Los doce deseos para 2007


Dentro de unas pocas horas, mi padre empezará a decir aquello de "a ver, ¿tenéis todos bien contadas las uvas?, que van a empezar los cuartos". Me equivocaré, como todos los años, y me comeré la primera uva antes de la primera campanada. Seguramente, no seré capaz de pedir los 12 deseos, porque me aturullaré y no seré capaz de hacer las dos cosas al mismo tiempo.

Dentro de unas pocas horas, acabará un año que ha sido intenso, en todos los sentidos. Perdí mi trabajo de profesora, que me daba la vida. Estuve a punto de tirar la toalla con el hombre de mi vida atado a una hipoteca. Vi en directo a Kenny Barron, a Ron Carter, a los Blues Brothers Band, a Richard Galliano con Gary Burton, Al Foster, a Jerry González y a Dee Dee Bridgewater. Sentí, de nuevo, la pulsión escópica con Capote, Factotum, con La Dalia Negra, con Scoop, con Gracias por fumar, con El Señor de la Guerra y, por supuesto, con El Tigre y la Nieve. Me perdí en las palabras que me hubiera gustado escribir a mí y que, sin embargo, firmaron Paul Auster, Antonio Muñoz Molina o James Ellroy. Pasé horas y horas escuchando los cds que me compré y también los que me bajé de San Emule, como el último de la Krall o la joyita que me compré en la Fnac en la que los tres Marsalis interpretaban los temas de Charlie Brown.

Espero que 2007, y no es un tópico, sea mejor aún que este año que se acabará en apenas unas horas. Las doce uvas, que son sólo una excusa histórica de cosechas sobrantes, vienen con mis doce deseos para el año que comienza (de puta madre, por cierto, con El Hombre a un lado y mis padres al otro, ¿quién me lo hubiera dicho hace apenas 12 meses?).

No quiero que se me olvide ninguno cuando, en la tele, el presentador de turno me aturulle con las campanadas. Por ello y porque chica precavida vale por dos, los dejaré escritos en este pequeño diario virtual.

Primera uva: el año pasado hubo momentos malos y momentos buenos junto a El Hombre. Que este año, que empezará brindando junto a él y junto a mis padres, nos depare la constatación de que no me equivocaba cuando le llamaba El Hombre.

Segunda uva: que en la resolución del Rector de la Carlos III, mi nombre aparezca junto a "Profesor Ayudante de Narrativa Audiovisual".

Tercera: que la Nikon D70 tenga un arreglo fácil y económico.

Cuarta: que en julio, al defender mi Tesina, el Tribunal me haga la pelota y no me hunda en la miseria.

Quinta: que Winton Marsalis venga a Madrid.

Sexta uva: poder ir al New Orleans Jazz Fest.

Séptima: acabar la novela que tengo estancada en la página 82.

Octava: hacer una quedada con mis blogueros favoritos para ver un buen concierto en el Festival de Jazz de San Javier.

Novena uva: disfrutar más del último curso del Máster de Cine y hacer un buen trabajo con la Memoria.

Décima: encontrar en un mercadillo una buena edición en vinilo del Kind Of Blue.

Décimoprimera: que Tom Waits haga escala en España para presentar Orphans.

Decimosegunda: Seguir derramando letras en este blog que empezó casi como un experimento casual y que tú, por supuesto, sigas leyéndolas. Feliz Año Nuevo, de verdad.

Cuento de Navidad en cinco capítulos


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Anoche, las familias de bien, aquellas que se han creído eso de que no hay ningún tipo de crisis económica, ocupaban el centro de Madrid. Cerraban las tiendas, a las que habían ido, sin duda, a buscar a un Rey Mago que quisiera hacerse cargo de los deseos de los hijos, sobrinos, nietos o vecinos. Colapsaban las calles, con su felicidad navideña, aguantando las incomodidades con la dulce sensación de la musiquita de campanitas celestiales y las luces que adornan las calles en estas fechas.

Era, pues, la típica noche navideña, de esas que son un lugar común en las películas hollywoodienses. Ya sabéis, de esas que se nos muestran con un dulce villancico jazzero_comercial de fondo. Imagen ralentizada. Una pareja de guapos sonriendo, cargados de bolsas y de paquetes, con la nievecita de papel cayendo ante los ojos del espectador. Si no hubiera sido así, este post no sería un cuento de Navidad en cinco capítulos.


-2-


Mientras un atasco humano saturaba el centro de la capital, un hecho insólito ocurría al otro lado de la ciudad. En el zoológico de la Casa de Campo, un vigilante decidía dejar en libertad a una especie animal que, si bien no resultan peligrosos, sí es de sobra conocido que deben permanecer en cautividad por el bien de la sociedad. Pero la magia de la Navidad llegó también al corazoncito de aquel vigilante. De otra forma, no podría explicarse tal nivel de inconsciencia.

Así, antes de irse a Móstoles, donde su mujer le aguardaba con la cena preparada y la bata de boatiné encajada, abrió la jaula de los popies. Sin embargo, se olvidó de quitarles el hilo musical donde sonaba el cd de Benicassim 2006. Desde su encierro, los responsables del zoo decidieron que sería más espectacular ponerles este tipo de música. Así, bailarían ante los niños y recibirían gominolas desde el otro lado de la reja.

Lo normal es que los popies hubieran estado concentrados con los comics japoneses, las películas de Antonioni o con los solitarios orientales que, con una decisión acertada, se habían dejado a su alcance. Sin embargo, vaya usted a saber por qué, uno de los popies leía con especial ahínco el EP3 del viernes pasado donde, como una curiosidad macabra, algún redactor despistado había cambiado “Concierto de Björk” por “Jam Session de Blues”. Así, el popie lector, al ver que el vigilante les abría la jaula, se acercó al resto de la manada y les propuso hacer una excursión.


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Al mismo tiempo, una muchachita sorteaba con un amigo las calles del centro para llegar hasta un club de jazz. Habían programado una jam de blues y, puesto que su amigo no soportaba demasiado el jazz pero sí el blues, era una opción más que apetecible para una noche navideña y vacacional.

Cervezas para aliviar la sequedad y la consecuente antropofobia ante tanto Cortilandia y tanto regalito navideño. Tostas y huevos estrellados (que para algo la muchachita es andaluza). Y, por fin, el club de jazz.

-4-


Nadie podía prever que una manada salvaje de popies iba a dar un Golpe de Estado para instalarse en el Bogui Jazz. Tampoco podía nadie imaginar que los pequeños aprendices de pinipón, con sus pelos entre lo afro y lo cardado a lo démodé, iban a adaptar los bailes de Benicassim a aquella música que emergía de los trombones, la guitarra, los saxos, la batería, el bajo y la armónica. Y, sin embargo, así sucedió, con el respectivo odio de los asistentes habituales que, simplemente, van a beberse una copa mientras escuchan música que, si no muy buena, sí es ilusionada.

Así que allí estaban los popies, dispuestos a quedarse, comparando ciertos acordes con el disco aquel de Portishead o aquella canción de Chemical Brothers (si es que existe una comparación posible sin castigo a garrote vil incorporado).

-5-


En Navidad todo es posible. Lo sabe muy bien Tim Burton, que está pensando en hacer una película con estética mágica sobre la manada de popies que acaban en un concierto de blues.

Es posible hasta que una muchachita, a la que le encanta el Bogui Jazz, salga de allí con un odio declarado a la humanidad. Pensando en que, cuando monte su propio club de jazz, pondrá a la entrada un cartel que diga “RESERVADO EL DERECHO DE ADMISIÓN” y un portero negro de dos metros que, al ver a un posible espectador con una chapita de estética guay o unas gafas a lo Isabel Coixet, directamente, sin previo aviso, saque un bate de béisbol y le invite a meterse en la discoteca de al lado, donde seguramente, pinchen a Morcheeba o a Belle & Sebastian. Ellos podrán hacer sus bailecitos benicassimianos y los músicos podrán tocar sin tener la sensación de ser la portada del Rock The Luxe.

Por el orgasmo global


Los que lleváis leyéndome algún tiempo, sabéis que no me gustan las manifestaciones perroflautiles, en ninguna de sus acepciones: ni pseudofeministas por el derecho a ser mujer castradora, ni ecologistas por la prohibición de la carne a la brasa, ni pseudohippies por la posibilidad de llevar el tantan pegado al culo con superglue. También sabéis que me gustan mucho menos todas aquellas manifestaciones que tengan la posibilidad de ser retransmitidas por TelePP (también llamada Telemadrid): ni las de los cabezones unineuronales por poder llevar banderitas al Valle de los Caídos, ni la reunión de clero, Cope y fascistas varios para discutir, cual miembros de la Real Academia, la raíz etimológica de la palabra "matrimonio" o la irremediable segunda guerra civil a causa de quitar la religión de las escuelas.

Odio las manifestaciones en cualquiera de sus acepciones. En primer lugar, porque creo que no sirven para nada. En segundo lugar, porque causan atascos humanos y eso conlleva una molestia para la gente inocente que, como yo, pretenden llegar a un cine del centro, a una Fnac o a cualquier otro sitio. En tercer lugar, porque la gente sólo se manifiesta cuando hay una televisión o un periódico para "sacarles en la foto". Y, en cuarto lugar, porque el manifestante es un individuo - proyecto de extremista - que lleva intrínseca la condición de "salvador del mundo" (y no hay cosa peor que un extremista que "consigue" salvar a los demás, a la historia me remito: Stalin, Pinochet, Bush, Bin Laden, Castro, Hitler, Joseph McCarthy...).

