Nota: este cuento, reconvertido en post, es antiguo. Hace siete años que escribí este "tanto de menos". Lo publico aquí porque pensé que hay gente a la que tal vez le gustaría leerlo. No, este tampoco es un post sobre jazz. Ustedes me disculpan.

A Julio Montero, por contarme cuentos
sobre el cine disfrazados de clases de doctorado
… tanto de menos
Ya nada es como les prometieron que sería. No hay mariposas haciendo cosquillas en el vientre. No hay piropos, ni coqueteo, ni danza del apareamiento.
Ya nada es como ella soñó un día que sería. Él ya no le propone brindis con Riojas del 86, ni le deja poemas, escondidos por la casa, escritos en un post-it.
Ya nada es como él soñó un día que sería. Ya no hay entrañas que arden por la noche bajo las sábanas. Ni sonrisas cómplices, ni caricias en la espalda.
Silencios. Reproches que se ahogan en miradas de desprecio. Espacios incómodos que aún comparten porque no les queda más remedio. Porque no se plantean reconocer en público que ya no son felices. Porque les da miedo aceptar que el tiempo les ha vencido.
Nunca lo han hablado, no han llegado a un acuerdo formal ni han estrechado sus manos para sellar el contrato. Pero, desde hace unos meses, ella huye de casa unos días y él lo hace los restantes. Así no han de encontrarse. Así el cónyuge estará dormido al regresar a casa y se evitarán los reproches, las miradas de desprecio, los silencios incómodos.
Ella ha oído en la radio que en la Filmoteca Nacional ponen Jenny, una película que vio sentada en las rodillas de su padre cuando aún no sabía que el amor lleva fecha de caducidad impreso en la monotonía. Se acuerda de su padre, de cómo la acurrucaba mientras el vídeo Beta reproducía las historias en las que aprendió a buscarse a sí misma. Se acuerda de esos años en los que era el hombre más sabio del mundo y ella gimoteaba un ¿por qué, papá? cuando la cinta se acababa. Entonces, esboza una sonrisa que se columpia entre la ternura y la tristeza.
Él ha tenido un día duro de trabajo. Una semana, un mes y un año. Él no podría señalar en el calendario el día en el que vive. Sí sabe la hora, porque su reloj son unos grilletes que le mantienen clavado a su agenda de piel marrón. En el periódico ha leído que reponen una vieja película de Jennifer Jones en la Filmoteca. Quiere olvidar y ser olvidado entre los ojos de celuloide del personaje de Jenny.
Ella se sienta en la fila número siete. Centrada. Siempre lo ha hecho así. Acostumbró a su marido, que prefería siempre sentarse al final de la sala, a disfrutar de ese lugar del anfiteatro en el que la película te envuelve y el sonido es capaz de confinarte en un personaje más dentro de la ficción. Se pregunta si él seguirá sentándose en las filas número siete o si, por el contrario, habrá vuelto a recluirse en el asiento más alejado de la imagen proyectada.
Ya han apagado las luces cuando él entra en el cine. Los números de las filas se iluminan en la oscuridad, de modo que no le es muy difícil llegar hasta la estela del número siete. En el centro distingue una silueta de mujer. Se sienta dejando la protocolaria separación de una butaca. A los pocos minutos de empezar la película, un personaje gasta una broma absurda. Él esboza una sonrisa. El resto de la sala, salvo la sombra de la mujer que disfruta a un asiento de distancia, guarda silencio.
Ella se ha reído. Es un chiste absurdo de uno de los personajes, pero ella se acuerda irremediablemente de las bromas que le gastaba su marido cuando aún eran novios. Piensa en él, en el hombre que fue hace tiempo, cuando aún no le ahogaba su presencia en el mismo cuarto.
Él la oye reírse y reconoce en la carcajada a la mujer que amó. Reconoce la risa de la persona que no miraba con reproche, sino con complicidad. Recuerda a la mujer que ardía bajo las sábanas. Revive las bromas que él le gastaba y la alegría que ella le concedía. Más por instinto que por premeditación, él alarga la mano hasta la silueta de la mujer que ella fue un día, antes de que la monotonía la convirtiera en un ser desilusionado. Acaricia la mano de ella y la enlaza con la del hombre que él fue un día, antes de convertirse en el personaje apático que es hoy.
Puede que sea la oscuridad. Quizá sea la magia desbordada a través de un proyector cinematográfico, la música de fondo o el guión invitando al espectador a olvidarse de la desidia que encontrará a la salida. Ninguno de los dos puede ni quiere explicarlo. Quizá saben que sólo es un espejismo que les ha regalado, por un instante, el séptimo arte. De cualquier modo, no importa. La mano de él y la de ella se han juntado por primera vez tras demasiado tiempo de huidas y ausencias.
Cuando, dentro de uno hora y media, las palabras The End invadan la pantalla de la Filmoteca, todo volverá a ser silencio y reproche. Volverá a haber una distancia demasiado incómoda entre el matrimonio. Pero, en el momento en que la mano de él enlaza la de ella, la mujer no puede contener el dulce susurro: “te he echado tanto de menos”.
Olvido A.
2005