Correr

A Fernando Vivas, por ser mi ángel de la guarda




Correr. Hacia adelante. Siempre. Aunque a veces duela. Aunque a veces no puedas respirar. Aunque a veces sientas un calor intenso en la coronilla y creas que vas a desmayarte. Correr. Hacia adelante. Siempre. Aunque...

Correr con Charlie Parker o con Lee Morgan. Correr persiguiendo a ese tú mejor que camina apenas unos metros delante de ti. Correr incluso cuando quieres parar y respirar. Seguir corriendo y tomar el aire por una boca jadeante. Correr con ese calor en la coronilla que parece la crónica de un desmayo anunciado. Pero no, cada zancada te hace más fuerte, más gigante, más invencible, más valiente, más corredora. 

Correr 6,41 kilómetros en 45 minutos con Duke Ellington, John Coltrane y la voz femenina del Run Keeper. "Tiempo: cinco minutos. Distancia: cero coma setenta y dos kilómetros. Ritmo promedio: siete minutos cero tres segundos por kilómetro". 

Y tu mejor yo siempre un par de kilómetros por delante. La peor versión de ti te susurra al oído que pares, que respires, que hace frío, que ya has corrido bastante, que vayas a casa, que allí hace calor, que te tomes una onza de chocolate, o dos, y que te des una ducha caliente. Se te cuelga del culo, para que pese, para frenarte. Los muslos te duelen a cada zancada nueva. Pero tu mejor versión aún te saca unos kilómetros de ventaja. Cuesta respirar, pero no pierdes la mirada fija en ese mejor tú. Y, por supuesto, sigues corriendo. 

"Tiempo: diez minutos. Distancia: uno coma cuarenta y dos kilómetros. Ritmo promedio: siete minutos un segundo por kilómetro". Correr y pensar. Organizar las tareas pendientes, planificar, imaginar. Tu voz en off sobre el saxo de Trane. "Podría darle esta forma al blog de mi próximo proyecto de emperdedora. En este país sobran emperdedores que se llaman a sí mismos emprendedores. Me gustaría una web a tres columnas, pero no las quiero con aspecto viejuno".

"Tiempo: veinte minutos. Distancia: dos coma ochenta y tres kilómetros. Ritmo promedio: seis minutos cincuenta y nueve segundos por kilómetro". El piano de Duke empieza a confundirse con la respiración y tu peor yo ha dejado de susurrarte al oído. Corres y piensas. Corres e imaginas. Corres y no eres del todo consciente de estar corriendo. 

"Tiempo: treinta minutos". Tengo que preguntarle a Fernando/@Runando, mi ángel de la guarda y mi entrenador, si es mejor correr el jueves o el viernes. El domingo es mi primera carrera. ¿Podré? ¿Y si me canso? ¿Y si justo ese día me duelen los muslos o los gemelos o las rodillas? "Tiempo: cuarenta minutos". Para la clase de la semana que viene podría planificar una actividad interesante por parejas, que cada estudiante desarrolle un nivel del comentario filológico. "Tiempo: cuarenta y cinco minutos. Fin de la sesión de entrenamiento. Siguiente intervalo: cinco minutos lento". Sonreír. Que te lo has creído. Ojalá estuvieras aquí ahora. Verás qué fuerte que soy, te vas a sentir orgulloso, ángel de la guarda. Y en ese momento, correr todo lo deprisa que puedes, hasta quedarte sin aliento, hasta sentir dolor en el abdomen. Treinta segundos, cuarenta, cincuenta, tal vez un minuto. Parar. Respirar. Reír. Otro día más de vencer al peor yo. De correr hacia adelante. De sentirme más fuerte, más gigante, más invencible, más valiente y más corredora. 



De belleza

Ayer vi esto en uno de los cines más bonitos que conozco:

 

No habían transcurrido ni cinco minutos y yo ya tenía los ojos empañados en lágrimas. 

- ¿Tan triste era? -me preguntó él más tarde, cuando se lo contaba con una copa de Somontano en la mano.

- En absoluto -le contesté llena de incomprensión. "¿Triste? ¿Cómo va a ser triste?", me preguntaba a mí misma, pero solo fui capaz de añadir un: 

- Era hermosa. 

No habían pasado ni cinco minutos de "A Film About Kids and Music. Sant Andreu Jazz Band" cuando una niña de seis años levantaba una trompeta más grande que ella y le robaba unas notas de jazz clásico. ¿Cómo no echarse a llorar en ese mismo instante? Si esa escena no remueve tus vísceras, es que no sientes amor ni por el jazz, ni por la música, ni por el arte, ni por la hermosura.

   
Aquí tenéis a esa niña, ¿no es para morir de amor?


De modo que, cuando le dije que era una película hermosa, quería decir que la belleza inunda cada plano y cada escena del film. Es hermoso el amor que los niños -músicos de jazz- sienten por un director y profesor que les trata como seres humanos, independientemente de que tengan seis o dieciocho años. Les regaña, claro, pero también les entiende en su dimensión de niños. Sabe que necesitan jugar, así que ha convertido las melodías de Sidney Bechet o Charlie Parker en una diversión que, de paso, les da confianza, ilusión y les enseña a creer en sí mismos. Casi

Cuando digo que es hermosa, quiero decir que capta el lenguaje del jazz. No solo esto. Lo capta con el objetivo, lo despieza en trozos muy pequeños y lo vuelve a montar para que todos lo entendamos y, sin darnos cuenta, caigamos enamorados -si es que no lo estábamos ya.