Pero a pesar de todo lo expuesto, dentro de unas horas me pondré un disco de Miles (que me pone mucho) y me uniré a una manifestación global. No para conseguir la paz ni el amor. Sino porque es una excusa como cualquier otra para relajarse y disfrutar. Siempre he dicho que el jazz (la música en general) tiene para mí un alto componente sexual. De modo que, esta noche, tras una suculenta cena que anda preparándome El Hombre, ambos nos iremos a buscar ese "orgasmo global". No para conseguir la paz en Oriente Medio ni el fin del trabajo infantil en Latinoamérica. Sólo porque sí. Porque nos hace gracia pensar que, en el momento en el que yo esté gimiendo mi tercer orgasmo, otras mujeres estarán gimiendo el suyo. Y es que, si folláramos más, estaríamos de mejor humor. Y esto no es una hipótesis, sino una verdad universal. Así que, queridos míos, "Let's fuck it up, boys".

Sobre lo cojonudo que es vivir en Madrid (a pesar de Gallardón)



Mis amigos de Madrid se olvidan, a menudo, de las ventajas que tiene esto de vivir en la capital del reino. Ni siquiera me refiero a los de tercera o cuarta generación (entre otras cosas porque creo que no conozco a ninguno). Me refiero a los amigos que aprendieron a decir su primera palabra (tal vez un balbuceo parecido a "mamá") siendo paseados en sus carricoches por la Gran Vía. Han pasado aquí toda su vida y asumen con normalidad y desinterés que haya cines en versión original repartidos por toda la ciudad. Ven normal que pueda verse "La Dalia Negra" a las 12.15 de la noche en versión original y que, al salir, se puedan hasta tomar unas cañas en un bar picalagartos y no en un "pub".

Yo, que me crié en un pueblo en el que había un cine de una única sala y dos videoclubs, me sigo maravillando con estas cosas. No importa el tiempo que lleve aquí. Al final, siempre me queda la sensación de la magnanimidad de Madrid y la comparación odiosa con el pueblo del sur en el que había mucha más alegría pero mucha menos cultura. A veces lo echo de menos, aunque sólo sea por la expectación que causaba cualquier cosa. Si había una exposición de un artista local (sí, de un "artista" del pueblo), las mujeres se ponían su abriguito de bisón (a mi pueblo no llegaron nunca los barcos de Greenpeace porque está situado entre cerros y El País no iba a ir hasta allí para sacarles la foto), se cogían del brazo de un marido con corbata y se iban a ver el acontecimiento de la semana (o del mes). Cuando el Ideal Cinema estrenaba película, que podía ser de una calidad infrahumana, los niños berreábamos hasta que nos compraban una entrada. Era otro modo de vivir las cosas. Supongo que ocurre igual con todo. La cantidad ingente de información sólo consigue desinformarnos (aunque esto es sólo una frase demagoga de individua licenciada en Periodismo).

Mis amigos se olvidan de que Madrid te ofrece, en el mismo día, una obra de teatro cojonuda, un restaurante exótico, una sesión nocturna de buen cine, una cena de madrugada en La Farfala y, después, un concierto de buen jazz clasicote en El Populart. De modo que, al final, los que nacieron aquí acaban por hacer lo mismo que podrían hacer en el pueblo en el que me crié. Se van a su "pub", se llenan el cuerpo de garrafón y le dan patadas borrachas a las papeleras. Eso hacían unos chavales con los que podría haber coincidido en alguna clase de la universidad cuando, a las tres de la madrugada, después de digerir "La Dalia Negra" y compararla inevitablemente con el magistral libro de Ellroy, volvía a casa en el búho. Y es que, en el pueblo en el que me crié no había ni búhos, ni metros, ni ningún tipo de transporte público diferente a las propias piernas o al taxi del padre de mi amiga Esther, un borrachín al que siempre podías encontrar en el bar "La Paloma". Llegabas, te tomabas una caña con él y, después, si eso, ya te acercaba al pueblo al que necesitabas ir. Era otro modo de entender las cosas. Por eso me sigo maravillando con Madrid y por eso canturreo a veces, en la ducha, aquello de "Cuando vayas a Madrid chulona mía / voy a hacerte emperatriz de Lavapiés / a alfombrarte con claveles la Gran Vía / y a bañarte con vinillo de Jerez. / En Chicote un agasajo postinero / con la crema de la intelectualidad / y la gracia de un piropo retrechero / más castizo que la calle de Alcalá. / Madrid, Madrid, Madrid..."

Me he apuntado




A los premios de los blogs de 20 Minutos.

No voy a decir que no me gustaría ganar. Todos los que escribimos (en un blog, en un cuaderno de papel, en nuestro ego) soñamos con el triunfo. Supongo que todos habéis visto The Commitments (y si no, ya sabéis lo que toca) y todos os habéis reído con aquellas entrevistas ficticias que se autorealizaba el grandioso personaje de Jimmy Rabbitte. Los que escribimos también nos reímos, pero como se ríe uno ante una imitación demasiado cruel de sí mismo.

De todas formas sí voy a decir que, más que con ganar, fantaseo con que me lean en 20 Minutos y a algún directivo se le ocurra contratarme para escribir sobre jazz, o sobre cine, o sobre mi ombligo. Eso sí sería un buen premio.

Pero al margen de utopías ombligueras, quería escribir este post porque hay de plazo para apuntarse hasta el 20 de diciembre y, cuando pones jazz en su buscador, sólo aparecen tres blogs (y sólo uno va de jazz, el mío).

Pues eso, amigos, que hoy tenía el día prepotente y me he apuntado a esta movidilla. A ver si me hacéis compañía y vamos todos a la gala de la entrega de estatuillas (aunque sólo sea por cogernos una buena cogorcilla a ritmo de jazz).


Balada para mi muerte

De lo mucho que me gusta Astor Piazzolla, ya he hablado algunas veces.
De lo buena que es Mina, ya han dejado constancia en Jácaras Reales.
En cambio, de cómo conocí esta canción, no sé a ciencia cierta si he escrito alguna vez.

No hace demasiado tiempo. Yo acaba de firmar mi primer contrato en la universidad en la que había estudiado y mi mejor amigo se matriculaba en el último curso. En algún momento, decidimos que sería una buena idea hacer un programa de radio no apto para los estudiantes hormonados ni para las niñas que fingían hacer una carrera. Cada semana cogíamos un tema y lo desarrollábamos con canciones, textos, fragmentos de películas... Era una culturetada en toda regla, pero había una sección en la que siempre ridiculizábamos a Ramoncín. Sólo por ella, merecía la pena hacer "Mientras el mundo duerme", que era el título del programa y un verso robado a Tom Waits.

El primer programa iba a ir sobre la muerte. De modo que puse esa palabra en san emule y, cuando vi Piazzolla, hice el doble click discriminando otras muchas canciones que, por otra parte, tenían muchísima peor pinta.

Creo que hay canciones que escuchamos y luego hay canciones que nos escuchan a nosotros. O quizá acabo de soltar una auténtica gilipollez. No lo sé. Pero yo creo que hay partituras que se nos quedan ahí, estancadas, como cuando un vinilo se nos rallaba y la aguja bailaba encerrada en la marca del long play. No sé si me entendéis. Pero, de alguna manera, hay canciones que nos estrujan las vísceras, que nos chasquean los dedos detrás de la nuca y, al mirar, vemos la silueta transparente de la locura. Sólo entonces, sabemos que esa canción ha venido para quedarse, o para vaciarnos, o para decirnos que nuestra demencia, de tanto en cuando, viene vestida de femme fatale para tumbarse a nuestro lado.

Algo parecido me pasó con la Balada para mi muerte interpretada por Mina. Que se me quedó ahí, arañándome mi templanza. Luego, la vi en el video que os pongo. Mina va vestida de muerte, con la silueta afilada y el maquillaje de la parca. Piazzolla, por su parte, agacha la cabeza en la certeza de su hora. Lo ves interpretando su canción como si de verdad fueran a caer las seis y como si realmente fuera a dejarse sin beber la última copa de whisky. Y, entonces, oyes los dedos que chasquean en tu nuca. Te das la vuelta y ahí está.


Se acerca la Navidad

Se va acercando la Navidad y, por eso, la ciudad se llena de luces modelo puticlub, idiotas con móvil sacándole fotos a dichas luces en la Puerta del Sol y discos soporíferos de folclóricas por villancicos.

Se va acercando la Navidad y, con ella, las telemaratones para apadrinar niños de Guatemala, galas musicales donde Bisbal podrá demostrar lo necesario que es ayudar a la fundación para la integración laboral de los border line y reposiciones de las laureadas obras maestras "Un novio por Navidad", "Un perro por Navidad" y "Una carta por Navidad".

Se va acercando y, mientras tanto, os dejo con Tom Waits, que un día se sacó de la manga un "villancico" que te hace toc toc por ahí dentro: "Christmas Card From A Hooker In Minneapolis". Además, he conseguido una versión en directo donde la junta al popular "Silent Night". Después me preguntáis por qué creo yo que Tom Waits está por encima del jazz, por encima de la música y por encima de las divinidades hechas ser humano.

Nos vemos en un bar, si os apetece.




Pd. Si queréis profundizar sobre su último trabajo (3 discazos), os remito al blog de mi amigo Aarón.

Bonito













Para una melómana como yo, algunos discos son tan bonitos que no te queda más remedio que poseerlos.

Hoy volvía a coger este pequeño tesoro para deleitarme en él. Por supuesto que es un buen disco, pero de eso ya hablaré otro día. Ahora, ¿verdad que es bonito?

Pd. Los que me conocéis ya sabéis donde lo compré.

Unas pocas verdades



Hay una verdad inescrutable: si los tontos volasen no se vería el sol.

Hay otra verdad: para ser funcionario, es requisito indispensable ser retrasado mental.

Aún hay otra: para ser "multero" del S.E.R., tienes que haber sido el inventor de los libros de autoayuda en tu otra vida. Es por ello que te reencarnas en un individuo con encefalograma plano, retórica nula y una declaración de odio generalizada con negación de auxilio incluida.

Tengo otra verdad: el que ha hecho el anuncio de "Qué pasaría si nunca pasase nada", merece una muerte horrible y acabar haciendo la publicidad de la hoja parroquial de su barrio.

