Sobre guerreras que corren maratones


Hace unas semanas, publiqué en Revista Cronopio la historia de las dos primeras mujeres en correr la Maratón de Boston. Mucha gente conoce la historia de Kathrine Switzer, el famoso dorsal 261. Sin embargo, aquel día, Switzer no corría sola. Roberta Gibb corrió la misma maratón. Si quieres saber más, puedes leerlo aquí.

Otro mal día

Hoy, al abrir los ojos, ya sabía que iba a ser un día de mierda. Anoche me había puesto el despertador a las 6:40, para salir a correr antes de que las calles se convirtieran en lava volcánica, pero ha decidido no sonar. Y no es una excusa inventada, ni un perro que se ha comido mis apuntes. No ha sonado y me he despertado cuando el sol ha inundado la habitación, ya cabreada, porque sabía que hoy me quedaba sin correr. He ido a la cocina y he puesto a hacer café. Me gusta disfrutar de ese mágico momento en el que el café se está haciendo y la casa se convierte en un hogar al perfumarse con el olor al grano que tantas veces tostó mi abuelo paterno, quien había aprendido el oficio cuando estuvo en la Guinea española. Es entonces cuando suelo encender el teléfono, conectarme a diferentes redes sociales y ver qué ha pasado en el mundo. Robin + Williams + DEP. Repetido hasta la saciedad en mil tuits, en mil actualizaciones de estado, en mil fotografías. Robin + Williams + DEP




Y, entonces, he vuelto a ver a aquella niña de once o doce años que asistía, refugiada en las rodillas de su padre, a aquel "Oh, capitán, mi capitán" doblado al español, porque entonces ni mi padre ni yo (ni casi nadie) habíamos descubierto todavía que existía la versión original. Todo estaba doblado. Pero aún así, fascinada, escuchaba a aquel profesor y pensaba que sería bonito, algún día, ser una profesora igual que él. Faltaban muchos años para que Don Ángel, mi profesor de Periodismo Digital, me propusiera quedarme en la universidad una vez terminada la carrera y responsabilizarme, junto a otro compañero, de sacar adelante un periódico para los estudiantes y tutelar una asignatura de prácticas de Periodismo Escrito. Faltaba mucho para aquello, pero ya entonces, cuando veía a aquellos chicos de celuloide mirar fascinados a aquel profesor, entre la locura, la temeridad y la sabiduría, ya supe que yo quería que, algún día, alguien me mirase así. Porque no hay amor más grande. Me han amado algunas personas que se han ganado a pulso el título de amigas. Me han amado (dicen, dijeron) algunos hombres. Confieso que alguna mujer también. Me han amado familiares, entre la obligación, el compromiso y la costumbre. Y me han amado algunos de mis alumnos. He recibido correos electrónicos que me han arrancado una lágrima dulce y notas en trabajos que me han sonrojado, pero no me refiero (solo) a eso. 





Me han amado cuando he entrado en el aula y han dejado de leer un comic maravilloso o de contar la apasionante noche anterior al compañero de al lado para escucharme a mí. Para considerarme. Para cederme el protagonismo, a mí y a lo que tuviera que contarles. Me han mirado con ojos hambrientos y me han pedido más historias, más lecturas, más películas. Me han amado. Quienes no se dedican a la docencia no pueden saber de lo que hablo, ni a qué me refiero, cuando digo que tengo el trabajo más bonito del mundo. Los que no se dedican a la docencia tampoco saben qué supone entrar en un aula para ser mimada por treinta pares de ojos que, en ese momento, ya solo existen para ti. Mi empeño ha sido, siempre, hacer creer a cada par de ojos que yo tampoco tenía mirada para nadie más que para ellos. Algunas veces, seguro, lo he conseguido. Otras tantas, no, pero los alumnos siempre saben distinguir la honestidad de la hipocresía. Y yo no he sido nunca la profesora que más sabía, pero sí he tratado de ser la más honesta, la que más les escuchaba, la que más estaba ahí, para ellos, entonces y todavía, aunque haya pasado un año, o dos, o diez.

