Long Play. Flamenco, jazz y otras lágrimas (primera entrega)

Cuando Soledad se vio rompiendo aguas en el corral en el que ella misma había nacido treinta y tres años atrás, no pudo evitar echarse a llorar. Lloró por sentirse tan sola, por lo que había dejado atrás y por la angustia que invadía sus entrañas y le dejaba un regusto amargo y ácido en la garganta.

Cuando María, la madre de Soledad, entró en el corral y vio a su hija encogida en el suelo, sujetándose la barriga como si con ello tratara de impedir el parto, no pudo menos que correr a sentarse junto a ella y solidarizarse en el llanto. Así, María y Soledad lloraron juntas por primera vez desde hacía treinta y tres años, cuando la madre dio a luz a la hija en ese mismo corral pero sin nadie al lado. En aquel momento, María, joven y viuda desde hacía tres meses, lloró con la amargura de quien se sabe desamparado. A su marido, lo único que tenía en la vida, se lo habían matado tres meses atrás dejándola con las entrañas podridas de odio y de llanto. Cuando rompió aguas mientras tendía las sábanas, solo tuvo tiempo de agarrarse a una sábana y dejar que la niña saliera. Fue un fracaso, la fuerza con la que tiraba de la sabana hizo que el pedazo de tela blanca se rasgara en dos pedazos. Al verlo, no pudo evitar echarse a llorar por la sábana rota. 

Al salir la niña, María se la llevó a la cara, aún con el cordón umbilical entero y sangriento, y las dos, madre e hija, lloraron al unísono.

Ese fue el momento más íntimo que vivieron madre e hija. Habrían de pasar treinta y tres años para que las dos volvieran a llorar juntas.

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