De Betty Boop y de Louis Armstrong

Estos últimos días he estado trabajando en este pozo sin fondo que es mi tesina. Es por eso que he abandonado un poco este espacio. Lo malo de la investigación científica es que me absorbe hasta el punto de no darme cuenta del paso del tiempo. Lo bueno es que además de disfrutar como una enana, porque mi tema es de puta madre, una descubre auténticas joyas de la historia de la cinematografía.

Aún ando un tanto alunada con el hallazgo de un cortometraje de Betty Boop en el que Louis Armstrong (él personalmente, no un dibujo suyo) aparece caracterizado de "negro caníbal". Me preguntaba un amigo mío cómo se prestaría a hacer semejante obra "políticamente incorrectísima". Bueno, -le he contestado-, era 1932, los derechos civiles de los afroamericanos tardarían bastantes años en gestarse y... ¿cómo iba a resistirse a las curvas de la Betty?.

Supongo que es fácil criticar el pasado desde la óptica del presente. Pero había que ser negro en 1932 para entender por qué un genio como Armstrong cedería a tal cosa. De cualquier modo, me parece tan tremendo (a la par que divertido) que he decidido dejar los prejuicios liberales izquierdistas de 2007 a un lado y disfrutarlo como debieron hacerlo las gentes de aquel año postdepresión del 29. Porque además, entre otras cosas, estoy firmemente convencida de que el gran Louis también disfrutó como un enano, haciéndolo y viéndolo más tarde.

El cortometraje se llama "I'll be glad when you're dead you rascal you" y lo dirigió Max Fleischer (su hermano Dave se turnaría la dirección de otros). Si decidís darle al "play", fijaros especialmente en qué ocurre del minuto 03'00'' al 04'56'' (o si os lee el tiempo al revés, del 04'07'' al 02''12'). ¿No os parece tremendo?



Amor y odio a John Coltrane


Una de las cosas que menos me gustan de la comunicación vía Internet es el alto grado de posibilidad de ser malinterpretado que conlleva. Por eso dejé de utilizar Messenger, por ejemplo. La comunicación no es sólo el verbo, sino la entonación, el conocimiento previo del universo de nuestro interlocutor… Pero, al margen de todo eso, se escapa de mi comprensión por qué levanto polémicas cuando no pretendo hacerlo y, sin embargo, cuando escribo un post a propio intento para levantarlas (como cuando me meto con mis queridos poppies) no hay nadie que me mente a la queridísima madre que me parió.

En mi último post (el meme “Cinco cosas que no sabéis de mí”) modifiqué el último apartado para convertirlo en un listado de las cosas que me salvan la vida. En éste, añadí la frase “Coltrane cuando no desvaría”. Y catapúm, sin quererlo ni beberlo, detractores y camaradas entablaron una discusión sin precedentes (sin precedentes en un blog de buen rollo como creo que es éste). Estoy firmemente convencida de que no debo excusarme por esa frase. Se trata de las cosas que me gustan a mí (esto es, se trata de un afirmación rodeada de total subjetividad, no pretendo “iluminar” a nadie con ello, sólo digo lo que hace que se me dibuje la sonrisita en las caderas). Aun así, pensé en añadir un comentario en la entrada, respondiendo a los lectores que habían dejado su aportación. Sobre todo, porque no entendí cierto ataque que se le hizo a Manolo, una de las personas que conozco que más controlan de música (te quiero un montón, por cierto, y qué beso te pienso robar en cuanto te vea...). Sin embargo, Coltrane es una figura tan importante en la historia del jazz (y en la historia de mi propia vida) que merece un post aparte. Primero, porque éste es su año. Segundo, porque es un tótem en mi olimpo particular. Tercero, porque es uno de los músicos más controvertidos del jazz. Tiene amantes y enemigos por toda la geografía. Cuarto, porque le debo un post desde hace mucho tiempo.

