Muerte de un funcionario

Crucifixión, Antonio Saura


La mañana en que Félix apareció crucificado en la Plaza de Santa María, lo primero que pensaron todos es que por fin se había cumplido su sueño. Algunos, seguramente, se preguntaron quién podía haber hecho algo así. Pero con total seguridad no fue una pregunta reprobatoria, si acaso de cierta admiración silenciosa.

Nadie en el pueblo le conocía bien. Sabían que obedecía con diligencia cada orden y que elogiaba a los compañeros que no cuestionaban nunca su trabajo, aunque no siempre fuera fácil. Poco más. Nadie sabía que escuchaba los discos de Nat King Cole y Louis Armstrong en una gramola heredada, mientras se imaginaba bailando con la novia que nunca había tenido. Tampoco sabían que leía novelas de misterio y que Sherlock Holmes era su personaje favorito. No sospechaban que sabía hacer croché. Ninguno de sus amigos lo hubiera entendido y le hubieran acusado, como poco, de afeminado. No se hubieran parado a peguntarle cómo había aprendido, ni él hubiera podido hablarles de cuando su madre empezó a perder la cabeza y solo pudo comunicarse con ella a través del hilo y la aguja. Se sentaba a su lado y, mientras los dos tejían, ella le contaba quién había sido de joven, cómo se había enamorado de un hombre guapísimo y cómo había tenido un hijo con él antes de que se lo mataran en la guerra. Ella no sabía quién era el hombre que se sentaba a tejer cada tarde y él nunca le preguntó dónde estaba su hijo, por miedo a que le respondiera que había muerto el día que aceptó su puesto de trabajo.

“Crucifixión de un bondadoso funcionario”, titularon primero. “Muerte cruel de un funcionario”, “Sin noticias del verdugo del heroico funcionario”, fueron impregnando el papel maché que más tarde envolvería las lechugas de casi todos los hogares de España. La prensa había inundado el pueblo y los fantasmas de Félix comenzaron a arañar la tierra con los dientes para emerger a la superficie.

La policía comenzó sus interrogatorios con mano de hierro. Por los calabozos pasaron el carpintero, el maestro, el panadero y casi todos los músicos de la banda municipal. No consiguieron mucho. Algún ojo morado, un par de uñas rotas y gritos que congelaban el ánimo en mitad de la madrugada.

Mientras tanto, la gente del pueblo guardaba silencio, en parte por miedo, en parte porque nadie se decidía a condenar aquel excéntrico asesinato. Los periodistas, hambrientos de carroña, hablaron con las viudas de dos agricultores, con los hijos del médico y con los padres del aprendiz de ebanista. Tampoco sacaron nada en claro. Entre chatos de vino y copas de sol y sombra, empezaron a encontrar algunas de sus rarezas. El boticario les contó que a veces hablaban de las mejores formas de morir y que Félix siempre idealizó la crucifixión de Jesucristo. La vendedora de verdura de la Plaza de Abastos les dijo que solo compraba frutos de color verde: calabacines, lechugas, apio, espinacas y pimientos conformaban su dieta habitual. Los periodistas, que aún no habían oído hablar de intolerancias alimentarias o de vegetarianismo, salivaron de placer y empezaron a llenar sus artículos con las extravagancias de aquel hombre crucificado. El bondadoso funcionario cruelmente asesinado pronto fue conocido como un hazmerreír estrambótico.

En un pueblo cercano, Bélmez de la Moraleda, apareció una cara en la pared de una casa. Corría el año 1971. Los periodistas hicieron las maletas y se marcharon. Quizá en aquel pueblo encontraran los suficientes fantasmas con los que seguir envolviendo lechugas.

Ni la policía ni la prensa encontraron nunca al asesino de aquel funcionario de prisiones. El pueblo siempre guardó el secreto, nunca hablaron de las ánimas de sus ajusticiados ni de cómo las habían visto aullar en mitad de la madrugada, sedientas de sangre y especialmente agitadas, la noche en la que Félix, el funcionario de prisiones, el verdugo que había ejecutado a más de doscientos condenados a muerte, apareció crucificado en la Plaza de Santa María.

