365 días

De cervezas con limón, de vinilos rebuscados en tiendas de segunda mano, de películas descubiertas al azar, de libros que vaciaron mi cuenta bancaria, de besos robados a un hombre que no podía estar conmigo (pero ya no se despega de mi lado), de blogs en los que me he perdido (y no quiero que nadie me encuentre), de guiños cómplices, de tardes en el Círculo porque Aarón me obligaba a ver al insoportable Rohmer, de neurosis laborales, de ideas para novelas apuntadas en el cuaderno que descansa en el segundo cajón de mi mesilla de noche, de conciertos compartidos con Roberto, con David, con Ana, de noches con Juanqui, Aarón, Risk, pollo tandoori y ron Brugal, de descargas del Emule fastidiadas al 96% (y también de barritas verdes que simbolizaban un nuevo disco en mi estuche de música), de personas nuevas, de personas viejas, de desilusiones, de ilusionamientos, de enamoramiento (que sí, Aarón, que creo en mi amor por El Hombre "ad aeternum"), de promesas hechas a Manolo para ver a su grupo (esta vez voy seguro, peque), de mails intercambiados con Roberto, de coincidencias metablogueras con José Miguel...
365 días de Jass it up, boys!

Pd. Gracias a todos los que habéis entrado, este año, en mi vida.

Mingus, Cuernavaca


Ni tanto ni tan calvo, me repetía mi madre en forma de coletilla de la andaluza de adopción que era. Creo que lo que en realidad quería decirme era que fuera templada, que no llamara la atención. Y, desde entonces, mantengo una esquizofrenia mental entre mi carácter y mi temperamento, o entre mi esencia y mi forma.

Ni tanto ni tan calvo, que es un dicho muy sabio y muy conciso (pero también muy en desuso). Quizá debieran bordarlo en pan de oro (o a sangre y fuego) en las facultades de periodismo o, al menos, en las redacciones de las publicaciones culturales de nuestro país, que así nos luce el pelo (otro dicho menos andaluz y menos conciso).

Antiguamente (quizá muchos lectores no habían nacido ni siquiera) los críticos eran seres malvados que, como la propia palabra indica, “criticaban” las obras de los artistas. A veces se pasaban, claro, y conseguían que el debutante genio cayera en una depresión creativa. El crítico ponía a parir a los “impresionistas”, que pintaban con brochazos rápidos, ¿alguien lo recuerda?

En este país, que inventó la adulación como forma de vida y la hipocresía como pilar existencial, tenemos (sufrimos) unas críticas culturales que brillan por su ausencia misma. Los críticos han descubierto que mola mucho más hacer la pelota vilmente y, así, ser invitado a los preestrenos y canapés de los guruses de la pluma. Pero ya no usan pluma, ni estilográfica ni sexual. Abren word, abren google, abren el diccionario de sinónimos de la RAE y ponen maravilloso, soberbio y los repiten por todo el artículo. Es menos honesto, claro. Pero así pueden salir en la foto con los famosillos del momento.

Luego viene la consecuencia nefasta. La que escribe estudió periodismo porque se creyó las entrevistas de Quintero a los presos y las columnas de Alfonso Rojo desde sus guerras con lámparas que se agitaban entre cañonazos. La que escribe, que no aprende nunca hasta qué punto es capaz de corromperse el ser humano, sigue creyéndose que las críticas culturales son sinceras y decentes. Y así nos luce el pelo

El sábado fui a ver Mingus, Cuernavaca. “La obra in del momento. La Obra de Teatro”. La última hora de vida del salvaje Mingus. “Un texto extremo, en forma de puñal, bañado con un soberbio cuarteto de jazz que acompaña al actor en todo momento”. (Entre comillas, frases extraídas de las exquisitas plumas de nuestro periodismo cultural). Pero lo que te encuentras, señores críticos, no es ni un texto magistralmente doloroso, ni filosofía escénica ni jazz soberbio. Te encuentras un libreto que es un tostón que no te cuenta nada y a un cuarteto que hacen un jazz más propio de “Luz de Luna” que del salvaje Mingus.

