The Three Little Bops

Probablemente a todos os contaron el cuento de los tres cerditos. A mí me lo narró mi abuelo. Quizá ya me lo habían contado antes, cuando aún no tenía la retentiva suficiente para conservarlo. En cambio, recuerdo al hombre enjuto que era mi abuelo. Me cogía de la mano, como con miedo a perderme en un descuido cruel, mientras caminábamos hacia el minúsculo terreno donde olvidaba su jubilación plantando tomates.

Aquel día estaba haciendo una caseta en la que resguardarse de la lluvia. Eso decía él. Yo creo que la hacía para resguardarse del sol en las tardes de siestas campestres. Mientras colocaba sus ladrillos, con su improvisado cemento, me contaba aquel cuento de los tres cerditos.

Es posible que todos tengáis vuestra historia particular. Es probable también que a cada uno os lo contasen de una manera distinta, única. Pero, seguramente, nunca os lo narraron en clave de jazz. De modo que si queréis disfrutar un buen corto de animación de 1957, de la Warner (de quién si no), con Shorty Rogers a la trompeta, sólo tenéis que darle al play.



My Way


Posiblemente sea el tema más emblemático de aquel músico con un olor mágico a mafia y alcohol. La Voz cantaba aquello de a su manera y, de pronto, entendías todo, te alienabas (y alineabas) con su credo y, simplemente, asentías con el convencimiento más enérgico.

My Way no es sólo La Canción de Frank Sinatra. Tal vez sea una de esas composiciones capaces de metérsete dentro, hurgar en tu interior y echar raíces. Porque todos hemos errado muchas veces, pero casi siempre a nuestra manera.

Sammy Davis Jr., que formó aquella gamberrada de Rat Pack con Sinatra, Dean Martin, Joey Bishop y Peter Lawford, también cantó aquella oración alguna vez. De una manera suya y distinta. A Sammy Davis Jr. le consideraron una persona "peligrosa" en los años sesenta. Que así, de pronto, suena a coña. En plena lucha por los derechos civiles, el gobierno estadounidense pensó que aquel músico simpaticón y excéntrico podría traer problemas. No pertencía a los Panteras Negras ni había protagonizado nunca ningún escándalo con tintes de corte político. A Sammy Davis Jr. no le gustaba la política, sino las mujeres (y a poder ser, blancas). Supongo que para el FBI, con el siniestro Edgar Hoover a la cabeza, saber que un negro se estaba tirando a las mujeres (blancas) con las que se masturbaban todos los hombres del planeta, como Kim Novak, provocaba una envidia insana capaz de las estupideces más crueles. Luego se casó con la sueca May Britt, rubia, blanquísima y de ojos azueles. Hazaña ésta que no ayudó a que le cogieran más cariño. Ajo y agua, que dicen en mi tierra, y un brindis por su faena. De momento, se están haciendo cuatro biopics (cuatro, sí, a falta de uno) en Hollywood sobre el músico. Más trabajo para mi Tesis.

También la cantó, y también a su manera, Aretha Franklin. Que no es poca cosa la señora Franklin. Y otra que la cantó, y que tampoco era ninguna pusilánime, fue la tremenda Nina Simone, de quien ya se ha hablado en estas páginas.

Quizá la versión más jassitup, la ponga Lionel Hampton. No lo sé. Supongo que cada uno de ellos, la hizo a su manera. Tan buena y digna como cualquier otra.

Postdata a la entrada anterior


Hacía mucho tiempo que no me salía del cine sin que la película hubiera terminado. Hacía tanto tiempo que, en realidad, no recuerdo cuándo fue la última vez ni si hubo vez siquiera. Me he tragado auténticos bodrios en salas repletas de venado cuyos graznidos alimentaban mi intolerancia hacia el género humano. Y, sin embargo, he aguantado a los títulos de crédito para insultar al director/actores/productor/guionista/público asistente/mundo en general...

Sin embargo, hoy en Tideland, no he podido aguantar. La película llevaba cincuenta minutos que se me habían antojado cincuenta días (sin pan, sin agua, sin tabaco y sin sexo). Aarón y yo nos hemos mirado y él ha dicho: "Nos podíamos ir a la Fnac". "O a que me golpeen el estómago con una barra de hierro ardiente", he pensado yo. Porque cualquier cosa era mejor que seguir soportando tanto coñazo gratuito.

Así que, si llevados por el Post anterior, pensáis que es buena idea comprar una entrada para la última peli del Monty Python americano, mejor que contéis hasta diez. O hasta mil. Y si no, no digáis que no os lo advertí.

