Acción de Gracias


Me dispongo a cocinar una cena de Thanksgiving. O al menos, a intentarlo.

Tengo el pavo para hacerlo glaseado a los arándanos (vale, eso no es exactamente pavo de Acción de Gracias), tengo la calabaza para hacer un pastel y... Me falta un disco especial Thanksgiving.

So-co-rro. ¿Alguien puede ayudarme?

Over and out

Un regalo




Sé que de un tiempo a esta parte, apareco por sorpresa y después vuelvo a desaparecer durante demasiados silencios. Sé que he intentado dar una y mil explicaciones. Sé quiénes estáis ahí a pesar de que me quede callada. Sé que sabéis que tengo uno y mil discos que compartir. Lo he dicho ya muchas veces. El alcohol, la música, el sexo, los vicios en general... saben mucho mejor bajo la lumbre compartida.

No sé cuánto tiempo va a durar esta desidia de aparecer para volver a quedarme callada. Pero hoy no quería (no podía) irme a la cama sin poner este disco con el volumen bien alto. De alguna manera, me gustaría que su sonido llegara a Zaragoza, a Tarragona, a un piso cerca de Embajadores, a Mexico... A todos esos lugares en los que habita una persona que, de tanto en cuando, esboza una sonrisa al ver un nuevo post en este espacio. Y tampoco quería (ni podía) irme a dormir sin regalaros esta joya.

Pd. Otro día hablaré de la grandeza de rapidshare, megaupload y otros servidores de descarga directa.

Marchons, marchons

Escribía Maruja Torres en el dominical de El País:

La Marsellesa es la más bella canción de amor de largo aliento. Algo así como el resultante de mezclar en una coctelera Le Temps de Cérises, Plaisir d'Amour y el grito de Marlon Brando-Kovalsky ("¡Stellaaaaaa!") en Un tranvía llamado Deseo. La humanidad, humana en su deseo animal y dignísimo de libertad, igualdad y fraternidad, con un poco de buen sexo practicado a cualquier hora y sin curas de por medio.


Una lee a la Torres, que es algo así como la mujer con la que un día soñé un llegar a parecerme, y se queda, cuanto menos, pensativa. Y después se acuerda, cómo no, de la única escena que de verdad me hace llorar en Casablanca. A lo mejor es por ser hija de quién soy, o por haber sido alumna de quien lo fui, pero aquella batalla lírica que ganan "los buenos" siempre me hizo llorar, sobre todo desde que vi a mi padre enjugarse el llanto de la garganta en esa escena. El resto, sólo hace que me suba la rabia desde los intestinos. En casi todos los planos de Ilse, por poner el ejemplo obvio. Una se enerva, metería las manos en el televisor, aun a riesgo de cortarse con el cristal o de electrocutarse con la corriente, sólo por el mero placer de asfixiarla con mis propias manos. Ilse es tonta hasta la náusea. Y sólo de escribir este párrafo ya me cabreo. En cambio, Rick/Humphrey se merece todos los suspiros y todas las palabras de amor que sea capaz de escribir a lo largo de mi vida. La una es un reno o una gallina, que de tontos que son sólo se puede esbozar una sonrisa compasiva al pensar en ellos. El otro es un gato montés con gabardina y tabaco.

Así que una no llora (ni lo intenta) cuando Ilse se va con el héroe Laszlo. Sólo desea que se caiga subiendo las escaleritas y se rompa la cadera. Sin embargo, en aquella otra escena de Casablanca, una se sujeta las piernas para no ponerse en pie y gritar sin escatimar en pulmones:

Aux armes citoyens!
Formez vos bataillons!
Marchons, marchons,
Qu’un sang impur abreuve à nos sillons!


Escribía Maruja Torres que La Marsellesa es algo así como la más bella canción de amor de largo aliento. Lo decía en relación a los abucheos de los jugadores magrebíes al himno de la Selección Francesa. Lo hacía desde el enfado y la incomprensión hacia la estulticia humana. Sin embargo yo ni me irrito. Si todos tuviéramos una Marsellesa, ni siquiera nos preocuparían las declaraciones, si no estúpidas al menos sí fuera de contexto, de un símbolo que al parecer ya ha aprendido a hablar español. Si todos tuviéramos una Marsellesa que enseñar a cantar a nuestros sobrinos, cuando menos, saldríamos a la calle con la cabeza un pelín más alta. Claro que entonces una se pone un poco pesimista. En Francia, la Piaf puso al límite su quebrado hilo vocal en la más bella canción de amor de largo aliento. En nuestro país y en el mejor de los casos, Manolo Escobar se habría encargado de embadurnar escatológicamente nuestra particular Marsellesa. Casi mejor, entonces, tener un himno (que es muy feo) sin letra.






Otro enfado más


Habéis colmado el vaso.
Todos los años me enfado, pataleo y, después, os insulto a través de este blog.
Pero, como un pequeño borrego, acabo acreditándome o comprando una entrada (o varias).

Sin embargo, este año habéis colmado mi paciencia. Ya no. No me mandéis más correos, no me pidáis que cubra a ningún músico para ningún site. Este año, os podéis meter vuestro jazz (que intenta ser más elitista que jazz) en el lugar que mejor os siente. Una cosa es la hipocresía y otra muy distinta ser un hijo de puta (con todas las letras y todas las mayúsculas). Primero me cerráis el Bogui (cuántas noches, cuántos recuerdos, cuantos acordes poniéndome cachonda...) y unos días después intentáis venderme que el Ayuntamiento de Madrid está muy involucrado con el jazz... ¡Que os den!

Este año, si necesito ver un concierto, me iré a los clubs que aún me dejáis abiertos. Y si no, me cojo el coche y me subo a Zaragoza. Está más cerca de mi paraíso que vuestro infierno. (Gracias, Javier)