Una más: a Esperanza Aguirre la deberían esterilizar para que, al menos, la mezcla de ineptitud y maldad con patas que preside esta nuestra comunidad, muera en ella y no se prolongue, por la gracia del Opus Dei, ad aeternum.

Hay más verdades: el individuo que pudo haberme ¿dirigido? la Tesis Doctoral arderá en el infierno por su grado excesivo de hijoputez en sangre. Pero, probablemente, aquí en la tierra de los mortales, acabará por no heredar la empresa por la que ha derramado tantas cobardías y miserias. Mientras aquel Kind of Blue que le regalé sonará de fondo para recordarle lo que nunca llegará a ser (aunque, entonces, aún no sabrá diferenciar el jazz del ragtime y muchísimo menos del blues).

Es otra verdad inescrutable que hoy estoy enfadada con el mundo. En un rato me voy a ir a ver a Al Foster (joder, en palabras del gran Miles: "Al Foster podía fijar el ritmo para todo el mundo manteniendo este infernal groove hasta el infinito. Al tenía todo lo que podía pedir de un batería"). Y, además, por la gracia divina de un titulo de licenciada en Periodismo, gratis. De modo que, con un poco de suerte, saldré levitando, reconciliada con el mundo y con esa sonrisa excitada dibujada en las caderas.

Hay una última verdad para hoy: nos vemos, nosotros sí, en el paraíso.

Un poco de cine

En 1942, Josef Berne hizo un corto en el que recreaba una jam session. Así, el dato, tampoco es que impresione a nadie. De cortos está lleno el cielo de los desamparados, que podría decir cualquiera. Y tendría razón. De hecho, este corto se habría perdido en los archivos polvorientos de la R.C.M. si no fuera por sus "actores": Duke Ellington, Rex Stewart, Ben Webster, Barney Bigard, Sonny Greer, Ray Nance y Joe "Tricky Sam" Nanton.

Quería compartirlo con vosotros y, de paso, hacerle un cierto "chantaje emocional" a José Miguel para que se "desenfade" conmigo (además, yo no digo que Yesterday sea mala).



Música sin compañía


Te eché de menos anoche. A mi lado no había ningún sitio vacío y, sin embargo, el hueco que dejabas junto a mí era demasiado grande.

Te eché de menos cuando la cortinilla en blanco y negro que George Clooney ideó para la voz de Diane Reeves, salió con los colores de la madera, de los focos, del atrezzo, con la tridimensionalidad del altar-escenario, con el aroma que dejan las grandes voces tintineando sobre el patio de butacas.

Me hiciste falta cuando, apenas una hora antes, Doris Cales entonaba una nana en clave de jazz. Tendrías que haberla visto. Tiene swing, ¿sabes? Flotaba por el escenario con sus zapatos de diva de los cincuenta. Acariciaba el micrófono y le retaba con un riff grandioso. También te eché de menos entonces.

Me faltaste cuando Dianne Reeves llenó el silencio con esa brujería de las grandes cantantes negras. Tú ya sabes a qué me refiero. Cuando se está ante una de estas deidades, no se sabe a ciencia cierta si se está en un concierto, en un ritual de vudú o en el día del Juicio Final. Pero, en cualquier caso, se entra en un extasis como el que debía poseer a los místicos.

Te eché de menos también hoy, cuando Madeleine Peyroux pasaba del jazz más clásico al blues más canalla y se detenía en cierto folk exquisito. Porque quería, quizá necesitaba, ver que también tú estabas en esa levitación extraña. Pero también que me pellizcaras y me trajeras de nuevo a esta realidad en la que no se puede flotar por encima de un patio de butacas. Aunque sólo fuera para no tropezarme con los coches que volaban por la Castellana.

La Sombra de la Luz

Ilustración de Victoria Martín para La sombra de la Luz.

Mi amigo Aarón decidió un día echarle huevos a la cosa y montó Paradigma Teatro, que es una excusa para eyacular sus egos, sus miedos, sus sueños y también sus odios. Cada vez que montan una obra, yo acudo a verle. Suelo sentarme con sus padres, a los que quiero como a esos tíos que nunca tuve por nacer en la familia equivocada. Pero es que quizá siempre se nace en la familia equivocada.

Su madre, que se dejó la vista cosiendo para pagarle a mi amigo una carrera en una universidad privada, me mira buscando cierto apoyo o, al menos, cierta comprensión. Ella sueña (aún) con un mundo bonito, con una vida ideal, con un cuento de hadas y con unas perdices que comer cuando se consigue ser felices. Por eso, cuando su hijo le dijo que quería ser escritor, ella soñó con bellas historias que maquillaran las mañanas absurdas en el Metro, las noticias de "El Caso", los dolores de cabeza y la subida del precio de los tomates. Sin embargo, le salió un hijo existencialista con muchas ganas de recordarle al mundo lo miserable que es la humanidad. De modo que ella, que es una buena madre por encima de todo, va a las representaciones de Paradigma Teatro temblando por el vómito de rabia que su hijo pueda echar sobre el escenario. Se sienta en primera fila, me dice "tiene mucho talento, ¿verdad?", yo asiento (porque soy como una segunda madre para mi amigo Aarón) y, acto seguido, me confiesa que, de pequeño, siempre fue un niño muy bueno. A ella se le ha perdido el momento en el que aquel niño bueno que iba a clases de piano se convirtió en un hombre que estudia las películas de Bergman hasta casi volverse loco (o tal vez no tan casi). Así que coge la mano de su marido para sentirse protegida de la verdad miserable que representa el grupo de actores. El padre se ríe, porque es tan cínico como el hijo. Me mira y también él busca con un guiño cierta complicidad. Él ya sabe que la vida es miserable y se limita a disfrutar de las hostias que su hijo le lanza a las beatas de la primera fila y a los perroflautas que actuaron en una obra anterior.

Esta noche, volverá a repetirse el ritual. Aarón ha escrito una obra de cámara muy difícil y muy cruda. Habla del amor, del desamor, de la locura y de la miseria. Es su lugar común, el tema al que acude una y otra vez para no reconocer que, como a su madre, le aterra que el mundo no sea bonito después de todo.

De modo que, si no tenéis nada mejor que hacer, podéis ir a recibir hostias (que aquí hay para todos).

La Sombra de la Luz
(Paradigma Teatro)

Eva Nieto
Monique Lambrini
Alejandro Céspedes
Aarón Rodríguez

Viernes 17 de noviembre
20.00 horas
C.S.C. "El Soto"
Avda. de los Deportes, 15
(Parada de Cercanías "El Soto")

Acerca de un alemán que tocaba el piano


Horst Jankowski fue un pianista alemán que, a su manera, también removió los pilares del jazz. Metió la música clásica, el pop y el jazz en un vaso y se los bebió con la sed de un alcohólico con delirium tremens. Sin embargo, no está en mi libro de "Grandes Mitos del Jazz", ni siquiera en "Los Grandes Creadores del Jazz" (que prologa muy bien el señor Cifuentes).

Horst Jankowski fue un europeo que se enamoró del jazz y, desde esa pasión, trastocó sus cimientos hasta llevarlos a esa delgada línea fronteriza que separa la genialidad de la mediocridad. Compuso un tema para Los Simpson, que es la mejor serie de animación y una demostración constante de talento. Y, además, se atrevió a versionar la Turkish March de Beethoven y el Yesterday de Lennon, posiblemente una de las canciones más sobrevaloradas de la historia. Supongo que, en parte, porque los que votan las listas de "las mejores canciones" fueron hippies venidos a menos en chachipandis de Che Guevara en el salón y una hipoteca adscrita a un conservadurismo_post_liberal (signifique esto lo que quiera significar). Yesterday no está mal, incluso está hasta bien, pero no es La Canción. Está llena de lugares comunes y filosofía perroflautil. Pero seguirá siendo la mejor canción de todos los tiempos, por mucho que yo patalee y me indigne con los documentales que se producen en torno a la cancioncita y con las miles y miles de ediciones navideñas. No sé si los derechos los tiene también el Peter Pan que anda violando niños en su Neverland. En ese caso, con las ganancias podrá construir un nuevo carrusel_cepo para los "amigos" menores de edad con los que le gusta dormir.

Jankowski me mira a través de la fotografía en blanco y negro de su álbum "A Walk In The Black Forest". Se le adivina cierta amargura tras las gafas ahumadas de la época. Y, sin embargo, si no has escuchado su versión de "Moon River", no puedes saber cómo un tema triste puede alegrarte una tarde de lluvia gris y hastío de desempleada. Una nunca sabe qué atributos diferencian a un genio de un artista. No hay ningún manual que explique por qué Moneo está forrado y no en la cárcel. Pero, de pronto, sin que aparezca en mis libros de genios del jazz, Horst Jankowski se cuela en esta tarde aburrida y me pellizca una sonrisa. Así que, una vez más, señores puristas del jazz, se están equivocando. No lo digo yo, lo dice esta sensación tan alegre bajo el regazo de su piano.

Escuchando A Walk In The Black Forest, de Horst Jankowski

Por fin



Llevo un año (aproximadamente) buscando la edición en pack de la colección de documentales de Blues que produjo Martin Scorsese. Yo había ido al cine a ver The Soul of a Man y, aunque reconozco que el cansancio de aquel día me hizo juzgarla injustamente, desde entonces iba buscando el pack. Primero no quería arruinarme. Y cuando ya me dio igual, la distribuidora retiró los pack para vender los siete dvds de uno en uno. Pensé en pedirlo a Amazon (ya sabéis), busqué en ebay, en tiendas baratas... Y, por fin, sale el pack a un precio que una parada como yo puede permitirse. Después de todo, parece que a veces Dios existe. Y si no, miren.


Pd. Para freakies coleccionistas (entre los que no tengo muy claro si voy a acabar un día de estos) hay una joyita en la edición alemana.


