recogía en su artículo, que muchas veces los contenidos básicos y primarios de comunicación se encuentran encerrados en unas simples palabras o frases cortas: Perdón, por favor, te quiero, lo siento, y también gracias, pero que es la cobardía la que nos impide pronunciarlas. Es esta última palabra, gracias, la que ahora me dispongo a rescatar y dedicar a todas aquellas personas que me han ayudado a realizar esta tesis doctoral y, mucho más importante, a ser la persona que hoy soy. Gracias a D. José Biedma López, aquel profesor de Ética y Filosofía, que me motivó siempre a cuestionarlo todo. Gracias también a D. Ángel Ruiz Fajardo y a D. Juan de la Torre Torres. Estos tres profesores alzaron la palabra educación a un significado sagrado en mi vocabulario.
Gracias, también, al profesor D. José Antonio Gurpegui, quien me ha guíado durante el desarrollo de esta tesis doctoral con el mimo y paciencia del mejor de los maestros. Tanto es así que, a día de hoy, no sé si es más amigo, más maestro o más director.
Gracias a mis compañeros del Instituto Franklin de la Universidad de Alcalá por ayudarme siempre en todo lo que estuvo en sus manos. Gracias a mis compañeros de la Universidad Europea de Madrid y a los de University of Malta. Todos y cada uno de ellos han contribuido, y cómo, a que hoy esté redactando esta página.
Gracias a la Biblioteca Nacional, a la Biblioteca Pública Municipal Conde Duque de Madrid, a la Filmoteca Española, a la Biblioteca de la Universidad de Alcalá, a la Biblioteca Dulce Chacón de la Universidad Europea de Madrid, al Media Resources Center de la Moffitt Library de University of California, Berkeley y, en concreto, a Mr. Gary Handman. Son las grandes personas las que hacen grandes a las instituciones. Todas estas bibliotecas son grandes y asombrosas gracias a la gente que trabaja en ellas. Por mi parte yo solo tengo palabras de agradecimiento por permitirme acceder a sus fondos de manera desinteresada y sin condiciones.
Gracias también a aquellas personas que no dudaron en ayudarme de forma desinteresada durante la realización de esta tesis doctoral. Helena Aristu, Aarón Rodríguez, Joaquín Sevilla, Lola Molina, Fernando García, Alberto de Francisco, Fco. Javier Muñoz, Irene Escolar, José Miguel Gonzalvo, Eva Jiménez y Jose Millares.
Quiero dar también las gracias a mis alumnos y alumnas. Son ellos y ellas quienes han hecho que sea un placer conjugar el verbo enseñar. No ha habido un solo día en el que no me hayan enseñado algo. No ha habido un solo día en el que no me hayan hecho pensar que tengo la profesión más bonita del mundo.
Gracias también a los músicos y cineastas que calmaron mis penas, me robaron sonrisas e hicieron del mundo un lugar mucho más habitable. Sin ellos, mi vida habría sido mucho más triste. Sin la trompeta de Louis Armstrong, el saxo de Charlie Parker o las películas de Billy Wilder y Clint Eastwood, quizá no estaría escribiendo esta página.
Gracias a mis amigos y amigas, son quienes más han hecho por mí, la mayoría de las veces sin ni siquiera saberlo. Benita Campos, Javier Gordillo, Zaida Núñez, Esther Sánchez, Laura de Mingo, Roberto Fuertes, Héctor Checa, Susana Hidalgo, Maria Laroussi, Margarita Andújar, Daniel Hare y Ernesto Filardi. También a mis amigos malteses, Fiona Navarro y Carmel Vassallo. Ellos han hecho que me sienta en Malta como en mi propia casa y que ya no quiera marcharme.
Gracias a mi familia, a mis padres, a mi hermano, a mi cuñada y a mi sobrina, que tiene la sonrisa más bonita del mundo. Porque me quieren sin condiciones e incluso cuando menos lo merezco. Sin ellos me sentiría perdida y desorientada.
Gracias también a mi otra familia. Es un lujo tenerles en mi vida, Esmeralda, Manolo, Mónica, Héctor, Raúl, cuñadas, cuñado, sobrinas y sobrinos.
Y, por último, gracias a Fernando, mi amigo, mi compañero y mi amante. Encontrarte y que te quedaras a mi lado sí que fue un verdadero golpe de suerte. Gracias por apoyarme, por protegerme, por hacerme reír cada día y por seguir colocando mariposas en mi estómago. Todavía. Te quiero.

Gracias



Porque una noche, aunque tú no lo sepas, me salvaste la vida. Sonaba el "Don't Explain" y yo llenaba un cenicero de miedos y desilusiones. Pero permíteme que esa historia aún me la reserve un poco más. Las heridas, a pesar de los años, aún pueden infectarse con la respiración de unos ojos inoportunos.

