Sweet Emma



Probablemente, el nombre de Sweet Emma Barrett (1897-1983) sea la alegoría perfecta para ejemplificar el olvido, ninguneo e invisibilización que han sufrido las mujeres en el jazz. Fue arrinconada frecuentemente en pequeños locales en los que tocaba con su banda de hombres a los que ella lideraba. En el jazz, como en otras artes, el machismo vino impuesto por parte de los empresarios y no tanto de los artistas, que casi siempre eran colegas, amigos y compañeros. También por culpa de esa "censura previa" que, todavía hoy, domina la programación de salas y festivales (a mí, programador de este concierto, esta tía me gusta, pero ¿vendrán a verla? ¿venderá suficientes entradas?) Y esto aplica todavía hoy a tantos artistas...

Pero estábamos hablando de la enorme Sweet Emma, que había empezado a tocar el piano y a cantar en una orquesta de Nueva Orleans en 1923. Estuvo con ella hasta 1936. Sus compañeros de banda eran todos hombres enormes y ella era una mujer joven, pequeña y endeble, pero con una valentía y un encanto que la hacían sobresalir en el escenario. Aunque había dejado de actuar a finales de los años treinta, en 1947 volvió a conseguir un trabajo como pianista en un club local. Sin embargo, su nombre seguía pasando inadvertido para los empresarios discográficos.

El milagro ocurrió a comienzos de los años 60, cuando la universidad empezó a interesarse por el jazz. Llegaron las investigaciones, los eruditos preguntándose acerca del patrimonio cultural, las "excavaciones arqueológicas" en archivos y clubs locales para recuperar la memoria histórica de Estados Unidos...

Y así fue como alguien se topó con Sweet Emma y, en 1961, pudo hacer su debut discográfico. Tenía 64 años. A partir de ese momento se convirtió en una de las figuras clave de la Preservation Hall Jazz Band, con quienes realizó giras alrededor de todo por el mundo. Imaginad cómo tenía que sentirse.

En 1967 sufrió un derrame cerebral que le dejó paralizado el lado izquierdo. Eso tampoco la detuvo. Siguió tocando con una mano y hacía tintinear unas campanillas que ajaba a su pierna derecha. Así de vida estaba llena.

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