Aviso para navegantes


Ciclo de conferencias:


HISTORIA DEL JAZZ: DE LOUIS ARMSTRONG A WYNTON MARSALIS
21, 23, 28 y 30 de noviembre 2006


PROGRAMA

MARTES 21
Christopher Small
Orígenes del Jazz (Louis Armstrong)

JUEVES 23
José María Guelbenzu
“Yo podría escribir ese piano", dijo Cortázar (Charlie Parker, Thelonious Monk y Bill Evans). Años cuarenta-cincuenta.

MARTES 28
José María García Martínez
Miles Davis y su época: los caminos del silencio. El jazz entre 1945 y 1990

JUEVES 30
Fernando Ortiz de Urbina
Y con él llegó el escándalo: Wynton Marsalis

Más información en Fundación Juan March

¿Has tenido alguna vez la sensación?



De que eras la persona más feliz sobre la faz de la tierra.
De que no salías de un concierto sino del mismísimo puto nirvana.
De que no te salían los adjetivos, ni los sustantivos, ni los adverbios.



De que necesitabas abrir la boca hasta romperte la comisura de los labios y, entonces, sólo chillar un aaggghh profundo, ancestral, infinito.
De que formabas parte de un reducido grupo de personas premiadas con un acontecimiento de los que se escriben en los libros de la memoria.



De que no te cabía más alegría en las caderas, ni más excitación en la vagina, ni más cosquillas en los ojos, ni más embriaguez en las mejillas.
De que has tenido la enorme jodida suerte de asistir a ese concierto que, de pronto, te balancea los instintos más animales.



De que te has quedado alunada, con una sonrisa que se mueve entre la imbecilidad y lo enigmático, parada en los acordes y en las letras.

¿Has tenido alguna vez la sensación de que un concierto te devolvía a la Vida (con mayúsculas)?


De buen rollo

Manolo me dijo una vez (o quizá lo lei en su magnífico blog) que no le merece la pena derrochar el tiempo hablando de lo que no le gusta. Por eso, él aprovecha su espacio para escribir sobre aquello que, de alguna manera, le pone. Es una filosofía muy sabia. Y siguiendo su consejo, este año no voy a hablar del Festival de Jazz de Madrid. El día del juicio final ya arderán juntos en la hoguera sus organizadores (y les acompañarán, para que no sientan la angustia terrible de la soledad, otros muchos señores de los que hoy, siguiendo el consejo de buen rollo de Manolo, no voy a hablar).

Llevo ya unos cuantos días tomando aire y expulsándolo tántricamente. Se trata de una terapia de choque para no coger el kalasnikov del armario y empezar a matar al personal involucrado en el pseudofestival. Y de momento, ya he conseguido que me acrediten para ver gratis lo que me interesa. Así que tampoco ha dado tan mal resultado eso de soplar y resoplar. A partir de ahora, compaginaré mis odios y amores entre el blog y la revista Sólo Rock. Y es que, a pesar del adverbio, detrás de ella hay una gente estupenda que han ido creciendo gracias al tesón y al trabajo bien hecho. Por eso, además de Rock, Heavy, Pop, Cine (y lo que se precie), van a cubrir Jazz. Ahí entro yo, con una sonrisa tatuada en las caderas y muchas ganas de poner mi granito de arena (y de paso, no pagar los 35€ que pretenden robar esta gente por entrada y por concierto).

Quizá por ello mi buen rollo, quizá por eso que he decidido no darles la cera que se merecen. Después de todo, si ellos quieren creer que organizan un festival, dejémosles ser felices en su ignorancia. Y a los jazzeros honestos, siempre nos quedará asomarnos a las ventanas de San Javier, Vitoria y San Sebastián. Aunque sólo sea para sentir de cerca un festival de verdad y no una excusa chic con la que juntarse en la foto.

Pero no quiero terminar este post con un párrafo envenenado. Por eso, voy a dejaros con un discazo que me compré ayer por menos de nueve euros. Es de los Jazz Crusaders. The Festival Album: Recorded Live At The Newport and Pacific Jazz Festivals - 1966. Sé que parece tramposa la recomendación, pero no pretendo hacer ninguna comparación. Como decía al principio, hoy estoy de muy buen rollito.

Llovía a cantaros

Hoy en Madrid.

La lluvia es algo muy literario y muy bucólico, pero también algo tremendamente incómodo. A nadie le gusta que se le empapen las gafas (sí, tontucia gafapasta de color rojo, a ti que a lo mejor has caído aquí buscando Gustav Klimt o Kiarostami, tampoco te gusta, aunque disimules muecas popis bajo los cantaros para parecerte más a Isabel Coixet).

No me gusta la lluvia, entre otras cosas porque enaltece, aún un poco más, los peligros de la imperial obra de este alcalde al que le hubiera gustado tener algún número romano en su nombre, que siempre da ese regusto a neftalina y genes mongólicos. Pero no es ni Alberto V ni desciende de una larga casta engendrada entre primos hermanos. Por eso, para ganarse su estatua ecuestre (que siempre viste un montón), ha decidido dejar su huella en los accidentes de la M30 y en las lápidas de todos los obreros muertos mientras hacían su adorado soterramiento (pero de esos muertos no se habla, ni en los periódicos de izquierdas ni en los Inmundos, que ya tienen bastante entretenta con sus ácidos bóricos y sus jueces estrella).

En algún momento de la tarde_noche (cómo echo de menos aquellas tardes_día de verano) decidí que, escuchar Radio 3 camino de casa de El Hombre, era una buena opción. Sé que hace años que debí desintonizarla de la memoria de mi radio. Sé que los oyentes de esta emisora llevan chapitas de Blow-up y camisas Retro del nada económico Mercado de Fuencarral. Sé, también, que los programadores de esta emisora deberían morir bajo un empacho de música electro_pope_deluxe. Pero, sin embargo, una y otra vez caigo. Aunque sólo sea porque Cifu (qué grande eres) sigue haciendo sus malabares jazzísticos en esta emisora. Pero a pesar de todo... ¿Cómo se puede ser tan guay? ¿Cómo se puede entrevistar a un poeta que se creyó los versos de Baudelaire y los combinó con la "Revenge of the Nerds"? ¿Cómo se puede acabar siendo una propia caricatura grotesca de la culturetada hecha medio de comunicación? ¿Se puede ir a peor? Sí, claro que sí. Tras el poeta, que recitaba en endecasílabo, un grupo de pop electrónico que, para postre, editan libros de poemas de la profundidad de "semáforo en rojo, querida radio, te hago callar aunque tengas vida"...

No sé cuándo pasó. Pero a mis dieciséis años, soñaba con ser locutora de una emisora que, a día de hoy, es mi idea más cercana del infierno. Menos mal que aún está Cifu. Cualquier día le sustituyen el programa por "A todo Haiku con reminiscencias House". Pero mientras siga quedando una neurona en las esferas ejecutivas de la emisora, los sábados por la noche, seguiré dándole al tres de la radio de mi coche.


Caprichines de un sábado por la tarde

Ya he dicho alguna vez que Amazon es una de mis tiendas virtuales preferidas. No deja de sorprenderme las cosas que puedes llegar a encontrar. De modo que, a veces, por puro entretenimiento masoquista, pongo alguna palabra en el buscador y... a disfrutar.

Mi padre no entiende que compre libros a través de una pantalla que él no ha llegado a entender. Se defiende escudándose en que pertenece a la generación Olivetti, y disimula su envidia con un "yo prefiero oler los libros en una librería pequeña".

Hoy me he dado un caprichín. Cuando los gastos de envío superan al precio de la joya, una no puede resistirse. Os suena, supongo, La Revista (me refiero a Down Beat, claro). Pues mirad mi última adquisición. Ya empiezo a sentir la ansiedad y la impaciencia. Ahora, a mirar el buzón (el físico, el de mi portal) todos los días.

Escuchando From This Moment On, de Diana Krall

Noche de insomnio


¿Recuerdas la silueta de Sonny Rollins en la penumbra de un puente en blanco y negro que unía Manhattan con Brooklin? Allí estaba el pobre hombre. Seguramente pasaba frío. Seguramente hubiera echado en falta una casa llena y una mujer que le chillara desde la cocina si quería que le llevara una cerveza. Pero sus caseros, o sus vecinos (ya no recuerdo muy bien los detalles exactos de la historia), le habían prohibido ensayar en casa. De modo que el músico cogió a su amigo, lo metió en una funda y se fue al puente que une Manhattan y Brooklin (el mismo puente que Paul Auster retrata en sus novelas). El saxo de Rollins nunca fue tan triste, ni tan exiliado. Pero tampoco nunca una prohibición acústica dio como resultado un disco tan bueno. “The Bridge”.

Antes había grabado “Saxophone Colossus”, que se convirtió en su “Kind of Blue” o en su “A Love Supreme”. Sin embargo, a mí me gusta escuchar “The Bridge” e imaginarme al músico pasando frío en un puente. Mirando de reojo a las jovencitas con curvas en pecado que vuelven tarde a casa, a los macarras con ganas de parecer más temibles, a las mujeres mediocres que quisieron ser divinas y se quedaron en las kalandrakas de Brooklin. Me gusta imaginar al músico anteponiendo el saxo a la comodidad de un camastro caliente y un brasero bajo la mesa camilla. No es fácil de entender. La mayoría de la gente prefiere el plato caliente y la televisión por cable. La mayoría de la gente no entiende una madrugada peleándote con una trama que se ha estancado en la página 150. La mayoría de la gente no entiende la música puesta en mi salón a las cuatro de la mañana, un cenicero colmado, una copa de Baileys y un cuaderno lleno de tachones y correcciones con un rotulador rojo. Pero la mayoría de la gente me importa un bledo. Así que estamos en paz.