Porque mi primer gran artículo lo inspiraste tú y el biopic con el que un desalmado se atrevió a remover de ira los huesos de tu tumba. Sí, cariño, yo también sentí arcadas de cólera y asco.

También porque, como dice mi alma gemela, eres capaz de hacerme "llorar, sonreír, sufrir o callar en el intervalo de tres minutos".

Porque sin ti, el jazz, no sería tan elegante, ni tan increíble, ni tan sanador como lo es gracias a tu voz al gemir ese "All of me / Why not take all of me / Can't you see / I'm no good without you".

Y también porque una noche, aunque tú no lo sepas, me salvaste la vida.

Gracias.

In a Sentimental Mood



- 3 -

Charlie Parker terminó de tocar su How High the Moon al tiempo que la mujer terminaba su copa de vino. Se deja beber, se dijo en voz alta mientras miraba la etiqueta de la botella donde se leía “Los Boldos. Cuvée Tradition. Shiraz 2009”.

Dejó la copa sobre la mesa y sintió ganas de fumarse un cigarro. Hacía ya tres años que había dejado de fumar y, sin embargo, de tanto en cuando, sentía el deseo de encender un cigarrillo. Casi podía sentir el idealizado sabor del tabaco en su boca. Olía, mentalmente, un aroma que creía asociar a su marca habitual de cigarrillos. Cerró los ojos y terminó de saborear aquel pitillo ficticio que, todavía, luchaba por no convertir en real. Se puso de pie y fue hacia la estantería donde guardaba sus discos. Su madre le había dicho mil veces que se los llevara de allí, pero mil y una veces ella le había prometido hacerlo más tarde, otro día, cuando tenga tiempo.

Cogió el disco Duke Ellington and Jonh Coltrane, uno de los amores verdaderos de su vida, y lo llevó hasta el viejo gramófono de su abuelo. Puso la primera pista, In a Sentimental Mood y salió a la terraza. No había salido allí desde hacía mucho tiempo. No recordaba con exactitud cuándo, pero sabía con certeza que fue antes de que su madre decidiera arrojarse al vacío desde esa misma terraza.

Continuará...

Un cuento antiguo

Nota: este cuento, reconvertido en post, es antiguo. Hace siete años que escribí este "tanto de menos". Lo publico aquí porque pensé que hay gente a la que tal vez le gustaría leerlo. No, este tampoco es un post sobre jazz. Ustedes me disculpan.






A Julio Montero, por contarme cuentos
sobre el cine disfrazados de clases de doctorado


… tanto de menos


Ya nada es como les prometieron que sería. No hay mariposas haciendo cosquillas en el vientre. No hay piropos, ni coqueteo, ni danza del apareamiento.

Ya nada es como ella soñó un día que sería. Él ya no le propone brindis con Riojas del 86, ni le deja poemas, escondidos por la casa, escritos en un post-it.

Ya nada es como él soñó un día que sería. Ya no hay entrañas que arden por la noche bajo las sábanas. Ni sonrisas cómplices, ni caricias en la espalda.

Silencios. Reproches que se ahogan en miradas de desprecio. Espacios incómodos que aún comparten porque no les queda más remedio. Porque no se plantean reconocer en público que ya no son felices. Porque les da miedo aceptar que el tiempo les ha vencido.

Nunca lo han hablado, no han llegado a un acuerdo formal ni han estrechado sus manos para sellar el contrato. Pero, desde hace unos meses, ella huye de casa unos días y él lo hace los restantes. Así no han de encontrarse. Así el cónyuge estará dormido al regresar a casa y se evitarán los reproches, las miradas de desprecio, los silencios incómodos.

Ella ha oído en la radio que en la Filmoteca Nacional ponen Jenny, una película que vio sentada en las rodillas de su padre cuando aún no sabía que el amor lleva fecha de caducidad impreso en la monotonía. Se acuerda de su padre, de cómo la acurrucaba mientras el vídeo Beta reproducía las historias en las que aprendió a buscarse a sí misma. Se acuerda de esos años en los que era el hombre más sabio del mundo y ella gimoteaba un ¿por qué, papá? cuando la cinta se acababa. Entonces, esboza una sonrisa que se columpia entre la ternura y la tristeza.

Él ha tenido un día duro de trabajo. Una semana, un mes y un año. Él no podría señalar en el calendario el día en el que vive. Sí sabe la hora, porque su reloj son unos grilletes que le mantienen clavado a su agenda de piel marrón. En el periódico ha leído que reponen una vieja película de Jennifer Jones en la Filmoteca. Quiere olvidar y ser olvidado entre los ojos de celuloide del personaje de Jenny.

Ella se sienta en la fila número siete. Centrada. Siempre lo ha hecho así. Acostumbró a su marido, que prefería siempre sentarse al final de la sala, a disfrutar de ese lugar del anfiteatro en el que la película te envuelve y el sonido es capaz de confinarte en un personaje más dentro de la ficción. Se pregunta si él seguirá sentándose en las filas número siete o si, por el contrario, habrá vuelto a recluirse en el asiento más alejado de la imagen proyectada.