Microrrelato con sabor a salitre



Las pupilas se le llenaron de sal.
Al principio, intentó calmar el dolor con agua. Como no lo conseguía, añadió colirio. Más tarde, infusiones de tomillo, de jengibre, de miel...
Probó con todo tipo de remedios caseros. Ninguno funcionó. No pudo evitar que los ojos se le inundaran de heridas, de lágrimas y de salitre.
Consultó a médicos, a sabios y a curanderos. Nadie pensó que la causa de su dolor pudiera ser el océano, tan lejos de esa ciudad aislada entre montañas. ¿A quién se le iba a ocurrir que el mar pudiera mandar mensajes de desamor a través de lágrimas y de sal?

Mujer que llora

Mujer que llora, Pablo Picasso



La primera vez que morí no debía de tener más de seis o siete años. Jugaba –estoy casi segura– con algún juguete de mi hermano y, de pronto, mi niñez se me congeló en un lamento, hasta casi poder hacerse trizas con el menor golpe. Un ruido venía desde el baño así que, sigilosa y con cuidado, me tumbé en el suelo, muy pegadita a la línea que la puerta dejaba entre aquel refugio y mi mirada indiscreta. Distinguí la silueta de mi madre, estaba sentada sobre el bidé. Aquellos ruidos empezaron a limpiarse y pronto pude distinguir su llanto. Se tapaba la cara con las manos, imagino que para no escucharse, para no verse y para no descubrirse totalmente aterrada y desnuda al borde de un acantilado.

Me levanté con cuidado del suelo. Un trozo de mi yo niña se quedó para siempre tumbada junto a la rendija de luz que dejaba pasar aquella puerta hecha de la misma madera que había servido para alimentar ataúdes y gusanos. Mi yo adulta despertó de un golpe a un mundo en el que los padres no eran invencibles, ni gigantes, ni todopoderosos. Un mundo en el que las madres lloraban y no eran felices. Jamás comenté nada de esto a nadie y, cuando escuchaba ruidos desde el otro lado del baño, me escondía en mi habitación, para no escuchar, para no ver, para no descubrir. Nunca supe por qué lloraba mi madre.

Hoy me he escondido en el baño, me he tapado la cara y he llorado. He escuchado respirar a la niña que se quedó tumbada junto a una puerta de la casa de mis padres, me espiaba sigilosa desde el otro lado. Al salir, no la he visto. De pronto me ha dado miedo de que a mí también vaya a guardarme el secreto.


Instrucciones para hace una tortilla de patatas



* * * 

Había planeado el crimen perfecto. Pasarían las vacaciones en un pueblo pequeño de las Alpujarras, incomunicado por carreteras infranqueables de la vida urbana. Tendrían una pequeña tienda de colmados, un bar en el que diez o doce señores mordisquearían de forma autómata un palillo de dientes y un médico de sustitución itinerante, probablemente recién licenciado, que pasaría consulta dos días en semana, quizá los martes y los jueves. «Vivirían una segunda luna de miel y volverían a enamorarse el uno del otro». Y, entre grito e insulto, ella le iría envenenando poco a poco.

“Para hacer una tortilla, es necesario romper algunos huevos, le había dicho siempre su abuela, una mujer gigante y maravillosa.
“Lo primero que debemos hacer es pelar unas cuantas patatas”. A ella también le habían arrancado poco a poco su aliento, le habían ido desgajando la piel hasta dejarla con el desasosiego en carne viva. Una burla, un reproche, un desprecio, un grito, un insulto, un bofetón… Y con cada golpe una monda más sajada a su calma. 

A la semana de estar en el pequeño pueblo, él ya empezó a sentirse mal, aunque no le dio la menor importancia. El agua, la morcilla, las especias del sur... «Total, no hay nada que un buen vaso de vino no cure»

El Dr. Guillén, de veintinueve años, sustituía al Dr. Mendoza, que pasaba su mes de vacaciones en el norte, huyendo del calor sofocante andaluz y probando la mejor cocina del país. «Ay, qué calamidad, estábamos viviendo una segunda luna de miel y había tomado una pastilla, ya sabe, de esas, para quererme más y mejor durante toda la noche. Habrá sido su edad, los kilos de más, ay doctor, qué calamidad, qué voy a hacer ahora yo sin él».