Esta noche me he quedado de Rodríguez, con mi empacho de películas, con mi cuaderno que quiere ser un intento de novela, con Sonny Rollins y con “The Bridge”. Lo grabó en 1962, después de pasar unas cuantas (muchas) noches entre la nebulosa en blanco y negro de las noches neoyorkinas. Pocos años después, Rollins se embarcaría en otra nebulosa, la del apasionante mundo del cine. Grabó la banda sonora de “Alfie”, con Michael Caine (otro grande). Y yo sigo estancada en un desarrollo al que le faltan personajes. Miro de reojo con aquellos ojos de Rollins. No veo a muchachitas con curvas, ni a macarras de Brooklin, si acaso desorden, pelusas y el próximo cigarro de la noche.

De por qué me he perdido


No se puede escribir cuando se es feliz, me repetía como una cantinela mi amigo Aarón. Yo nunca estuve del todo de acuerdo, quizá más por el mero placer sádico de llevarle la contraria. Tal vez tuviera razón después de todo. Compruebo, día a día, que me busco mil excusas para no abrir la plantilla de blogger. Me pierdo en los canales del cable, en mis libros y en mis neurosis. Así que, cuando recibes una pregunta sencilla, de sólo una palabra, ¿Olvido?, te quedas con cara de culpabilidad frente a la pantalla. Te das cuenta, entonces, que esto del blog no es (sólo) una gilipollez que decidiste abrir un día, no es (sólo) una moda a la que se suman día a día empresas (hoy descubrí que hasta una revista de ocio tiene sus propios blogs corporativos) y todo tontiloco con algo que decir y mucho que callar. Después de todo, es un medio de comunicación (sé lo que me digo, señores teóricos del periodismo), una Torre de Babel, un suma y sigue de complicidades. (Gracias, Manolo, una vez más por hacerme replantearme todo esto)

Quizá es sólo que, después de todo, es verdad que no se puede escribir cuando se es feliz, cuando se tiene la mente en el final feliz de un camino que trajo más de una rasgadura a las vestiduras, más de un arañazo a la cordura, más de una copa malgastada. Y ya sabéis de lo que os hablo, para algo lo habéis sufrido en vuestras entrañas junto a mí, en vuestras pupilas frente a este espacio virtual. Gracias, a todos.

Este post suena a despedida, aunque no lo sea. También suena a cualquier cosa menos a jazz, aunque en mi defensa diré que, el otro día, El Hombre celebraba junto a mí el final feliz en La Esquina del Real, un restaurante cálido y bueno en el que, para embriagarme aún más, acompañaban las exquisiteces culinarias con Diana Krall, Stan Getz y Charlie Parker.

He estado como ausente, como perdida, aunque en realidad tampoco lo haya estado del todo. Me quedan (os quedan) muchas divagaciones nocturnas en este microespacio que no es sólo un decálogo de gilipolleces ni una moda pasajera. Por lo pronto, esta noche volveré a ver "El Talento de Mr. Ripley", con el My Funny Valentine en el dueto de los protagonistas, con el deseo de hablaros de ella y de otras cintas. Entre otras cosas porque, después de una charla surrealista y cruel con mi ex fefe, me he llevado la Tesis a otra Universidad, más pública, más prestigiosa, más antigua. Y me veo, de nuevo, con unas ganas locas de hallar músicos de jazz en películas norteamericanas. Será que, aunque cuando se es feliz no se tienen ganas de relatar, sí se recobra una ilusión vieja por hacer cosas, por trabajar de nuevo y sentirse tan C'est si bon.

Por eso, además de pedir perdón por mi pereza, por mi ausencia, quería pediros que me tengáis paciencia cuando, de pronto, desaparezca por unos días. Será sólo que la felicidad no me permite entrar en este microespacio. Me perdonáis, ¿verdad?

365 días

De cervezas con limón, de vinilos rebuscados en tiendas de segunda mano, de películas descubiertas al azar, de libros que vaciaron mi cuenta bancaria, de besos robados a un hombre que no podía estar conmigo (pero ya no se despega de mi lado), de blogs en los que me he perdido (y no quiero que nadie me encuentre), de guiños cómplices, de tardes en el Círculo porque Aarón me obligaba a ver al insoportable Rohmer, de neurosis laborales, de ideas para novelas apuntadas en el cuaderno que descansa en el segundo cajón de mi mesilla de noche, de conciertos compartidos con Roberto, con David, con Ana, de noches con Juanqui, Aarón, Risk, pollo tandoori y ron Brugal, de descargas del Emule fastidiadas al 96% (y también de barritas verdes que simbolizaban un nuevo disco en mi estuche de música), de personas nuevas, de personas viejas, de desilusiones, de ilusionamientos, de enamoramiento (que sí, Aarón, que creo en mi amor por El Hombre "ad aeternum"), de promesas hechas a Manolo para ver a su grupo (esta vez voy seguro, peque), de mails intercambiados con Roberto, de coincidencias metablogueras con José Miguel...
365 días de Jass it up, boys!

Pd. Gracias a todos los que habéis entrado, este año, en mi vida.

Mingus, Cuernavaca


Ni tanto ni tan calvo, me repetía mi madre en forma de coletilla de la andaluza de adopción que era. Creo que lo que en realidad quería decirme era que fuera templada, que no llamara la atención. Y, desde entonces, mantengo una esquizofrenia mental entre mi carácter y mi temperamento, o entre mi esencia y mi forma.

Ni tanto ni tan calvo, que es un dicho muy sabio y muy conciso (pero también muy en desuso). Quizá debieran bordarlo en pan de oro (o a sangre y fuego) en las facultades de periodismo o, al menos, en las redacciones de las publicaciones culturales de nuestro país, que así nos luce el pelo (otro dicho menos andaluz y menos conciso).

Antiguamente (quizá muchos lectores no habían nacido ni siquiera) los críticos eran seres malvados que, como la propia palabra indica, “criticaban” las obras de los artistas. A veces se pasaban, claro, y conseguían que el debutante genio cayera en una depresión creativa. El crítico ponía a parir a los “impresionistas”, que pintaban con brochazos rápidos, ¿alguien lo recuerda?

En este país, que inventó la adulación como forma de vida y la hipocresía como pilar existencial, tenemos (sufrimos) unas críticas culturales que brillan por su ausencia misma. Los críticos han descubierto que mola mucho más hacer la pelota vilmente y, así, ser invitado a los preestrenos y canapés de los guruses de la pluma. Pero ya no usan pluma, ni estilográfica ni sexual. Abren word, abren google, abren el diccionario de sinónimos de la RAE y ponen maravilloso, soberbio y los repiten por todo el artículo. Es menos honesto, claro. Pero así pueden salir en la foto con los famosillos del momento.

Luego viene la consecuencia nefasta. La que escribe estudió periodismo porque se creyó las entrevistas de Quintero a los presos y las columnas de Alfonso Rojo desde sus guerras con lámparas que se agitaban entre cañonazos. La que escribe, que no aprende nunca hasta qué punto es capaz de corromperse el ser humano, sigue creyéndose que las críticas culturales son sinceras y decentes. Y así nos luce el pelo

El sábado fui a ver Mingus, Cuernavaca. “La obra in del momento. La Obra de Teatro”. La última hora de vida del salvaje Mingus. “Un texto extremo, en forma de puñal, bañado con un soberbio cuarteto de jazz que acompaña al actor en todo momento”. (Entre comillas, frases extraídas de las exquisitas plumas de nuestro periodismo cultural). Pero lo que te encuentras, señores críticos, no es ni un texto magistralmente doloroso, ni filosofía escénica ni jazz soberbio. Te encuentras un libreto que es un tostón que no te cuenta nada y a un cuarteto que hacen un jazz más propio de “Luz de Luna” que del salvaje Mingus.

Te cabreas porque el planteamiento inicial de la obra es cojonudo. La última hora de vida de Mingus, joder. De Mingus nada más y nada menos, que no fue precisamente un don nadie ni un mediocre. Fue una bestia atada a un contrabajo, que alojó al diablo entre sus dedos mientras degollaba las cuerdas de su instrumento. Ahora, mientras escribo esto, le escucho. Pienso en el tostón del sábado. Una hora y media de frases_diarrea_mental que intentan parecer filosofía barata de borracho guay en un bar de Malasaña (“El amor es disonante”, “Qué terrible es morir cuando aún se tienen ganas de follar”… y muchas más joyitas que he decidido olvidar). Escucho a la bestia, en un cd pirata (sí, señor Teddy Bautista, me lo bajé del Emule) y pienso en las posibilidades de la obra. Pienso en recuerdos que se aparecen fantasmagóricamente al moribundo, pienso en confesiones a un dios en el que no se ha creído nunca, en recuerdos de su infancia atrapada en los acordes de Duke en la radio de sus padres. Pero como era una obra muy in, prescindieron de todo eso, fotocopiaron a una fotocopia absurda de Henry Miller y pusieron un atrezzo minimal con niños jugando a ser un cuarteto de jazz descafeinado.

Acudes otra vez a las críticas, por si acaso el astigmatismo te cambia las letras de sitio. Te acuerdas de los críticos malvados que hundían autoestimas por placer sádico y gratuito. Y, entonces, escuchando a la bestia, piensas en aquello que te repetía tu madre. Ni tanto ni tan calvo. Que a veces, decir que una obra es un coñazo no viene mal del todo.


Escuchando Money Jungle, de Duke Ellington, Max Roach y Charles Mingus.

Desde la playa


Tengo un correo electrónico que contestar. Hace un par de semanas, de pronto, alguien se coló en la bandeja de entrada para arrullarme los mimos que necesitaba. No es el primer mail que recibo gracias a este blog. En unas semanas, se cumplirá un año desde que entré por primera vez a este mundo de jass, cine y demás pasiones/vicios. Y, en estos meses, de tanto en cuando recibo una muestra de cariño que no me merezco, que no me pertenece y, de pronto, me siento tan c'est si bon...

Escribo esto desde un ciber café de la playa, que es ese paraíso que no nos pertenece a los urbanitas de Madrid y que, sin embargo, sentimos atado a nuestra piel como el instinto de la maternidad o el de la patria, algo abstracto e intangible que está ahí sin saber cómo ni por qué.

