Sobre Gary Burton


Leo en Guía del Ocio:

"RICHARD GALLIANO + GARY BURTON + DEE DEE BRIDGEWATER

Tipo: Jazz & Blues
El acordeón en el jazz
Richard Galliano interpreta, compone y dirige una música que parece entrelazar casualmente reminiscencias de swing, ecos de tango, valses de bistro francés, baladas de Bill Evans, improvisaciones de Keith Jarrett e influencias de Charlie Parker y John Coltrane, y todo ello nos hace regresar a la mejor tradición francesa desde Couperin a Debussy y sobre todo Ravel. Su mayor mérito es ante todo la originalidad: sintetiza todas estas experiencias en una nueva música europea hecha de improvisación jazzística y muchos componentes de tradición mediterránea. Su otra habilidad es el manejo del acordeón (o bandoneón), instrumentos que han tenido siempre una difícil vida en el jazz.

Local:
Real
Dirección: Pl. de Oriente, s/n Fecha: 26/03/2006 Fecha Fin: 26/03/2006
Hora: 19.30 h"


Sobra decir que estaré ahí, porque ver un concierto de jazz en el Teatro Real puede ser una experiencia de esas que llenan la vida de sentido. Pero, cuando leo esto, no puedo evitar que me invada una cierta sensación de cabreo. En la descripción del concierto, el redactor de turno ni siquiera ha nombrado a Gary Burton.

El año pasado, en el simulacro de festival de Jazz que organiza la Complutense, pude ver al vibrafonista que hiciera uno de los mejores discos que he escuchado en toda mi puñetera vida: The New Tango, grabado en el Montreux Festival de 1986 junto al maravilloso Astor Piazzolla.

El año pasado, en ese simulacro de festival de Jazz, se me cogió un nudo en el estómago y estuve a punto de llorar de la emoción. Mis manos aplaudían solas. Mis ojos viajaban de un músico a otro con la ilusión recobrada de la infancia. Mis pies se llenaban de arena intentando seguir las improvisaciones de los músicos. Y es que, el año pasado, vi a Gary Burton y me sentí completamente feliz.

Por eso, cuando una lee la ausencia de Burton en la reseña de Guía del Ocio, no puede evitar cabrearse. Y, a pesar de todo, empieza a contar los días que faltan para volver a ver a Burton que, por cierto, tiene su página de excepción en la historia del jazz. Ha tocado con Stan Getz, Stephane Grappelli, John Scofield, Chick Corea y Keith Jarret, entre otros.

Siempre es difícil explicar qué se siente cuando se asiste a un buen concierto. De pronto, el mundo huele bien, la felicidad es una sensación que existe y no una mera utopía, todo encaja a la perfección y tú estás ahí, viéndolo en primera fila.

Así que, si no tenéis nada mejor que hacer, deberíais ir a este concierto. Pinta muy, pero que muy bien.

Tengo tantas cosas

Tengo tres vinilos maravillosos de Duke Ellington.
Tengo “On the Road” de Jack Kerouac.
Tengo por fin la película “Short Cuts” de Robert Altman.
Tengo un ordenador portátil y otro de sobremesa.
Tengo Dormidina25 para superar el insomnio.
Tengo un recuerdo amargo, uno triste, uno feliz y otro olvidado.
Tengo el “Live in Paris” de Diana Krall regando mi salón.
Tengo una taquicardia placentera por un sms en el móvil.
Tengo un salón lleno de libros y pelusas.
Tengo un armario lleno de cds y dvds.
Tengo una novela medio terminada (o medio empezada).
Tengo una ciudad donde fui una marioneta que no quiero volver a ser.
Tengo dos amigos que llenan los días de sentido.
Tengo un estanquero que me vende tabaco sin aplicarme la subida.
Tengo un blog donde eyaculo mis neurosis, mis placeres y mis iras.
Tengo un cuento que retocar para un concurso literario.
Tengo un pasado que aúlla a veces debajo de mi cama.
Tengo un amor que me encarama en una montaña rusa emocional.
Tengo un trabajo que a veces me llena de ansiedad.
Tengo una partida de pocker pendiente contigo.
Tengo una velada de boxeo a la que ir con mi padre.
Tengo un abuelo muerto del que siempre pensé que era Dios.
Tengo una pesadilla recurrente donde asesino a un ser humano (y me despierto empapada en sufrimiento y sudor).
Tengo un Faustino I del 64 que beberé con El Hombre.
Tengo un amigo escritor que ha hablado sobre mi “Jass it up, boys!”.
Tengo un poder notarial que firmar para ir a un juicio.
Tengo unos cuantos contactos bloqueados en el Messenger.
Tengo tres lágrimas guardadas para las madrugadas existencialistas.
Tengo, también, dos sonrisas aprendidas por si me hacen llorar.
Tengo héroes de papel para colorearlos y después cortarlos en trocitos.
Tengo miedo de no llegar a ser madre.
Tengo miedo de ser madre y que mi descendiente muera antes que yo.
Tengo miedo de mirarme a un espejo con sesenta años y descubrir que fracasé.
Tengo miedo de encontrar al hombre de mi vida y no poder tenerle.
Tengo mucho miedo al dolor físico constante.
Tengo miedo de los latin kings, de los skin heads y del terrorismo islámico.
Tengo un cigarro encendido consumiéndose en el cenicero.
Tengo unos comentadores en el blog con los que quiero brindar.
Tengo muchos discos que escuchar todavía.
Tengo muchas ganas de Vivir (y muchas ganas de que sea a su lado).
Tengo muchos polvos que echar y muchas masturbaciones que regalarme.
Tengo muchas discusiones filosofo-políticas que pelear con mis dos amigos.
Tengo un aro vaginal y una caja de preservativos (por si acaso).
Tengo un descenso a los infiernos.
Tengo una subida al séptimo cielo.
Tengo un camino andado siempre hacia adelante.
Pero, sobre todo, tengo muchos discos de jazz que me dibujan sonrisas sin sentido.


