De las noches de Byas a las mañanas de la Simone

Anoche me acosté escuchando un disco triste. Será que este marzo ha nacido con noches tristes bajo el brazo. Anoche ni siquiera leí. Me quedé a oscuras, en una esquina de mi cama, abrazando una almohada, en posición fetal, con los brazos, y otra con los muslos. En mi cama hay cuatro almohadas de pluma. No las necesito y suelo amanecer con todas ellas desperdigadas por el suelo pero, aún así, me gusta acostarme entre tanto apoyo.



El saxo de Don Byas tiene un efecto inmediato de melancolía en mí. No sé si han visto ustedes “Acordes y Desacuerdos”, de mi idolatrado Woody Allen. Cuenta la vida del ficticio Emmet Ray, el segundo mejor guitarrista de jazz que, cuando escucha a Django Reinhardt, (el mejor guitarrista, y éste sí es real), no puede evitar echarse a llorar. Emmet es un tipo rudo y, sin embargo, ante los acordes del guitarrista gitano, no puede evitar que le suban las lágrimas a la garganta. A mí me pasa algo parecido con Don Byas. Así que anoche, con su disco “En ce temps-là”, de la colección “Jazz in Paris”, me quedé pensando en la nada y en todo al mismo tiempo. Pensaba en las cosas que he permitido que ocurran y que me hacen infeliz. Pensaba en cómo echar marcha atrás. Pensaba, también, en algunas ansiedades que colman mi vida de angustia. Debí pasar horas así, detenida en aquel rincón de mi cama. De vez en cuando oía voces jóvenes en la calle, riendo por alguna tontada. Por un momento, eché de menos a la Olvido que fui, que también se reía con tontadas, a las mil de la madrugada. Oía los coches pasando por un simulacro de “San Andreas” que han colocado donde antes había una M30. Y, por encima de todos esos ruidos, disfrutaba del saxo de Don Byas. Puesto que el disco estaba en la opción “Repeat”, no sé qué hora era cuando conseguí conciliar el sueño.

Esta mañana me he despertado con todas las almohadas desperdigadas. Cualquiera podría pensar que, mientras dormía, he saciado mi mal humor de estos días improvisando un combate contra todas ellas en el ring de mi cama. Me he hecho café, porque soy incapaz de respirar los primeros sonidos del día antes de anestesiarme con mi dosis de cafeína, y, con la taza entre mis manos, me he puesto “See Line Woman”, de la genial Nina Simone. A esta canción le tengo mucho cariño, por sus sonidos tribales mezclados con sus sonidos alegres, pero, sobre todo, porque me recuerda a “Mientras el mundo duerme”, un programa de radio que hice con mi amigo y hermano Aarón.




La Simone es una negra que me devuelve mi Yo. Me devuelve mi orgullo, mi dignidad, mi egolatría... La Simone te toca ahí adentro y te dice, con el morro sacado hacia el norte, que lo vas a “romper” todo. La Simone tiene en mí el mismo efecto, ampliado y mejorado, del cuento hindú “Soy tú” y, por si no lo han leído, se lo copio.

Era un discípulo honesto. Moraba en su corazón el afán de perfeccionamiento. Un anochecer, cuando las chicharras quebraban el silencio de la tarde, acudió a la modesta casita de un yogui y llamó a la puerta.

-¿Quién es? -preguntó el yogui.

-Soy yo, respetado maestro. He venido para que me proporciones instrucción espiritual.

-No estás lo suficientemente maduro -replicó el yogui sin abrir la puerta-. Retírate un año a una cueva y medita. Medita sin descanso. Luego, regresa y te daré instrucción.

Al principio el discípulo se desanimó, pero era un verdadero buscador, de esos que no ceden en su empeño y rastrean la verdad aun a riesgo de su vida. Así que obedeció al yogui.

Buscó una cueva en la falda de la montaña y durante un año se sumió en meditación profunda. Aprendió a estar consigo mismo; se ejercitó en el Ser.

Sobrevinieron las lluvias del monzón. Por ellas supo el discípulo que había transcurrido un año desde que llegara a la cueva. Abandonó la misma y se puso en marcha hacia la casita del maestro. Llamó a la puerta.

-¿Quién es? -preguntó el yogui.

-Soy tú -repuso el discípulo.

-Si es así -dijo el yogui-, entra. No había lugar en esta casa para dos yoes.

La Simone es una negra lo suficientemente orgullosa como para no soportar a otro yo. Y, con su disco “The Best of Nina Simone”, que me regaló mi amiga Ana, me he quedado ahí pensando, en el cuento “Soy tú”, en mi Yo, en mis ansiedades de marzo...


Escuchando
The Best of Nina Simone

4 comentarios:

cineconjazz dijo...

Reivindiquémosles, sí señor...

Don Byas se vino a Europa y los americanos olvidaron que existía. Peor para ellos. La de veces que tocó en el Whisky Jazz.

Nina... I loves you Porgy siempre ocupará para mí ese lugar en el corazón.

Que los Idus de marzo te sean propicios.

Besos.

Stauff dijo...

Llevas dos posts seguidos que son dignos de escándalo y de auténtico onanismo literario. Más allá del jazz (del que apenas entiendo una micra inexistente), estás haciendo literatura de calidad. Me gusta más cuando hablas de tí porque puedo encontrar ese pequeño hueco en el que quedarme a vivir dentro de tus textos, aunque eso tú ya lo sabes.
Nina Simone, qué gran, que único, que definitivo modo de entender la música. ¿Recuerdas que a veces sonaba Nina Simone cuándo íbamos a nuestras clases en la Cátedra de Valladolid? No fueron tiempos mejores, tampoco peores, pero joder, cómo se añoran.
Miles de besos

Erradizo dijo...

estoy de acuerdo con stauff, brillante post de nuevo...

ánimo guapa.

Besos

Olvido A. dijo...

Cineconjazz: Muchas gracias, compañero. Que también a ti te sean propicios.

Stauff: gracias por el piropo. Y, con respecto a aquellas mañanas en las que a veces sonaba Nina, y otras veces Tom, y otras Miles... ¡Joder! ¡Sí que se añoran!

Erradizo: te echo de menos, mucho.