Os escribo esto desde la playa, desde una playa nudista a la que El Hombre me trajo por primera vez hace unas semanas. Era junio y yo aún arrastraba los complejos de mujer débil, bajita, rellenita y absurda. Los sigo arrastrando, claro. Pero, de pronto, me encuentro en pelota picada, rodeada de desconocidos que también son bajitos, también tienen barriga y les parece absurdo que a mí me dé vergüenza enseñar mis pechos o mis estrías. Así que apuro un cigarro, en mi Mp3 suena My Funny Valentine en la mágica e inmortal trompeta de Miles, miro a un niño que pasea, con total naturalidad, junto a sus padres desnudos. Miro a El Hombre, que lee El País y no entiende muy bien qué está pasando en El Líbano. El Hombre es una persona entrañable que no ha perdido su humanidad ni en las obras de la M30 ni en los titulares de El Mundo. Me inspira ternura y la trompeta de Miles me acurruca en este paraíso de sol y desnudez. Y, entonces, me acuerdo de que tengo un mail abrumador que contestar. Me acuerdo de lo afortunada que soy. Me acuerdo de que el jazz está ahí aunque ya no haya trabajo. Y, entonces, me siento otra vez muy c'est si bon...


Pd. Iré a Mojacar uno de estos días, a un club de jazz llamado Jazz Life (como el libro de fotografías de William Claxton que miro en la Fnac con envidia) a comprar unos vasos, labrados con los nombres de Miles, de Billie, de Trane... donde tomar mis fabulosas copas de Brugal con Coca cola. Sobra decir que estáis invitados.

Cuando te entra complejo de Murphy (el de la ley)


En las últimas semanas, los mismos astros que anteriormente se confabularon para hacerme descubrir tesoros musicales, se han unido para demostrarme que son capaces de gastarme muchas "putaítas".

La famosa ola de calor sería sólo una página del periódico si yo no viviera en un terrenito que "Super Gallardón" ha decidido convertir en un parque temático de excavadoras, polvo, cucarachas, ruidos y tierra. De modo que, a punto de salir ardiendo por combustión espontánea, me pongo en contacto con una superficie comercial de las de toda la vida, de las de "ya es primavera en", de las que te vieron crecer y en las que viste comprar a mamá desde que llevabas pañales. Pero parece que han decidido adelantar la celebración del día de los inocentes conmigo y me están "guaseando" sobremanera.

La inseguridad laboral sólo sería una cosa que le pasa a los demás si, hace unas semanas, mi jefe supremo (que vive pegado a su inutilidad creciente directamente proporcional con su valía académica) me decía que, a pesar de haber cumplido y superado mis objetivos, no sólo no me iba a dar un cheque con los incentivos propios sino que, además, de regalito, no me iba a renovar el contrato (en septiembre). De modo que cada mañana voy a trabajar con cierto complejo de Bin Laden, imaginando muertes cruentas, bombas fabricadas con los chicles que le sobraban a McGiver o, simplemente, sodomizaciones hechas con prótesis atadas a mi cintura.

Las chachipandis de las que he hablado en alguna ocasión sólo serían una imitación barata y ridícula de ellas mismas si el sábado, en el concierto de "The Blues Brothers Band" (con algunos miembros originales de la peli, como Lou Marini o Mr. Fabulous), no me hubieran tocado al lado (chachipandi de ocho afiliados, es decir, cuatro matrimonios).

Y cuando te entra este complejo de Murphy y ves que la tostada cae por el lado de la mantequilla... Entonces, consigues una acreditación de prensa para ir "por el morro" a ver a Béla Fleck & The Flecktones. Sonríes y sabes que, una vez más, la música va a salvarte la vida. Sales al balcón y hasta te callas el "la puta madre que sacó a Gallardón de su zoo natal". Sólo apuras un cigarro y sabes que, un poco más arriba de donde alcanza la mirada, mañana a estas horas estarás levitando con los Flecktones. Ya os contaré.




Sex in a Pan

Béla Fleck & The Flecktones

Redes, correos y consecuencias




No dejan de sorprenderme las redes, subredes y contraredes que se van tejiendo en torno a la blogosfera.

Un buen día decides crear un blog sobre jazz. Poco a poco, te vas corrompiendo y mezclas en una coctelera esquizoide sensaciones que te provocan ciertos temas de jazz y sensaciones que te causan personas ajenas al jazz. Pero da igual. Todo vale. Y si no, siempre nos quedará el infantil "es mi blog y hago lo que quiero".

Pero no queda ahí. Lo cierto es que a través de Google o de cualquier otro medio, la gente te encuentra, te lee, a veces te comenta (pocas) y en ocasiones recibes un email de un diseñador gráfico sobre el que hablaste, de un lector que te dice que tienes un don para escribir y que le alegras estas tardes de calor y desidia o de un tipo que está trabajando en algo relacionado con el jazz. El más extraño (y maravilloso) fue un mail de un pianista de jazz americano que me pedía consejo sobre qué clubs visitar en Madrid. (Y yo encantada, claro)

Hoy he recibido un correo electrónico de alguien a quien no conozco (creo), que no me ha comentado nunca (creo) y que no sé si leerá este blog. El caso es que en algún sitio habrá encontrado mi dirección de email y la ha relacionado con el jazz. Después de la ilusión, de ese sentirse menos sola y en una comunidad que me gusta (aunque a veces critique a los puristas), he entrado en el enlace que me ofrecía. Y, como soy generosa, debía compartirlo con los lectores de este blog (espero que no se me enfade el emisor del correo).

Es una página en la que está realizando un Video-Diario del Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz. ¿No es un gustazo poder ver los conciertos a los que no puedes asistir? Aunque sólo sea por estos mails recibidos de tanto en cuando, valió la pena abrir este blog hace ya casi un año.

Y los que tampoco podéis estar en Vitoria, aprovechad el Video-Diario. Os aseguro que valdrá la pena. Gracias Gorka. Eskerrik asko.

Sobre las situaciones jodidas


Las situaciones difíciles no sirven para casi nada. Sólo para consuelos tontos, el refranero popular, o los chascarrillos de ancianos a los que les confundimos las arrugas con la metafórica sabiduría del paso del tiempo, nos dicen que nos hacen más fuertes, que nos hacen más templados, más sabios.

Las situaciones difíciles sólo sirven para golpearnos brutalmente contra una verdad que nunca quisimos encontrar. Nos sirven para quitar los disfraces de amigos a personas que, simplemente, se esconden en una cobardía egoísta y te pasan la mano por el lomo, como si fueras un perro con la peste bubónica a punto de ser sacrificado.

Las situaciones difíciles sirven también para darte cuenta de que hay compañeros cojonudos por los que nunca hubieras apostado dos duros. Y también personas a las que quizá nunca debiste idealizar en un peldaño de metacrilato (ya lo decía Woody Allen en aquella escena del infierno en “Desmontando a Harry”).

Saldré de ésta. Seguramente, como dicen los ancianos salpicados de lumbagos y prótesis de cadera, me haré más fuerte, más templada, más sabia. Les quitaré la etiqueta de amigos a quienes no las merecieron nunca y se las pondré a los que nunca valoré lo suficiente. Quizá soy una romántica, pero siempre pensé que los amigos deben estar en los momentos más jodidos, aunque sólo sea para guardar silencio mientras disimulo mi miedo en un “¿no has escuchado “Mack The Knife” de Louis Armstrong? Dios, es muy grande. La letra es de Bertolt Brecht y la música de Kurt Weill. Espera, voy a ponértela”. Porque los amigos saben que a veces no nos queda más remedio que hablar con metáforas. Y también saben que guardar silencio, estar junto a ti, escuchando una vieja canción del grande de Louis es todo lo que necesitas para ser más fuerte, más templada, más sabia.



Cuando no puede ser una mera casualidad


En la película “Maridos y Mujeres”, el personaje de Jack (Sydney Pollack), al separarse de su mujer, empieza a salir con una profesora de gimnasia. Woody Allen, que quiere dejarnos claro que es rematadamente tonta y que su único “encanto” es un culo prieto, la pincela como vegetariana y creyente en astrología, horóscopos y todo tipo de chorradas subyacentes.

Pero, o la constelación de Venus se ha alineado esta noche con el vigesimosegundo satélite de Urano, o no entiendo qué ha pasado esta noche, ni mucho menos por qué.

Quizá debería empezar por el principio (perdonen, siempre vuelvo un poco alunada de los conciertos)

Erradizo y yo habíamos quedado en ir a ver a un saxofonista polaco del que no habíamos oído hablar en nuestra vida. Pero el Populart siempre es una opción y nos apetecía descubrir cómo soplan los músicos de Varsovia (aunque a lo mejor éste nunca ha estado en Varsovia).

Pero, oh sorpresa, oh estupefacción, oh agilipollamiento facial, el Populart, que no cierra nunca, que abre aunque la Selección esté jugando la Final (a por ellos, chicos, oe oe oe)... Estaba con las verjas echadas y ninguna nota de explicación. Pero como estamos en la era de la telefonía inalámbrica y hasta movediza, llamamos al número de un bar “asociado” a nuestro club de verjas echadas y ausente de notas. Y, para mayor sorpresa, para mayor agilipollamiento facial, nos dicen que están de obras. Claro, cuando estás frente al club y por los cristales no se ve ni un triste martillo, cuesta creer que todo esto sea una simple casualidad (y quien haya visto “Magnolia” , que se vaya preparando).

Nada podía hacer pensar que acabaríamos donde acabamos. Pero aún es pronto para eso.

