A veces el jazz no lo es todo

Fotografía cedida por mi amigo y artista El Selenita

Club de jazz en el centro de Madrid.
Luz tenue.
El cuarteto de Freddy Cole (hermano de Nat King).
Humo, whisky, ron, ginebra, intimidades compartidas al ritmo de las teclas del piano.
Un estallido de aplausos.
El concierto ha terminado.


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Tres horas antes estaba a punto de empezar el primer pase.

Mi coche buscaba un sitio donde esperarme mientras yo disfrutaba de mi pasión musical.

Mi amigo Gonzalo trataba de tranquilizar mi ansiedad. Pero era inútil. Iba a empezar el primer pase y yo seguía dando vueltas como una idiota por los alrededores de la calle Barquillo.

La ventana un par de dedos bajada. El humo empezaba a escocerme en los ojos y la calefacción, para evitar un sobrecalentamiento en el motor, hacía necesaria esa rendijita de aire. Aunque la tos de hoy, me dice que quizá no fue tan buena idea al fin y al cabo.

Un hombre (vamos a llamarle hombre, aunque podríamos llamarle "ser vivo mediocre") nos adelanta en moto. Charles Mingus inundaba todo el espacio con el volumen adecuado, lo suficientemente bajo como para poder conversar y lo suficientemente alto como para que se nos metiera por todos los poros.

El ser mediocre se nos queda mirando con un casco del que escapan, despavoridas, luces azules y una música (por llamarlo así en lugar de "ruido perjudicial para la salud mental"). De pronto la reconozco. ¡¡¡Es reagetón!!! El ser mediocre nos mira, como con orgullo, como lanzando un desafío escrito en su mirada ridícula: "¿A qué molo, nena?"

Entonces, a mí se me pone mirada de perplejidad. Es una escena muy cinematográfica. Me quedo rígida, no puedo reaccionar a semejante espectáculo. Metro y medio de ser mediocre de género masculino, con un casco que lanza luces azules y reagetón, que me mira cual cowboy duro de Texas.

Consigo salir de la catatonia, aún no sé cómo. Cierro la ventana del coche y subo el volumen. Mingus vuelve a tomar posesión de nuestra capacidad auditiva.

El ser mediocre cambia de objetivo visual. Esta vez, lanza su lazo de cowboy a una yegua-chica a la que puede ver a través de la ventana de un restaurante. Y en ese momento, soy capaz hasta de hablar. Grito, sumida en una agonía muy existencialista: "¡¡¡Cuánta mediocridad!!!" Gonzalo se ríe. Y su risa se me contagia. Son las 11.30, el primer pase de Cole ya ha empezado, pero da igual, he conseguido relajarme.

En un momento de lucidez, se nos ocurre que podemos meternos en el segundo pase. Era algo que yo quería evitar a toda costa, ya que después del concierto me apetecía ver a un hombre (esta vez sí usamos hombre en su más correcta acepción, aunque podríamos decir también "El Hombre"). Me apetecía besarle y juguetear a ser amantes hambrientos de sexo. Pero "El Hombre" es un encanto y entiende que necesito ver a Cole pero que necesito más aún besarle después. Así que esperará a que yo esté libre.

No hay nada como ir con tiempo. Por fin encontramos un sitio donde dejar el coche. Caminamos hasta un bar. Chopitos, bravas y vino. Excelente elección. Nos traen una botella joven de Ribera del Duero, un Fuentespina Granate de 2004, deliciosa, que se nos mete en la sangre dejándonos esa errónea capacidad humana para decir ñoñeces y una colección infinita de tonterías.

Hacía tiempo que Gonzalo y yo no nos veíamos. La última vez habíamos tenido un encuentro bajo mis sábanas. Gonzalo es un enamorado del amor. Yo se lo digo. Él no se enfada, porque lo tiene asumido. Él prefiere un amor con poemas de Girondo y canciones románticas de Sabina. Yo busco una pasión con poemas de Bukowski y canciones desgarradas de Tom Waits. De modo que, en nuestro buceo "subsabanil", no nos llegamos a poner de acuerdo y a mí se me puso una mala leche que no sé cómo puedo sacar de tan sólo 158 centímetros de altura. Pusimos tiempo y obras de M30 de por medio y ayer, después de algo más de dos meses, volvimos a vernos. Esta vez no discutimos. Él dejó caer algún piropo y yo le hablé de mi nuevo amante. El vino, ya les dije, hace que nos pongamos ñoños.