Te cabreas porque el planteamiento inicial de la obra es cojonudo. La última hora de vida de Mingus, joder. De Mingus nada más y nada menos, que no fue precisamente un don nadie ni un mediocre. Fue una bestia atada a un contrabajo, que alojó al diablo entre sus dedos mientras degollaba las cuerdas de su instrumento. Ahora, mientras escribo esto, le escucho. Pienso en el tostón del sábado. Una hora y media de frases_diarrea_mental que intentan parecer filosofía barata de borracho guay en un bar de Malasaña (“El amor es disonante”, “Qué terrible es morir cuando aún se tienen ganas de follar”… y muchas más joyitas que he decidido olvidar). Escucho a la bestia, en un cd pirata (sí, señor Teddy Bautista, me lo bajé del Emule) y pienso en las posibilidades de la obra. Pienso en recuerdos que se aparecen fantasmagóricamente al moribundo, pienso en confesiones a un dios en el que no se ha creído nunca, en recuerdos de su infancia atrapada en los acordes de Duke en la radio de sus padres. Pero como era una obra muy in, prescindieron de todo eso, fotocopiaron a una fotocopia absurda de Henry Miller y pusieron un atrezzo minimal con niños jugando a ser un cuarteto de jazz descafeinado.

Acudes otra vez a las críticas, por si acaso el astigmatismo te cambia las letras de sitio. Te acuerdas de los críticos malvados que hundían autoestimas por placer sádico y gratuito. Y, entonces, escuchando a la bestia, piensas en aquello que te repetía tu madre. Ni tanto ni tan calvo. Que a veces, decir que una obra es un coñazo no viene mal del todo.


Escuchando Money Jungle, de Duke Ellington, Max Roach y Charles Mingus.

Desde la playa


Tengo un correo electrónico que contestar. Hace un par de semanas, de pronto, alguien se coló en la bandeja de entrada para arrullarme los mimos que necesitaba. No es el primer mail que recibo gracias a este blog. En unas semanas, se cumplirá un año desde que entré por primera vez a este mundo de jass, cine y demás pasiones/vicios. Y, en estos meses, de tanto en cuando recibo una muestra de cariño que no me merezco, que no me pertenece y, de pronto, me siento tan c'est si bon...

Escribo esto desde un ciber café de la playa, que es ese paraíso que no nos pertenece a los urbanitas de Madrid y que, sin embargo, sentimos atado a nuestra piel como el instinto de la maternidad o el de la patria, algo abstracto e intangible que está ahí sin saber cómo ni por qué.

Os escribo esto desde la playa, desde una playa nudista a la que El Hombre me trajo por primera vez hace unas semanas. Era junio y yo aún arrastraba los complejos de mujer débil, bajita, rellenita y absurda. Los sigo arrastrando, claro. Pero, de pronto, me encuentro en pelota picada, rodeada de desconocidos que también son bajitos, también tienen barriga y les parece absurdo que a mí me dé vergüenza enseñar mis pechos o mis estrías. Así que apuro un cigarro, en mi Mp3 suena My Funny Valentine en la mágica e inmortal trompeta de Miles, miro a un niño que pasea, con total naturalidad, junto a sus padres desnudos. Miro a El Hombre, que lee El País y no entiende muy bien qué está pasando en El Líbano. El Hombre es una persona entrañable que no ha perdido su humanidad ni en las obras de la M30 ni en los titulares de El Mundo. Me inspira ternura y la trompeta de Miles me acurruca en este paraíso de sol y desnudez. Y, entonces, me acuerdo de que tengo un mail abrumador que contestar. Me acuerdo de lo afortunada que soy. Me acuerdo de que el jazz está ahí aunque ya no haya trabajo. Y, entonces, me siento otra vez muy c'est si bon...


Pd. Iré a Mojacar uno de estos días, a un club de jazz llamado Jazz Life (como el libro de fotografías de William Claxton que miro en la Fnac con envidia) a comprar unos vasos, labrados con los nombres de Miles, de Billie, de Trane... donde tomar mis fabulosas copas de Brugal con Coca cola. Sobra decir que estáis invitados.