Robin + Williams + DEP. Después vino El Rey Pescador y la primera toma de contacto con ese submundo, con esos personajes que tantas veces, después, me robaron el corazón. Fue con su personaje con quien nació mi atracción hacia la locura, hacia la perdición, hacia esas almas que se perdieron en algún momento del camino y se quedaron atrapadas buscando la baldosa (esa maldita baldosa) en la que posar el pie para poder seguir adelante. Robin + Williams + DEP. Vinieron mil y una carcajadas, doscientas mil sonrisas y algunas (muchas) lágrimas dulces. Robin + Williams + DEP. Hook. La señora Doubtfire. Jumanji. El indomable Will Hunting. Robin + Williams + DEP. Good Morning, Vietnam. Hamlet. Desmontando a Harry...



Antes de pensar siquiera en cómo decir lo triste que me caía esta noticia sobre las lumbares, sobre esta mañana que vaticinaba un día horrible, en el que el despertador no ha sonado y no he podido salir a correr, ya había voces lamentando que se lamentara (valga esta redundancia expresa) la muerte de un actor más que nuestras propias miserias. Y claro, yo hice una tesis doctoral sobre el cine en la que trataba de reflejar cómo el séptimo arte nos conforma a los espectadores (y no al reves). El cine es nuestra expresión cultural contemporánea por antonomasia, la forma que tenemos de escapar del miedo y de explicar lo que no entendemos, como antaño tuvieron juglares o gárgolas en catedrales. Y sí, es verdad que parece muy fariseo lamentar la muerte de un actor multimillonario cuando el mundo nos está agonizando. Es verdad. Israel está borrando del mapa a Palestina (y a los palestinos). Es verdad. Hay familias que están siendo desahuciadas. Niños que se van a la cama con hambre, no en el tercer mundo, en nuestra calle, en nuestro bloque. Hay desamparo. Desolación. Motivos, hoy más que nunca, para hacer que rueden cabezas, para no lamentar que un infortunio derrame la sangre de los mandamases que nos han puesto aquí. Es verdad. El mundo se nos está yendo a la mierda y de alguna manera estamos siendo cómplices. Todo eso es verdad. Pero hoy, además de para este mundo enfermo, también tengo dolor para ese actor multimillonario, aunque suene frívolo. Si quieren, puedo decir, mejor, que me queda dolor para esa niña de once o doce años que veía, refugiada en las rodillas de su padre, aquel "Oh, capitán, mi capitán" y ya entonces fantaseaba, por primera vez, con dedicarse a la docencia. Porque esta mañana, cuando he visto la combinación Robin + Williams + DEP, de alguna manera, esa niña también ha muerto un poco


Descanse en paz, hacedor de sueños. Si hoy estoy donde estoy, si hoy me dedico a lo que me dedico, en parte, es por su culpa.

Por si acaso

En la Revista Cronopio de Medellín, con la que llevo un par de meses colaborando, me publicaron hace unas semanas esta historia sobre Lady Day y su Prez. 



Dicen que, cuando se grabó el especial “The Sound of Jazz”, Billie Holiday llevaba años sin hablar con Lester Young, quien probablemente fuera su verdadera alma gemela, su soulmate. Dicen también que nunca la palabra soulmate, tan elocuente en el mundo del jazz, fue tan precisa como cuando definió el querer que Billie Holiday y Lester Young sintieron un día el uno por el otro... 

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Carta a mi yo del 16 de julio de 2013

Querida yo de hace un año:

Tú aún no lo sabes, pero mañana te despertarás rumiando una idea entre los dientes. Pasarás la mañana buscando información en Google y, después de comer, ya habrás tomado la decisión de empezar a correr ese mismo día. Siempre has sido así, impulsiva. Decides que quieres algo y lo quieres ya, no mañana, no sea que cambies de opinión y te lo pierdas. Le enviarás un mensaje a Loli, asustada, porque quieres empezar a correr pero sabes que no tienes el fondo para hacerlo. No nos engañemos. Nunca has hecho deporte. Subir cuatro pisos a pie por las escaleras siempre te ha supuesto un trauma y te pones de mal humor, de muy mal humor, cuando haciendo turismo has tenido que andar más de la cuenta. No te voy a recordar las cuestas de San Francisco... No eres deportista, nunca lo has sido. En el colegio te inventabas excusas para no tener que darle vueltas al patio corriendo, o te escondías detrás del kiosko para que Doña Toñi no te increpara con su silbato militar. Los días de saltar el potro, curiosamente, siempre estabas indispuesta. Nunca te gustó el deporte o, al menos, nunca le diste la oportunidad de que entrara en tu vida. Toda la actividad que has hecho se reduce a un engaño: andar, bicicleta estática y nadar quince largos mal contados. Tú aún no lo reconoces, pero eso no es hacer deporte. 