Ya han apagado las luces cuando él entra en el cine. Los números de las filas se iluminan en la oscuridad, de modo que no le es muy difícil llegar hasta la estela del número siete. En el centro distingue una silueta de mujer. Se sienta dejando la protocolaria separación de una butaca. A los pocos minutos de empezar la película, un personaje gasta una broma absurda. Él esboza una sonrisa. El resto de la sala, salvo la sombra de la mujer que disfruta a un asiento de distancia, guarda silencio.

Ella se ha reído. Es un chiste absurdo de uno de los personajes, pero ella se acuerda irremediablemente de las bromas que le gastaba su marido cuando aún eran novios. Piensa en él, en el hombre que fue hace tiempo, cuando aún no le ahogaba su presencia en el mismo cuarto.

Él la oye reírse y reconoce en la carcajada a la mujer que amó. Reconoce la risa de la persona que no miraba con reproche, sino con complicidad. Recuerda a la mujer que ardía bajo las sábanas. Revive las bromas que él le gastaba y la alegría que ella le concedía. Más por instinto que por premeditación, él alarga la mano hasta la silueta de la mujer que ella fue un día, antes de que la monotonía la convirtiera en un ser desilusionado. Acaricia la mano de ella y la enlaza con la del hombre que él fue un día, antes de convertirse en el personaje apático que es hoy.

Puede que sea la oscuridad. Quizá sea la magia desbordada a través de un proyector cinematográfico, la música de fondo o el guión invitando al espectador a olvidarse de la desidia que encontrará a la salida. Ninguno de los dos puede ni quiere explicarlo. Quizá saben que sólo es un espejismo que les ha regalado, por un instante, el séptimo arte. De cualquier modo, no importa. La mano de él y la de ella se han juntado por primera vez tras demasiado tiempo de huidas y ausencias.

Cuando, dentro de uno hora y media, las palabras The End invadan la pantalla de la Filmoteca, todo volverá a ser silencio y reproche. Volverá a haber una distancia demasiado incómoda entre el matrimonio. Pero, en el momento en que la mano de él enlaza la de ella, la mujer no puede contener el dulce susurro: “te he echado tanto de menos”.



Olvido A.
2005

San Javier


Es tan difícil no enamorarse y reenamorarse año tras año del Festival Internacional de Jazz de San Javier...

How High the Moon


- 2 -

Ben Webster acababa de tocar Over the Rainbow solo para ella. O, al menos, eso le gustaba imaginar cada vez que ponía un disco en aquel gramófono heredado de su abuelo. Su abuelo había sido su dios y su gigante. Más que eso. La sonrisa en la que acunarse y la mirada en la que recuperar el equilibrio. Abuelo, te echo tanto de menos, pensó mientras ponía un disco con la leyenda Charlie Parker Quintet Live 1948.

La mujer --hacía ya años que había dejado de ser una chica, aunque ella siguiera pensándose una jovencita necesitada de consejo, beneplácito y protección-- se llevó la mano al rostro. Se acarició la comisura de los labios y después el párpado derecho. Aquella misma mañana se había visto en el espejo una pequeña berruga y, un poco más arriba, su primera arruga. En ese momento, Charlie Parker tocaba -solo para ella- How High the Moon. Cerró los ojos y sonrió. ¿Te acuerdas, abuelo, de cuando me cantabas "quisiera ser tan alta como la luna"? Te reías, y yo hacía como que me enfadaba. Pero era imposible no caer contagiada por tu risa.

Volvió a tomar la carátula de aquel disco, pasando el dedo por las letras que formaban la leyenda Charlie Parker Quintet Live 1948. Se detuvo en el 1948. En ese año, tu hija solo tenía dos años. ¿Tendría ya, entonces, tanta rabia y tanta ira aquella niña, abuelo? ¿La miraste alguna vez y te cortaste por sorpresa con sus ojos de hielo afilado? Abuelo, ¿cuándo supiste que tu hija sería infeliz hasta el último de sus días?

Continuará...

El camino de baldosas amarillas



- 1 -

El camino de baldosas amarillas ha resultado ser demasiado largo. Y los zapatitos de charol rojo no funcionan por más que los golpee el uno contra el otro. Chas chas. Nada. Solo consigo hacerme daño. Chas chas. Ya tengo una rozadura en el talón. Chas chas. Nunca llegaré a casa, porque el Mago de Oz, que me espera al otro lado de estas infinitas baldosas amarillas, se ha cansado de esperar.

Continuará...