Escuchando: Live in Paris, de Diana Krall

Hoy he sufrido un ataque de pánico




Hoy he sufrido un ataque de pánico. El miedo me ha entrado por la vagina y me ha explotado por los ojos.

Hoy he sufrido un ataque de pánico. De pronto, he dejado de oír las garras que me arañan bajo mi colchón. De pronto, he pensado que todos los fantasmas que se agolpan en mi armario, se llevaban a la nada mi pasado.

Hoy he sufrido un ataque de pánico. Pensé que las entrañas se me llenaban de telarañas y de angustia. Pensé que por el hígado me sangraban adioses y monotonías. Pensé también que vomitaba por las manos castidades y destierros.

Hoy he sufrido un ataque de pánico. Soñé que dejaba de ser la otra para convertirme en un fantasma encerrado en otro armario. Soñé que la música se apagaba y que nunca más oiría el Fly me to the moon. Soñé que hasta su heavy metal se avinagraba en el silencio.

Hoy he sufrido un ataque de pánico. Después, he calmado mi miedo con un vaso de cerveza y con diez caladas de cigarro. He llorado, al despertar del susto. Y, aún un poco después, he vuelto a reconocer los acordes del Fly me to the moon. He vuelto a regurgitar sus sonrisas almacenadas en mi pubis. Hasta su espalda de ante marrón, saliendo por la puerta, (que tantas veces me ha ensuciado el cuerpo de tristezas), me ha balanceado los orgasmos de otros días. Y, al final de la pesadilla, cuando ya me había despertado, me he mordido la inconsciencia para no mandar un mensaje que dijera “estoy deseando volver a beberte con la mirada, estoy deseando volver a comerte con las manos, estoy deseando volver a acurrucarte y que, después de bañarme con tu semen, te duermas a mi lado”.

Y, después de haber sufrido mi pequeño ataque de pánico, me he puesto a canturrear:

Fly me to the moon
Let me sing among those stars
Let me see what spring is like
On jupiter and mars

In other words, hold my hand
In other words, baby kiss me

Fill my heart with song
Let me sing for ever more
You are all I long for
All I worship and adore

In other words, please be true
In other words, I love you

Sobre los mensajes etílicos

Hoy, al despertarme, me he encontrado con un "mensaje etílico" en el móvil. Los mensajes etílicos son aquellos que el ser amado te manda de madrugada en mitad de una borrachera más o menos descomunal.

Me encantan los mensajes etílicos. Me arrancan una sonrisa y me hacen sentirme "Cést si bon". Estos mensajes son los que le dan sentido a las noches sola, a las mañanas del "cómo te echo de menos", a las tardes imaginando sus tardes... Estos mensajes son los que hacen que sigas ahí, que quieras seguir ahí.

Algunas veces he hablado con mi amigo Aarón sobre este tipo de mensajes. Los dos nos reímos recordando los momentos en los que hemos escrito estos textos. Por alguna extraña razón, el ser humano necesita demostrar sus afectos (si es que los siente) cuando se ha bebido todos los cubatas de Madrid. Y a mí, que desde la adolescencia leo a Bukowski, siempre me han enternecido y seducido los hombres que me regalaban "tequieros" bajo los efectos del alcohol. Pero si, además, el emisor es El Hombre, el mensaje es capaz de hacerte viajar al séptimo cielo. Si el emisor es un ser humano al que empiezas a querer de un modo egoísta, el mensaje es el mejor regalo que pueden hacerte. Ni flores, ni discos de jazz, ni botellas de vino del 64. No hay nada mejor que un mensaje etílico en tu móvil.

