Nunca pude imaginar que...



Nunca pude imaginar que correr me convertiría en un ser tan emocionable. Siempre he sido de lágrima fácil. Tal vez sea justo decir que siempre he sido generosa con las emociones y los sentimientos. Así que siempre he sido de lágrima fácil de la misma manera que siempre he sido de orgasmo fácil, de risa, de abrazo, de "te quiero", de susto, de sonrojo... Todos fáciles, espontáneos, estrepitosos y generosos. Nunca me he privado de unas buenas lágrimas al escuchar el saxo de Don Byas, ni de un instante de placer conmigo o contra mí, ni de unas risas tontas por un chiste malo y tonto... Hoy le pedía a una alumna a quien aprecio mucho que no sea nunca tacaña con sus sentimientos. No sé si este mundo nuestro está condenado o aún tiene un halo de esperanza. Pero si hay salida, desde luego, pasa por la gente que no le tiene miedo a expresar lo que siente. Aunque a veces sea un insulto terrible. Hay ocasiones en las que también es necesario mentar a los ancestros de nuestro contertulio. Mi abuela, que era una mujer sabia que apenas sabía leer y solo era capaz de escribir su nombre, siempre decía que para hacer una buena tortilla de patatas era necesario romper algunos huevos. Y yo nunca entendí lo que quería decir, claro, porque era un niña y para mí era obvio que había que romper los huevos para batirlos y hacer la tortilla. Pero ella ponía una voz como muy digna, de intriga de película mala y muy sobreactuada. Yo me sentía entre incómoda y asustada, como quien se encuentra ante un familiar demente. Han tenido que pasar muchos años para darme cuenta de lo sabia que era aquella mujer cuerda que apenas leía y escribía. Pero sobre los huevos que se me han roto y los que he debido romper yo, mejor hablaré otro día.

Siempre he sido de lágrima fácil. En mis clases de "Publicidad", a menudo tenía que simular las lágrimas para que mis alumnos no se rieran de mí. Había puesto un anuncio de la relación entre un fisioterapeuta y un futbolista lesionado, o el de una niña que se corta el pelo para regalárselo a su hermano con leucemia, y no era capaz de retomar la clase como si hubiera visto un anuncio de perfume. No sé cuántas veces he llorado con "The Bridges of Madison County". Da igual, sé que si vuelvo a verla mañana, volveré a llorar desconsoladamente cuando Francesca no abra la puerta de la camioneta y se vaya con Robert Kincaid, maldeciré su cobardía y que, con ella, nos haya condenado a todos a un final tan necesario como estúpido. La música, el cine y la literatura me han hecho llorar, me han hecho reír, me han hecho sentirme viva y, por ende, mejor persona. Nunca pude imaginar que correr también me haría llorar, reír, sentirme viva y, por lo tanto, mejor persona. Hoy ha sido uno de esos días en los que correr me ha hecho gigante.

Faltan menos de tres semanas para mi primera media maratón y mi ángel de la guarda no está seguro de que sea una buena idea. Cree que no estoy lo suficientemente fuerte para afrontar una prueba tan dura y yo le he pedido un par de semanas para demostrarle que sí. Hoy me había mandado un fartlek durísimo. Un fartlek es una prueba que consiste en correr a diferentes ritmos sin descanso, lo que llega a ser agotador. Yo me había dicho: "si lo consigo, puedo con la media". Soy muy cabezota y me enfada mucho tener que abandonar un objetivo. Así que he estado durante toda la carrera repitiéndome "si lo consigo, puedo con la media". Primer tramo, un kilómetro calentando. Dos kilómetros corriendo suave. "Si lo consigo, puedo con la media". Medio kilómetro a toda velocidad. "Si lo consigo, puedo con la media". Medio kilómetro suave. Y, entonces, otro medio kilómetro a toda velocidad que te hace querer morir. "Si lo consigo, puedo con la media". Dos kilómetros de carrera suave. Medio kilómetro a toda velocidad. Aquí sí crees que te mueres. Medio kilómetro suave. Medio kilómetro rápido y, cuando ya quieres que se acabe, dos kilómetros más a carrera suave que te mantiene doloridos los abductores y los gemelos a cada zancada. "Pero si lo consigo, puedo con la media". Y después, ya sí, la felicidad en forma de otro kilómetro andando. Al empezar a andar, con la respiración desbocada, con las pulsaciones aún a 173, no he podido evitar echarme a llorar. "Si lo he conseguido, puedo con la media y puedo con lo que quiera". Un hombre se ha cruzado conmigo y me ha mirado. Creo que quería decirme que no pasaba nada, que fuera cual fuera mi mal, se acabaría solucionando. Y, entonces, me he empezado a reír. El hombre se ha alejado, entre la incomodidad y el susto, como la niña que yo fui ante una abuela a la que imaginaba medio loca. Nunca pude imaginar que correr me haría tan feliz y me daría tanto. Hoy, durante un momento, al terminar ese fartlek terrible, he sido invencible. Todo el mundo debería vivir esa sensación, al menos, una vez en su vida.