Ojalá nunca


¿Te acuerdas? Yo te había escrito una carta larguísima cargada de rabia y de veneno. Tú me contestaste con menos de diez palabras que encendieron mi ira. Eso no llegaste a saberlo nunca. Lo sospechaste, seguro. Pero nunca te concedí el placer de la certeza. Mi abuelo, que era mi dios y mi gigante, me decía siempre que no mostrara mi debilidad al enemigo. Lo sigo intentando, abuelo, te lo prometo. A la segunda, ya consigo callarme. Voy aprendiendo.

¿Te acuerdas? En aquel concierto, cuando la cantante negra que venía de New Orleans cantó What a Wonderful World imitando a Louis Armstrong, me preguntaste que por qué me gustaban las canciones de un hombre muerto. Yo te miré cargada de incomprensión y dolor. Al rato te contesté que porque nunca me decepcionaba, porque siempre me daba lo que esperaba de él, porque me conocía. Sí, Louis a mí. En realidad te estaba hablando del amor, de la fidelidad, de la integridad, de lealtad. Pero tú no lo entendiste, creo.

¿Te acuerdas? Te dije que ojalá nunca tuvieras que echarme de menos. Lo siento.

Razones para (re)enamorarte de Marilyn Monroe

Porque, a diferencia de la imagen vendida (o mentida), no fue en absoluta una mujer inculta.



Porque despertaba esa necesidad de querer salvarla. No vayas a saltar, te lo suplico.



Porque cuando parecía más débil y quebradiza, aún era más sexy.



Porque tenía más registros en su mirada que la mayoría de los actores y actrices juntos.



Porque tenía sueños imposibles.



Porque si te miraba debías sentirte la persona más afortunada del mundo.



Porque no necesitaba joyas para transmitir la idea del lujo.


Porque también tenía esa belleza serena.


Porque a veces también era ñoña.


Porque supo presumir de todo aquello que la definía como mujer. Desde todos los puntos de vista. Y nunca sintió vergüenza ni pidió perdón por ello.


Por mi parte, estoy enamorada de ella desde siempre. Desde el día en que la vi, por primera vez, como la Sugar Kane de Some Like It Hot. Creo que ella también tiene un poco de culpa en que mi #fuckintesis verse sobre la construcción del personaje del músico de jazz en la cinematografía norteamericana.

¿No son suficientes razones? Venga, una más. Si no te enamoras con esta, es que no tienes sangre en las venas.





Citas

"El sonido de Louis Armstrong tiene un poder curativo. Entraña sabiduría y perdón. Tiene el mismo sonido que la voz de esa persona a la que siempre recurres cuando algo malo te ha sucedido, ya sea tu abuela, tu madre u otro cualquiera. Esa persona que, mediante sus palabras y sus caricias, te reconforta y te alienta diciendo que todo irá bien. Ese sentimiento se puede encontrar en la música de Louis Armstrong, ese calor y esa familiaridad que te hacen sentir que, digas lo que digas, esa persona te comprenderá y aceptará tu punto de vista" (Geoffrey C. Ward y Wynton Marsalis, Jazz. Cómo la música puede cambiar tu vida).




And I love You, Louis



"Con todo, si a algún individuo en particular le corresponde el título de fundador del jazz moderno, éste no puede ser otro que Charlie «Bird» Parker" (Frank Tirro, Historia del jazz moderno).




And You too


Y es que, después de todo, "las cuatro palabras que resumen la historia del jazz son «Louis Armstrong-Charlie Parker»" (Philip Larkin, All What Jazz).

On The Road to Charlie Parker (una carta de amor a Anders Orborne)

Teclear "yout" en la barra de direcciones del Chrome. Como el Chrome es muy listo (y me tiene muy vista), pone él solo el resto de la dirección. Aparece justo debajo. Puedo ver claramente un www.youtube.com - Youtube - Broadcast Yourself.

Viene siendo una rutina. Antes de ponerme a trabajar en la tesis (#fuckingtesis para los amigos), me permito un vídeo (a veces dos). Siempre de música y nunca de chorradas realizadas por animalitos: osos, delfines, perros, gatos o humanos. Es mi premio pre-trabajo-duro: una canción que me haga alegrarme de estar viva un día más para haber podido escuchar esa canción.

Esta tarde también he tecleado "yout" en la barra de direcciones del Chrome. Y como es un navegador muy listo (y también porque me tiene muy vista), me ha sugerido el resto de la dirección. Debajo, en gris, aparecía www.youtube.com - Youtube - Broadcast Yourself. Así que le he dado al enter.

Youtube se ha aliado con los contactos de Google+ y me ofrece sus vídeos, normalmente de chorradas realizadas por animalitos y casi siempre animalitos de la especie humana. Así que yo me he ido al buscador directamente. Hoy no quería a Wynton, ni a Charlie, ni a Miles, ni a John, ni a Billie, ni a Louis (lo sé, hoy tenía un día raro). Después de pensar un poco, he escrito "Tipitina's". Tipitina's es el mejor club de música en vivo de Nueva Orleans. Y Nueva Orleans es la mejor ciudad del mundo. Si algún día me pierdo, ya lo he dicho alguna vez, buscadme por allí. Probablemente me encontraréis con un spiced rum and coke muy cerquita del escenario. En cualquier caso, si existe el paraíso, estará decorado como el Tipitina's. Lo mismo digo, buscadme cerca del escenario. Seré la chica del spiced rum and coke.