“Para hacer una tortilla, es necesario romper algunos huevos y despedazar algunos tubérculos”. Cuando se tienen las patatas peladas, se cortan a rodajas de unos dos o tres milímetros y se fríen a fuego lento en aceite abundante, junto a una cebolla hermosa cortada a juliana. “Con mimo y con paciencia, porque las cosas importantes no entienden de prisas”.

Había perpetrado el crimen perfecto. El marido murió y nadie le hizo una autopsia. Sesenta y dos años, fumador, obesidad, bebedor habitual y actividad física inusualmente aumentada con ingesta de medicamentos estimulantes. Infarto de miocardio. Claro y cristalino. El Dr. Guillén no tuvo duda alguna en el diagnóstico. Al fin y al cabo, se había formado en una de las mejores facultades de medicina del país.

“Para hacer una tortilla, es necesario deshacerse del aceite sobrante”. Cuando las patatas están tiernas y la cebolla parece una jalea dorada, se retiran de la sartén, se salan y se dejan escurrir, para que suden todo el aceite que las ahoga.

Solo había cometido un error en su crimen perfecto. La tarde en que el señor de Madrid murió, mientras esperaban a los servicios funerarios que trasladarían el cadáver al cementerio de la Almudena, la viuda bajó al bar y se pidió una copa de vino. El mesero hubiera jurado que la señora sonrió y brindó con su reflejo en el espejo colocado detrás de la barra. Por suerte, unos días después este camarero empezaba una nueva vida en Colombia con una mujer de fuego que había conocido por internet y solo pensaba en sus caderas, en el avión que debía coger y en el lastre que no cabría en sus maletas, por lo que nunca mencionó a nadie aquella sonrisa siniestra ni el extraño brindis de la forastera que acababa de enviudar.

“Para hacer una tortilla, es necesario romper algunos huevos y batirlos sin remordimientos”.
Por último, se llevan las claras a punto de nieve y después se incorporan las yemas. Se mezcla con las patatas y la cebolla, se cuaja una tortilla y se disfruta del manjar que sabrá, con total seguridad, a triunfo y a libertad. No puede faltar, en la cata, una buena copa de vino para brindar por las grandes obras ejecutadas “con mimo y con paciencia”.






Escuchando a John Coltrane, A Love Supreme

Cumpleaños

Hoy cumplo diez años de bloguera en clave de jazz. El 30 de agosto de 2005 inauguré mi blog con este post de sabor ingenuo.
A los que habéis estado al otro lado de la pantalla desde el principio, a los que habéis llegado después, a los que os emocionáis con los mismos acordes, gracias.
Seguiremos por aquí. Jass it up, boys!


Parmigiana di melanzane

Ingredienti:

-       Dos berenjenas grandes, brillantes y turgentes
-       Passata di pomodoro (o tomate triturado)
-       Mozzarella di bufala
-       Albahaca
-       Sal
-       Aceite de oliva extra virgen


***

“Due melanzane grande, per favore” – le dijiste a aquel tendero de Napoli. Me reí y te volviste enfadada.
“Ma che cazzo...” – me interpelaste rabiosa. Y, entonces, ya supe que podría quedarme a vivir en tu mirada. Pero solo fui capaz de articular una i. No sé cuánto tiempo pasó hasta que pude decir “grandi”. Solo sé que esta vez fuiste tú quién te reíste y, entonces, también supe que podría perderme para siempre en la comisura de tus labios.

***

Se corta la berenjena en rodajas de un centímetro o centímetro y medio de grosor. Se ponen en agua y sal.