Llamadas telefónicas a amigos/jefes/compañeros de trabajo “conectados a una wireless” para que nos indicaran programaciones de otros clubs. Fracaso total. Así que vamos uno por uno. En “Café Central” habían decidido hacer una especie de ciclo de nuevos talentos. Y yo, que tengo una cultura audiovisual muy yankee, no quería ver a la hija rubia del tercero asesinando a la música con los filos de copas de vino. Así que intentamos buscar “El Junco”,pero en algún momento se nos ha perdido del mapa. Posiblemente la famosa alineación de la constelación de Venus con el vigesimosegundo satélite de Urano tenga algo que ver. Habrán decidido teletransportarlo para que no pudiéramos joderle los planes.

Como tanto Erradizo como yo somos un poquito cabezones y queríamos ver jazz, el pobrecito intenta entenderse con el callejero de Google de su móvil. Pero Google es un poco cabrón y Erradizo está demasiado hastiado de hablar con máquinas. Así que nos costó un poquito encontrar la calle Barco. Pero, con paciencia y salivita el elefante a la hormiguita le hizo algo más que cosquillas. Así que, con la cerveza con limón aún en la recámara digestiva, hicimos la tercera ginkana del día (yo es que ya me he aprendido todas las fases del “San Andreas M30 - powered by Gallardón” y quería un videojuego nuevo).

Ya he hablado de la alineación astrológica. Así que, cuando llegamos a Barco Bar, han decidido programar “Canción Francesa”. Y si hubiéramos ido al “Segundo Jazz”, habrían traído a los Romeros del Rincón de la Victoria a hacer una maratón de sevillanas, como apuntaba, muerto de miedo, el pobre Erradizo. Porque hoy, en Madrid, no parecía existir el jazz.

Así que, aunque habíamos desechado cuatro o cinco veces acabar en el Bogui Jazz, al final, cedimos y emprendimos un nuevo paseo por ese animado, seguro (y nada levantado en obras) centro de Madrid. Callejones oscuros, muchos. Aunque he de decir que el número de atracos y violaciones con sodomización que padecimos asciende al número de cero. Sin duda, era nuestra noche de suerte.

Cuando llegamos al destino que las malas artes de la astrología había ido tejiendo a nuestras espaldas, nos encontramos con un cuarteto que, en principio, no llamaba mucho la atención. Sobre todo porque lo capitaneaba una chica llamada Florencia Aragón. Y el nombre de una cantante de jazz no puede ser Florencia. Pero, qué más daba, lo estábamos regalando todo. El Bogui siempre está a reventar, cobran entrada, no vamos ni a poder bebernos la copa tranquilos... ¿Y? La cosa es ver jazz, que somos muy pesaditos y cabezones.

Pues nada, el camarero nos pide que nos sentemos en esa mesa, en primera fila, fabulosa, que, curiosamente, es la única libre de todo el local. En la mesa de al lado, cual escena entre lo mafioso y lo excéntrico, el dueño del Bogui (este tipo merece un post aparte, es muy difícil describir a un hombre que lleva sombrero y traje de lino blanco sin acabar hablando de los señorones gays de las grandes plantaciones sureñas de algodón). Y, en el escenario, un pianista, un contrabajo, una batería y Ella (Florencia me resulta mucho menos erótico, ustedes me perdonan).

Mi primera reacción fue odiarla, como odio siempre a todas las mujeres que son guapas y atractivas. Llamémosle misoginia o inseguridad, quizá sólo una manía. Al oírla cantar, tan bien, el odio hacia ella se incrementó. No se puede ser guapa, estar tan buena, llevar ese escote y esas sandalias de tacón perfecto y, encima, cantar jazz y cantarlo bien. Pero, como Ella, además tenía una simpatía escénica y un carisma arrollador, mi odio acabó metamorfoseándose en una seducción y embobamiento que, al final del concierto, no sabía muy bien si era heterosexual o si era lesbiana. O, puede, simplemente, que haya estado soñando todo este tiempo que soy una mujer y, en realidad, me parieron con pene y testículos. Además, el “comentario cabrón” de Erradizo puede estar corroborando esta teoría. En un momento dado, mirando a dos señoritas, piensa en voz alta “¿Por qué todas las tías de este bar siempre son tan altas?”.

Una se mira de arriba abajo, y como sé que mi ego se encierra en un habitáculo de 158 centímetros, le espeto “soy mujer y estoy en este bar, aunque no te hayas dado cuenta”. Pero le perdono, a Erradizo le personas cualquier cosa, como a Ella, porque a la gente con carisma y simpatía escénica les permites siempre que suelten el “comentario cabrón” de la noche.

Ya de vuelta a casa, aún alunada con Ella, con la versión de “Cry Me A River”, que ya le había oído a Julie London y a Diana Krall (otra mujer que me hace replantearme mi heterosexualidad), me dio por pensar en que, a veces, una constelación se alinea con un satélite cualquiera y hace que, esa noche, hayas acabado en el sitio en el que tenías que estar. Porque, esta noche, yo necesitaba (sin saberlo) el aullido de Ella mucho más, muchísimo más, que a una trompeta polaca perdida en un club de Madrid. A veces, todo se sincroniza, la música te demuestra de nuevo por qué la necesitas tanto, se te tatúa la sonrisa en el ombligo y te repites, en bucle, que “esto no fue una mera casualidad, estas cosas pasan todo el tiempo”, parafraseando la voz en off del magistral comienzo de “Magnolia”.

Lo bueno


Lo bueno de vivir en una esquizofrenia vital es que, cuando vienen los "altis", me siento C'est si bon, me siento como si "El Hombre", al fin, "Fly Me To The Moon"...

Lo bueno de vivir en esta esquizofrenia es que hay días como hoy, en los que todo funciona y encaja, en los que me siento feliz, perdón, Feliz y el jazz se vuelve la droga perfecta (aún más, necesaria) que acompaña en este viaje tan terriblemente "alti".

Lo bueno de vivir en esta esquizofrenia existencial es que, a veces, como esta noche, la persona a la que amo me dice que todo empieza a salirnos bien y esta vez decido creérmelo. Y de pronto, el arcoiris por el que llevo arrastrándome casi veintiseis veranos, deja de tener tonos grises. A veces pasa que una se deja el cinismo y la angustia perdidos en las notas de una canción o en los "te quiero" de un hombre.

Esta es una de esas noches. ¿No lo oís? Fly me to the Moon... (Escuchadla, pulsando en el cuadro negro, y sabréis cómo me siento esta noche)

Fly me to the moon
Let me play among the stars
Let me see what spring is like
On Jupiter and Mars
In other words, hold my hand
In other words, darling, kiss me

Fill my life with song
And let me sing for ever more
You are all I long for
All I worship and adore
In other words, please be true
In other words, I love you

Fly me to the moon
Let me play among the stars
Let me see what spring is like
On Jupiter and Mars
In other words, hold my hand
In other words, darling, kiss me

Fill my life with song
Let me sing for ever more
You are all I long for
All I worship and adore
In other words, please be true
In other words, in other words
In other words, in other words
In other words
I love ... you

Y, entonces, nada más existe




A ti también te ha pasado, lo sé. Si no, no habrías acabado en este blog.

Comentaba uno de mis blogueros favoritos, en un post genial, (post que le plagiaré para cualquiera de mis proyectos onanistas o literarios) que él no se fía de la gente a la que no le gusta la música. Yo tampoco. Y, por extensión, no confío en la gente a la que le gusta (o dice que le gusta) cierto tipo de música. No confío en los tontilocos que cambian de gustos a cada temporada, según van variando los número uno de los cuarenta.

Yo no podría vivir sin música. O, al menos, no podría sobrevivir sin ella. La vida no es, como dicen Coelho o Bucay (ambos deberían estar muertos), un paraíso para ser disfrutado. La vida tiene sus altibajos. Y aunque hay momentos en los que te sientes el puto centro y otros en los que te esconderías a dos metros bajo tierra, las más de las veces es tediosa, aburrida y temible. Por eso, la música es tan importante. Gracias a ella, me evado y se me dibujan carcajadas. También gracias a ella, tengo compañía cuando lo único que me apetece es tumbarme, beber, fumar y llorar. La música es capaz de hacerme viajar por todos los estadios. Me pone cachonda, me pone triste, me pone alegre, me pone ególatra. Me pone. Y como dice Manolo, en una mudanza, tú y yo somos de los que pondríamos el equipo a funcionar para hacer más ameno el ajetreo de cajas. ¿No es verdad?

Hoy vengo del concierto de clausura del Festival de Jazz de Móstoles. No es un gran festival, pero es una excusa para perderte en la música. Y eso, cuando menos, es de agradecer. Tocaba “Kenny Barron Trio”, con Francisco Mela en la batería y Kiyoshi Kitagawa en el contrabajo. Ver a Kenny Barron tiene algo de especial para una melómana como yo. Escuchar un piano que ha sonado junto a Stan Getz o Dizzy Gillespie es una sensación abrumadora, fantasmagórica y exquisita. De modo que, sin compañía alguna, me fui para la ciudad de las famosas empanadillas.

Lo de ir sola a un concierto tiene su punto y cada vez me gusta más. Lo malo es soportar a las señoronas y señorones que van sólo por hacer acto de presencia. Porque, claro, el jazz vende y hay que estar. Aunque sólo sea para que los demás sepan que estuviste en el acontecimiento cultural del año. El domingo que viene irán a un ciclo de cineastas grecochipriotas y, aunque se morirán de aburrimiento, podrán salir en la foto y decir a sus amigos “es que a mí me gusta mucho esto de la culturilla”. Y, si estuvieran calladitos, me daría igual. Pero es que he tenido la mala suerte de tener a una de estas chachipandis cincuentonas a mi lado. De modo que, tras un solo genial de Francisco Mela (que, nota al pie, es uno de los músicos más sexuales que he visto en mucho tiempo), yo me pongo a aplaudir con la sonrisa en la boca. Y una de las marujonas “amantes de la cultura” me manda callar. Menos mal que uno de los chachicamaradas de salón debía haber ido ya a algún concierto de jazz y le ha susurrado que es normal aplaudir en el jazz, aunque la pieza no haya terminado. Por lo demás, ha ido bien. Mucho más que eso. Durante las casi dos horas que ha durado el concierto, no me he acordado de que “El Hombre” y yo estamos pasando por un momento crítico en el que, probablemente, mandemos al carajo nuestros orgasmos compartidos y nuestras risas salvavidas. Tampoco me he acordado de que en mi trabajo hay demasiados patanes con el bastón de mando pegado con titanlux. Y, por supuesto, se me ha olvidado que tampoco este año podré estar en Vitoria (qué cartel tienen, cielo santo). Porque, cuando vas a un concierto como el de hoy, y hay tres tipos haciendo malabares con la magia, te engatusan y te hacen levitar… Entonces, nada más existe. Ni los problemas amorosos, ni los Coelhos, ni los Bucays, ni los jefes estúpidos, ni la puta madre que parió a los obreros de la M30 que, esta noche, tampoco me dejarán dormir.