Querida yo, aunque aún no lo sepas, te aseguro que mañana estarás entre asustada y excitada. Quieres correr. Sabes que vas a hacerlo. Pero tienes miedo de no poder, de ahogarte, de tener que pararte, de que sea demasiado, de no aguantar, de que se te salga el corazón por la boca... Y de que te guste. Tú aún no lo sabes, pero es que mañana vas a vivir todo eso, no vas a poder, te vas a ahogar, vas a tener que pararte, va a ser demasiado, no vas a poder aguantarlo, se te va a salir el corazón por la boca y vas a terminar tu primera sesión de corredora con un aullido, los mofletes colorados y una sonrisa de oreja a oreja, como aquel día en el que tuviste tu primer orgasmo y querías gritárselo al mundo, pero te frenó esa educación judeocristiana de esconder el placer y la felicidad, como si tuviéramos que sentirnos culpables del goce.


Llevas semanas viendo en Facebook las sesiones de correr (todavía no lo llamas running) que hacen Manolo y Zahara. Las ves y piensas que son unos jabatos, te mueres de envidia y piensas que tiene que ser maravilloso salir ahí y correr durante cuatro o cinco kilómetros. Pero sabes que tú no puedes, porque te sobran muchos kilos, porque nunca lo has hecho, porque te duele la espalda, porque no tienes fondo y porque siempre va a haber una excusa que puedas colocar para justificarte. Todos tenemos siempre un porqué maravilloso con el que engañarnos, con el que disculparnos con nosotros mismos por no dar lo mejor que hay dentro, en algún lugar, esperando a salir. Nuestro yo vago o cobarde es mucho más fuerte que nuestro yo guerrero, así que siempre va a haber un "no dormí suficiente" y un "me duelen las rodillas". Siempre. Este año, además, ha sido un año muy duro. Desde el 16 de julio de 2012 al 16 de julio de 2013, querida yo de hace un año, has vivido en tres países diferentes, has trabajado en dos universidades, has dicho adiós tres veces, has dejado a gente maravillosa, has recuperado 10 kilos de los 25 que llegaste a perder, has vivido el desempleo, has tenido que pedirle dinero a tus padres con la vergüenza devorándote las papilas gustativas. Ha sido un año duro, y te duele la espalda, y te sobran unos kilos, y no tienes fondo, y siempre va a haber una excusa.

Tú aún no lo sabes, pero mañana, nuestra yo guerrera nos va a arrastrar a las dos, a ti y a mí, a Madrid Río con una app en ese iPhone 3GS para empezar a correr. Hablarás con Loli y te tranquilizará, te dirá que nadie empieza corriendo 30 minutos seguidos, que se empieza corriendo un minuto, andando dos, corriendo uno, andando dos... Buscarás información para cotejar lo que te ha dicho y, efectivamente, leerás acerca de los runner-walkers, acerca de diferentes entrenamientos, consultarás aplicaciones para el móvil... Y, entonces, pensarás que tal vez, sólo tal vez, sí puedas hacerlo. Y lo harás, aunque aún no lo sepas.