***

Yo siempre añadía un chorrito de vino bianco frizzante Prosecco. La comida tiene memoria, también le melanzane. Cortaba las rodajas de berenjena y las bañaba durante una hora en agua, sal y el mejor frizzante que encontrara. Eso sí, el mismo que más tarde me bebería contigo, Marta.
Estas berenjenas iban a dar su vida en breve en una sartén colmada de aceite hirviendo. Y lo iban a hacer para que nuestro paladar fuera acariciado hasta el éxtasis gustativo. Qué menos podía hacer yo que ofrecerles un último baño en un buen vino.

***

“È grandi, perche melanzane è plurale”.
Pero tú seguías riéndote de mí, de mi cara de miedo. Me dejaste que te invitara a una cerveza y hablamos.
Cuatro o cinco cervezas después ya sabía que habías viajado a Napoli para mejorar tu italiano, pero te habías dado de bruces con el dialecto “napoletano”. También sabía que a partir de la tercera cerveza alargabas las vocales y tu italiano se convertía en itañolo. Y, lo más importante, que bajabas la guardia y la sonrisa se te volvía generosa.
Seis cervezas después conseguí besarte y poner mi mano en tu muslo, justo por encima de tu rodilla. Ay, Marta, recuerdo aquel momento y se me enciende el abdomen.
Estaba prieto, como esas berenjenas turgentes que habías comprado hacía un rato. Y suave, como si lo hubieras bañado durante horas en el mejor aceite de oliva antes de vernos. Mi mano se hubiera quedado pegada a él de buena gana, pero tú la cogiste y la subiste un poco. Apenas fueron unos centímetros, mientras abrías un poco tus piernas.
No hubo una séptima cerveza. Alargamos los mimos hasta llegar a tu casa, te desnudé con ansia, mientras besaba cada trozo de piel que tu ropa iba liberando a su retirada en combate.  Mi lengua saboreó tu aroma a piñón y a leche y, según te ibas erizando en un gemido, yo iba deseándote cada vez más.

***

Se añade aceite de oliva extra virgen en una sartén y se pone a fuego medio. Cuando esté caliente, se van incorporando las rodajas de berenjena. Se fríen con paciencia, poco a poco, para que queden jugosas y doradas.
Según van estando, se retiran en un plato mientras se siguen friendo las demás.

***

Poco después descubrí que había un plato que obraba en ti el mismo efecto que seis cervezas: mi parmigiana di melanzane.
Te invité a cenar unos días después. No sabía qué cocinar para ti, pero recordé que habías comprado berenjena la mañana en que te conocí. No quería arriesgarme, no podía hacerlo. Necesitaba seguir escondiendo mi lengua en la línea que unía tu clavícula con tu oreja.
Sobre la mesa, había dispuesto una botella de Foss Marai Prosecco Valdobbiadene Cartizze y en el tocadiscos sonaba Clifford Brown y Max Roach at Basin Street.
Cuando te llevaste a la boca el primer bocado, no pudiste remediar un suspiro. No te lo dije entonces, ni lo he hecho nunca, pero la mirada se te encendió en ese momento como cuando llevabas cinco cervezas en aquel primer bar “napoletano”.
Según ibas devorando el plato, se te iba iluminando la piel y te ibas volviendo incandescente. Desprendías una luz que quemaba y a la que uno querría abrazarse siempre.
En ese momento supe que quería hacer el amor contigo todos los días veinte veces.
No me dejaste ni servir dos vasos de limoncello de postre. Te levantaste y te sentaste sobre mis piernas. Empezaste a besarme, mientras movías tu cadera al son de What is this thing called love.
No me quedó más remedio que despejar la mesa de una brazada, subirte a ella y perderme otra vez en el sabor a piñones y leche que desprendían tus senos cuando se les lamía despacio.

***

Se corta la mozzarella di bufala a rodajas de medio centímetro de grosor y se reservan. Si la mozzarella es buena, al ir cortándola escurrirá un poco de leche agria.