King Oliver's Creole Jazz Band

Un simple "guaaaaaapa", unos simples "besos enormes", escritos a las 2 y media de la madrugada, que han hecho que mi alma se balancee al ritmo del "Wa wa wa" de King Oliver. Y así, con la tontería de haber recibido un mensaje etílico, me han alegrado la mañana.

El jazz en la Alemania nazi




Hoy estaba buscando en Internet cosas sobre jazz.
Google es una herramienta sin la que ya no podría vivir. Ahora hablemos de marketing, de necesidades creadas o deseos descubiertos. El caso es que hace 10 años yo no tenía Internet (ni siquiera ordenador) y vivía tan feliz. Sin embargo, si me dijeran que debido al movimiento antiglobalización, a una Tercera Guerra Mundial o a la faena de un grupo de hackers cabreados, me castigan sin Internet, entraría en cólera, después sufriría síndrome de abstinencia y quizá querría asesinar a los culpables. ¿Quizá? No, el deseo estaría con toda seguridad.
El caso es que estaba pasando la tarde, buscando excusas para no trabajar, y me encontré con un artículo muy interesante. El Dr. Miguel Bronfman escribe "El jazz en la Alemania nazi" y está publicado en la Fundación Memoria del Holocausto. Yo no tengo nada más que decir. Sólo os recomiendo su lectura.
El jazz en la Alemania nazi

Melancolía, jazz y soledad




Escuchando Affinity, de Bill Evans & Toots Thielemans.

Se trata de un disco triste, de los que empiezan acariciándote la cabeza y acaban clavándote un cuchillo en el hígado para que se te salten las lágrimas.

Escuchando Affinity, de Bill Evans & Toots Thielemans, tenía que acordarme, por fuerza, de Él.

Hace más de un año, estábamos en el Blue Note de New York. Nuestra mesa estaba pegada al escenario y un ancianito belga tocaba la armónica.

El ancianito era un hombre tremendamente carismático al que me apetecía abrazar y cubrir de sonrisas. El ancianito sonreía con la mirada y hablaba un inglés muy sencillo, muy cercano, muy humano.

El ancianito se llamaba Toots Thielemans.


Thielemans es un belga que ha introducido paulatinamente la armónica al mundo del jazz, consiguiendo unos matices que te elevan al séptimo cielo, te bajan a la penumbra más triste y, luego, te soplan un abrazo en la sien. Pocos músicos consiguen esa ruleta rusa de sentimientos en sus oyentes, pero Toots, desde su vejez amable, lo hace con Matrícula de Honor.

Hace algo más de un año, yo estaba en Manhattan, en el Blue Note, viendo a Toots Thielemans. A mi lado estaba Él. En mi misma mesa, apenas a 10 centímetros de distancia. Él estaba junto a mí, pero no estaba conmigo, nunca lo estuvo. Cuando Toots le dedicó una canción a su mujer, con su inglés dulce, Él me miró. También yo le miré. Y nos apretamos la mano. Pero los dos sabíamos que mentíamos y que ambos éramos conscientes de la mentira. Estábamos muy cerca el uno del otro y, sin embargo, no estábamos juntos. Nunca lo estuvimos. Nos engañábamos para no reconocernos en el precipicio de una soledad que, con toda probabilidad, nos acompañe toda la vida. Hay personas a las que no se les da bien esto del amor. Y yo soy una de esas personas. Mi amigo Aarón me engaña y me dice que me equivoco cuando digo que acabaré sola, con ochenta años y rodeada de perros y basura. Pero los dos sabemos que mi broma esconde la angustia de una certeza como he tenido pocas en la vida.

Escuchando Affinity, de Bill Evans & Toots Thielemans, me da por pensar en Él. No sé si le quise alguna vez. Quizá al principio. Quizá nunca. Quizá siempre me engañé (nos engañamos) para huir (para tratar de huir) de una soledad que nos perseguirá toda la vida. Después de todo, soy una persona a la que no se le da bien el amor. Nunca seré la chica con la que se queda el chico. Follaré en mi casa vacía de gente, follaré en hoteles y en despachos. Pero no creo que nunca, ningún chico, deje en mi casa su cepillo de dientes. Lo dejará en casa de otra chica a la que sí se le dé bien esto del amor. Aarón me pregunta qué características tienen las personas a las que se les da bien amar. No lo sé. Supongo que, si lo supiera, tendría la salvación, el antídoto a esta soledad que me perseguirá toda la vida.

Escuchando Affinity, de Bill Evans & Toots Thielemans, repaso las grandes historias de amor (los grandes fracasos) de mi vida. Nunca ninguna historia salió bien. Creo que porque, de entrada, siempre elijo mal. Escojo a personas que sé de antemano que no se quedarán conmigo. Psicópatas, cocainómanos, residentes en otro país, casados... Un ramillete de relaciones imposibles, de hombres con los que es imposible que salga bien. ¿Por qué? No sé por qué escojo así. Supongo que es para que, cuando se vayan dando un portazo, no reconocerme de nuevo una fracasada en cuestiones amorosas. Si una relación imposible se va al carajo, siempre puedes echarle la culpa a que se antojaba difícil. Así, me engaño de nuevo y no termino de reconocer el dolor de tener la certeza de que acabaré sola, rodeada de perros y basura.