Querida yo, mañana por la tarde vas a ponerte tus mallas de andar, una camiseta vieja y tus deportivas, las que usas para ir a andar o a comprar el pan. No son unas zapatillas para correr, porque todavía no estás envenenada y no te has enamorado de tus Asics, ni sabes que existen las camisetas técnicas, ni las mallas transpirables, ni los pulsómetros, ni los calcetines de corredor, ni las medias de compresión, ni los sujetadores para evitar el impacto continuado en los senos... Tranquila, ya habrá tiempo para todo eso. Ahora, lo importante, es que sepas que mañana te va a cambiar la vida. Mañana vas a tomar la mejor decisión que has tomado en muchos años y, tal vez, la que más felicidad y cosas buenas te ha traído. Querida yo de hace un año, estoy muy orgullosa y muy agradecida por lo que vas a hacer mañana. Tú aún no lo sabes, pero cuando corras el primer minuto vas a creer que te mueres. No tienes ni idea. Vas a creer que se te va a romper el corazón y vas a acabar ese minuto sin poder remediar un "joder" gritado en mitad de ese paseo que tienes al lado de casa. Una señora mayor se te quedará mirando y te sonreirá, porque sabe que no estás derrochando gratuitamente un lenguaje soez. Sabe que tu yo guerrera ha dejado k.o. a tu yo cobarde. 1-0. Y ese "joder" que has soltado ha sido la constatación de tu victoria y lo que te ha permitido tomar fuerzas para seguir. Y seguirás. Recuperarás durante un minuto y medio y volverás a correr otro minuto más. De nuevo, creerás que te mueres. Hace tres años que dejaste de fumar, pero vas a tener la sensación de que te sube una flema con un repugnante sabor a nicotina. Vas a toser, te vas a ahogar, pero vas a seguir corriendo hasta que suene una musiquita y una voz mecánica te diga algo así como "next interval, ninety seconds walking". Y así una vez, y otra, y otra más, y otra... hasta completar la rutina, tu primera rutina como corredora. 



Tú aún no puedes ni sospecharlo, porque vas a acabar tan reventada que creerás que nunca serás capaz de correr más de cinco minutos seguidos, pero en unos meses estarás corriendo tu primera carrera, cruzarás una línea de meta con tu camiseta de los Tranchetes. Un par de semanas después, créeme, vas a correr diez kilómetros, y lo harás con una amiga increíble a tu lado que te regalará uno de los momentos más bonitos de tu vida. Será en la San Silvestre Vallecana. Diez kilómetros, querida yo, vas a correr diez kilómetros desde el Santiago Bernabeu hasta Vallecas. Chocarás las manos de los niños, habrá gente que te anime, que te grite "vamos, valiente, que ya no queda nada" y sentirás que flotas, que vuelas, que has podido, que eres gigante... Y también que estás cansada, que es 31 de diciembre, que qué haces ahí corriendo en vez de estar tomándote un gintonic con almentras fritas en casa. Sobre todo te pasará cuando llegues a la Avenida de la Albufera y te enfrentes a la peor cuesta que has visto en tu vida. Mirarás a Jane, a quien has tenido a tu lado durante todo el recorrido, y le dirás "No puedo más. I need to stop. I can't". Y ella te dará su sonrisa infinita y te abrigará con un "vamos, podemos, the end is so close". Y será magia, porque querrás llorar, pero esas palabras serán un empujón en el culo que te harán subir el ritmo. 



Durante este año te vas a lesionar varias veces, se te van a caer las uñas del segundo dedo del pie, vas a visitar a fisioterapeutas, quiroprácticos, osteópatas, podólogos... Harás pesas y abdominales para correr mejor. Descubrirás los ejercicios "aprietacarnes" que te pondrán la espalda y las piernas más fuertes para evitar lesiones. Pasarás casi tanto tiempo estirando después de correr que corriendo y, aunque no me quieras creer, te pondrás hielo sobre los músculos por mera precaución, acabarás las duchas con un chorro de agua helada sobre los gemelos, los abductores, los lumbares y el psoas. Lo sé, ahora mismo no tienes ni idea de qué es el psoas, pero dentro de poco lo sabrás y lo estirarás con mucho mimo, porque es un músculo que tiene cierta querencia a la lesión y sin él, no puedes correr, y sin correr, dentro de un año, ya no podrás vivir. 



