A propósito de la San Silvestre Vallecana


Jane y yo al terminar la San Silvestre Vallecana


Anoche, 31 de diciembre, corrí la San Silvestre Vallecana. Era la primera vez que corría diez kilómetros, mi segunda carrera y la primera de 10K. Tras las dos carreras en las que he participado, una de 5K y esta San Silvestre, mucha gente me ha preguntado en qué posición quedé, como si eso importara algo. Quiero decir, quitando a los deportistas profesionales, que no deben de suponer ni el 2% de los participantes de una carrera, el resto de participantes no corren para ganar. Corren para alcanzar su mejor versión. Tan sencillo e imponente como eso. 

Sin embargo, que toda esta gente me haya preguntado una y otra vez lo mismo, me ha servido para darme cuenta de la mediocre educación que han recibido los españoles durante generaciones o, mejor dicho, la carencia de valores, de buenos valores, que han sufrido nuestros hermanos, padres y abuelos. En este país se ha enseñado que el deporte solo sirve para alentar la competitividad. Se corre para ganar, se juega al baloncesto para ganar, se practica fútbol para ganar... Ganar, ganar, ganar (y de camino, transmitir la idea del perdedor, decepción, competitividad...) Así hemos llegado a un país con estadios de fútbol llenos de insultos y gritos de odio, de confundir el animar a tu tenista con hundir al contrario, de medirnos, como país, con otro ciclista o de sentirnos magnánimos solo por ganar al fútbol al país vecino que, probablemente, aunque pierde al baloncesto tiene un sueldo mínimo que triplica el nuestro... Qué cosas. 

Así que cada vez que me preguntan mi puesto en cualquiera de las dos carreras, se me queda cara de signo de interrogación. ¿En qué posición llegué? No lo sé. Nunca lo miré. Al final de las dos carreras, cuando se hicieron públicas las marcas, solo comprobé el tiempo que había invertido y la velocidad promedio por kilómetro. Eso es lo que me importaba y lo que me importará siempre (si es que no pierdo el norte y me convierto en una imbécil profunda, claro). 

Y, después de saber mi tiempo total y mi velocidad promedio, solo lucho contra mí misma. Si hice 5K en 32 minutos y 21 segundos el 15 de diciembre, el 17 entrené para llegar a hacer, en unas semanas, esos mismos cinco kilómetros en 31 minutos, y luego en 30, y meses más tarde en 29 ... Y así ir venciéndome a mí misma, a mi naturaleza, a mis músculos que, durante tantos años, han estado cómodamente tirados en un sofá mientras otros seres humanos se calzaban unas zapatillas y salían a correr. Me atrevería a jurar que, con toda probabilidad, ellos tampoco miraron nunca la posición en la que terminaron una carrera. No quiero vencer al que corre a mi lado, quiero formar equipo con él y alentarle cuando parezca agotado: "Vamos, campeón, que ya nos queda poco", igual que hicieron ayer conmigo desconocidos maravillosos que me arrancaron lágrimas de emoción. Los niños que me chocaron la mano en la Castellana, el hombre que me dijo "venga, valiente, que eres un ejemplo" a la altura de Atocha o la mujer que tocaba un timbal para animarnos en la entrada en Vallecas. Todas esos seres humanos, que ayer salieron de sus casas y animaron, bajo un frío agotador, a los 40.000 locos desconocidos que cruzaron Madrid corriendo, son unos héroes y no sé si son conscientes de la importancia de sus ánimos. Ojalá alguno de ellos lea estas palabras: Gracias, de corazón.

Sin embargo, el aliento más importante me vino de Jane, que corría a mi lado. Recuerdo que, durante la terrible subida de la Avenida de la Albufera, le dije "I can't. I think I need to stop. I'm dying". Ella me sonrió con esa sonrisa infinita suya que más que sonrisa parece un amanecer lleno de luz y calor y me respondió algo parecido a un "No, the climb finishes in a few meters. I'm seeing the end. ¡Tú puedes!".  En ese momento tuve que girar la cabeza para que no me viera llorar. De felicidad, claro. Por sentir la verdadera dimensión del compañero de carrera, por tener, por fin, una amiga de verdad y mayúscula. También tuve que girar la cara cuando, llegando a la línea de meta, me dijo "your hand" buscando mi brazo. Me cogió de la mano y ambas entramos sonriendo y juntas por el arco de entrada. No hablamos. Solo sonreímos. Esa sensación maravillosa de sentirse acompañada y abrazada tras el cansancio de diez kilómetros batiéndose zancada a zancada contra el suelo, no la entenderá nunca el que no se calzó unas zapatillas y salió a correr. Pero esa sensación es lo que de verdad importa del deporte.

No sé cuántos llegaron antes que yo a la línea de meta ni cuántos lo hicieron después. Me da igual. Aunque hubiera llegado la última, habría millones de personas que, tirados cómodamente en sus sofás, decidieron no calzarse unas zapatillas y correr a mi lado para decirme un "vamos, campeona, que ya nos queda poco". A todos los efectos, llegaron después de mí. Y sigue sin importarme. Solo me importa superar mi propia marca en la próxima carrera para llegar a ser una mejor versión de mí misma. Ese debería ser el verdadero valor o finalidad del deporte y, sin embargo, durante generaciones nos han enseñado otras mentiras. Ojalá que a mis sobrinos y a los niños de su generación les enseñen que el deporte, realmente, solo sirve para hacernos mejores personas.