Cuando decía en el anterior post que desvaría, no me refería a ningún Coltrane pre ni post a ninguna etapa en concreto. No creo que se volviera loco de pronto, como han sugerido en algún comentario. Supongo que estuvo loco siempre, como todos los genios. Igual que Miles Davis, igual que Charles Bukowski, igual que Woody Allen. No se puede ser un genio y estar cuerdo. Es como ser hombre y pretender dar a luz. Se trata de una simple incompatiblidad. Así que, cuando utilizo el verbo desvariar, lo hago de modo eufemístico, para no escribir el verbo desbarrar, que según la RAE, significa:
1. intr. Deslizarse, escurrirse.
2. intr. Discurrir fuera de razón.
3. intr. Errar en lo que se dice o hace.


(Y ya sé que, al escribir esto, voy a suscitar un enfado mayor que en mi ingenua frase del post anterior).

No creo que a nadie que lea este blog le quede la menor duda de que adoro a Miles Davis. Tanto es así que, además de encabezar el diseño de la mancheta, la única recomendación hedonista puesta hasta el momento (columna de la derecha) es suya a pachas con mi también adorado Bird. Pues bien, dicho esto, creo que Miles Davis también desbarró en su carrera (le decía hace un rato a un amigo que el disco hiphopero se lo podría haber ahorrado). Cuando se toca durante cincuenta años, es prácticamente imposible no equivocarse nunca. Bueno, vamos a quitar el prácticamente. Sobre todo, cuando se trata de músicos que quieren arañar la superficie y crear cosas nuevas, experimentar. A veces les saldrá bien. A los genios les saldrá bien muchas de las veces, la mayoría. Pero en un pequeño porcentaje, la cagarán. Eso seguro. Y con esto, para los que quieran buscarle cinco patas al gato, no quiero decir (en ningún momento) que Miles Davis sea un mediocre. Es sólo que no me trago todo lo que me eche por venir de quien viene. Es sólo que me creo con la suficiente madurez como para decir, “venga, vale, Miles, lo que tú quieras, pero a mí no me vendes esto”. También pasa en el cine. Los que me conocen bien, saben que estudiaría Medicina sólo para ser la Psicoanalista de Woody Allen. Y, sin embargo, cuando hizo “Granujas de medio pelo” se quedó más a gusto que un arbusto. También cuando manipuló una película japonesa para presentar su “Lily, la Tigresa”.

Supongo que hay dos tipos de fan. Los que lo perdonan todo y los que no. A mí la música me gusta porque la necesito para seguir saltando los obstáculos de esta carrera. Es capaz de hacerme reír a carcajadas, puede abrazarme cuando me siento sola, me apoya cuando me deprimo por estar en paro… Así que cuando escucho algo que no me gusta, aunque venga de Coltrane, digo que no me gusta. Me pasó con el “Mule Variations” de mi adorado Tom Waits, que me entraron ganas de ir a verle a su casa para tirarle el cd a la cabeza.

Y no se trata del Coltrane post ni pre 1964. Uno de mis discos favoritos (en general, me refiero, de esos que me llevaría a la isla desierta) es de Trane. Se trata del álbum que grabó en 1962 junto a Duke Ellington, para Impulse!. Empiezan el disco con In A Sentimental Mood y, sencillamente, consiguen que toque el puto paraíso con mis oídos. (Voy a copiar a Manolo y os lo voy a poner, para que veais a que me refiero).



Sin embargo, me cuesta mucho escuchar a Coltrane en el primer tema (Naima) del “Live At The Village Vanguard Again!” de 1966. “My Favourite Things”, de 1964, en cambio, es un discazo. “Meditations” es de 1965 y tiene temas increíbles, como Love o Serenity, pero no me gusta The Father and The Son and The Holy Ghost. Por mucho que la busco, alentada por un comentario del anterior post, no encuentro la poesía. Y me refiero concretamente a esto:



“Blue Train” es un disco de 1957 y un tema espectacular. (Y como también me lo llevaría a una isla desierta, os lo voy a poner, por si algún despistado no lo tiene fresco).




En resumen, me gusta John Coltrane cuando no coge su trompeta y le saca los sonidos más “difíciles” del Avant Garde. Supongo que, en el fondo, soy una analfabeta funcional del jazz. Porque lo que me pasa es que no “comprendo” el Avant Garde llevado al extremo, a sus últimas consecuencias en las que la belleza se pierde. Que sí, que simbolizaría la lucha por los derechos civiles, que con ello los músicos de este período querían expresar su inconformismo con la sociedad gobernada autárquicamente por los blancos y que, probablemente, se trate de la verdadera revolución negra. Me sé la teoría y me sé la práctica. Pero no me gusta. No me dibuja ninguna sonrisa en las caderas. No me provoca ganas de masturbarme, ni de reírme, ni de quedarme a vivir en el tema ad aeternum. ¿Me gusta más el Trane anterior a 1964? Puede que sí, pero no creo que a partir de 1964 se volviera imbécil. Sólo digo algunas de las cosas que hizo, pre y post a 1964, no están en mi olimpo particular.

