Cumpleaños

Hoy cumplo diez años de bloguera en clave de jazz. El 30 de agosto de 2005 inauguré mi blog con este post de sabor ingenuo.
A los que habéis estado al otro lado de la pantalla desde el principio, a los que habéis llegado después, a los que os emocionáis con los mismos acordes, gracias.
Seguiremos por aquí. Jass it up, boys!


Parmigiana di melanzane

Ingredienti:

-       Dos berenjenas grandes, brillantes y turgentes
-       Passata di pomodoro (o tomate triturado)
-       Mozzarella di bufala
-       Albahaca
-       Sal
-       Aceite de oliva extra virgen


***

“Due melanzane grande, per favore” – le dijiste a aquel tendero de Napoli. Me reí y te volviste enfadada.
“Ma che cazzo...” – me interpelaste rabiosa. Y, entonces, ya supe que podría quedarme a vivir en tu mirada. Pero solo fui capaz de articular una i. No sé cuánto tiempo pasó hasta que pude decir “grandi”. Solo sé que esta vez fuiste tú quién te reíste y, entonces, también supe que podría perderme para siempre en la comisura de tus labios.

***

Se corta la berenjena en rodajas de un centímetro o centímetro y medio de grosor. Se ponen en agua y sal.

***

Yo siempre añadía un chorrito de vino bianco frizzante Prosecco. La comida tiene memoria, también le melanzane. Cortaba las rodajas de berenjena y las bañaba durante una hora en agua, sal y el mejor frizzante que encontrara. Eso sí, el mismo que más tarde me bebería contigo, Marta.
Estas berenjenas iban a dar su vida en breve en una sartén colmada de aceite hirviendo. Y lo iban a hacer para que nuestro paladar fuera acariciado hasta el éxtasis gustativo. Qué menos podía hacer yo que ofrecerles un último baño en un buen vino.

***

“È grandi, perche melanzane è plurale”.
Pero tú seguías riéndote de mí, de mi cara de miedo. Me dejaste que te invitara a una cerveza y hablamos.
Cuatro o cinco cervezas después ya sabía que habías viajado a Napoli para mejorar tu italiano, pero te habías dado de bruces con el dialecto “napoletano”. También sabía que a partir de la tercera cerveza alargabas las vocales y tu italiano se convertía en itañolo. Y, lo más importante, que bajabas la guardia y la sonrisa se te volvía generosa.
Seis cervezas después conseguí besarte y poner mi mano en tu muslo, justo por encima de tu rodilla. Ay, Marta, recuerdo aquel momento y se me enciende el abdomen.
Estaba prieto, como esas berenjenas turgentes que habías comprado hacía un rato. Y suave, como si lo hubieras bañado durante horas en el mejor aceite de oliva antes de vernos. Mi mano se hubiera quedado pegada a él de buena gana, pero tú la cogiste y la subiste un poco. Apenas fueron unos centímetros, mientras abrías un poco tus piernas.
No hubo una séptima cerveza. Alargamos los mimos hasta llegar a tu casa, te desnudé con ansia, mientras besaba cada trozo de piel que tu ropa iba liberando a su retirada en combate.  Mi lengua saboreó tu aroma a piñón y a leche y, según te ibas erizando en un gemido, yo iba deseándote cada vez más.

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Se añade aceite de oliva extra virgen en una sartén y se pone a fuego medio. Cuando esté caliente, se van incorporando las rodajas de berenjena. Se fríen con paciencia, poco a poco, para que queden jugosas y doradas.
Según van estando, se retiran en un plato mientras se siguen friendo las demás.

***

Poco después descubrí que había un plato que obraba en ti el mismo efecto que seis cervezas: mi parmigiana di melanzane.
Te invité a cenar unos días después. No sabía qué cocinar para ti, pero recordé que habías comprado berenjena la mañana en que te conocí. No quería arriesgarme, no podía hacerlo. Necesitaba seguir escondiendo mi lengua en la línea que unía tu clavícula con tu oreja.
Sobre la mesa, había dispuesto una botella de Foss Marai Prosecco Valdobbiadene Cartizze y en el tocadiscos sonaba Clifford Brown y Max Roach at Basin Street.
Cuando te llevaste a la boca el primer bocado, no pudiste remediar un suspiro. No te lo dije entonces, ni lo he hecho nunca, pero la mirada se te encendió en ese momento como cuando llevabas cinco cervezas en aquel primer bar “napoletano”.
Según ibas devorando el plato, se te iba iluminando la piel y te ibas volviendo incandescente. Desprendías una luz que quemaba y a la que uno querría abrazarse siempre.
En ese momento supe que quería hacer el amor contigo todos los días veinte veces.
No me dejaste ni servir dos vasos de limoncello de postre. Te levantaste y te sentaste sobre mis piernas. Empezaste a besarme, mientras movías tu cadera al son de What is this thing called love.
No me quedó más remedio que despejar la mesa de una brazada, subirte a ella y perderme otra vez en el sabor a piñones y leche que desprendían tus senos cuando se les lamía despacio.

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Se corta la mozzarella di bufala a rodajas de medio centímetro de grosor y se reservan. Si la mozzarella es buena, al ir cortándola escurrirá un poco de leche agria.