Escuchando Affinity, de Bill Evans & Toots Thielemans, se me pone un nudo en la garganta. No llego a llorar, pero sé que, si me esforzara, podría soltar un par de lágrimas. Hay muchas lágrimas que no he echado en la vida, que se han escondido en mi armario para seguir doliéndome de tanto en cuando. No lloré por Él, ni por ninguno de los otros Él que pasaron por mi vida. Ni siquiera cuando necesito ese abrazo mentiroso que diga "no estás sola". Ni siquiera cuando necesito que me mientan un "te quiero". No se me da bien llorar, como tampoco se me da bien esto de amar. Y, sin embargo, escuchando Affinity, de Bill Evans & Toots Thielemans, por un momento, se me ponen las lágrimas que nunca dejé escapar en la garganta. Sonrío. Pienso en Él, en Ellos, en mí. Quizá es sólo que hoy necesitaba una mentira con forma de hombre.

Recuerdo la dedicatoria que Toots hizo a su mujer, con su mirada dulce, con su inglés tierno. Recuerdo la mentira ridícula de Él, apretando mi mano como podría haber apretado la mano de cualquier otra. Y, acto seguido, me trago las lágrimas que asoman a mi garganta.

¡Qué jodidamente bueno es Toots Thielemans! De vez en cuando, es bueno someterse a esta ruleta rusa sentimental.

Jesús Quintero, el loco que sentía


Decidí que quería estudiar Periodismo el día que vi a Jesús Quintero entrevistar a un preso. No recuerdo mucho de aquel momento. Se me quedó grabada la historia, claro. Se trataba de un “correo” de cocaína. El crimen es lo de menos. El crimen siempre es lo de menos. Lo de más es el después. Lo de más es la vista atrás. Lo de más es la mirada amargada que no se arrepentirá nunca lo suficiente. No se trata de un sentimiento de culpabilidad, sino de la vergüenza de haber sido descubiertos. No se trata de vivir entre rejas, sino de no vivir en libertad. De no follar en libertad, de no comer, de no beber, de no fumar y de no leer como a cada cual le entre en gana.

Recuerdo a aquel señor que entrevistaba al preso. Se llamaba Jesús Quintero y, años más tarde, se hizo conocido por entrevistar al Risitas y al Cuñao.

Quintero es uno de esos periodistas con los que soñaban las niñas como yo. Tenía la voz rota de aguardiente y la garganta empapada en alcohol, sujetaba un cigarrillo y se follaba con la miraba a todas las mujeres (y también a todos los hombres) que entrevistaba.

La niña que yo fui un día quería ser de mayor como Quintero. La niña que yo fui un día quería tener rota la garganta de beber whisky y fumar un cigarro tras otro. La niña que fui quería follarse con la seducción de Quintero a todos sus entrevistados.
Los derroteros de la vida me colocaron en otro camino. No se me rompió la voz ni entrevisté nunca tan bien como lo hace “el loco de la colina”.

Hoy le vi un momento, de soslayo. Me tropecé con él después de ver una película. Entrevistaba a Rocío Jurado, que es una mujer que nunca me ha caído bien. Pero, cuando Quintero está delante de la cámara, una se queda ahí parada, detenida, expectante. Una no puede cambiar de canal. Porque una se acuerda de por qué quería hacer Periodismo. En estos tiempos en los que me dan vergüenza la mayoría de mis compañeros de profesión. En estos tiempos de Carmeles y de Jiménez Losantos... Una ve a Jesús Quintero, que está enamorado del flamenco, y se queda inmóvil, recordando por qué le pareció un día que el periodismo era la profesión más hermosa del mundo.

A Quintero le apasiona el flamenco, que es el jazz de los gitanos. El flamenco es el mismo sentimiento desgarrado, nómada, con olor a tierra y sudor. El flamenco se dio en la Andalucía de los gitanos y el jazz en el New Orleans de los negros. Pero ambas músicas tratan de llegar a los “adentros”. No se trata de entenderlas, sino de sentirlas. Y a Quintero se le pone la mirada melosa cuando un flamenquito le regala una “toná”. A Quintero se le escapa un “olé” y la sonrisa se le dibuja en sus entrañas. Y es que, Jesús Quintero, siente la música como si se tratara de la mejor de las amantes. Siente las entrevistas como si se tratara de un fandanguillo improvisado. Y es que, en esto de la vida, se trata de sentir las cosas. Por eso, hoy, me voy a la cama sabiendo que no me he equivocado de profesión. Nunca seré Quintero, pero es que los dioses viven en sus olimpos para que los humanos nos sintamos menos solos. Y Quintero, aunque le guste el flamenco más que el jazz, es uno de mis dioses.