***

De Napoli, nos mudamos a Roma primero y a Madrid después. Nuestra relación siempre fue abrasadora y, cuando la monotonía, el cansancio o un enfado pasajero la enturbiaba, me bastaba con prepararte parmigiana di melanzane, poner un buen Prosecco sobre la mesa y un disco de jazz en el tocadiscos. Siempre gemías al llevarte el primer bocado y siempre acabábamos enredándonos entre sábanas, sudor, saliva y tu aroma a piñones y a leche.
No importaba la magnitud de nuestro enfado o el cansancio acumulado. Cuando nos perdíamos en nuestro ritual encendido, comprendía que no quería vivir fuera de los límites de tu sonrisa. Por cómo me mirabas cuando entraba dentro de ti, sabía que tú tampoco querías existir en ningún otro lugar.

***

En una fuente, se van disponiendo capas de passata di pomodoro, con capas de berenjena y mozzarella di bufala cortada a rodajas.

***

El trabajo iba bien y Madrid era una gran ciudad, pero el espacio entre nosotros fue creciendo. Los enfados se fueron encadenando, también los silencios. No conseguía invitarte nunca a una tercera cerveza y los besos parecían racionados. Nada te gustaba, nada te hacía reír, nada te parecía bien. Al menos, yo ya no te parecía bien. Una noche me pediste tiempo y distancia. “Necesito espacio”. Solo dos palabras. Yo te seguía necesitando a ti y a la comisura de tus labios.

***

Cuando la fuente ya está preparada, se corona todo con una última capa de passata di pomodoro, un chorrito de aceite de oliva virgen y unas hojas de albahaca. Después, se introduce en el horno y se gratina hasta que el queso se confunde con la passata.

***

Aquella noche, cuando llegaste, te dije que había preparado parmigiana di melanzane para cenar. No sonreíste. No se te encendió la mirada adelantando el placer en tu paladar, primero, ni en tu vientre, después. Bajaste la mirada y solo dijiste: “No tengo hambre, me voy a dormir”.
Por primera vez, supe que ya no volvería a perderme entre tus muslos. “A buon intenditor poche parole”.
Te dejé las berenjenas sobre la mesa y me marché, sin tu sabor a leche y piñones en mi saliva.



Sopa de huesos


Mis recuerdos tienen más de olores y sabores que de imágenes. Apenas puedo recordar las arrugas en la frente de mi abuelo, pero recuerdo el olor de su cuello cuando me abrazaba fuerte y no me dejaba escapar.

Tampoco recuerdo el color de los ojos de mi abuela, pero recuerdo cómo sabía su alioli untado en las rodajas que cortaba para mí de la hogaza de pan de pueblo recién horneado. 

Mis abuelos fueron gente muy humilde. Mi madre se pagó los estudios fregando escaleras. Ella no lo ha olvidado, ni ha dejado que yo lo olvide. Me lo repite mucho, casi a modo de reproche. No sé si porque yo no había recogido la misma mierda que ella o porque la que yo había limpiado no estaba a su altura. O quizá porque era mayor. Quién sabe. Pero nunca aceptó que yo aguantara la ira del ogro anónimo al teléfono cuando compaginaba mi estudios en la universidad con un trabajo como teleoperadora, ni tampoco que me pagara mi primer viaje a Nueva York sirviendo copas y esquivando los escupitajos que creían piropos los señores casados de un barrio obrero del Madrid más casposo. En la cocina, mi jefe terminaba gramos de cocaína y yo buscaba excusas para no coincidir. Como persona del sur, fui educada para no rechazar invitaciones y con un jefe, uno nunca debe acostarse ni drogarse. Regla básica de superviviente. 

Mi madre no fue la primera mujer trabajadora de su familia. En una posguerra en la que el frío congelaba los huesos y el hambre agarrotaba los estómagos, mi abuela tuvo que trabajar el esparto en los gélidos campos manchegos, sin un mal vino con el que entrar en calor. Cuando el cansancio le comprimía los párpados, se abofeteaba para seguir destrozándose las manos con el insolente arbusto. Tenía que dar de comer a sus tres hijos, porque a mi abuelo le había dado por buscarse la vida (o quizá el honor arrebatado) en los montes del País Vasco y la había dejado allí sola, tan valiente, tan fuerte y tan luchadora. Pasaron mucha hambre. Mi madre me habla de vez en cuando de cáscaras de naranjas y de mondas de patatas. "Estaban exquisitas", me dice. También como en un reproche. 

