Un saxo noruego



A Jan Garbarek lo conocí gracias a un hombre que me susurraba calmantes verbales al otro lado del teléfono. En mitad de la madrugada, y en unos días en los que mi estabilidad emocional se tambaleaba entre la locura y la miseria, aquel hombre me llamaba Laura, como la canción, me hablaba de Verona, de la serenidad del saxo de un noruego llamado Jan Garbarek, de un disco de Charlie Parker que llevaba mi nombre y de que, también él, tenía una mujer con hipoteca que le arrastraba hacia una espiral de demencia y asfixia.

Nunca supe cómo se llamaba aquel hombre, ni de qué color eran sus ojos en los días de lluvia. Y, sin embargo, me desnudé ante él como no lo he hecho con personas que comparten mi herencia genética y mi árbol genealógico. Como si pudiera verme por una grieta de mi casa, sabía llamarme en ese momento oportuno en el que había vaciado una botella de ron, las colillas desbordaban el cenicero y a Lady Day no le quedaban más lamentos que escupirme a la cara. Entonces, le hablaba de El Hombre, de que ya no aguantaba más, de que mañana le seguiría hablando de hipotecas y de que también pasado mañana le diría que ya no podía más.

Los que me seguís desde el principio, ya sabéis que el cuento acabó con un final feliz. De aquel hombre que me hablaba con voz serena al otro lado del teléfono, no supe mucho más. De tanto en cuando, me llega un mensaje en el que se me llama “pequeña Laura”, en el que se me cita en Verona para brindar con un buen vino y en el que se me dedican unas notas de “My Funny Valentine”. Supongo que estará bien, que seguirá consolándose en la serenidad de Garbarek mientras mira en la ventana el reflejo de aquella mujer que le arrastraba hacia esa espiral de histeria que, durante algunas madrugadas, compartió conmigo.

Jan Garbarek viene a Madrid. Al Teatro Real. También viene Charlie Haden. Así que una empieza a hacer malabarismos con la miseria monetaria. Ya he hablado en este espacio de qué supone ver un concierto en semejante escenario. De modo que buscaré una butaca en la que alunarme con la placidez del saxo noruego y la inventiva del contrabajista. Y, seguramente, en el descanso recorreré con mi mirada todas las miradas del coliseo. Por ver si reconozco la mirada serena que, durante algunas noches, me habló de Verona, de un disco de Charlie Parker y de un saxofonista que se llamaba Jan Garbarek.

Se dice, se cuenta


En algunos sitios de renombre, empieza a correr el rumor de que Elvis Costello y Allen Toussaint estarán el 13 de julio en el Viajazz presentando The River in Reverse. Y, por supuesto, te remiten al link del festival. Pero como ya dije en un post anterior, esta página sigue dedicada a la edición de 2006.

Hay clases y clases. Hay formas de trabajar y formas de mediocrear. O como dicen en mi pueblo, "esto es pa' mear y no echar gota".

The River in Reverse es un discazo. Tan tremendo que uno de estos días, si me tenéis paciencia, os enumeraré diez razones por las que bajarlo de la mula (o comprarlo original, según creencias) cuanto antes.

Ahora es tarde. Michael Bublé canturrea algo lamentable en Buenafuente. Pero Miguel Chiclé ha convertido La Barbacoa de Georgie Dann en una suerte de swing. Edu Soto tiene eso que por aquí abajo se llama 'age o duende y que no es demasiado fácil de describir. Cuenta la leyenda que Lola Flores se lo explicó así (de borde) a su hija Lolita:

'Age es lo que tiene tu hermana Rosario. Tú cantas bien.

Edu Soto tiene un algo y llegará lejos. Aunque a lo mejor sólo quiere seguir descojonándose de la risa mientras se gana el pan. Que es una opción cojonuda y no deja cadáveres por el camino. Duke Ellington dijo alguna vez de Louis Armstrong:

Nació pobre, murió rico y nunca dañó a nadie por el camino.

