In a Sentimental Mood



- 3 -

Charlie Parker terminó de tocar su How High the Moon al tiempo que la mujer terminaba su copa de vino. Se deja beber, se dijo en voz alta mientras miraba la etiqueta de la botella donde se leía “Los Boldos. Cuvée Tradition. Shiraz 2009”.

Dejó la copa sobre la mesa y sintió ganas de fumarse un cigarro. Hacía ya tres años que había dejado de fumar y, sin embargo, de tanto en cuando, sentía el deseo de encender un cigarrillo. Casi podía sentir el idealizado sabor del tabaco en su boca. Olía, mentalmente, un aroma que creía asociar a su marca habitual de cigarrillos. Cerró los ojos y terminó de saborear aquel pitillo ficticio que, todavía, luchaba por no convertir en real. Se puso de pie y fue hacia la estantería donde guardaba sus discos. Su madre le había dicho mil veces que se los llevara de allí, pero mil y una veces ella le había prometido hacerlo más tarde, otro día, cuando tenga tiempo.

Cogió el disco Duke Ellington and Jonh Coltrane, uno de los amores verdaderos de su vida, y lo llevó hasta el viejo gramófono de su abuelo. Puso la primera pista, In a Sentimental Mood y salió a la terraza. No había salido allí desde hacía mucho tiempo. No recordaba con exactitud cuándo, pero sabía con certeza que fue antes de que su madre decidiera arrojarse al vacío desde esa misma terraza.

Continuará...

Un cuento antiguo

Nota: este cuento, reconvertido en post, es antiguo. Hace siete años que escribí este "tanto de menos". Lo publico aquí porque pensé que hay gente a la que tal vez le gustaría leerlo. No, este tampoco es un post sobre jazz. Ustedes me disculpan.






A Julio Montero, por contarme cuentos
sobre el cine disfrazados de clases de doctorado


… tanto de menos


Ya nada es como les prometieron que sería. No hay mariposas haciendo cosquillas en el vientre. No hay piropos, ni coqueteo, ni danza del apareamiento.

Ya nada es como ella soñó un día que sería. Él ya no le propone brindis con Riojas del 86, ni le deja poemas, escondidos por la casa, escritos en un post-it.

Ya nada es como él soñó un día que sería. Ya no hay entrañas que arden por la noche bajo las sábanas. Ni sonrisas cómplices, ni caricias en la espalda.

Silencios. Reproches que se ahogan en miradas de desprecio. Espacios incómodos que aún comparten porque no les queda más remedio. Porque no se plantean reconocer en público que ya no son felices. Porque les da miedo aceptar que el tiempo les ha vencido.

Nunca lo han hablado, no han llegado a un acuerdo formal ni han estrechado sus manos para sellar el contrato. Pero, desde hace unos meses, ella huye de casa unos días y él lo hace los restantes. Así no han de encontrarse. Así el cónyuge estará dormido al regresar a casa y se evitarán los reproches, las miradas de desprecio, los silencios incómodos.

Ella ha oído en la radio que en la Filmoteca Nacional ponen Jenny, una película que vio sentada en las rodillas de su padre cuando aún no sabía que el amor lleva fecha de caducidad impreso en la monotonía. Se acuerda de su padre, de cómo la acurrucaba mientras el vídeo Beta reproducía las historias en las que aprendió a buscarse a sí misma. Se acuerda de esos años en los que era el hombre más sabio del mundo y ella gimoteaba un ¿por qué, papá? cuando la cinta se acababa. Entonces, esboza una sonrisa que se columpia entre la ternura y la tristeza.

Él ha tenido un día duro de trabajo. Una semana, un mes y un año. Él no podría señalar en el calendario el día en el que vive. Sí sabe la hora, porque su reloj son unos grilletes que le mantienen clavado a su agenda de piel marrón. En el periódico ha leído que reponen una vieja película de Jennifer Jones en la Filmoteca. Quiere olvidar y ser olvidado entre los ojos de celuloide del personaje de Jenny.

Ella se sienta en la fila número siete. Centrada. Siempre lo ha hecho así. Acostumbró a su marido, que prefería siempre sentarse al final de la sala, a disfrutar de ese lugar del anfiteatro en el que la película te envuelve y el sonido es capaz de confinarte en un personaje más dentro de la ficción. Se pregunta si él seguirá sentándose en las filas número siete o si, por el contrario, habrá vuelto a recluirse en el asiento más alejado de la imagen proyectada.