Mi abuela nunca superó el miedo que el hambre le dejó metido en la sesera. Así que durante toda su vida ahorró y aprendió a hacer comidas baratas y abundantes, porque no quería (no podía) volver a pasar hambre. El hambre, para mi abuela, era la derrota, simbolizaba la pérdida de una guerra y el fracaso como personas. 

Recuerdo vagamente su rostro, pero tengo clavado en mi olfato el sabor de una de sus cenas favoritas: la sopa de huesos. Primero nos comíamos el caldo con los fideos y después repelábamos los huesos del pollo. No recuerdo su tono de voz, pero sí que siempre se quedaba con el cuello porque era lo que más le gustaba. Y recuerdo cómo olía la casa cuando tocaba sopa de huesos para cenar. 

De tanto en cuando hago sopa de huesos para cenar, en un intento ingenuo de recordar a mi abuela, por si así consigo reconocer el olor del cuello de mi abuelo cuando me atrapaba en un abrazo y el aroma de la sopa me trae a mi abuela de pie cocinando en su cocina. Es una suerte que mis recuerdos se hayan forjado sobre olores y sabores... Así, cuando echo de menos a quienes me criaron como a una hija, solo tengo que poner a hacer caldo con un esqueleto de pollo. 

Sobre guerreras que corren maratones


Hace unas semanas, publiqué en Revista Cronopio la historia de las dos primeras mujeres en correr la Maratón de Boston. Mucha gente conoce la historia de Kathrine Switzer, el famoso dorsal 261. Sin embargo, aquel día, Switzer no corría sola. Roberta Gibb corrió la misma maratón. Si quieres saber más, puedes leerlo aquí.

Otro mal día

Hoy, al abrir los ojos, ya sabía que iba a ser un día de mierda. Anoche me había puesto el despertador a las 6:40, para salir a correr antes de que las calles se convirtieran en lava volcánica, pero ha decidido no sonar. Y no es una excusa inventada, ni un perro que se ha comido mis apuntes. No ha sonado y me he despertado cuando el sol ha inundado la habitación, ya cabreada, porque sabía que hoy me quedaba sin correr. He ido a la cocina y he puesto a hacer café. Me gusta disfrutar de ese mágico momento en el que el café se está haciendo y la casa se convierte en un hogar al perfumarse con el olor al grano que tantas veces tostó mi abuelo paterno, quien había aprendido el oficio cuando estuvo en la Guinea española. Es entonces cuando suelo encender el teléfono, conectarme a diferentes redes sociales y ver qué ha pasado en el mundo. Robin + Williams + DEP. Repetido hasta la saciedad en mil tuits, en mil actualizaciones de estado, en mil fotografías. Robin + Williams + DEP




Y, entonces, he vuelto a ver a aquella niña de once o doce años que asistía, refugiada en las rodillas de su padre, a aquel "Oh, capitán, mi capitán" doblado al español, porque entonces ni mi padre ni yo (ni casi nadie) habíamos descubierto todavía que existía la versión original. Todo estaba doblado. Pero aún así, fascinada, escuchaba a aquel profesor y pensaba que sería bonito, algún día, ser una profesora igual que él. Faltaban muchos años para que Don Ángel, mi profesor de Periodismo Digital, me propusiera quedarme en la universidad una vez terminada la carrera y responsabilizarme, junto a otro compañero, de sacar adelante un periódico para los estudiantes y tutelar una asignatura de prácticas de Periodismo Escrito. Faltaba mucho para aquello, pero ya entonces, cuando veía a aquellos chicos de celuloide mirar fascinados a aquel profesor, entre la locura, la temeridad y la sabiduría, ya supe que yo quería que, algún día, alguien me mirase así. Porque no hay amor más grande. Me han amado algunas personas que se han ganado a pulso el título de amigas. Me han amado (dicen, dijeron) algunos hombres. Confieso que alguna mujer también. Me han amado familiares, entre la obligación, el compromiso y la costumbre. Y me han amado algunos de mis alumnos. He recibido correos electrónicos que me han arrancado una lágrima dulce y notas en trabajos que me han sonrojado, pero no me refiero (solo) a eso. 