A las 12.15 fuimos hacia el Bogui Jazz. Estaba terminando el primer pase. La gente no se iba. Por un lado era buena señal. El cuarteto era lo suficientemente bueno como para que la gente se tragara dos pases seguidos. Pero por otro lado, significaba que no se quedaba ni una triste silla libre. Así que una se apalanca en la barra, se sumerge en el maravilloso mundo del Brugal con Coca Cola y deja que sus caderas se le muevan al son de las teclas del piano.

Cuando el concierto, excelente concierto, estaba llegando al final, saqué el teléfono móvil, en vibración, del bolso. Mensaje de texto. "Quiero besarte". Enviar. Poco después, "Tiene un mensaje nuevo". Me dice que va a besarme. Así que la felicidad del jazz, mezclada con la alegría del vino y del Brugal, se fusionan con la excitación por el sabor de unos labios que necesito besar, como Charlie Parker necesitaba su heroína.


Antes de irme, Gonzalo me hizo una foto con Freddy Cole.




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Ya sé, ya sé. No he hablado mucho del concierto. Ni tampoco he hablado mucho de jazz. Pero es que a veces, sólo a veces, el jazz no lo es todo. A veces una bebe vino, se pone ñoña y se pierde en la mirada de "El Hombre". Y, entonces, por unos momentos, con el recuerdo aún caliente de un buen concierto de jazz, con el sabor del excelente Brugal aún en el paladar y con un cuerpo masculino que me crea adicción, el mundo vuelve a ser, simplemente, cojonudamente perfecto.

C'est si bon




Hoy tenía yo el día "C'est si bon", que es una expresión francesa que viene a decir "Es tan cojonudamente bueno..."
Llevo ya unos días "C'est si bon". Ustedes que me leen, ya saben qué significa llevar unos días así. De pronto, las obras en la puerta de mi casa ya no son tan molestas. De pronto, ante un alumno tontorrón, en vez de enfadarme, sonrío y se me llenan mis 158 centímetros de paciencia y ternura.

Yo acuñé a mi vida la expresión "C'est si bon" tras conocer la canción de Louis Armstrong. Sí, ya sé, ahora me vendrán y me dirán que qué hago yo escuchando a Armstrong. Después del Be Bop, del Hard Bop y del Cool Jazz... ¿Qué hago yo recuperando a Louis?

Louis Armstrong me ha alegrado muchas mañanas de camino al trabajo. Me ha dibujado una sonrisa idiota tras un enfado entre amigos. Incluso muchas tardes de hastío enfermizo, Louis Armstrong ha aparecido en mi lector de cd para guiñarme un ojo y, con ello, ha conseguido convencerme de que moviera las caderas al son de su trompeta. Y por eso, porque me ha salvado de la apatía muchas veces, sin pedirme nada a cambio, no consentiré que me critiquen a mi querido Louis. Y me batiré en duelo, con un espadachín bien afilado, con quien ose negarle su importancia en la historia del jazz.

Su canción "C'est si bon", es mucho más que una canción. Es un tema que me da buen rollo, que ha pasado a convertirse en una forma de llamar a ciertos estados de ánimo. Es una melodía que me hace sentirme guapa y sexy. Es una voz que me llena de alegría. Es la canción que me hubiera gustado que me dedicaran, acompañada de un guiño sexy y una sonrisa hambrienta.

Esta mañana, en una superficie comercial, he visto un cd del trompetista. Una edición de esas cutres que sacan de vez en cuando. He mirado la lista de canciones. En el cuarto lugar, "C'est si bon". Me han entrado unas ganas horribles de escucharla en ese mismo momento. La ansiedad del yonki o la impaciencia del niño pequeño, no lo sé. Pero no me ha quedado más remedio que comprarlo. Ya en el coche, he abierto el cd, lo he metido en la radio y me he fumado un cigarro tranquilamente, con la sonrisa de mi día "C'est si bon" deslumbrando todo el parking (aunque creo que nadie ha visto esa luz aparte de mí)

Y ahí sigo, con mi día alegre, con mi nuevo cd en el reproductor de casa y con las caderas que se me van al ritmo de la trompeta de Louis Armstrong.