Smoke, de Wayne Wang


La primera vez que vi Smoke, yo era una adolescente que soñaba con coger un tren que iba hacia el norte.

En el Teatro Ideal Cinema, mis amigos me guardaban una butaca para ver una película sobre el tabaco, la droga que todos empezábamos a consumir en aquellos años. La droga que, a día de hoy, vuelve a tornárseme prohibida.

La primera vez que vi Smoke, yo no sabía quién era Paul Auster ni Tom Waits. Y, sin embargo, aquella tarde, en aquel cine-teatro, me enamoré, por primera vez, de los dos.

Acabo de ver Smoke. Lo bueno que tiene vivir sola es que no debes consultar la programación televisiva del día. No has de organizar unas elecciones democráticas ni luchar contra las series y programitas que tienen enganchado a todo el mundo. Lo bueno de vivir sola es que enciendes la tele y enchufas el dvd. Después te tumbas en el sofá y te tapas con una manta. No has olvidado prepararte una cerveza y has sido cuidadosa de no dejar el paquete de tabaco lejos. Y, entonces, ya puedes adentrarte en el séptimo arte de un modo maravillosamente onanista.

Esta noche he visto Smoke de nuevo. Es curioso el modo que tiene de funcionar el recuerdo humano. Mi memoria había suplantado partes de la película y las había cambiado. Creía recordar una estética al principio, cuando cuentan la historia del peso del humo. Pero mi memoria me mentía. No recordaba Downtown Train, la canción de Tom Waits que suena en el bar donde celebran el cumpleaños de Rashid (Harold Perrineau), sólo recordaba vagamente a Waits en los títulos de crédito. La fabulosa Innocent When You Dream sonoriza el grandioso final, cuando Wayne Wang recrea el fabuloso cuento de Navidad que Auggie (Harvey Keitel) le regala al escritor Paul Benjamin (William Hurt), claro alter ego de mi amadísimo Paul Auster.

Acabo de ver Smoke, después de mucho tiempo. La muchacha que vio esta película hace diez años, en el Teatro Ideal Cinema, tiene que ver muy poco con la que, esta noche, escribe este post. Y, sin embargo, después de tanto tiempo, una vuelve a enamorarse de Tom Waits y de Paul Auster. Quizá nunca dejé de amarles. Quizá nunca dejaron de arañarme el alma y la vagina. Quizá es sólo que esta noche necesitaba una película como Smoke. Quizá es que nunca escriba nada tan bueno como el fabuloso cuento de Navidad de Auggie. Quizá es que hoy era mi noche Auster-Waits... Sólo sé que, en cuanto apague esta máquina, voy a tumbarme a leer "Trilogía de Nueva York". Será que me he quedado con ganas de más.

Retrospectiva a Charlie Parker y a un bar de Malasaña


Domingo de rebajas, en todos los sentidos.

Domingo de escapar de casa y gastar dinero y sonrisas.

La Fnac siempre me acoge con los brazos abiertos (y la lectora de la tarjeta de crédito a punto)

Así que hoy me di un caprichín. Porque me lo merecía. Porque lo necesitaba.

Hay mujeres que se dan caprichos en Zara.

Hay mujeres que se dan caprichos en una pastelería.

Yo me doy los míos en la tercera planta de la Fnac.

Charlie Parker. Rétrospective 1940-1953. Saga.

Saga es una casa francesa que lleva años colándose en mi salón.

Saben editar con gusto y elegancia. Y el jazz es cosa de gusto y elegancia.

Este cofrecito es un auténtico tesoro.

Tres cds en pequeñas fundas con dibujos de acuarela.

Los dos primeros se nutren de temas de la discografía oficial de Parker. Sin embargo, el tercero es una joya y una justificación de los 17,50 €. El tercer cd incluye actuaciones en directo y grabaciones particulares.

Junto a ellos, se presenta un libreto de 90 páginas (en francés e inglés) que incluye una introducción al artista y comentarios en todos los temas escritos por Daniel Huck, músico que ha seleccionado las canciones de esta impresionante edición.

Además, fotografías, etiquetas, carteles… donde una melómana como yo se pierde y desea no encontrarse nunca.

Charlie Parker es uno de mis músicos. Charlie Parker es parte de mi vida, de mis sueños, de mis lágrimas y de mis sonrisas sin motivo.

Charlie Parker es un trozo de historia, no sólo de la historia del jazz, sino de una humanidad, de un período concreto, de una generación perdida en pinchazos de heroína y notas robadas a un instrumento musical.