Pero, insisto, este blog trata sobre mí y sobre mi ombligo. Sobre lo que a mí me gusta y sobre lo que a mí me repatea. (Uso mucho el “a mí” para que se entienda la subjetividad del contenido). No pretendo iluminar, ni convencer a nadie. Sólo comparto aquellas cosas que creo que hacen que la vida tenga sentido.

Cinco cosas que no sabéis sobre mí


"Meme": según las modernas teorías sobre la transmisión de la cultura a las nuevas generaciones, la unidad mínima de transmisión de la herencia cultural (Wikipedia).

Al entrar en la blogosfera, tarde o temprano te enconrarás con un troll, con un boboblog (y sus respectivos bobocomentarios), con un "meme" y con spam en forma de comentarios. Son las reglas del juego y pasa como con las lentejas, que si quieres las tomas y si no las dejas.

Todavía no me había llegado ningún "meme". Pero después de año y medio de postear en la blogosfera mis pasiones, mis odios y mis miedos, Carlos V.M., uno de mis blogueros favoritos, me manda "Cinco cosas que no sabéis de mí".

1. Nací en Úbeda (Jaén), hace veintiséis años, pero un día me vine a Madrid y lo hice para quedarme. Me licencié en Periodismo. He trabajado como periodista en el gabinete de comunicación de una escuela de cine, como crítica literaria, como profesora de universidad y como directora de una publicación universitaria. Ahora sobrevivo con lo que me racanea el INEM mientras hago mi Tesina ("La construcción del personaje del músico de jazz en la cinematografía estadounidense a partir del 11S"). Y, por supuesto, cruzo los dedos para que, después, me queden ganas de hacer la Tesis Doctoral.

2. Sobre mis vicios, he de decir que tengo muchos. Y aunque no sé si son todos confesables, yo tengo muy poco sentido del pudor. Así que ahí van: el jazz, el cine, el sexo, el tabaco, el ron, la crema de whisky (o de cualquier otro licor fuerte: ron, coñac...), la literatura, la fotografía, la cerveza con limón, el vino tinto, el desorden, la masturbación, los libros y documentales sobre asesinos en serie y antropología forense, buscar la transmisión de valores políticos-sociales-culturales (o propaganda a secas) en la "nueva escuela" de series de televisión americana, gastar cantidades ingentes de dinero en la Fnac y en Amazon. Seguro que hay más, pero a bote pronto no me acuerdo del resto.

3. La primera película que recuerdo haber visto (y, por consiguiente, que me impresionara de tal modo como para recordarla) fue "El retrato de Jennie". Yo estaba sentada en las rodillas de mi padre y la pasaban por una de las dos únicas cadenas que existían. Creí que me había enamorado al instante del rostro de Jennifer Jones. Años más tarde supe que, en realidad, había sentido mi primera "pulsión escópica" y que no me había enamorado de la actriz, sino del séptimo arte.

4. Mi amor por el jazz me vino poco a poco. No hay un disco, ni una canción que me encendiera, de pronto, las entrañas. La colección Silver de Verve, el disco de bossajazz de Getz y Gilberto, las canciones de Nat King Cole que me ponía mi padre en los largos viajes en coche, las bandas sonoras de Woody Allen... y cuando me quise dar cuenta ya sólo escuchaba jazz.