Me han amado cuando he entrado en el aula y han dejado de leer un comic maravilloso o de contar la apasionante noche anterior al compañero de al lado para escucharme a mí. Para considerarme. Para cederme el protagonismo, a mí y a lo que tuviera que contarles. Me han mirado con ojos hambrientos y me han pedido más historias, más lecturas, más películas. Me han amado. Quienes no se dedican a la docencia no pueden saber de lo que hablo, ni a qué me refiero, cuando digo que tengo el trabajo más bonito del mundo. Los que no se dedican a la docencia tampoco saben qué supone entrar en un aula para ser mimada por treinta pares de ojos que, en ese momento, ya solo existen para ti. Mi empeño ha sido, siempre, hacer creer a cada par de ojos que yo tampoco tenía mirada para nadie más que para ellos. Algunas veces, seguro, lo he conseguido. Otras tantas, no, pero los alumnos siempre saben distinguir la honestidad de la hipocresía. Y yo no he sido nunca la profesora que más sabía, pero sí he tratado de ser la más honesta, la que más les escuchaba, la que más estaba ahí, para ellos, entonces y todavía, aunque haya pasado un año, o dos, o diez.

Robin + Williams + DEP. Después vino El Rey Pescador y la primera toma de contacto con ese submundo, con esos personajes que tantas veces, después, me robaron el corazón. Fue con su personaje con quien nació mi atracción hacia la locura, hacia la perdición, hacia esas almas que se perdieron en algún momento del camino y se quedaron atrapadas buscando la baldosa (esa maldita baldosa) en la que posar el pie para poder seguir adelante. Robin + Williams + DEP. Vinieron mil y una carcajadas, doscientas mil sonrisas y algunas (muchas) lágrimas dulces. Robin + Williams + DEP. Hook. La señora Doubtfire. Jumanji. El indomable Will Hunting. Robin + Williams + DEP. Good Morning, Vietnam. Hamlet. Desmontando a Harry...



Antes de pensar siquiera en cómo decir lo triste que me caía esta noticia sobre las lumbares, sobre esta mañana que vaticinaba un día horrible, en el que el despertador no ha sonado y no he podido salir a correr, ya había voces lamentando que se lamentara (valga esta redundancia expresa) la muerte de un actor más que nuestras propias miserias. Y claro, yo hice una tesis doctoral sobre el cine en la que trataba de reflejar cómo el séptimo arte nos conforma a los espectadores (y no al reves). El cine es nuestra expresión cultural contemporánea por antonomasia, la forma que tenemos de escapar del miedo y de explicar lo que no entendemos, como antaño tuvieron juglares o gárgolas en catedrales. Y sí, es verdad que parece muy fariseo lamentar la muerte de un actor multimillonario cuando el mundo nos está agonizando. Es verdad. Israel está borrando del mapa a Palestina (y a los palestinos). Es verdad. Hay familias que están siendo desahuciadas. Niños que se van a la cama con hambre, no en el tercer mundo, en nuestra calle, en nuestro bloque. Hay desamparo. Desolación. Motivos, hoy más que nunca, para hacer que rueden cabezas, para no lamentar que un infortunio derrame la sangre de los mandamases que nos han puesto aquí. Es verdad. El mundo se nos está yendo a la mierda y de alguna manera estamos siendo cómplices. Todo eso es verdad. Pero hoy, además de para este mundo enfermo, también tengo dolor para ese actor multimillonario, aunque suene frívolo. Si quieren, puedo decir, mejor, que me queda dolor para esa niña de once o doce años que veía, refugiada en las rodillas de su padre, aquel "Oh, capitán, mi capitán" y ya entonces fantaseaba, por primera vez, con dedicarse a la docencia. Porque esta mañana, cuando he visto la combinación Robin + Williams + DEP, de alguna manera, esa niña también ha muerto un poco


Descanse en paz, hacedor de sueños. Si hoy estoy donde estoy, si hoy me dedico a lo que me dedico, en parte, es por su culpa.