Sopa de huesos


Mis recuerdos tienen más de olores y sabores que de imágenes. Apenas puedo recordar las arrugas en la frente de mi abuelo, pero recuerdo el olor de su cuello cuando me abrazaba fuerte y no me dejaba escapar.

Tampoco recuerdo el color de los ojos de mi abuela, pero recuerdo cómo sabía su alioli untado en las rodajas que cortaba para mí de la hogaza de pan de pueblo recién horneado. 

Mis abuelos fueron gente muy humilde. Mi madre se pagó los estudios fregando escaleras. Ella no lo ha olvidado, ni ha dejado que yo lo olvide. Me lo repite mucho, casi a modo de reproche. No sé si porque yo no había recogido la misma mierda que ella o porque la que yo había limpiado no estaba a su altura. O quizá porque era mayor. Quién sabe. Pero nunca aceptó que yo aguantara la ira del ogro anónimo al teléfono cuando compaginaba mi estudios en la universidad con un trabajo como teleoperadora, ni tampoco que me pagara mi primer viaje a Nueva York sirviendo copas y esquivando los escupitajos que creían piropos los señores casados de un barrio obrero del Madrid más casposo. En la cocina, mi jefe terminaba gramos de cocaína y yo buscaba excusas para no coincidir. Como persona del sur, fui educada para no rechazar invitaciones y con un jefe, uno nunca debe acostarse ni drogarse. Regla básica de superviviente. 

Mi madre no fue la primera mujer trabajadora de su familia. En una posguerra en la que el frío congelaba los huesos y el hambre agarrotaba los estómagos, mi abuela tuvo que trabajar el esparto en los gélidos campos manchegos, sin un mal vino con el que entrar en calor. Cuando el cansancio le comprimía los párpados, se abofeteaba para seguir destrozándose las manos con el insolente arbusto. Tenía que dar de comer a sus tres hijos, porque a mi abuelo le había dado por buscarse la vida (o quizá el honor arrebatado) en los montes del País Vasco y la había dejado allí sola, tan valiente, tan fuerte y tan luchadora. Pasaron mucha hambre. Mi madre me habla de vez en cuando de cáscaras de naranjas y de mondas de patatas. "Estaban exquisitas", me dice. También como en un reproche. 

Mi abuela nunca superó el miedo que el hambre le dejó metido en la sesera. Así que durante toda su vida ahorró y aprendió a hacer comidas baratas y abundantes, porque no quería (no podía) volver a pasar hambre. El hambre, para mi abuela, era la derrota, simbolizaba la pérdida de una guerra y el fracaso como personas. 

Recuerdo vagamente su rostro, pero tengo clavado en mi olfato el sabor de una de sus cenas favoritas: la sopa de huesos. Primero nos comíamos el caldo con los fideos y después repelábamos los huesos del pollo. No recuerdo su tono de voz, pero sí que siempre se quedaba con el cuello porque era lo que más le gustaba. Y recuerdo cómo olía la casa cuando tocaba sopa de huesos para cenar. 

De tanto en cuando hago sopa de huesos para cenar, en un intento ingenuo de recordar a mi abuela, por si así consigo reconocer el olor del cuello de mi abuelo cuando me atrapaba en un abrazo y el aroma de la sopa me trae a mi abuela de pie cocinando en su cocina. Es una suerte que mis recuerdos se hayan forjado sobre olores y sabores... Así, cuando echo de menos a quienes me criaron como a una hija, solo tengo que poner a hacer caldo con un esqueleto de pollo.