En la segunda página me he encontrado un vídeo llamado "Anders Osborne - Charlie Parker @ Tipitina's FQ.". Obviamente, le he dado al play.





En la tercera escucha ya me había enamorado de Anders Osborne, quería casarme con él, engendrar sus hijos y asarle pavo cada Thanksgiving. Después he buscado discos suyos, me he hecho con Live at Tipitina's y en él estoy, reenamorándome de la humanidad. Los que me leéis desde hace tiempo ya sabéis que no sé quedarme estas cosas para mí sola. No sé si es porque tengo miedo a reventar por llevar tanto amor dentro de las entrañas o porque la música, como todos los placeres buenos, siempre sabe mejor cuando es compartida. En cualquier caso, enjoy, my friend! Anders Osborne está cantando On The Road to Charlie Parker solo para nosotros dos. ¿Puedes creerlo? La vida vuelve a ser un milagro, ¿que no?

Adivina...

... Adivinanza. ¿Quién va a viajar a la bella Sicilia estas navidades?

Prometo fotos, prometo jazz y prometo danzar mientras suena este Just a Gigolò.



Damn it!


Esta secuencia de imágenes aparece en la página 65 de un documento en el que he estado trabajando los últimos años. La habré visto cien veces, al releer el epígrafe en el que se encuentra o al hacer scroll a lo largo de este archivo. Ni una sola vez ha dejado de llamarme la atención.

Solo un genio como Charlie Chaplin podía plantear un whiteface en una película hecha con dinero blanco y dirigida al público general en 1919.

Ni una sola vez he dejado de preguntarme por qué tuvo que morirse Charlie Chaplin. Hay gente que debería ser inmortal. Damn it!

Acerca de Lena Horne




Podría haber llegado a ser una estrella a la altura de Marilyn Monroe o cualquiera de las Hepburn, pero Lena Horne se equivocó de época. Nació en unos años en los que, sus números musicales, se mutilaban de las películas para poder ser exhibidas en los estados del Sur. La sociedad (racista) blanca de la Norteamérica de los años cuarenta no podía soportar ver a una persona afroamericana más bella, más feliz y más próspera. Las envidias y las inseguridades, y no otra cosa, son el origen del racismo y la violencia.






Lena Horne fue la segunda persona afroamericana en firmar un gran contrato con un estudio de Hollywood. Poco le sirvió. El estudio no sabía qué hacer con una mujer tan bella, tan sensual (y sexual) y tan... negra. El estudio no podía permitirse saber que millones de americanos blancos se tocarían, alguna vez (o muchas) pensando en la negra Lena Horne.

Cuando se casó con su segundo marido, blanco él, tuvo que esconder el matrimonio por amenazas de muerte. Esa era la América en la que se equivocó al nacer la bella Horne. Lejos de achantarse o ceder ante el racismo de la época o el menosprecio de su talento del estudio para el que trabajaba, la actriz y cantante aún se hizo más fuerte. No le faltó ni tiempo ni valor para luchar en algunas de las causas sociales más importantes de la Historia de los Estados Unidos. Apoyó a los diez de Hollywood que, unido a su militancia pro derechos civiles, le sirvió para ir a parar directamente a las listas negras de Hollywood. Durante toda su vida luchó y peleó como una fiera por los derechos de los afroamericanos y de las mujeres.






Cada vez que veo una pitillera, pastillero, bolso, paraguas, camiseta, serigrafía, bolígrafo o funda de iPad con la cara de Marilyn o la silueta de Audrey me da por pensar en la Horne. Si no se hubiera equivocado de época, quizá ella también habría podido estar en esas pitilleras, serigrafías o fundas de iPad.

Lo que no podrán quitarle nunca fue el honor de recibir dos estrellas en el Paseo de la Fama de Hollywood. No creo que esas dos estrellas borraran de su mirada ese aire triste, pero seguro que, al menos, le arrancaron una de sus sonrisas enormes.




¿Ajo y agua?


Cuando vives lejos de la gente a la que quieres, no te queda más remedio que confiar en los medios de transporte que te permiten, de tanto en cuando, volver a escuchar sus risas y sentir sus olores. Mi amiga Esther, por ejemplo, me huele a leche caliente y a canela. Pero cuando se echa perfume, a veces, huele a vainilla. Y mi amigo Roberto tiene la risa más bonita de todo Madrid. Cuando nos juntamos para ver un concierto y me cuenta alguna anécdota de su hijo o su sueño de ser camarero en el Bogui o jardinero, no puede evitar reírse. A mí se me pone el mundo patas arriba y le miro con toda la dulzura que cabe dentro de mis 157 centímetros de altura.