Pero da igual. Han pasado casi tres horas desde que acabara el concierto y aún tengo ese sabor cojonudo de que nada más importa.

Correspondencia pendiente I


Querida Marilyn Monroe:

¿Quién eras cuando él recogía el reloj de tu mesilla de noche y, tras detenerse en sus agujas con la mirada ya ensayada, te decía “es tarde, nenita, tengo que irme”?

Quiero decir que sé que, unas horas antes de eso, cuando le seducías para que se metiera contigo en la cama, entonces, eras Marilyn. Pero, cuando él se iba de tus sábanas sudadas para meterse a hurtadillas en las sábanas de Jacqueline… ¿quién eras entonces? ¿Eran las entrañas de Norma Jean las que se rompían a pedazos? Necesito que me digas que sí, necesito saber que también tú maldecías ese momento y escondías tu rabia en la sonrisa de rubia tonta.

Querida Marilyn, cuando veías que todo el mundo te mitificaba, presionándote para que siempre tuvieras la palabra vacía y la alegría estúpida que contagiara sus mediocres vidas de banalidad… ¿en ese momento, mi querida Norma, no te entraban ganas de aullar el odio que habías ido comprimiendo en tus escasos ciento cincuenta centímetros de soledad? Dime que sí. Dime que, entonces, tampoco eran Marilyn.

No sé si alguna vez, “Tu Hombre” te mintió promesas o te drogó con mentiras. Supongo que sí. Supongo que te dijo muchas veces que, pronto, podríais estar juntos, “pronto, nenita, aguanta un poco más, pronto, pronto, pronto”. Seguro que te mintió que no amaba a Jacqueline, que estaba con ella porque, siendo el Presidente de Estados Unidos, era muy complicado plantear una separación. Además, la hipoteca de la Casa Blanca seguro que era cara de narices. No sé, mi querida Norma, si cuando él cerraba la puerta de tu casa también tú te servías una copa, te fumabas un cigarro sumiendo tu amor propio en el olvido y te maldecías a ti misma por ser tan crédula y tan estúpida. No sé si te pondrías aquella canción del otro Press, cantada por el malditismo de otra Lady que tampoco tuvo demasiada suerte con los hombres. Ya sabes de la que hablo. Las dos, tú y yo, nos hemos exorcizado el odio muchas veces en esa canción. Love me or leave me.

Querida Norma. Te escribo esta noche porque, hoy, estoy más cerca de ti de lo que haya estado de nadie. Esta noche, como tú tantas veces, hago de equilibrista en este circo que nos ha tocado o que hemos elegido. La cuerda, terriblemente delgada, tan minúscula que creo que me voy a caer sin remedio, está tejida con la esperanza de que esto salga bien. Pero, mi querida Norma, la esperanza se va haciendo cada vez más pequeña e insignificante. Así que, por momentos, como te pasó a ti, me siento tentada de tirarme abajo, de acabar con todo, de dejar que, después de haberse metido a hurtadillas en las sábanas de otra Jacqueline, se quede ahí para siempre. Dejar que se despierte con la noticia de mi pérdida y de que ya es tarde, que ya no podrá hacer nada, ni renunciar a la Presidencia, ni pedir el divorcio, ni pedir perdón por todas las copas y todos los cigarros que asimiló tu sangre cuando te dejaba pletórica de odio, de impotencia, de locura.

Querida Norma, te debo esta carta desde hace mucho tiempo. Te debo la disculpa, retrasada, escondida durante demasiados años. No eras tan tonta, ni tan rubia, ni tan Marilyn como creía. Entiendo (ahora entiendo) y te perdono (ahora te perdono) por haber sido Marilyn para conseguir que él se metiera en tus sábanas, te tocara como si fueras la mujer más hermosa del mundo y te arrancara los orgasmos que necesitabas que un hombre te quitara. Ahora te entiendo. Y también sé ahora que no fuiste una cobarde. Una noche, cuando él posaba su mirada ensayada sobre la esfera del reloj, le dijiste que eras Norma, ¿verdad? Le pediste que no se fuera. Le amenazaste con dejarle, con contarlo todo a un periodista del New York Times o con cualquier otra cosa que impidiera que volvieras a sentirte engañada, ridícula o infravalorada. ¿Verdad que lo hiciste? Todos sabemos qué hizo él entonces.

Querida Norma. Estoy escuchando el Love me or leave me. Es por eso que me he acordado de ti. Como tú, también como Billie Holiday, me encuentro al borde de un abismo de rabia, odio e impotencia. Por eso necesitaba escribirte. Para saber que, cuando él se iba y te hacía sentir sólo un trozo de carne hollywoodiense, entonces, en ese momento, no eras el mito de curvas tontas y pecaminosas.

Sólo quería decirte eso, que después de tanto tiempo, te he comprendido y me he reconciliado contigo. Descansa en paz.



Love me or leave me

La Big Band de Jerry González




Anoche me hicieron dos regalos. El primero, el dvd por el que nos batimos, en un duelo dialéctico, José Miguel y yo. El segundo, una invitación para la presentación del último disco de Jerry González, “Music for Big Band”.

Recibí el correo electrónico el viernes. Erradizo me decía que tenía una entrada de sobra para el evento y que, si me apetecía, era mía. No me gusta quedar con gente a la que he conocido a través de una pantalla de ordenador. No me siento cómoda. Quizá porque todos, por mucho que digamos lo contrario, nos escondemos tras un nick y nos inventamos, en él, al alter ego que siempre quisimos ser. Quizá es que haya demasiados trolls habitando en las tres w. El caso es que, esta vez, en lugar de poner una excusa tonta, me eché al ruedo y dije: “sí, quiero ir contigo”.

Así que, anoche, sobre las 20.30 horas, empecé el ritual de preparación. Y es que, al jazz, una no va de cualquier modo. Todos los rituales tienen sus preparativos. En los funerales, una se pone el traje negro y coge un pañuelo de tela para limpiar las lágrimas que tiene que soltar en señal de plañidera complicidad. El día de la boda, la novia se pone un vestido blanco, un liguero azul y algo de oro prestado. Para un concierto heavy, el fan deja sus rizos al viento y desempolva la camiseta de Iron Maiden que guarda en el último cajón de su armario. Y en un concierto de jazz, una se viste de negro, se pone un escote de fémina jazzera, se sube al tacón justo y se maquilla el rostro aniñado para parecer una mujer.

Habíamos quedado en un bar cercano, para ir ahogando en cerveza las posibles timideces de dos blogueros que deciden dejar de ser el nick que les respalda para convertirse en Olvido y Roberto. No hubiera hecho falta ni la cerveza ni la taberna. Como si ya le conociera de antes, como si nunca hubiésemos sido Erradizo ni Lacasiopeaa, hablamos y escuchamos con la comodidad del reencuentro de dos viejos compañeros de batalla. Por un momento, ambos echamos de menos la presencia de un tercer mosquetero de Zaragoza. Pero eso, él ya lo sabe.

Debían ser las diez y media de la noche cuando, Roberto y yo, nos adentramos en la catacumba calurosa que es la Sala Caracol (no estaría mal que instalaran un aire acondicionado, ni siquiera mi abanico andaluz hizo soportable el fuego que había cerca del escenario).

“No sé dónde los van a meter a todos” – me decía Roberto un poco antes de que se descorrieran las cortinas. No era un comentario gratuito. Al final del concierto, contamos unos 19 músicos, aunque puede que nos engañara el propio radar óptico.

Es muy difícil que una Big Band suene bien. O, al menos, es muy difícil que suenen bien en un habitáculo pequeño, más preparado para un mini tablao flamenco que para alojar a ciento y la madre entonando latin jazz. Pero, claro, era Jerry González, que no es precisamente “nuevo” en estos lares.

“Es mi trompetista favorito” – me había dicho mi compañero de parranda. Yo, que le había escuchado en Calle 54, que le había oído en algún disco escuchado fugazmente, sabía que era un buen músico. Pero lo mío no es el jazz latino. Como dijera Sick Boy en las páginas de Trainspotting, “yo soy un purista del jazz”. Y sí, me gusta mucho más ese eco que recuerda al Cotton Club o al Bop, incluso al Cool. Y, sin embargo, cuando se descorrieron aquellas cortinas y vi esa masificación de percusión, viento, cuerda… me quedé ahí, alunada, congelada en el efecto teatral de la Jerry González Big Band.

Es muy difícil quedarse con un instrumento. Pero, en esta ocasión, elijo la percusión. Tres percusionistas (incluido el propio Jerry) que, en el último tema oficial (después vendrían los bises) me dejaron con la boca abierta, comiendo techo o escenario (según se mire).

De fondo, Roberto gritaba “Ese Jerryyyyyyy”. Y a mí se me dibujaba una sonrisa estúpida en la cara. Y es que hay pocas cosas que me gusten más que ver a alguien disfrutar de un concierto con la boca abierta y la ovación asomando a la comisura de los labios.


Escuchando Béla Fleck & The Flecktones, "Live At The Quick"