
Podría haber llegado a ser una estrella a la altura de Marilyn Monroe o cualquiera de las Hepburn, pero Lena Horne se equivocó de época. Nació en unos años en los que, sus números musicales, se mutilaban de las películas para poder ser exhibidas en los estados del Sur. La sociedad (racista) blanca de la Norteamérica de los años cuarenta no podía soportar ver a una persona afroamericana más bella, más feliz y más próspera. Las envidias y las inseguridades, y no otra cosa, son el origen del racismo y la violencia.

Lena Horne fue la segunda persona afroamericana en firmar un gran contrato con un estudio de Hollywood. Poco le sirvió. El estudio no sabía qué hacer con una mujer tan bella, tan sensual (y sexual) y tan... negra. El estudio no podía permitirse saber que millones de americanos blancos se tocarían, alguna vez (o muchas) pensando en la negra Lena Horne.
Cuando se casó con su segundo marido, blanco él, tuvo que esconder el matrimonio por amenazas de muerte. Esa era la América en la que se equivocó al nacer la bella Horne. Lejos de achantarse o ceder ante el racismo de la época o el menosprecio de su talento del estudio para el que trabajaba, la actriz y cantante aún se hizo más fuerte. No le faltó ni tiempo ni valor para luchar en algunas de las causas sociales más importantes de la Historia de los Estados Unidos. Apoyó a los diez de Hollywood que, unido a su militancia pro derechos civiles, le sirvió para ir a parar directamente a las listas negras de Hollywood. Durante toda su vida luchó y peleó como una fiera por los derechos de los afroamericanos y de las mujeres.

Cada vez que veo una pitillera, pastillero, bolso, paraguas, camiseta, serigrafía, bolígrafo o funda de iPad con la cara de Marilyn o la silueta de Audrey me da por pensar en la Horne. Si no se hubiera equivocado de época, quizá ella también habría podido estar en esas pitilleras, serigrafías o fundas de iPad.
Lo que no podrán quitarle nunca fue el honor de recibir dos estrellas en el Paseo de la Fama de Hollywood. No creo que esas dos estrellas borraran de su mirada ese aire triste, pero seguro que, al menos, le arrancaron una de sus sonrisas enormes.