El olor de Esther, la risa de Roberto, la mirada de mi sobrino Aitor y las veladas con sus padres, las bromas de Zaida, las canciones de Rubén, las conversaciones con Mónica... Son esas pequeñas cosas que hacen que la vida, realmente, valga la pena. Así que, de vez en cuando, cojo un avión y vuelvo a oler el maravilloso perfume a leche caliente y canela de Esther y a escuchar la maravillosa risa de Roberto.

Hoy no quiero hablar de jazz. Hoy quiero utilizar, con su permiso, este blog para lanzar una denuncia pública. En realidad, preferiría lanzar una piedra al cartel luminoso de algún mostrador de Vueling, pero estoy demasiado lejos y soy bastante más civilizada que ellos. Hoy, ya lo ven, estoy un poco enfadada porque una persona a la que aprecio (mucho) ha sido ninguneada y maltratada por esta compañía aérea.

Yo sé que esto suena a tontada, a enfado irrelevante pero, cuando vives tan lejos de esos momentos que convierten la vida en un milagro, no te queda más remedio que venderle tu alma al diablo de una empresa de aerolíneas. Si esta empresa te niega esas pequeñas cosas, insulta tu inteligencia y te sonríe amablemente mientras tienes que tragarte tu propia bilis, solo puedes sentirte hundido/a e insignificante. Y, lo siento, pero me llevan los demonios cuando una corporación consigue que un ser humano al que aprecio (mucho, ya lo he dicho) se sienta así.

Por eso, este post hoy no habla de jazz. Este post habla de mi amigo Javier y de su viaje infernal con Vueling. Leánlo aquí. Créanme cuando les digo que, además de este espacio, tiene también uno de los mejores blogs que se pueden encontrar hoy en la red. Por mi parte, quedaré eternamente agradecida si, cada vez que alguien les pregunte por Vueling, ustedes le remiten al blog de mi amigo Javier.

Un gran momento

La Historia (con mayúscula) de Estados Unidos está llena de magníficas historias (con minúscula). A través de los cuentos es como los seres humanos aprendemos las cosas realmente importantes. A través de los cuentos aprendimos que no debíamos confiar en el hombre/lobo/extraño. Aprendimos que debíamos superarnos a nosotros mismos, aunque fuera a base de perder primero nuestra casa de paja y después la madera. A través de los cuentos aprendimos que había besos capaces de despertar a la mismísma Bella Durmiente y que un día un príncipe azul vendría a rescatarnos y traería consigo nuestro zapato de cristal.

Estados Unidos ha sido educado a través de mil y un cuentos. Aprendieron, ellos, que de un trozo minúsculo de celulosa podía hacerse la luz. Aprendieron que cavando muy profundo, podía un día cualquiera manar un tesoro con olor a petróleo. Aprendieron que siempre había sitio para una buena idea y una recompensa para una persona constante. Lo que nunca les enseñaron es que los cuentos no tenían por qué ser necesariamente ciertos. Pero ese tema, si les parece bien, ya lo discutiremos otro día.

Hoy quería contarles la historia de cómo un niño negro y pobre llegó a ser un hombre enorme. El niño, que no tenía bastante con ser negro y pobre, además perdió a su hermano pequeño y él se sentiría culpable de su muerte toda la vida. El niño, que no tenía bastante con la pobreza y con la culpa, además, se quedó ciego. Y poco después, huérfano. Aún un poco más tarde, intentaron engañarle, le trataron como a un desecho y hasta seguramente le compadecieron. Sin embargo, el niño pobre, ciego y huérfano se convirtió en un hombre que sabía el volumen exacto al que debía susurrar obscenidades al oído de las mujeres. Cuentan que debía hacerlo en un tono tan perfecto que ninguna mujer le negó nunca un hueco entre sus piernas.

El hombre negro, ciego, con sentimiento de culpa, de origen humilde y huérfano aún se buscó una dificultad más con la que lidiar cada mañana. El hombre ciego le vendió su alma a un diablo que venía en forma de heroína (una palabra demasiado hermosa para una realidad tan cruenta).

Sin embargo, a pesar de todas estas dificultades, el hombre de origen humilde se convirtió en uno de los artistas más complejos, variados y completos de la Historia (otra vez con mayúscula) de Estados Unidos. Este hombre negro se llamaba Ray Charles Robinson y, un buen día, decidió mezclar el jazz con rhythm and blues y luego con gospel. Y más tarde con rock and roll. Y después con country... Y un buen día los norteamericanos se dieron cuenta de que tenían otro héroe para protagonizar un cuento con el que educar a sus hijos.