The New Orleans All Stars Jazz Band y la magia de un buen concierto

La foto se hizo con un móvil. Lamento la calidad


Cuando entré en el anfiteatro del San Juan Evangelista, el recuerdo me viajó a la decepción que, un par de semanas antes, me había invadido con el huracán Truffaz.
Me senté con miedo. Temiendo que, quizá, se me hubiera perdido aquella magia de tiempo atrás. No sé cómo explicarlo. Antes, cuando iba a un concierto de jazz, me sentía el centro de un universo que, por unos instantes (una hora y media, aproximadamente) funcionaba en perfecta armonía. Erik Truffaz fue el descubrimiento de que, en algunas ocasiones, “jazz” no iba necesariamente unido al concepto de “felicidad”.

David estaba a mi lado. No sé por qué, pero nunca he sido capaz de ir sola a un concierto. Mi amigo Aarón me dice que el día que consiga ir sin nadie, empezaré a disfrutar de un universo nuevo. Pero a mí me gusta tener un hombro amigo cerca. Para apretarlo con fuerza si me emociono, para tener a quien susurrarle “qué tremendo es el trompeta” o “qué sólo tan genial ha hecho el contrabajo”. No quiero acostumbrarme a ir sola. Aprendí a compartir los placeres y los vicios. Supe que un cigarro sabía mejor cuando un amigo fumaba junto a ti. Comprendí que el Brugal está más rico cuando chocas la copa en un brindis improvisado. Me acostumbré a comentar la película al salir del cine… Ya no puedo vivir sin esa compañía.

La noche del viernes fue una de esas noches en las que, de repente, todo vuelve a funcionar en una armonía mágica y perfecta. The New Orleans All Star Jazz Band volvieron a recordarme por qué un día se me fue la cabeza con el jazz. Un entrañable Mark Braud a la trompeta. Lucien Barbarin, extraordinario, al trombón. Tom Fisher, insuperable, en clarinete y saxo. Loren Pickford al piano, Kerry Lewis en un impresionante contrabajo. Rob Espino en tuba. Un maravilloso Gerald French en la batería y, por último, Charmaine Neville, puro nervio, pura sexualidad, pura genialidad, como cantante invitada.

El concierto se hacía en beneficio de los músicos damnificados por Katrina. Pero la banda, que lleva New Orleans mucho más allá de su nombre y de su sangre, demostró qué jazz se hace en ese lado del mundo. El concierto fue un derroche de alegría y risas. Fue una sonrisa ingenua dibujada en cada rostro. Fue un auditorio entero poniéndose de pie para bailar al son de las caderas de la carismática Charmaine Neville.

Yo no sé si éste ha sido el mejor concierto al que he ido en mi vida. Probablemente no, aunque me engañe la emoción que me embarga. Pero sí que es de esos que se te quedan grabados en forma de sonrisa. De modo que, cuando una echa la vista atrás y recuerda aquella noche, vuelve a sonreír con la misma ingenuidad que despertaron en mí aquellos músicos de New Orleans un viernes 11 de noviembre.

Cuando salí del concierto y me monté en el coche para llevar a David a casa, pensé que volvía a gustarme Madrid, aunque estuviera llena de obras incómodas. Pensé que había recuperado aquella magia que Erik Truffaz me había robado dos semanas atrás. Pensé que estaría bien volver a ver a esta banda cuando actúen en alguna otra ciudad. Miré el cuentakilómetros del coche y dije en voz alta “valdrá la pena”.

Sobre la edición en dvd de "Bird"


Bird, el pájaro.
Bird, el que cambió la historia del jazz.
Bird, el yonki.

Clint Eastwood es el último gran clásico. En la era de las películas con estética “MTViana”, el enjuto señor Eastwood se coloca detrás de la cámara y crea personajes de celuloide que me recuerdan a la era dorada del séptimo arte.