Pero es que Louis Armstrong es otro idioma y otra raza. Adaptando a Woody Allen, cuando decía aquello de Ingmar Bergman: Hay músicos mediocres, a los que desearías meterles el instrumento por el culo. Luego hay algunos que no lo hacen mal del todo. Los hay buenos. Los hay muy buenos. Los hay jodidamente buenos. Por encima están los genios. Y luego están algunos dioses. Pero por encima de todos ellos, está Louis Armstrong. (Y alguno más, no se me enfaden, ni me apunten con el Kalashnikov, que nos conocemos).

Pues eso. Que todo esto venía a que Edu Soto, si quiere, llegará lejos.

Carteles con magia I


¿Se proyecta la sombra de un gato? ¿O es la de un diablo? En cualquier caso, ¿no os parece un cartel delicioso?

Martial Solal


Si has visto À bout de Souffle (Al final de la escapada, Jean-Luc Godard, 1960), sabes a qué me refiero cuando digo que hay músicas cinematográficas que están por encima del propio concepto de música cinematográfica. El responsable fue Martial Solal, un pianista que siempre tuvo un hambre terrible de conocer, de mejorar, de ser mejor pianista o mejor persona. ¿En serio pueden ir separadas ambas condiciones? Porque no hablo del concepto judeocristiano de bueno o malo, sino de persona de mayor calidad. Me refiero a mejorar aquello que nos hace de una u otra manera extraordinarios.

Si aceptamos esto y no entramos en debates filosóficos de mayor calado, ¿no es un músico mejor ser humano cuanto mejor músico es? ¿Se le puede reprochar a un director de cine genial como Woody Allen que pase mucho tiempo trabajando? ¿Se le puede echar en cara a alguien como Charlie Parker que descuidara su vida personal por experimentar a lomos de su saxofón? Pero supongo que éste el debate más viejo del mundo y que no vamos a descubrir América en estas letras.

Hablaba de Martial Solal, un pianista argelino que había crecido entre partituras de música clásica. Seguramente era feliz en su mundo de Mozart y Chopin. Pero un día escuchó a Art Tatum y todos los cimientos de su cotidianidad se desplomaron hacia la nada para volver a encontrarse en otros acordes nuevos.

Después llegarían compañeros de infierno y/o paraíso. Se instaló en París, donde el Club Saint Germain sería una casa para él, en el sentido más literal de la palabra. Grabaría con Django Reinhardt, tocaría con Sidney Bechet y haría trucos de prestidigitación con Don Byas. Lee Konitz dijo de él en alguna ocasión que era su pianista favorito en Europa.

En un rato, los dedos del pianista que enaltecen aquella À bout de Souffle se pondrán ante el amigo/enemigo con el que lleva peleándose/alegrándose toda la vida. Levantará la tapa que protege las teclas/amantes. Quizá cierre los ojos. Tal vez tenga un pensamiento lejano hacia Django o Don Byas. No lo sé. Pero lo que sí es seguro es que yo estaré ahí cerquita para perderme en su laberinto de amor/odio hacia esas teclas, hacia esos acordes. Ya os contaré.

Buenas intenciones


Dice uno de los adagios más sabios de la humanidad que de buenas intenciones está el camino del infierno lleno. Aún hay un refrán un poco más ñoño, pero igual de certero: obras son amores y no buenas razones.

Llega el buen tiempo y una no puede evitar pensar en los festivales veraniegos. Ahí están Vitoria, donde el 19 de julio podré ver a Spike Lee y Terence Blanchard filosofar sobre el jazz y el cine, o sobre la música en el cine del señor Lee. (Los que me conocéis, estaréis imaginando mi ansiedad. Es verdad. No veo el momento).