Salud.

Recuerdos de "El Rey Pescador"


Cuando hizo El Rey Pescador (The Fisher King), Terry Gilliam entró, quizá sin saberlo, en ese espacio secreto donde guardo todo aquello que me rasga las entrañas.

Yo estaba en la antigua casa, en el antiguo salón, ante la antigua televisión. Aún andábamos con el Beta (creo) y mi padre había traído aquella película del videoclub. Cuando se es de un pequeño pueblo (para mí, Úbeda siempre será un pueblo, por más que traten de reivindicar su ciudadanía desde un patriotismo estúpido), el videoclub se convierte en el mundo imaginario donde todo es posible, todo.

En Úbeda no había cine. Lo había habido, claro. El Teatro Ideal Cinema flanqueba la entrada al casco antiguo con carteles de las películas de los Hombres G o alguna entrega de Los Inmortales. De vez en cuando, incluso, hasta te ponían alguna joya antigua de Hitchcock o Wilder. Lo que pasaba es que, entonces, la gente cambiaba el cine por la discoteca. No estaba el horno para blancos y negros. Esos días insólitos, mi padre solía cogernos a toda la familia (tampoco éramos tantos) y nos sacaba una entrada. Nos compraba un crunch y una coca cola. Y justo antes de que se apagara la luz del anfiteatro, con una sonrisa que podía iluminar todo el pueblo, nos susurraba: "veréis que película más buena".

Solía tener razón. Siempre fueron buenas películas y siempre fuimos de los pocos que habitamos aquella sala. Pero esto era una excepción. Quizá el dueño del Teatro Ideal Cinema tenía ese halo de romanticismo suicida y, de tanto en cuando, olvidaba que su cine era su negocio. Al tiempo dejó de hacerlo. Al tiempo, también dejó el cine. Así que el videoclub, ya lo he dicho, era una puerta que flanqueaba un mundo desconocido donde todo era posible, todo.

Aquella noche papá había traído El Rey Pescador. No sé si aquella película decía que no estaba recomendada para menores de cierta edad. En mi casa, siempre se han omitido esas tonterías. Antes de que cayera el Muro de Berlín, mi madre nos puso una madrugada una película donde había personajes que salían desnudos. Al día siguiente, con la ingenuidad propia de la niña que era, le dije a mi maestra que si había visto aquella película tan chula de la noche pasada. La mujer, de la que tiempo después conocí una relación con el Opus Dei, llamó a mi madre a reunión. Intentó reprenderle por tal irresponsabilidad. Entonces, mi madre (aún sigue presumiendo de ello) la paró en seco. Le dijo que ella me educaría como le entrara en gana y que, con toda seguridad, le saldría mucho más sana mentalmente de lo que estaba mi maestra. No sé si la cosa fue a más o no. Puede que influyera el hecho de que mi madre fuera la Médico de la Directora del Colegio. Vaya usted a saber. El caso es que no sé si tenía razón del todo en aquello de que saldría más sana mentalmente. Pero sí que es cierto que, si tuviera que empezar de nuevo, me gustaría que lo hicieran del mismo modo (y eso ya es mucho).

Pero la cosa iba de que mi padre trajo una noche El Rey Pescador y, de pronto, el mundo se me puso patas arriba. Creo que mi primer pensamiento hacia el periodismo se lo debo a aquel prepotente locutor (Jeff Bridges) que se veía involucrado en una catástrofe de sangre. Me enamoré de aquel personaje y no podía sacármelo de mi cabeza infantil. Sé que la gente aplaudió mucho más, muchísimo más, el histrionismo de Robin Williams. Pero entonces, sin saberlo, yo ya iba buscando a mi pequeño Bukowski perdido.

Años más tarde, Gilliam hizo Doce Monos (Twelve Monkeys), película que vi en mitad de una adolescencia que se balanceaba entre la estupidez cultureta y la imbecilidad rebelde. Que es la mejor edad para ver algo tan tremendo como eso.

Hoy leo que estrenan Tideland y me pinta muy bien. Tal vez es sólo que me dejo llevar por el recuerdo de aquel Jeff Bridges excelso. Pero no puedo dejar de pensar si, mi amigo el existencialista, querrá venir conmigo.

Los True


Los conoces. Seguramente, más de una vez has deseado retorcerle el gaznate a uno de ellos. Toda disciplina artística que se precie de serlo, tiene sus propios “true” (o “puristas”). Es fácil reconocerlos. Están los puristas del flamenco, los del cine (y más aún, los del cine grecochipriota), hay puristas del heavy, del arte abstracto, del cómic, de la literatura… Y también hay puristas del jazz.