Charlie Parker es también el recuerdo de una noche en Malasaña, hace mil años, cuando yo vivía en otra ciudad más al norte, más fría y más antipática. Yo había venido de visita y empecé a charlar con un camarero de mirada pícara y lasciva.

“Mi músico favorito es Charlie Parker”, me dijo mientras me ponía un ron con coca cola.

“¿Por qué?”, le pregunté devolviéndole la sonrisa lasciva.

“Porque Parker es dios. Porque Bird es al jazz lo que Picasso es a la pintura del siglo XX”.

Después, me puso un disco, entre las protestas de clientes que esperaban rock español, y yo me quedé callada, perdida en su mirada que se buscaba a sí misma entre la magia de aquel disco.

Así que Charlie Parker es también ese momento en el que el jazz inundó aquel bar de Malasaña. Es también mi sensación de libertad al estar en Madrid y no en aquella ciudad más fría y antipática. Pero, sobre todo, es ponerlo y que él hable por sí solo. Ninguna explicación de aquel camarero ni de ningún crítico mundialmente afamado podía explicarme por qué es tan importante Bird. Bastó con poner un disco. Aquel Picasso del jazz me demostró el por qué aquella noche.

Pero si, además, el disco que pones de Bird es de una belleza como el pequeño cofre que compré hoy, la sensación roza el orgasmo visual.

Así que hoy, domingo de rebajas, en todos los sentidos, me compré un caprichín que me acompaña, ahora, mientras escribo estas letras insomnes y ebrias.

Azul y jazz



Kind of Blue; Rhapsody in Blue; Black and Blue; Blue Train; el sello Blue Note...
Azul.
Azul y jazz.
El azul es el color de la melancolía. La melancolía de los esclavos negros que, mucho antes de que naciera el jazz, ya tenían sus "blue devils". Los demonios azules servían para señalar el estado de melancolía de los esclavos negros.
Los músicos de blues nos hablan de las "blue notes", unas notas que llegan a ser casi una desfinación y que provocaban un cierto desasosiego en los dueños de las plantaciones. Las "blue notes" pasaron al jazz y, en ciertas piezas, una se apodera de la melancolía del músico, del desasosiego del dueño de la plantación.
Azul.
Azul y jazz.
El jazz es una ruta alternativa para escapar del sufrimiento.
El jazz como canción para huir del desamor, del racismo, de la soledad...
El azul melancólico. El azul frío. El azul elegante.
El azul arrogante de Miles Davis al tocar de espaldas al público.
Azul.
Blue.
Kind of blue.
¿Por qué es tan importante ese disco en la historia del jazz? – me preguntó un amigo una vez.
Más allá de ser la constatación del Cool Jazz. Más allá de ser el disco más vendido en la historia del jazz. Más allá de que, por primera vez, aparecieran todos los nombres de los músicos en la portada. Más allá de todo esto, expresa a la perfección el tipo de azul que hay dentro del jazz. Una escucha el disco y pasa por todos los estados de ánimo que han rodeado al maravilloso mundo del jazz. Y es que, el jazz, es mucho más que un tipo de música, es mucho más que un tipo de azul. Se tiene, o no se tiene. Al final de todo, se trata de eso, de tener o no tener "blue", de tener o no tener "jazz".

La Sangría de las Cuevas del Sésamo




La Resaca.
La madre de todas las resacas.
Los reyes no vinieron anoche a casa. He debido hacer algo mal y me han dejado carbón.
Carbón resacoso.
Anoche ya sabía que los reyes no harían escala en mi cama, así que mis amigos Aarón y Juanqui me llevaron de borrachera.
Las Cuevas del Sésamo.
Cuatro jarras de sangría mágica y mucho tabaco (son señores listos y han decidido que se pueda fumar).
Aarón me acariciaba el pelo cuando me notaba el alcohol-tontorrón.
Juanqui me arrancaba risas y me hacía sentir que no había ninguna compañía mejor.
Mucho jazz no es que hubiera. Lo más parecido, una versión muy libre del pianista de "El tiempo pasará" (el tema de "Casablanca")
¿Sangría con ingredientes mágicos? Pues que sean cuatro jarras, una detrás de otra.
El camarero ya nos advirtió al pedir la tercera. "Una por cabeza es borrachera. Más, salir a gatas".
A gatas no salimos, pero sí a saltitos. Saltito a saltito hasta llegar a otro pub.
Brugal con coca cola.
Borrachera quita vergüenzas. Bailamos y cantamos canciones que, sobrios, no admitiríamos sabernos.
No recuerdo muy bien cómo llegué a casa. Sé que fue en taxi. Pero no recuerdo demasiado.
Lo dicho, los reyes me han traído una buena resaca (y la confirmación, una vez más, de que tengo los mejores amigos del mundo)

Insomnio y Medianoche en el Jardín del Bien y del Mal



Son las seis y media de la madrugada y acabo de ver por enésima vez "Medianoche en el Jardín del Bien y del Mal" (Midnight in the Garden of Good and Evil). Dirigida por Clint Eastwood y protagonizada por John Cusack, Kevin Spacey, Jude Law, Alison Eastwood (la hija actriz que siempre sale en Trivial Pursuit y a la que nunca recordamos).
Se trata de una película de Clint Eastwood que no me canso de ver. Ya he hablado aquí del "último" director clásico. Ya he hablado de lo mucho que me gusta su forma de contar historias, su elegancia al enfocar la cámara, su estética musical...