Querida yo del 16 de julio de 2013, estás a punto de conocer a gente maravillosa a la que quedarás unida por la pasión por el atletismo. Aún no le conoces, pero hay un ángel de la guarda que se llama Fernando y va a entrenarte, a preocuparse por tu espalda, por tus estiramientos, por tus rutinas y hasta por tus desayunos pre y post running. Conocerás a Álvaro, que se convertirá en un pilar en tu vida y en alguien que hace del mundo un lugar mejor. Se convertirá en tu amigo. Como Jane, con quien tendrás mucho en común, pero también correr. Conocerás a Juan, que es un superhombre y un superhéroe de los que persiguen sus sueños y te devuelven la fe en la humanidad, tan guapo por fuera que duele mirarle, tal vez porque su exterior sólo es un reflejo de todo lo bonito que lleva dentro. Conectarás con Beatriz, a quien le darás ánimos para salir a correr, quien te los devolverá cuando estés alicaída y te sacará un sonrisa hablándote de tetas nuevas. El running te unirá más aún a gente que ya está en tu mundo, pero con la que ahora tendrás una conexión todavía mayor, como Natalia, Loli, Mar... También a tus compañeros y amigos de la UNED, que te apoyarán, te escribirán para decirte que quieren seguir tu camino y que, sobre todo, te darán el aliento cuando te falte. María, Rocío, Susana, Hu An, Alex, Juan Luis, Joséan... Tantos (siempre hemos sido una tía con suerte). Sin duda, correr te unirá un poco más a Zahara, esa amiga-hermana-cómplice, con quien has vivido muchos momentos y personas en común desde hace más de quince años. Incluso, aunque ahora no te lo puedas ni imaginar, te hará de liebre y lazarillo en una carrera, consiguiendo que superes tu marca personal, animándote durante cada metro y enseñándote que, a veces, es más importante sostener una mano y empujar el culo de una compañera para que no se quede en el camino que batir tu propia marca. Tanta felicidad vivirás junto a Zahara aquel día que, una semana después, tú harás de liebre y lazarillo para una chica que llevará unos meses corriendo y que, al terminar la carrera, te dirá que sin ti no lo habría hecho y se habría parado. Y llorarás, por dentro, de pura felicidad.



Querida yo, tú aún no lo sabes, pero el año que viene por estas fechas estarás pensando seriamente en hacer tu primer triathlon, pesarás dieciséis kilos menos que ahora, correrás tres o cuatro días por semana, le estarás escribiendo una carta a tu yo de hace un año para decirle que, gracias a ese momento de valentía que está a punto de vivir, hoy eres mucho más feliz. Querida yo, mañana te convertirás en una runner princesita y guerrera. Felicidades y, sobre todo, gracias.

Querida yo, esta última foto es lo que vas a hacer mañana, en tu primer día como corredora. Ole

Limpieza de armarios

Hacer limpieza de armarios tiene más de placebo curativo que de limpieza. 
Meter en cajas pantalones, camisas, sujetadores y pijamas que te mantienen clavada a un ayer al que no quieres volver. Hacer limpieza. Aunque sólo sea para seguir avanzando.

1

Dejar en los cajones sólo lo necesario, sólo ese pasado de sonrisas sinceras y mimos melosos.
Aunque sólo sea para seguir creyendo.


2

Hacer limpieza de armarios tiene más de metáfora que de adiós "post temporada pasada de moda".
Hacer limpieza de armarios, de ayeres y de fantasmas.
Algún día tendré que buscar en Google, que todo lo sabe, cuál es la mejor estación para hacer limpieza de humanos y de palabras.
Aunque sólo sea para seguir avanzando.





________________________
1. Lo del fondo es ropa para donar a gente que la necesita. Pero la rebeca que tengo ahora entre mis manos, rota y desteñida por el tiempo, se queda conmigo. No me desprendería de ella ni por todo el oro del mundo. Era del primer hombre de mi vida. Todos los inviernos me la pongo para estar en casa y siento que el olor de mi abuelo sigue habitando en cada hilo, protegiéndome como siempre hizo en vida. Ay, abuelo...
2. Esta camiseta se vende aquí. Y sí, pronto vivirá en unos de los cajones de mi armario.

Otro poema tonto



Despertarse
sin despertador,
sin fantasmas,
sin agobios,
sin prisas,
sin claxon,
sin miedos,
sin rabia,
sin culpas,
sin ansias.

Despertarse
con una sonrisa,
con deseo,
con ganas,
con hambre,
con brillo,
con música,
con cosquillas,
con aliento,
con fuerza.

Despertarse
a carcajadas,
hercúlea,
preciosa,
sin sombra
que ladre
ni que tosa.
Sin despertador,
con una sonrisa
e invencible.

Nunca pude imaginar que...