Ya han apagado las luces cuando él entra en el cine. Los números de las filas se iluminan en la oscuridad, de modo que no le es muy difícil llegar hasta la estela del número siete. En el centro distingue una silueta de mujer. Se sienta dejando la protocolaria separación de una butaca. A los pocos minutos de empezar la película, un personaje gasta una broma absurda. Él esboza una sonrisa. El resto de la sala, salvo la sombra de la mujer que disfruta a un asiento de distancia, guarda silencio.

Ella se ha reído. Es un chiste absurdo de uno de los personajes, pero ella se acuerda irremediablemente de las bromas que le gastaba su marido cuando aún eran novios. Piensa en él, en el hombre que fue hace tiempo, cuando aún no le ahogaba su presencia en el mismo cuarto.

Él la oye reírse y reconoce en la carcajada a la mujer que amó. Reconoce la risa de la persona que no miraba con reproche, sino con complicidad. Recuerda a la mujer que ardía bajo las sábanas. Revive las bromas que él le gastaba y la alegría que ella le concedía. Más por instinto que por premeditación, él alarga la mano hasta la silueta de la mujer que ella fue un día, antes de que la monotonía la convirtiera en un ser desilusionado. Acaricia la mano de ella y la enlaza con la del hombre que él fue un día, antes de convertirse en el personaje apático que es hoy.

Puede que sea la oscuridad. Quizá sea la magia desbordada a través de un proyector cinematográfico, la música de fondo o el guión invitando al espectador a olvidarse de la desidia que encontrará a la salida. Ninguno de los dos puede ni quiere explicarlo. Quizá saben que sólo es un espejismo que les ha regalado, por un instante, el séptimo arte. De cualquier modo, no importa. La mano de él y la de ella se han juntado por primera vez tras demasiado tiempo de huidas y ausencias.

Cuando, dentro de uno hora y media, las palabras The End invadan la pantalla de la Filmoteca, todo volverá a ser silencio y reproche. Volverá a haber una distancia demasiado incómoda entre el matrimonio. Pero, en el momento en que la mano de él enlaza la de ella, la mujer no puede contener el dulce susurro: “te he echado tanto de menos”.



Olvido A.
2005

San Javier


Es tan difícil no enamorarse y reenamorarse año tras año del Festival Internacional de Jazz de San Javier...

How High the Moon


- 2 -

Ben Webster acababa de tocar Over the Rainbow solo para ella. O, al menos, eso le gustaba imaginar cada vez que ponía un disco en aquel gramófono heredado de su abuelo. Su abuelo había sido su dios y su gigante. Más que eso. La sonrisa en la que acunarse y la mirada en la que recuperar el equilibrio. Abuelo, te echo tanto de menos, pensó mientras ponía un disco con la leyenda Charlie Parker Quintet Live 1948.

La mujer --hacía ya años que había dejado de ser una chica, aunque ella siguiera pensándose una jovencita necesitada de consejo, beneplácito y protección-- se llevó la mano al rostro. Se acarició la comisura de los labios y después el párpado derecho. Aquella misma mañana se había visto en el espejo una pequeña berruga y, un poco más arriba, su primera arruga. En ese momento, Charlie Parker tocaba -solo para ella- How High the Moon. Cerró los ojos y sonrió. ¿Te acuerdas, abuelo, de cuando me cantabas "quisiera ser tan alta como la luna"? Te reías, y yo hacía como que me enfadaba. Pero era imposible no caer contagiada por tu risa.

Volvió a tomar la carátula de aquel disco, pasando el dedo por las letras que formaban la leyenda Charlie Parker Quintet Live 1948. Se detuvo en el 1948. En ese año, tu hija solo tenía dos años. ¿Tendría ya, entonces, tanta rabia y tanta ira aquella niña, abuelo? ¿La miraste alguna vez y te cortaste por sorpresa con sus ojos de hielo afilado? Abuelo, ¿cuándo supiste que tu hija sería infeliz hasta el último de sus días?

Continuará...

El camino de baldosas amarillas



- 1 -

El camino de baldosas amarillas ha resultado ser demasiado largo. Y los zapatitos de charol rojo no funcionan por más que los golpee el uno contra el otro. Chas chas. Nada. Solo consigo hacerme daño. Chas chas. Ya tengo una rozadura en el talón. Chas chas. Nunca llegaré a casa, porque el Mago de Oz, que me espera al otro lado de estas infinitas baldosas amarillas, se ha cansado de esperar.

Continuará...