Entre copas y cigarros


Tengo un lugar que no existe.
Al principio, fue el estante de una librería cuyas paredes nadie podía tocar.
Después, fue un mueble entero en el que el polvo nunca se posaba.

Tengo un lugar que no existe y que ha ido creciendo con el tiempo, como si fuera un ser humano. Primero salen los dientes de leche, luego se caen y salen otros. Salen espinillas que también acaban yéndose, pero casi siempre crece.

Tengo un lugar secreto en el que coloco las películas, libros y discos que hacen del mundo un lugar más vivible.
Tengo un lugar que ya es casi una casa, habitable, placentera y también, a veces, cruel y despiadada.
Con respecto al espacio habitado por el séptimo arte, he de reconocer que coloqué películas que luego acabé quitando. Y es que, muchas de las que me emocionaron en el cine, no sobrevivieron a un segundo visionado. Muchas, incluso, no superaron la digestión de los días posteriores. Y luego están las que no guardé en un primer momento y, con el paso del tiempo, al volver a verlas, las meto corriendo para que nadie me las quite.

Anoche me senté con mi padre en el salón de su casa sureña. Me gusta agotar el tiempo sentada junto a él, como cuando era pequeña y me zambullía en sus rodillas. En aquel tiempo, veíamos cintas en blanco y negro en el vídeo Beta. En aquel tiempo, el mundo estaba habitado por mujeres muertas que se le presentaban a pintores para devolverles la inspiración. En aquel tiempo, el mundo tenía la banda sonora del pianista Sam, todas las enfermedades de Woody Allen y el cinismo de Humphrey Bogart. Mi padre estaba enamorado de la mirada de Jacqueline Bisset y yo soñaba con convertirme en la mujer que se quitaba un guante negro mientras cantaba, insolente, su "Put the blame on mame boys, put the blame on mame..."

De vez en cuando, vuelvo a bajar a ese sur que tenía un mundo habitado por celuloide y fotogramas. El salón, donde estaba el sillón en el que mi padre me refugiaba en sus rodillas, cambió de tamaño y de calle, pero yo hago como que no me he dado cuenta. Ya no me siento encima de sus piernas, cansadas y artríticas de tantas noches trabajando. Me siento a su lado y los dos fumamos con nuestra copa al lado. Ya no soy la niña que le pedía, cuando la película acababa mal, que la rebobinara y la colocara justo antes de que la protagonista muriera a manos de los nazis malvados. Y él ya no es el padre que grababa en un magnetófono las canciones que me inventaba sobre las melodías de aquellas películas. Pero, en cierto sentido, seguimos siendo los mismos. Yo sigo queriendo parecerme a aquella mujer que se quitaba un guante negro y cantaba "Put the blame on mame boys, put the blame on mame..." y él no ha superado todavía el miedo atroz que le consume, el miedo a sobrevivir a alguno de sus hijos.

Anoche, los dos nos sentamos en aquel salón mitológico de mi infancia. Él se sirvió una copa de Moscatel y yo una de Baileys. Le dije "papi, te voy a poner una película que te va a gustar". Y es que, cuando acumulas varias decepciones cinematográficas, como los vaqueros gays e insufribles, como la Munich que insultó mi inteligencia, como la demagoga Crash (y no voy a nombrar aquí el cine español_perroflautil_pseudopolítico_cutre_casposo_demagogo), necesitas volver a creer en la pulsión escópica. Y, así, sin más, puse el dvd de Sideways (Entre Copas).

Recuerdo que, a mitad de película, mientras llenábamos el cenicero de colillas, mi padre se rió y dijo "no me importaría que durara diez horas". Ver cine con mi padre es una gozada, aunque sólo sea porque entiende esas bromas_hachazos metidas entre líneas. Y, desengañémonos, no todo el mundo es capaz de eso.

Sideways es una película sublime por varias razones. En primer lugar, porque tiene un guión inteligente y lúcido. Cuando crees que te están hablando de tipos de vino, sabes que te están contando cómo somos los seres humanos y qué cuidados necesitamos. Cuando te quieren contar una borrachera en un restaurante, te hacen un montaje tan agobiante que, aunque no hayas bebido, sientes la misma borrachera dolorosa y amarga del genial Paul Giamatti. También porque la escena en la hamburguesería es tremenda y te da ese par de hostias que todos buscamos de vez en cuando. Además, está llena de jazz, de buen jazz que se cuela tímido por debajo de las frases y de los silencios, que viste las cortinillas y los cambios de escena. Pero es que, además, cuando creías que no había forma de poner un prado al anochecer sin caer en el tópico, te encuentras con la fotografía de Sideways y exclamas un "joder" seco y solitario. Porque, cuando ves Sideways, no hay nada más que añadir. Te quedas ahí rumiándola, como si saborearas el poso sólido de un buen vino añejo.

Así que, cuando empezaron a salir los títulos de crédito, volví a ser por un momento la niña que fui un día. Agarré la película con ansia y la metí en mi lugar secreto, ese que nadie puede tocar porque no es un lugar físico ni localizable en ningún mapa. Y, asegurándome de que se quedara bien guardada, la metí dentro con una sonrisa feliz dibujada en la retina.

4 comentarios:

josé miguel dijo...

Sin palabras.

Qué mas puedo decir.

Que besos mil.

Erradizo dijo...

José Miguel, veo que te pasa lo mismo que a mi, después de leer a Olvido siempre le doy vueltas a la cabeza sobre que comentar, pero solo me vienen a la cabeza dos palabras:

maravilloso post

besos guapa

Olvido A. dijo...

Y luego me dirán que no se puede querer a unas personas a las que nunca has visto, olido, escuchado ni tocado.
Y luego me dirán que cómo se puede ser adicta a dos seres humanos a los que sólo conoces mediante posts y comments.
Y luego me dirán...
Pero es que, cuando dos personas me miman como me mimáis vosotros, cuando dos personas tienen la palabra amable que no tienen las personas que sí me han olido, que sí me han visto, que sí me han escuchado (y hasta, en algunos casos, desnudado)... Cuando todo eso pasa, pienso en vosotros dos, José Miguel y Roberto, y pienso que, lo que luego me dirán, me resbalará indiferente por la axila derecha.
Muchos besos a los dos. Y gracias. Sin que lo hubierais sabido, hoy acabó siendo un día difícil, pero ahí estabais vosotros dos, mis pequeños, los niños de mis ojos, para traer los mimos que tanto necesitaba.

Anónimo dijo...

Genial como siempre, Olvido.

Una auténtica preciosidad.

Saludos,

Jose M.