Estados Unidos está lleno de grandes historias de hombres y mujeres enormes. También de grandes momentos. Sin ir más lejos, ese momento en el que Ray Charles Robinson decidió mezclar el jazz que le había convertido en el músico que era con el gospel con el que probablemente ahogaba la frustración de saberse un niño negro, pobre, ciego, huérfano y culpable. Y, seguramente también, donde encontraba ese consuelo mágico de los dioses y divinidades que tanto gustan a los norteamericanos. En ese momento, Ray Charles, además de una canción, inventó un nuevo estilo musical: el soul. ¿No les dije que era una gran historia?






Algunos teóricos musicales señalan esta canción, I Got a Woman, como la primera del soul.

Night and Day





Y hasta lo bailaron Ginger y Fred


Decía ayer mi alma gemela del jazz que lo más bonito que te pueden decir es eso del night and day you are the one.

Hace un tiempo pensaba que lo importante no era llegar primero, sino llegar la última. Paradojas del contexto. Toda la vida aprendiendo que solo los tres primeros recibían la medalla en tonos dorados, plateados o bronces, y un buen día descubres que, en la carrera de las relaciones sentimentales, lo mejor es llegar la última.

En las relaciones seximentales la cosa cambia, claro. Cuando solo quieres un abrazo, unas sábanas y un poco de divertimento, casi prefieres no ser la última, como mucho la penúltima, o mejor aún la antepenúltima.

Pero la cosa es totalmente diferente cuando conoces a alguien y comprendes que ya no hay más, que ya no quieres buscar más, que ya solo quieres un hueco entre sus piernas y quedarte a vivir en él. De pronto llega una persona que es ese the one al que cantó Ella Fitzgerald, Frank Sinatra, Billie Holiday y hasta Mina y U2. Y, entonces, en ese momento, sabes que ya no es bueno llegar el primero, ni llegar el último, sino llegar a ser el único. Aunque solo sea mientras duran los acordes del Night and Day en el piano de Art Tatum.

Amad más todavía


En la mayoría de sus fotos, Victor Hugo tiene esa expresión de "¡Mierda! Esto se está yendo definitivamente a la mierda". Siempre ha habido genios capaz de ver la luz o la verdad a través de la maleza. Si nos hubiéramos fijado antes en esa mirada, si hubiéramos tratado de intepretarla cuando aún estábamos a tiempo... Pero no lo hicimos. Así que hoy tenemos que seguir adelante, porque ya no nos queda otra.

Una vez leí una frase suya en algún lugar, no recuerdo dónde, pero pudo ser la firma automática de un email, una actualización de estado en Facebook o un tuit efímero. Sé que no fue en un libro. No por nada, pero al francés le tengo aparcadillo, deseando encontrar ese libro y ese momento que nos permita, a los dos, iniciar un idilio mágico e intelectual.

Aquella frase de Victor Hugo, que me pierdo, decía: "Los que padecéis porque amáis: amad más todavía; morir de amor es vivir".

Amad más todavía, si es que eso es posible. Más todavía amó Billie Holiday a Louis McKay, a pesar de que este le devolvía su querer con golpes y heroína. Más todavía amó —aunque de una manera que no comprenderemos nunca— Cole Porter a su Linda del alma. Una Linda a la que cambió muchas noches por el cuerpo de un hombre, pero a cuyo regazo acababa volviendo siempre. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar el querer de los demás? Cada uno quiere como puede o como sabe. Pero si quiere, y si quiere más todavía, ya es algo más de lo que hace la mayoría.

Amad más todavía, si es que eso es posible. No sé si yo podría amar más la voz de Ella, el piano de Duke o la trompeta de Miles. En cualquier caso, tampoco ellos me hacen padecer. Como mucho, me ponen a un click de distancia de la felicidad.

Aprendiendo tres cosas de Charlie Parker


Este fue el primer disco que me compré de Charlie Parker. Han pasado más de diez años desde que entré en una tienda de discos de Pamplona y dije con cierta timidez:

- Buenas tardes. ¿Tiene algo de Charlie Parker?

Al chico que trabajaba en la tienda, lo supe más tarde, le gustaban otras cosas. Los Planetas, El Niño Gusano... Esas otras cosas, pero no el jazz. De todas formas, yo tomé como costumbre ir una vez a la semana a visitarle y, cada vez, me compraba un disco. Solo uno. Porque yo era una estudiante de presupuesto limitado. Al menos tenías un presupuesto, me sigue echando en cara mi madre movida por no sé qué tipo de sadismo machacón. Así que con ese presupuesto pude elegir entre Zara y mis discos. Fue en esa época cuando aprendí a alargar la vida de mis prendas de ropa hasta tres, cuatro o cinco temporadas.