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De Napoli, nos mudamos a Roma primero y a Madrid después. Nuestra relación siempre fue abrasadora y, cuando la monotonía, el cansancio o un enfado pasajero la enturbiaba, me bastaba con prepararte parmigiana di melanzane, poner un buen Prosecco sobre la mesa y un disco de jazz en el tocadiscos. Siempre gemías al llevarte el primer bocado y siempre acabábamos enredándonos entre sábanas, sudor, saliva y tu aroma a piñones y a leche.
No importaba la magnitud de nuestro enfado o el cansancio acumulado. Cuando nos perdíamos en nuestro ritual encendido, comprendía que no quería vivir fuera de los límites de tu sonrisa. Por cómo me mirabas cuando entraba dentro de ti, sabía que tú tampoco querías existir en ningún otro lugar.

***

En una fuente, se van disponiendo capas de passata di pomodoro, con capas de berenjena y mozzarella di bufala cortada a rodajas.

***

El trabajo iba bien y Madrid era una gran ciudad, pero el espacio entre nosotros fue creciendo. Los enfados se fueron encadenando, también los silencios. No conseguía invitarte nunca a una tercera cerveza y los besos parecían racionados. Nada te gustaba, nada te hacía reír, nada te parecía bien. Al menos, yo ya no te parecía bien. Una noche me pediste tiempo y distancia. “Necesito espacio”. Solo dos palabras. Yo te seguía necesitando a ti y a la comisura de tus labios.

***

Cuando la fuente ya está preparada, se corona todo con una última capa de passata di pomodoro, un chorrito de aceite de oliva virgen y unas hojas de albahaca. Después, se introduce en el horno y se gratina hasta que el queso se confunde con la passata.

***

Aquella noche, cuando llegaste, te dije que había preparado parmigiana di melanzane para cenar. No sonreíste. No se te encendió la mirada adelantando el placer en tu paladar, primero, ni en tu vientre, después. Bajaste la mirada y solo dijiste: “No tengo hambre, me voy a dormir”.
Por primera vez, supe que ya no volvería a perderme entre tus muslos. “A buon intenditor poche parole”.
Te dejé las berenjenas sobre la mesa y me marché, sin tu sabor a leche y piñones en mi saliva.



Sopa de huesos


Mis recuerdos tienen más de olores y sabores que de imágenes. Apenas puedo recordar las arrugas en la frente de mi abuelo, pero recuerdo el olor de su cuello cuando me abrazaba fuerte y no me dejaba escapar.

Tampoco recuerdo el color de los ojos de mi abuela, pero recuerdo cómo sabía su alioli untado en las rodajas que cortaba para mí de la hogaza de pan de pueblo recién horneado. 

Mis abuelos fueron gente muy humilde. Mi madre se pagó los estudios fregando escaleras. Ella no lo ha olvidado, ni ha dejado que yo lo olvide. Me lo repite mucho, casi a modo de reproche. No sé si porque yo no había recogido la misma mierda que ella o porque la que yo había limpiado no estaba a su altura. O quizá porque era mayor. Quién sabe. Pero nunca aceptó que yo aguantara la ira del ogro anónimo al teléfono cuando compaginaba mi estudios en la universidad con un trabajo como teleoperadora, ni tampoco que me pagara mi primer viaje a Nueva York sirviendo copas y esquivando los escupitajos que creían piropos los señores casados de un barrio obrero del Madrid más casposo. En la cocina, mi jefe terminaba gramos de cocaína y yo buscaba excusas para no coincidir. Como persona del sur, fui educada para no rechazar invitaciones y con un jefe, uno nunca debe acostarse ni drogarse. Regla básica de superviviente. 

Mi madre no fue la primera mujer trabajadora de su familia. En una posguerra en la que el frío congelaba los huesos y el hambre agarrotaba los estómagos, mi abuela tuvo que trabajar el esparto en los gélidos campos manchegos, sin un mal vino con el que entrar en calor. Cuando el cansancio le comprimía los párpados, se abofeteaba para seguir destrozándose las manos con el insolente arbusto. Tenía que dar de comer a sus tres hijos, porque a mi abuelo le había dado por buscarse la vida (o quizá el honor arrebatado) en los montes del País Vasco y la había dejado allí sola, tan valiente, tan fuerte y tan luchadora. Pasaron mucha hambre. Mi madre me habla de vez en cuando de cáscaras de naranjas y de mondas de patatas. "Estaban exquisitas", me dice. También como en un reproche. 

Mi abuela nunca superó el miedo que el hambre le dejó metido en la sesera. Así que durante toda su vida ahorró y aprendió a hacer comidas baratas y abundantes, porque no quería (no podía) volver a pasar hambre. El hambre, para mi abuela, era la derrota, simbolizaba la pérdida de una guerra y el fracaso como personas. 

Recuerdo vagamente su rostro, pero tengo clavado en mi olfato el sabor de una de sus cenas favoritas: la sopa de huesos. Primero nos comíamos el caldo con los fideos y después repelábamos los huesos del pollo. No recuerdo su tono de voz, pero sí que siempre se quedaba con el cuello porque era lo que más le gustaba. Y recuerdo cómo olía la casa cuando tocaba sopa de huesos para cenar. 

De tanto en cuando hago sopa de huesos para cenar, en un intento ingenuo de recordar a mi abuela, por si así consigo reconocer el olor del cuello de mi abuelo cuando me atrapaba en un abrazo y el aroma de la sopa me trae a mi abuela de pie cocinando en su cocina. Es una suerte que mis recuerdos se hayan forjado sobre olores y sabores... Así, cuando echo de menos a quienes me criaron como a una hija, solo tengo que poner a hacer caldo con un esqueleto de pollo.