Un día antes, sin embargo, estaré en San Javier. Ya he hablado alguna vez en este espacio virtual de lo mucho que admiro a la gente de esta localidad murciana. Son un ejemplo de que las cosas cocinadas con amor, con pasión, al final resultan platos bien cocinados. Tienen un programa alucinante. Pero es que, además, por cuatro chapas y media (21 euros) el 18 veré a Wynton Marsalis & The Licoln Center Jazz Orchestra. (Los que me leéis, ya sabéis lo mucho que me ponen a mí este señor y su trompeta. Por cierto, ¿alguien se apunta?)

Sin embargo, como una vive en la capital del reino, echa un vistazo a los festivales de la zona. Galapazz y Viajazz. No voy a decir que sea una sorpresa, porque la experiencia siempre es un grado y ya te vas acostumbrando. Pero... aún tienen colgada la programación de 2006. Así que una se vuelve a preguntar por qué montaron un festival de jazz si, seguramente, se la suda esta música. ¿Es sólo por aparecer en la foto?

Pero no son los únicos a los que espera el señor Lucifer. Hace unas semanas les escribí a la gente de San Sebastián de los Reyes para difundir su "intento" de festival y aún estoy esperando a que se dignen a contestar. Total, ¿ya para qué?

Algo huele a podrido. Será que el camino del infierno está tirando fuegos artificiales de azufre para celebrar la próxima llegada de socios honorarios.

Premios de 20 minutos

Guille, Fernando, Bern y una servidora con el pongo de Videojuegos y Consolas.

Al final no me llevé el pongo. Siendo realistas, competía con Maneras de Vivir, un portal clásico dentro del mundo de la música, con el que todos hemos tropezado alguna vez. Estar nominada junto a ellos, ya es todo un honor. Así que una no puede ni esbozar una mueca triste. Sólo puede pensar que, de alguna manera, está en el camino correcto.

Quienes sí se llevaron el trofeo fueron Bern y Guille, de Videojuegos y Consolas. Son unos chicos encantadores y se lo merecían. Han trabajado duro en su espacio y todo esfuerzo obtiene su recompensa. Además, son alumnos de El Hombre, así que una saca su ternura maternal ante ellos.

Yo, por mi parte, me llevo el cariño que todos vosotros me habéis demostrado. Sin duda, darme cuenta de lo mucho que me estimáis es el mejor premio que puedan darle a nadie. Así que gracias por estar ahí. Hacéis que mi vida se contonee a ritmo de jazz.

Ahora nos queda seguir emborrachándonos juntos con ciertos solos de trompeta, con aquellos acordes o esos scat. Pero ahora, arrastrando aún la resaca, me voy a tumbar a no hacer nada. Sólo vine hoy porque necesitaba daros las gracias.

Pd. Por cierto, no conseguí encontrarme con Manolo. Y la verdad es que me preocupa no haber tenido noticias suyas desde el New Orleans Jazz Fest. ¿Está todo bien, pequeño?

Sobre esa clase de Regalos


Cuando tenía seis o siete años, mi padre me regaló mi primera cadena de música. Tenía un plato para vinilos, sintonizador de radio y doble pletina. Entonces, que un mico tuviera una cadena de música, era sin duda alguna un lujo. Y, por eso, cada vez que venían amigos de mis padres a casa, yo les preguntaba muy resabionda:

¿Queréis ver mi cadena de música?


Hay regalos que superan el concepto propio de regalo. Se les pone mayúscula, se les da un altar en un lugar sagrado y una no se cansa nunca de mirarlos, de deleitarse en ellos, de presumirlos. Cuando te hacen un regalo como aquella cadena de música, necesitas enseñarlo. Es un poco lo que decían de Luis Miguel Dominguín y Ava Gadner tras su célebre coito. Lo importante, después de conseguida la hazaña, es presumir de ella. Supongo que no deja de ser otra debilidad innata en el ser humano. Pero qué le vamos a hacer si así nos parieron.

Dicho todo esto, entenderéis que, tras rumiar durante 24 horas mi último gran regalo, ahora necesite enseñarlo, deleitarme en él, presumirlo en este blog.