Nunca pude imaginar que correr me convertiría en un ser tan emocionable. Siempre he sido de lágrima fácil. Tal vez sea justo decir que siempre he sido generosa con las emociones y los sentimientos. Así que siempre he sido de lágrima fácil de la misma manera que siempre he sido de orgasmo fácil, de risa, de abrazo, de "te quiero", de susto, de sonrojo... Todos fáciles, espontáneos, estrepitosos y generosos. Nunca me he privado de unas buenas lágrimas al escuchar el saxo de Don Byas, ni de un instante de placer conmigo o contra mí, ni de unas risas tontas por un chiste malo y tonto... Hoy le pedía a una alumna a quien aprecio mucho que no sea nunca tacaña con sus sentimientos. No sé si este mundo nuestro está condenado o aún tiene un halo de esperanza. Pero si hay salida, desde luego, pasa por la gente que no le tiene miedo a expresar lo que siente. Aunque a veces sea un insulto terrible. Hay ocasiones en las que también es necesario mentar a los ancestros de nuestro contertulio. Mi abuela, que era una mujer sabia que apenas sabía leer y solo era capaz de escribir su nombre, siempre decía que para hacer una buena tortilla de patatas era necesario romper algunos huevos. Y yo nunca entendí lo que quería decir, claro, porque era un niña y para mí era obvio que había que romper los huevos para batirlos y hacer la tortilla. Pero ella ponía una voz como muy digna, de intriga de película mala y muy sobreactuada. Yo me sentía entre incómoda y asustada, como quien se encuentra ante un familiar demente. Han tenido que pasar muchos años para darme cuenta de lo sabia que era aquella mujer cuerda que apenas leía y escribía. Pero sobre los huevos que se me han roto y los que he debido romper yo, mejor hablaré otro día.

Siempre he sido de lágrima fácil. En mis clases de "Publicidad", a menudo tenía que simular las lágrimas para que mis alumnos no se rieran de mí. Había puesto un anuncio de la relación entre un fisioterapeuta y un futbolista lesionado, o el de una niña que se corta el pelo para regalárselo a su hermano con leucemia, y no era capaz de retomar la clase como si hubiera visto un anuncio de perfume. No sé cuántas veces he llorado con "The Bridges of Madison County". Da igual, sé que si vuelvo a verla mañana, volveré a llorar desconsoladamente cuando Francesca no abra la puerta de la camioneta y se vaya con Robert Kincaid, maldeciré su cobardía y que, con ella, nos haya condenado a todos a un final tan necesario como estúpido. La música, el cine y la literatura me han hecho llorar, me han hecho reír, me han hecho sentirme viva y, por ende, mejor persona. Nunca pude imaginar que correr también me haría llorar, reír, sentirme viva y, por lo tanto, mejor persona. Hoy ha sido uno de esos días en los que correr me ha hecho gigante.

Faltan menos de tres semanas para mi primera media maratón y mi ángel de la guarda no está seguro de que sea una buena idea. Cree que no estoy lo suficientemente fuerte para afrontar una prueba tan dura y yo le he pedido un par de semanas para demostrarle que sí. Hoy me había mandado un fartlek durísimo. Un fartlek es una prueba que consiste en correr a diferentes ritmos sin descanso, lo que llega a ser agotador. Yo me había dicho: "si lo consigo, puedo con la media". Soy muy cabezota y me enfada mucho tener que abandonar un objetivo. Así que he estado durante toda la carrera repitiéndome "si lo consigo, puedo con la media". Primer tramo, un kilómetro calentando. Dos kilómetros corriendo suave. "Si lo consigo, puedo con la media". Medio kilómetro a toda velocidad. "Si lo consigo, puedo con la media". Medio kilómetro suave. Y, entonces, otro medio kilómetro a toda velocidad que te hace querer morir. "Si lo consigo, puedo con la media". Dos kilómetros de carrera suave. Medio kilómetro a toda velocidad. Aquí sí crees que te mueres. Medio kilómetro suave. Medio kilómetro rápido y, cuando ya quieres que se acabe, dos kilómetros más a carrera suave que te mantiene doloridos los abductores y los gemelos a cada zancada. "Pero si lo consigo, puedo con la media". Y después, ya sí, la felicidad en forma de otro kilómetro andando. Al empezar a andar, con la respiración desbocada, con las pulsaciones aún a 173, no he podido evitar echarme a llorar. "Si lo he conseguido, puedo con la media y puedo con lo que quiera". Un hombre se ha cruzado conmigo y me ha mirado. Creo que quería decirme que no pasaba nada, que fuera cual fuera mi mal, se acabaría solucionando. Y, entonces, me he empezado a reír. El hombre se ha alejado, entre la incomodidad y el susto, como la niña que yo fui ante una abuela a la que imaginaba medio loca. Nunca pude imaginar que correr me haría tan feliz y me daría tanto. Hoy, durante un momento, al terminar ese fartlek terrible, he sido invencible. Todo el mundo debería vivir esa sensación, al menos, una vez en su vida.