Han pasado más de diez años. Los hijos nos hacen mayores, pues los nietos ni te cuento, decía siempre mi abuela entre el alarde y el gimoteo fingido. A mí me hacen mayor mis discos (y me encanta). Aquel Charlie Parker at Storyville, todavía hoy, al escucharlo esta noche de viernes, me sigue enseñando cosas. Hoy he aprendido, al menos, tres. La primera de ellas es que "I'll Walk Alone" es una de las canciones más bonitas de la historia. La segunda, que no me cansaría nunca de escuchar llorar al saxofón de Parker y lamentarse al piano de Sir Charles Thompson en "Don't Blame Me". Y la tercera es que la vida sin Charlie Parker sería un asco indigno de ser vivido.

Por lo que pueda pasar y lo que nos pueda venir, yo tendré a mano el Charlie Parker at Storyville. Nunca se sabe si vamos a necesitar que Bird nos salve la vida.

Gracias, Mr. Jobs

Esta belleza de fotografía me la ha enseñado mi amigo Marcelino.


Se va otro grande. Se va uno que nos cambió la vida, aunque algunos y algunas aún no sepamos si mucho, si poco o si regular. Lo que sí sabemos es que se va otro genio, como se fueron antes Enrique Morente, Luis García Berlanga, Gary Moore o Amy Winehouse.

Decía ayer que hay gente que no debería morirse nunca, aunque solo fuera para compensar a tanto mediocre, a tanto ruin y a tanto cretino. Steve Jobs era una de esas personas.

A veces me da por jugar, cuando estoy yo sola, a "qué hubiera pasado si no".

¿Qué hubiera pasado si no hubiera comprado aquellos tres discos de la Verve?

¿Qué hubiera pasado si no hubiera continuado aquel primer beso del Hombre?
¿Qué hubiera pasado si la madre de Charlie Parker no se hubiera empeñado en cambiarle la tuba por un saxo alto?
¿Qué hubiera pasado si a Billie Holiday no la hubiera descubierto John Hammond?

Y hoy, como no podía ser de otro modo, me pregunto qué hubiera pasado si Steve Jobs no hubiera sido amigo de Steve Wozniak y no hubieran jugado en un garaje.

Steve Jobs, como Louis Armstrong, como Duke Ellington y como Billy Wilder, solo me ha dado buenos momentos. Me dio un iPod con el que escuchar la voz de Aretha Franklin y fue mucho más que un reproductor de música (ojo, de música, que es lo que me hace feliz y me enseña cada día). Me dio un iPhone con el que pude sentirme en el futuro (y también, aunque parezca una frivolidad, me hizo conocer personas e historias maravillosas). Me dio también un iPad, que aún estoy conociendo y descubriendo, pero de momento me ayuda a ver al Hombre —ahora que está lejos— cada noche un ratito antes de dormirme. También me dio unas risas infantiles, cuando ya no quería ser niña, con Toy Story y unas veladas maravillosas, sola o acompañada, con A Bugs Life, Monsters, Inc o WALL-E. Esta última hasta me hizo llorar. Qué cosas tenía y conseguía Steve Jobs. Y no sé si fue un visionario, si cambió el mundo o si solo fue una pieza más en el engranaje. En cualquier caso, a mí, personalmente, solo me dio momentos buenos.

Hoy, desde este rincón del mundo, solo un gracias, un hasta luego y un descanse en paz, Mr. Jobs.

Esta canción, esta escena, hoy es solo para usted.


Happy Birthday

Duke Ellington le esperó (aunque solo fueran tres años). Sin embargo, el "ingrato" de Louis Armstrong no tuvo a bien aguantar un poquito más. Pero yo me quedo con que Duke —con quien siempre quise bailar un agarrado y él compartieron tres años de su vida. Y me muero de la envidia, claro.

Yo creo que hay gente que no debería morirse nunca. Aunque solo fuera para compensar la cantidad de gente mediocre y ruin que hay por el mundo. Y cada vez más. Y más. Y más. Yo no sé qué habría pensado el "ingrato" de Louis si alguien le hubiera dicho que, cuarenta años después de marcharse, unos cuantos hijos de puta con pintas iban a jugar y a apostar a hundir países. Le hubiera sonado a película de ciencia ficción, como aquellas historias de Julio Verne que él musicalizaba en las salas cuando el cine aún no había aprendido a hablar. ¿Y Duke? Habría esbozado una sonrisa de medio lado, de hombre que no quiere meterse en problemas, que no quiere perderse en asuntos dolorosos. Y con esa sonrisa de medio lado, más certera que muchas balas y que muchos insultos, habría seguido tocando. Porque él sabía que este mundo era menos malo cuando sonaba la música. Sobre todo si esa música era buena. Sobre todo si esa música era suya. Ay, tres años. Yo ni eso, soulmate.

Hoy es su cumpleaños y yo no podía hacer otra cosa que buscar esta felicitación de cumpleaños. Sé que él sabrá apropiársela y sé que le gustará. Dentro de muchos años, los dos podremos decir que coincidimos muchos años con el grande de Wynton. Y nuestros nietos, esos sí, también se morirán de envidia.