El hombre que se inventó el jazz



Es una cuestión de fe. Puedes creerlo o no. Pero dicen que el segundo hombre de pie desde la izquierda, el que tiene una corneta, fue el inventor del jazz.

No se conserva ni una sola grabación. Tan sólo los testimonios de la época que, como todos, podían estar exagerando los recuerdos.

El segundo hombre de pie desde la izquierda, el que sujeta la corneta, se llamaba Buddy Bolden y es el padre de estos ritmos, de estos jadeos, de esta forma de vida, de este modo de sufrimiento, de este éxtasis, de estos orgasmos que hemos tenido a bien en llamar jazz.

Sin este señor de la corneta, nunca me habría puesto a llorar como una niña escuchando los lamentos de Lady Day. Sin él, nunca me habría puesto cachonda al son de la trompeta de Wynton. Sin Bolden, tú no estarías leyendo estas letras ni yo le habría vendido mi alma al diablo del jazz. Porque Buddy Bolden, desde su locura, desde su miseria, desde su "anonimato", tiene gran culpa en todo esto que cada día se parece más a una dosis de metadona. Siempre llega el momento en que quieres más. Siempre llega el momento en el que no recuerdas quién eras, cómo te comportabas, qué te excitaba antes de que esta "droga" llegara a tu vida para tambalearte el equilibrio.

Pero no deja de ser una cuestión de fe. Puedes pensar que el jazz nació de una mezcla genial de casualidades, y tendrás tu parte de razón. También puedes creer que Bolden incorpora la "improvisación", y también estarás en lo cierto.

En 1907, el cornetista que había inventado una nueva forma extraña de interpretar la música, fue ingresado en un manicomio. Ya hace cien años de eso. Y, sin embargo, poca gente sabe quién fue Buddy Bolden. A algunos, pocos, les suena un tema que Jelly Roll Morton hiciera sobre este "padre del jazz". Se llamaba Buddy Bolden Blues (I Thought I Heard Buddy Bolden Say) y puedes escucharlo aquí.

En sus años de encierro demente, Bolden fundó un grupo con otros enfermos del hospital psiquiátrico. Pero, supongo, nadie en su sano juicio les daría unas líneas de periódico a un grupo formado por una banda de chalados negros en los primeros años del siglo XX. C'est la vie.

Bolden murió en el olvido del manicomio en 1931 y nunca pudo escuchar aquella canción de Jelly Roll Morton. Quizá tampoco supo nunca que, gracias a su extraña locura, se desarrollaría uno de los artes más influyentes de Estados Unidos. Puede que tampoco sospechara que, cien años después, un tipo llamado Dan Prtizker iba a rodar una película sobre su vida. Ni que la familia Marsalis fuera a estar involucrada en la producción de la cinta. Pero, sobre todo, no creo que llegara a sospechar nunca que, en parte gracias a él, una mujer al otro lado del mundo se iba a masturbar muchas veces mientras escuchaba de fondo los acordes improvisados que quizá él imaginó un día dentro de su cabeza.

Pero es cuestión de fe. Puedes creerlo o no. Por mi parte, de vez en cuando rezo en voz alta un Jass it up, Bolden!

Frases célebres I

¿Jazz? Bah, se lo van inventando sobre la marcha, eso lo hago yo.


Homer Simpson en Round Springfield, Temporada Sexta.



Oficialmente nominada


No me lo esperaba. Y no es falsa modestia ni regodeo intimista. Es, simplemente, que había quedado en quinto lugar en las votaciones del concurso de Blogs de 20 Minutos. Y si bien se había hablado de chanchullos, votos gracias al spam y demás rumores, la realidad era que cuatro blogs me superaban en la fatídica lista. Así que una piensa que el primero se llevará el premio. Y si hay que hacer un circo y fingir finalistas, pues que cogerán a los tres más votados. Oro, plata y bronce, de toda la vida. Por eso, más que nada, no me esperaba esto.