Pese a todo


Soy feliz,
pese a todo.
No pretendo trivializar.
Pero es cierto
que un día
empecé a correr.
Otro día
corrí 30 minutos
seguidos,
sin parar,
sin intervalos,
sin caminar entre medias.
Otro día
terminé una carrera
¡de 10 Kilómetros!
Y lo celebré
como si hubiera ganado
la batalla más dura.
Y otro día
correr 10 kilómetros
se había convertido
en un entreno normal,
y ya no había necesidad
de celebrar
ninguna victoria.
Y cuando haces estas cosas,
cuando todo esto te pasa
(a ti),
eres feliz.
Pese a todo.

Me voy


Me voy,
me vuelvo a ir,
siempre acabo yéndome
porque siempre acaban invitándome a que me vaya.

Tengo
pensado ya
qué llevará mi maleta
el aceite de Jaén, la alianza y la bufanda.

Malta,
Colombia y Polonia.
Y antes Madrid y Pamplona
y unas cuantas camas desperdigadas por el mapa.

Pero
Volveré
con los billetes de vuelta
para que no olvides ni mi risa ni mi marcha.

Solo
es exilio
que deja de ser palabra
para ser el insomnio de mis padres. Y su pena.

Me voy,
me vuelvo a ir,
buscando tiza, pan y agua,
y un espejo que no escupa odio cada mañana.

Palabras para Philip Seymour Hoffman

A Philip Seymour Hoffman, 
porque el mundo da mucho más miedo sin él dentro




El cine tiene estas cosas
Amas, odias, sonríes, deseas, extrañas
a personajes de cartón piedra y serrín,
a los fantasmas que hemos creado ad libitum
a partir de lo que imaginamos que son y aman
los actores y directores que amamos,
los guionistas que nombran nuestros miedos y sombras.

El cine tiene estas cosas
de enamorarte de los hugh jackmans,
de perderte en las miradas de las meryl streeps,
de protegerte bajo el ala de los clint eastwoods,
de buscarte en las frases de los charlie kaufmans
y de envenarte, llena de incomprensión y enfado,
cuando te abandonan los philip seymour hoffmans.

A propósito de la San Silvestre Vallecana


Jane y yo al terminar la San Silvestre Vallecana


Anoche, 31 de diciembre, corrí la San Silvestre Vallecana. Era la primera vez que corría diez kilómetros, mi segunda carrera y la primera de 10K. Tras las dos carreras en las que he participado, una de 5K y esta San Silvestre, mucha gente me ha preguntado en qué posición quedé, como si eso importara algo. Quiero decir, quitando a los deportistas profesionales, que no deben de suponer ni el 2% de los participantes de una carrera, el resto de participantes no corren para ganar. Corren para alcanzar su mejor versión. Tan sencillo e imponente como eso. 

Sin embargo, que toda esta gente me haya preguntado una y otra vez lo mismo, me ha servido para darme cuenta de la mediocre educación que han recibido los españoles durante generaciones o, mejor dicho, la carencia de valores, de buenos valores, que han sufrido nuestros hermanos, padres y abuelos. En este país se ha enseñado que el deporte solo sirve para alentar la competitividad. Se corre para ganar, se juega al baloncesto para ganar, se practica fútbol para ganar... Ganar, ganar, ganar (y de camino, transmitir la idea del perdedor, decepción, competitividad...) Así hemos llegado a un país con estadios de fútbol llenos de insultos y gritos de odio, de confundir el animar a tu tenista con hundir al contrario, de medirnos, como país, con otro ciclista o de sentirnos magnánimos solo por ganar al fútbol al país vecino que, probablemente, aunque pierde al baloncesto tiene un sueldo mínimo que triplica el nuestro... Qué cosas. 