5. Carlos V.M. acaba con una película. Yo no puedo. Porque no sólo el cine me salva la vida cada día. Así que, entre otros, mis motivos por los que seguir creyendo en la humanidad son: "Casablanca", "Ciudadano Kane", "Magnolia", "Delitos y Faltas", "Manhattan", "Medianoche en el Jardín del Bien y del Mal", "Bird", "Con Faldas y a lo Loco", "Alguien voló sobre el nido del cuco"... También el saxo de Charlie Parker en "Bluebird", la trompeta de Miles en el "Kind of Blue", el lamento amargo de la Holiday en "Don't explain", el piano del Duke con sabor a Harlem, la batería de Max Roach, la guitarra de Django, la grandeza de Petrucciani, el C'est si Bon entonado por Louis Armstrong, la bestialidad con que Mingus araña su contrabajo, la familia Marsalis, el violín de Stephane Grappelli, Stan Getz cuando estaba puesto, Coltrane cuando no desvariaba, el "My Funny Valentine" en los labios de Chet Baker... También las historias que crea Paul Auster, en las que me apetece quedarme a vivir, la prosa de Muñoz Molina, el malditismo de James Ellroy, la borrachera verbal de Bukowski, el jazz tocado con palabras por Kerouac, la antropología de Marvin Harris, los verbos de Capote, algunos cuentos de Guy de Maupassant y algunas páginas de Kafka, Borges y Cortazar, García Márquez (aunque esté démodée), el "Pedro Páramo" de Juan Rulfo... Y me dejo, lo sé, muchos botes salvavidas. Pero, después de todo, este post tiene que acabar algún día y siempre es bueno dejar algún secreto escondido en la manga.

Ahora me toca pasar el "meme". Y los elegidos son: José Miguel, Roberto, Manolo y Aaron (para que no se haga el despistado en su petición desde El Ascensor de Cristal).

Si no tenéis nada mejor que hacer


Que este país está completamente loco, no es ninguna novedad.

Que la televisión de este país contrata a programadores que se balancean entre el surrealismo y la esquizofrenia, es un axioma. Pero, de vez en cuando, se despiertan tras haber dormido plácidamente. El café estaba en su punto. La ducha no les ha torturado echándoles un pulso alternando el agua gélida y la hirviendo. Su mujer les ha besado dulcemente en lugar de regañarles por cualquier absurdez. Al salir a la calle, ningún claxon les ha jodido el día y ningún autobusero asesino ha intentado arrollarles al incorporarse a la carretera nacional que coge para ir secuestrado, junto a la familia, al infierno (o al Ikea). De modo que, cuando prepara la programación de la cadena en la que trabaja, decide poner una obra maestra del cine en lugar del programa de la Cayetana.

Si no es por todo esto, nadie entiende que, esta noche, a las 0.45 vayan a dar "Ascenseur pour l'echafaud". Podría deciros que es cine negro del bueno. Podría deciros que es la película para la que Miles Davis compuso/improvisó una banda sonora de esas que te dejan alunada. Podría deciros que tiene una fotografía tremenda. Pero, en lugar de todo eso, os voy a poner el enlace a un artículo tremendo que escribió mi amigo (y futuro compañero de un futuro blog) José Miguel. Leerlo. Es imprescindible. Y si no tenéis nada mejor que hacer esta noche, ver la película. Seguro que no os vais a arrepetir. Porque es cine del bueno y porque es jazz del bueno. Porque es tan grande que hace que, de pronto, todo esto tenga sentido.

Historias increíbles (I)

Billy Tipton

La muerte de un prestigioso músico de jazz, llamado Billy Tipton, en enero de 1989, conmocionó a la pequeña ciudad de Spokane, en Washington. Los vecinos del músico siempre se quejaban de que su ciudad era sórdida y aburrida. Era la típica localidad americana en la que todo el mundo se conoce y nunca pasa nada interesante. Pero aquella mañana de invierno, la verdadera identidad de Tipton, de 74 años, les haría cambiar de opinión.

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El reconocido pianista y saxofonista de jazz, Billy Tipton, agonizaba en su casa aquel sábado invernal. Mientras tanto, su hijo William esperaba inquieto la llegada de la ambulancia. La tristeza lógica del momento convivía con la preocupación. La intuición le había convencido de que ésta era la última vez que vería el rostro de su padre. Quizá por eso, lo único que le preocupaba era evitarle todo el dolor posible.

En esos momentos, el tiempo pasaba más despacio que de costumbre. La coherencia adquiría tintes incoherentes, como el deseo de que llegara la ambulancia lo más rápido posible, frente al deseo opuesto de que no llegara nunca. Sabía que, cuando su padre se fuera al hospital montado en el vehículo sanitario, nunca más volvería a verle con vida.