Sin embargo, al ver qué comentarios habían dejado en mi anterior post, me sorprende una felicitación que no entiendo muy bien a qué viene. Así que entro en la página y ahí estoy, nominada a ganar un excelente "pongo". El premio, supongo, ya lo he recibido. Porque vamos a ser sinceros, a todos nos gusta que nos bailen el agua. Y es un chute de adrenalina que un jurado diga que tu blog es uno de los tres mejores entre ciento sesenta. ¿La tristeza? Que no estén algunos de mis blogueros favoritos en la lista. Pero, espero, estarán en la fiesta y brindaremos por el jazz, por el sexo y por todo aquello que nos haga ver la vida terriblemente cojonuda.

Pd. Bern, felicidades a ti también, campeón.

Sobre el Jazz, sobre La Ciudad


Mucho se ha desbarrado sobre el origen del jazz. Me acordaba leyendo un post de Rafa. Los cantos de los esclavos africanos teletransportados en barcos a la nueva tierra prometida. Los instrumentos musicales del ejército vendidos a precio de saldo tras la guerra civil. Los itinerantes ministrel, donde algunos actores blancos se pintaban la cara con betún e interpretaban burlas musicalizadas a la raza negra. Los europeos que seguían marchando con sus músicas de patrias lejanas. Y hasta los catalanes que emigraban a Cuba. Versiones, como los colores, las hay para todos los gustos.

Mucho se ha desbarrado sobre cómo empezó esta música mágica que nos pone, a ti y a mí, truenos y relámpagos alojados en las entrañas. Mucho se ha imaginado a un grupo de esclavos descansando ante una hoguera su miserable vida y exorcizando su penuria con tarareos. O a un cliente amigo improvisando una tonada en el piano de un burdel. Quizá un demente canturreó una melodía enfermiza y maravillosa. Se sabe, desde luego, que un entrañable y loco Buddy Bolden se proclamó, en su manicomio, el inventor del jazz. Et qui lo sait.

Lo que sí parece más o menos claro es que el primer jazz documentado surge en Nueva Orleans, una ciudad mágica donde uno de mis blogueros favoritos estará contoneando ahora sus caderas. Nos cuenta en sus crónicas que está bebiendo daiquiri, que se ha quemado el cuero cabelludo con un magnífico solete y que no puede con tanta excitación y tanto buen rollo. Seguramente, estará paseándose entre psicotrópico alcohol y mujeres que te besan a modo de saludo alegre. Seguramente, se estará poniendo cachondo descubriendo grupos desconocidos de blueseros de pantano o a cuartetos diabólicos de jass. Y seguramente, a cada momento, tendrá esa sensación de que algo le está salvando la vida.

Nueva Orleans es esa ciudad a la que estoy llamada a ir. ¿No te ha pasado nunca? Mi padre se chotea diciendo que, en otra vida, quizá fui una hetaira criolla de la ciudad. De cualquier manera, me duelen los huesos todos los años que terminan sin haber conocido La Ciudad. Y cada New Orleans Jazz Fest me prometo que, al año siguiente, iré a conseguirme unos collares a golpe de enseñar los senos. Todos los puentes de mayo me sorprenden prometiéndome que, el próximo mayo, iré a marcarme un danzón con un afroamericano nonagenario, que me beberé todo el ron de la Bourbon Street, que no velverá a dolerme esta morriña extraña que se me coloca a gritos en la columna vertebral y me deja exhausta.

Podría ser peor. Supongo que siempre podría ser peor. Al menos escribo esto desde la cercanía de una playa nudista, después de haber enseñado pechuga, entrecot y culete. Después de haberme bebido una jarra helada de cerveza con limón mientras pensaba cómo sería estar ahora en Nueva Orleans. Así que leo a Manolo mientras me muero de envidia y juro que el año que viene, sin excusas, me iré al New Orleans Jazz Fest.