Como esta noche tocaba insomnio, pasada la una de la madrugada, puse "Space Cowboys", película de Eastwood sobre cuatro viejetes que son mandados al espacio. Lo que pretende ser una comedieta fácil y comercial, acaba llevando su sello, aunque sólo sea por la banda sonora jazzera. Y es que sólo se le puede ocurrir al gran Clint Eastwood. No deja de parecer una coña que se musicalice una película de astronautas con "Fly Me to the Moon (In other words)" en una versión de Frank Sinatra y Count Basie. Y, sin embargo, al terminar la cinta, no podía parar de canturrear el tema. Se me ha metido en la sien.

A eso de las tres y media de la madrugada, seguía con los ojos abiertos como platos. Busqué entre mis películas y finalmente me decidí por una del mismo director, Medianoche en el Jardín del Bien y del Mal, una de mis cintas favoritas.

A lo largo de dos horas y media, desfilan ante el televisor una serie de personajes esperpénticos de Savannah. Una vieja bruja de vudú, un hombre que pasea una correa sin perro, un nuevo rico homosexual, coleccionista de arte, una travesti amante del escándalo, un ocupa que antaño fue abogado,... Y como Eastwood es quien firma la cinta, la banda sonora se nutre de temas de Johnny Mercer, que se convierte en un "personaje" más de la película por haber nacido en Savannah. Mercer fue un vocalista y compositor de jazz que tiene, entre sus más "conocidas" hazañas, el haber compuesto junto a Henry Mancini el impresionante "Moon River" de "Desayuno con Diamantes".

Así que estamos ante una película de "personajes", con una estética sencillamente acojonante, con una fotografía mágica, un guión muy bien hilado, con dos horas y media que no llegan a cansar ni en un solo instante... y llena de jazz. Son las siete menos cuarto de la madrugada. Sigo sin tener sueño. Tengo el Fly me to the Moon grabado en la sesera. Hacía tiempo que no se me quedaba tan buen sabor de boca. En noches como ésta, recuerdo por qué quiero dedicar mi carrera académica al séptimo arte. Y es que el cine, el buen cine, a veces está a la altura del mejor de los amantes. Además, el buen cine nunca te deja a medias, ni te pone los cuernos, ni te monta una bronca absurda.

Sé que debería dormir. Pero creo que me voy a poner música, me voy a tumbar en la cama y esperaré a que los ojos se me cierren plácidamente, ensimismados aún en los fotogramas de "Medianoche en el Jardín del Bien y del Mal" y de los temas de Johnny Mercer.

Pd. En una parte de la película, el personaje de John Cusack, escritor enviado a cubrir una fiesta de Navidad, le dice a su agente por teléfono: "Aquí la gente pasea cadenas sin perro, la gente bebe y va armada todo el tiempo. Me quedo. Nueva York es aburrido". Así que habrá que plantearse añadir Savannah a mi lista de lugares para perderse una temporada.