Las sensaciones se le radicalizaban. La preocupación era intensa, como la tristeza, como la impotencia, como la angustia. William se sentó junto a su padre y cogió su mano anciana. Se la llevó hacia su propia cara para que el músico sintiera el beso del hijo. Le miró a los ojos que tantas veces le habían mirado a él cuando era un niño y le preguntaba mil porqués que él siempre solucionaba con divertidas historias salpicadas de surrealismo. William recorrió el salón con la mirada, sin soltar la mano de su padre, topándose con los recuerdos de quien había sido el hombre que ahora yacía junto a él. Una fotografía en color sepia en la que aparecía junto a Duke Ellington y dos músicos que le ayudaron a formar el Billy Tipton Trío. Un busto de su primera mujer. La portada enmarcada de su primer long play. Una fotografía de su segunda esposa. El recorte de un periódico con una de sus primeras actuaciones. Una imagen enorme de los tres hijos. La boda con su tercera y última esposa, de la que se había separado hacía poco tiempo.

De pronto, los ojos de William se tiñeron con el brillo cristalino de quien va a echarse a llorar sin remedio. No porque su padre se estuviera muriendo, sino por lo solo que estaba en el trágico momento final. Tres esposas y tres hijos adoptados. Y, sin embargo, sólo el más pequeño estaba ahora junto a él. Quería llorar de rabia, gritar a sus hermanos lo desgraciados que eran. Al igual que de pequeño no entendía por qué había que ir al colegio o por qué llovía algunas tardes de verano, ahora no entendía la soledad del padre. Billy Tipton había sido un buen padre. No pasaría a la historia de la música, pero había tocado junto a muchos nombres que encabezaban los top ten de clásicos del jazz. No podía entender por qué demonios no estaba llena de gente esa casa.

Quiso abrazarle con fuerza. Pero un accidente del pasado le había dejado las costillas destrozadas al músico. Lo que a cualquier otra persona pudiera parecerle un abrazo tierno, a Tipton le provocaría un dolor inmenso. Una lágrima empezaba a asomar a los ojos de William cuando oyó la sirena de la ambulancia. Instantes después. El personal sanitario ocupa el salón de la casa con una camilla a cuestas. Todo sucedió muy deprisa. Un médico le interrogaba para averiguar qué había pasado con el paciente. Un enfermero desabrochaba la camisa del pijama del músico para auscultarle mientras otro médico preparaba los aparatos de reanimación.

De pronto, mientras William relataba al médico lo ocurrido, el enfermero adquirió una expresión de horror y sorpresa. Alzó la mirada hacia William y le preguntó, con un tono entre lo diplomático y lo incómodo, si su padre se había hecho una operación de cambio de sexo. En esos momentos, en los que el hijo estaba demasiado susceptible por su orfandad inmediata, la interrogación más sencilla le hubiese resultado de una complejidad absoluta. Pero aquella pregunta en concreto hubiera desconcertado a cualquiera. Suponía que no habría entendido bien. “¿Cómo dice?”, preguntó al enfermero.

Unos días después, la autopsia determinó que el cuerpo de Billy Tipton correspondía al de una mujer biológicamente normal. La noticia cayó como un jarro de agua fría sobre sus tres hijos y sobre las que habían sido sus esposas. La última de ellas, Kitty, quiso impedir que el escándalo trascendiera. Pero ya era tarde. En la pequeña ciudad donde había fallecido el músico, las noticias volaban rápido. Algún empleado del hospital había telefoneado al periódico local. “Músico de jazz pasó toda su vida escondiendo un fantástico secreto”, fue el titular del diario que todos los vecinos de Spokane leyeron la mañana del 31 de enero de 1989.

William supo que su padre había sido bautizado como Dorothy Lucille Tipton en 1914. Pero a finales de 1932, con apenas veintidós años, había decidido dedicarse profesionalmente a la música. Eran años difíciles. La Depresión sacudía el país y las bandas de jazz sólo aceptaban músicos varones. Así que Dorothy volvió a nacer al año siguiente como Billy Lee Tipton: el músico que aparecía junto a Duke Ellington en aquella fotografía del salón de una casa de Spokane.