Instrucciones para hace una tortilla de patatas



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Había planeado el crimen perfecto. Pasarían las vacaciones en un pueblo pequeño de las Alpujarras, incomunicado por carreteras infranqueables de la vida urbana. Tendrían una pequeña tienda de colmados, un bar en el que diez o doce señores mordisquearían de forma autómata un palillo de dientes y un médico de sustitución itinerante, probablemente recién licenciado, que pasaría consulta dos días en semana, quizá los martes y los jueves. «Vivirían una segunda luna de miel y volverían a enamorarse el uno del otro». Y, entre grito e insulto, ella le iría envenenando poco a poco.

“Para hacer una tortilla, es necesario romper algunos huevos, le había dicho siempre su abuela, una mujer gigante y maravillosa.
“Lo primero que debemos hacer es pelar unas cuantas patatas”. A ella también le habían arrancado poco a poco su aliento, le habían ido desgajando la piel hasta dejarla con el desasosiego en carne viva. Una burla, un reproche, un desprecio, un grito, un insulto, un bofetón… Y con cada golpe una monda más sajada a su calma. 

A la semana de estar en el pequeño pueblo, él ya empezó a sentirse mal, aunque no le dio la menor importancia. El agua, la morcilla, las especias del sur... «Total, no hay nada que un buen vaso de vino no cure»

El Dr. Guillén, de veintinueve años, sustituía al Dr. Mendoza, que pasaba su mes de vacaciones en el norte, huyendo del calor sofocante andaluz y probando la mejor cocina del país. «Ay, qué calamidad, estábamos viviendo una segunda luna de miel y había tomado una pastilla, ya sabe, de esas, para quererme más y mejor durante toda la noche. Habrá sido su edad, los kilos de más, ay doctor, qué calamidad, qué voy a hacer ahora yo sin él».

“Para hacer una tortilla, es necesario romper algunos huevos y despedazar algunos tubérculos”. Cuando se tienen las patatas peladas, se cortan a rodajas de unos dos o tres milímetros y se fríen a fuego lento en aceite abundante, junto a una cebolla hermosa cortada a juliana. “Con mimo y con paciencia, porque las cosas importantes no entienden de prisas”.

Había perpetrado el crimen perfecto. El marido murió y nadie le hizo una autopsia. Sesenta y dos años, fumador, obesidad, bebedor habitual y actividad física inusualmente aumentada con ingesta de medicamentos estimulantes. Infarto de miocardio. Claro y cristalino. El Dr. Guillén no tuvo duda alguna en el diagnóstico. Al fin y al cabo, se había formado en una de las mejores facultades de medicina del país.

“Para hacer una tortilla, es necesario deshacerse del aceite sobrante”. Cuando las patatas están tiernas y la cebolla parece una jalea dorada, se retiran de la sartén, se salan y se dejan escurrir, para que suden todo el aceite que las ahoga.

Solo había cometido un error en su crimen perfecto. La tarde en que el señor de Madrid murió, mientras esperaban a los servicios funerarios que trasladarían el cadáver al cementerio de la Almudena, la viuda bajó al bar y se pidió una copa de vino. El mesero hubiera jurado que la señora sonrió y brindó con su reflejo en el espejo colocado detrás de la barra. Por suerte, unos días después este camarero empezaba una nueva vida en Colombia con una mujer de fuego que había conocido por internet y solo pensaba en sus caderas, en el avión que debía coger y en el lastre que no cabría en sus maletas, por lo que nunca mencionó a nadie aquella sonrisa siniestra ni el extraño brindis de la forastera que acababa de enviudar.

“Para hacer una tortilla, es necesario romper algunos huevos y batirlos sin remordimientos”.
Por último, se llevan las claras a punto de nieve y después se incorporan las yemas. Se mezcla con las patatas y la cebolla, se cuaja una tortilla y se disfruta del manjar que sabrá, con total seguridad, a triunfo y a libertad. No puede faltar, en la cata, una buena copa de vino para brindar por las grandes obras ejecutadas “con mimo y con paciencia”.






Escuchando a John Coltrane, A Love Supreme