Divagaciones nocturnas con tabaco, ron, Billie Holiday y su Don't Explain

La gran Billie Holiday


Son casi las cuatro de la madrugada.
Ya es dos de enero, un día que supuestamente iba a traerme mucha felicidad.
Segundo cubata de ron.
Sonrío.
Recuerdo aquellos días en los que no entendía a la gente que bebía sola.
Vuelvo a sonreír.
Cojo la copa y vuelvo a beber.
Enciendo un cigarro.
Suena por tercera vez el disco “Don’t Explain” de Billie Holiday. La canción que da título al álbum nos muestra esa voz que se ganó la etiqueta de ser la más triste y auténtica del jazz. Cuando sacó este tema, hacía poco tiempo que se había casado con el trompetista Joe Guy que, como ella, era adicto a la heroína.
La voz triste se desliza entre mi copa de ron, el cenicero humeante y el salón tan lleno de desorden y de ausencia.
La canción que da título al disco se me queda balanceando en la sien. En ella, le pide a su pareja que no le explique nada. Le ruega que no le explique por qué tiene marcas de pintalabios. Le dice que ella es feliz porque él ha regresado.
Y vuelvo a sonreír. Porque las sonrisas, algunas veces, son tan amargas que sólo sirven para camuflar la tenia solitaria que nos está devorando las entrañas.
Otro cigarro y otro trago a mi copa.
Billie me acompaña esta noche. La gran Billie Holiday. ¡Qué vida más miserable tuvo! A veces me he preguntado por qué todos los mitos del jazz han sido tan desgraciados. A veces me he preguntado si se es un genio por tener una existencia desdichada o si, por el contrario, se vive infelizmente por ser una divinidad. Supongo que es un trabalenguas que a nadie le importa. Supongo que todo se resume en la misma idea prehistórica: vivir o sobrevivir. Vivir duele, claro. Por eso la mayoría de la gente se limita a sobrevivir. Siempre he despreciado a este grupo. Siempre me han dado una pena terrible las personas que se plantaban en mitad del mundo con el deseo de no hacer mucho ruido, con la esperanza de que la vida pasara por ellos sin darles mucho por culo. Los sigo despreciando y no merecen mi respeto. Prefiero mil veces a una persona que Llore, que Ría, que Ame, que Beba, que se Drogue, que Folle, que Escriba, que Cocine, que Juegue, que Escuche Música, que se Emocione… (todo con mayúsculas) que a una persona que se conforma con lo que le ha tocado, que no arriesga guatemala por miedo a caer en guatepeor, que no persigue sus sueños, que se duerme a las doce y que folla un día a la semana, acaso al mes, con su pareja. Bueno, uso el verbo follar pero en realidad quiero decir que copula un poquito, más por compromiso que por apetencia. Desprecio a las personas que escuchan la música que les han dicho que mola, sin emocionarse ni entender un solo acorde. Me dan nauseas los lectores de Jorge Bucay, del Código DaVinci, de Lucía Etxebarría… porque leen esa pseudoliteratura de Metro que leen todas las fotocopias humanas que se sientan junto a ellos.
Me quedo con Billie Holiday, con su existencia angustiada, con su penosa muerte. Me quedo con ella porque, a pesar de todo, se esmeró mucho en Vivir la Vida. Le echó todos los cojones que no tenía para no ser una puta fotocopia que sobrevive inmersa en las rutinas del hogar, del trabajo, de la pareja con la que se folla para que no se mosquee demasiado…
Quizá hoy me ha salido el ron por unos derroteros extraños. Quizá hoy he mezclado a Peter Pan con Charles Bukowski y con Ingmar Bergman. Pero no, hoy no tolero a ningún ser humano de vida cómoda. Hoy prefiero a aquella Billie Holiday patética en su lecho de muerte. Mientras agonizaba, unos policías intentaban esposarla acusándola de consumo de heroína. Y no, no estoy de acuerdo con las drogas. No vaya a equivocarse ningún lector distraído. Es sólo que mientras canta aquel “Don’t Explain” con su voz triste, yo sólo puedo solidarizarme con ella. Quizá nadie entienda que una mujer, con dignidad y ovarios, cante esa letra. Sobre todo las pseudofeministas que han inundado este mundo nuestro que va de mal en peor. Las pseudofeministas tienen mucha dignidad, mucho orgullo y unos cuantos conceptos mal entendidos. Las pseudofeministas manchan el nombre de las mujeres que sí tienen algo que aportar. A estas pseudofeministas es muy difícil explicarles, porque no quieren escucharlo, lo grande que era Billie Holiday en sus momentos más miserables. Y tampoco sé si vale la pena.

Sin más, les dejo con la letra de “Don’t Explain”. A mí me parece grandiosa, no sé a ustedes. Porque, cuando se Ama, no quieres explicaciones de lápiz de labios en la camisa. Cuando se Ama, no follas por compromiso una vez al mes. Cuando se Ama, ay, la Felicidad llega al oír el timbre de la puerta.

Hush now, don't explain Cállate ahora, no me expliques
Just say you'll remain Sólo dime que vas a quedarte
I'm glad your back, don't explain Estoy encantada de que hayas vuelto, no me expliques

Quiet, don't explain Tranquilo, no me expliques
What is there to gain Qué es para ganar tiempo
Skip that lipstick Omite ese lápiz de labios
Don't explain No me expliques

You know that I love you Tú sabes que te amo
And that love endures Y ese amor aguanta
All my thoughts are of you Todos mis pensamientos son sobre ti
For I'm so completely yours De modo que soy totalmente tuya

Cry to hear folks chatter Lloro al oír a la gente cotillear
And I know you cheat Y sé que tú me engañas
Right or wrong, don't matter Acierto o equivocación, no te preocupes
When you're with me, sweet Cuando estás conmigo, cariño

Hush now, don't explain Ahora cállate, no me expliques
You're my joy and pain Tú eres mi alegría y mi pena
My life's yours love Mi vida es tu amor
Don't explain No me expliques


Pd. Mi inglés es pésimo. Así que pido perdón por la traducción. Pero pensé que era mejor traducirla, aunque fuera mal, para que se entendiera el porqué de este post.