Clint Eastwood tiene todos los ingredientes para gustar a alguien como yo. Le gusta el jazz, le gusta narrar historias de personajes, se deleita con una buena fotografía, se toma su tiempo para que degustes y rumies bien su película y, además, le gusta el jazz. ¡Vaya! Eso ya lo dije (como Carver escribiera declarando su miedo a la muerte)

La historia del cine está llena de películas biográficas mediocres. El cine épico nunca ha sido mi favorito. No me gusta que me cuenten historias “basadas en hechos reales”. Prefiero que me cuenten un cuento, inventado, mágico, irreal… Porque cuando me encuentro con películas de gladiadores romanos, de la vida de tal rey francés del siglo XVII o de la guerra civil española, resoplo, me aburro y hasta me cabreo. Las películas basadas en hechos reales son más fantasiosas que ninguna. Y me jode mucho que me quieran vender una moto con marcha atrás y capacidad de vuelo sincronizado. Hay tantos ejemplos, que podríamos escribir una enciclopedia.
“Libertarias” es una mentira tan burda que insulta la inteligencia del espectador (me queda la esperanza de que sus fans no sepan escribir “inteligencia” sin faltas de ortografía)
“Cold Mountain” es aburrida, lenta, coñazo, irreal…
“Una mente maravillosa” es una tomadura de pelo.
“Fahrenheit 9/11” es, cuando menos, sospechosa.
Dejemos los ejemplos. Me creo mucho más la fantasía de “Big Fish” que el realismo lleno de moralina de “Los lunes al sol”.

Sin embargo, “Bird” me encanta. Es una obra de arte. Recuerdo que, durante los últimos meses, visitaba google en busca de la posible llegada en dvd. Nunca la encontraba. Veía cómo editaban en ese formato todas las películas de Almodóvar, todas las series pestilentes españolas (“Hospital central”, “Los Serrano”, “Ana y los 7”…) pero nunca mi ansiada “Bird”. Tampoco la encontraba en vhs en los videoclubs a los que entraba. De modo que, haciendo uso de la ilegalidad más placentera, me la bajé de la mula. Pero no es lo mismo. Yo soy una megalómana sin solución. Me gasto la mitad de mi sueldo en la Fnac. Y quería, con una ansiedad enfermiza, tener el dvd inexistente de “Bird”.

Y llegó el momento.
Fnac. Unos cds y unos libros. Cola para pagar. Y, de repente, “Bird”. El corazón empezó a palpitarme con fuerza, con la rapidez del yonki que, tras varios días de mono, guarda entre sus manos la recuperada dosis de heroína. “Bird”… A la saca.

“Bird” es una magnífica historia. Es una película oscura, porque los clubs de jazz son oscuros. Porque el jazz no se lleva bien con la luz del día. Porque las marcas en el brazo de Parker se hacen en la penumbra de una habitación.
“Bird” es una película magníficamente contada. Es una historia donde ningún personaje cojea. Es una música maravillosa, unos guiones que, pudiendo haber caído en la moralina facilona, escapan de los tópicos y encajan en la credibilidad. “Bird” es una película de Clint Eastwood sobre la vida de Charlie Parker.

Y luego están los actores. Forest Whitaker (“Smoke”, “Juego de lágrimas”, “Platoon”) da vida a un Charlie Parker extraordinario. Diane Venora (“Cotton Club”, “Romeo y Julieta”) es Chan, la mujer blanca del músico yonki. (Por favor, es imprescindible ver la película en inglés para darse cuenta de su voz ahogada en la angustia)
Por último, Samuel E. Wright, interpretando a un Dizzy Gillespie perfecto. Una ve su interpretación y, por momentos, se olvida de que es una película. Ves al Dizzy Gillespie que, por no caer en las drogas, por su elegancia, por su “savoir faire”, llegó a presentarse a Presidente de los Estados Unidos.

Esta es una película de esas que hay que ver. Por varios motivos. Porque es una buena película, porque es una buena historia, porque los personajes están tremendos, porque va de jazz, de buen jazz, porque es de Clint Eastwood, porque en sus dos horas y media no hay ni un minuto que sobre, porque la música es maravillosa… ¡Vaya! Eso ya lo dije.