Así que cada vez que me preguntan mi puesto en cualquiera de las dos carreras, se me queda cara de signo de interrogación. ¿En qué posición llegué? No lo sé. Nunca lo miré. Al final de las dos carreras, cuando se hicieron públicas las marcas, solo comprobé el tiempo que había invertido y la velocidad promedio por kilómetro. Eso es lo que me importaba y lo que me importará siempre (si es que no pierdo el norte y me convierto en una imbécil profunda, claro). 

Y, después de saber mi tiempo total y mi velocidad promedio, solo lucho contra mí misma. Si hice 5K en 32 minutos y 21 segundos el 15 de diciembre, el 17 entrené para llegar a hacer, en unas semanas, esos mismos cinco kilómetros en 31 minutos, y luego en 30, y meses más tarde en 29 ... Y así ir venciéndome a mí misma, a mi naturaleza, a mis músculos que, durante tantos años, han estado cómodamente tirados en un sofá mientras otros seres humanos se calzaban unas zapatillas y salían a correr. Me atrevería a jurar que, con toda probabilidad, ellos tampoco miraron nunca la posición en la que terminaron una carrera. No quiero vencer al que corre a mi lado, quiero formar equipo con él y alentarle cuando parezca agotado: "Vamos, campeón, que ya nos queda poco", igual que hicieron ayer conmigo desconocidos maravillosos que me arrancaron lágrimas de emoción. Los niños que me chocaron la mano en la Castellana, el hombre que me dijo "venga, valiente, que eres un ejemplo" a la altura de Atocha o la mujer que tocaba un timbal para animarnos en la entrada en Vallecas. Todas esos seres humanos, que ayer salieron de sus casas y animaron, bajo un frío agotador, a los 40.000 locos desconocidos que cruzaron Madrid corriendo, son unos héroes y no sé si son conscientes de la importancia de sus ánimos. Ojalá alguno de ellos lea estas palabras: Gracias, de corazón.

Sin embargo, el aliento más importante me vino de Jane, que corría a mi lado. Recuerdo que, durante la terrible subida de la Avenida de la Albufera, le dije "I can't. I think I need to stop. I'm dying". Ella me sonrió con esa sonrisa infinita suya que más que sonrisa parece un amanecer lleno de luz y calor y me respondió algo parecido a un "No, the climb finishes in a few meters. I'm seeing the end. ¡Tú puedes!".  En ese momento tuve que girar la cabeza para que no me viera llorar. De felicidad, claro. Por sentir la verdadera dimensión del compañero de carrera, por tener, por fin, una amiga de verdad y mayúscula. También tuve que girar la cara cuando, llegando a la línea de meta, me dijo "your hand" buscando mi brazo. Me cogió de la mano y ambas entramos sonriendo y juntas por el arco de entrada. No hablamos. Solo sonreímos. Esa sensación maravillosa de sentirse acompañada y abrazada tras el cansancio de diez kilómetros batiéndose zancada a zancada contra el suelo, no la entenderá nunca el que no se calzó unas zapatillas y salió a correr. Pero esa sensación es lo que de verdad importa del deporte.

No sé cuántos llegaron antes que yo a la línea de meta ni cuántos lo hicieron después. Me da igual. Aunque hubiera llegado la última, habría millones de personas que, tirados cómodamente en sus sofás, decidieron no calzarse unas zapatillas y correr a mi lado para decirme un "vamos, campeona, que ya nos queda poco". A todos los efectos, llegaron después de mí. Y sigue sin importarme. Solo me importa superar mi propia marca en la próxima carrera para llegar a ser una mejor versión de mí misma. Ese debería ser el verdadero valor o finalidad del deporte y, sin embargo, durante generaciones nos han enseñado otras mentiras. Ojalá que a mis sobrinos y a los niños de su generación les enseñen que el deporte, realmente, solo sirve para hacernos mejores personas.