Presumen, a priori, de que les gusta un arte, pero sólo saben echar pestes sobre todo lo que se hace, se crea, se edita…

Tienen una expresión juiciosa en la mirada, un talante prepotente con el que te perdonan la vida. Al fin y al cabo, para ellos sólo eres un pobre infeliz que no ha desentrañado la esencia de ese arte.

Hacen cosas tan absurdas como poner en una lista negra ciertas discográficas, ciertas distribuidoras, ciertas editoriales, así, en abstracto. En el jazz, los True odian la Verve. De este modo, da igual que Bird y Dizzy sacaran una obra maestra en esta casa. Por llevar la palabra Verve, ya es una mierda comercial indigna de su tiempo, de su dinero, de sus oídos.

La boca se les llena de azufre y cal cuando un foráneo les dice que ha descubierto el jazz en una emisora “comercial”. A los True no les gusta que ningún mindundi de tres al cuarto entre en su pequeño círculo puro y elitista. Así, inician un combate de preguntas absurdas

- ¿Pero tú sabes quién era John Coltrane?
- ¿Tú sabes quién tocaba la batería en “Kind of Blue”?
- ¿Sabes diferenciar el free jazz del avant garde?

(Los recién llegados al jazz que leéis estas letras, no os desaniméis, el jazz no es esta legión de borderline)

Los True dicen que el jazz se acabó en John Coltrane. [Sin comentarios]

Son tan necios como para criticar a Miles Davis por el único delito de la reedición de sus discos en Sony Music.

Miran a Diana Krall con lástima, como si sólo fuera una tontiloca mediocre que juega a tocar el piano.

Piensan que Louis Armstrong no es del todo jazz, o al menos no es un jazz muy “de verdad” [en resumen, son como aquellas personas que sólo consideran flamenco “los gritos desgarrados”, esto es, el cante hondo]

Los True son, de alguna manera, como los lectores de El Mundo. Piensan que están iluminados, que poseen la verdad universal, el santo grial y su misión es compartirla sólo con quien esté a su altura.

En resumen, los True son sólo un enjambre de lesionados cerebrales que ponen a prueba, cada día, la paciencia de los cívicos aficionados. Aunque no siempre es fácil aguantar las ganas de retorcerles el gaznate.


Escuchando Night and the City, de Charlie Haden & Kenny Barron.

Ver la música


No basta con oír la música; además hay que verla.

(Igor Stravinski)


“Oyes peleas, hueles la cena, escuchas a gente haciendo el amor. Escuchas la radio... Escuchas a gente rezando, peleando, roncando... Traté de poner todo eso en Harlem Air Shaft”. Duke Ellington hablaba de cómo había compuesto uno de sus temas más celebrados.


Al otro lado del mundo y en otra fecha de calendario en la que Ellington explicaba sus musas compositoras, estamos tú y yo. Es uno de esos días, ya sabes, de esos en los que tienes el alma indecisa. Nada te reconforta ni nadie te apetece. Acudes al mueble donde guardas los cds y los vinilos, pero más de forma autómata que libre. Te fijas en aquella colección que te regalaste. Eran cuarenta cds por 15 €. Las grabaciones completas de Duke Ellinton 1924-1947. Sonríes porque recuerdas que pensaste que en la tienda estaban locos. Y la sonrisa te lleva, sin saber muy bien cómo ni por qué, a aquello que dijo el Duque y que tú leíste ya no te importa dónde. Buscas entre las carátulas aquel título de Harlem. Pones el cd en la cadena y pasas con la flechita todos los números hasta llegar al tema que necesitas (no sabes por qué, pero necesitas escucharlo en ese preciso momento). Y entonces una patada te sacude las entrañas. Realmente, ves a esa pareja follando en el tercero. Y ves al repugnante señor del primero protestando cualquier cosa (y todavía recuerdas qué cara de asco te puso cuando tuvo que devolverte el tanga negro que se te cayó a su terraza tendiendo una mañana). Y a tu vecino psicópata sonriéndote como si pensara en arrancarte la piel a bocados (literales). El tema sigue, invadiendolo todo. Y piensas que, después de todo, Stravinski no estaba tan loco ni tan errado como decían, al menos no lo estaba cuando dijo aquella frase tremenda. De hecho, si no ves la música, si no puedes mirar todo eso que decía Ellington, entonces, es que no hemos escuchado las mismas notas ni hemos visto la misma música.

Escuchando Harlem Air Shaft, de Duke Ellinton