Quiero decir también que al final de la película entendemos la dificultad de tocar en una nota o en otra y que esa dificultad puede ser una declaración de intenciones y una demostración del compromiso adquirido por una niña -música de jazz- con/hacia la persona que dirige su banda y la está convirtiendo en un ser humano mejor. 

Cuando digo que es hermosa, quiero decir que el cuatrilingüismo que domina todo el metraje no es un inconveniente ni una dificultad, sino una hermosa conjunción de (buenas) maneras y el deseo de comunicarnos con otros seres humanos, más allá del propio código que recibimos siendo niños. Hay una escena en la que Jesse Davis, un músico de Nueva Orleans, negro, grande, de voz grave, se entiende perfectamente en su inglés con un Joan Chamorro que pasa del español, al catalán, a un mal inglés. Y se entienden perfectamente. Porque están hablando de jazz, de pasión, de gratitud, de milagros, de creatividad, de felicidad, de música, de jazz... Y al músico catalán se le llenan los ojos de lágrimas cuando aquel negro, alto, grande, de voz grave, le dice en su inglés que algún día la Historia (con mayúscula) del jazz le dará las gracias por la labor que está haciendo con esos niños. A Joan Chamorro se le llenan los ojos de lágrimas y en la sala 1 del Cine Doré se oye más de un hipido. No soy la única que está llorando. Nos sigue emocionando la generosidad y la belleza. Este mundo aún no está condenado. Sonrío, todavía con las lágrimas desparramándoseme por las mejillas. 

Cuando digo que es hermosa, quiero decir esto:

   


Y esto:

 



Y también esto:

   


Y cómo no, también esto otro:

   


"A Film About Kids and Music. Sant Andreu Jazz Band" no es un drama, ni una película de llorar... Pero yo no pude remediar el llanto durante la práctica totalidad del metraje. No lloré de tristeza, ni de felicidad (o al menos, no solo de felicidad). Lloré de belleza, si es que esto es posible.  

Es muy difícil explicar qué nos lleva a emocionarnos como nos emocionamos. Resulta en exceso complicado poner palabras a un sentimiento. Y aun así, una y otra vez, estropeamos un afecto con el código escrito. Y así nos va... Lo he dicho muchas veces. Necesitamos más besos, más abrazos, más polvos... y menos gramática. Y también, por qué no decirlo, aunque sea políticamente incorrecto, más gritos, más blasfemias y más puñetazos (a una almohada o a un punch). 

Pero esto iba de llorar de belleza. De Joan Chamorro. De sus niños músicos de jazz. De "A Film About Kids and Music. Sant Andreu Jazz Band". De la emoción. Y también de la fe, de la pasión, de la enseñanza, del aprendizaje, de la creatividad, de la belleza (de esa belleza que nos hace llorar). 

Y es que, tras ese primer momento que comenté antes, protagonizado por una niña llamada Elsa Armengou -apodada Garrapata, porque en el jazz todo músico que se precie arrastra un mote- sosteniendo con gran respeto y cariño una trompeta gigantesca, la película mostró su verdadera cara, se quitó el antifaz de los títulos de crédito y enseñó cuál era su verdadera intención. "A Film About Kids and Music. Sant Andreu Jazz Band" no es un documental sobre el trabajo que Joan Chamorro hace con los niños que componen la Sant Andreu Jazz Band (o no solo). "A Film About Kids and Music..." es una declaración de amor al jazz, a la docencia, a la niñez, a la creatividad, a la humanidad, al compañerismo, a la generosidad... Y eso, en estos tiempos que corren, como mínimo te tiene que hacer llorar. De felicidad y de belleza. 


No me resisto a este bonus track:

 

Una tía con suerte



Anoche volvió a pasar. La música volvió a salvarme la vida. Una trompeta me hizo reír a carcajadas. Un solo de trombón me calentó los muslos y la entrepierna. Unos acordes de guitarra me hicieron morderme los labios. Unas notas de piano me pusieron de pie incapaz de ahogar un grito de placer. Un contrabajo me acarició la nuca y una batería me hizo cosquillas en las costillas, en el ombligo y en los senos.

Anoche volvió a pasar. Una vez más me sentí en mitad del mayor espectáculo del mundo sin haber hecho nada para merecerlo. Mi vida es una concatenación de momentos de buena suerte. Tuve buena suerte el día que acabé en San Javier viendo a mi Wynton. Tuve una suerte increíble el día que escuché a Ron Carter en el Teatro Real. Mi suerte no pudo ser mayor el día que Roberto y yo nos quitamos el desengaño con ron y blues sexy en el Populart. Qué decir del día en que Manolo me llevó a probar las mieles de Avishai Cohen... Y anoche, una vez más, tuve suerte. La suerte de poder disfrutar a Zenet (un gigante que llena teatros) en un club tan íntimo y tan mío como el Central.

Zenet es bueno. Diría más, es una bestia parda que te pone el mundo patas arriba. Es un canalla al que te apetece callar a besos porque, gracias a él, recuerdas lo mucho "que te ponen los feos". Es un gamberro que te desmonta tus creencias musicales y te las vuelve a montar en una mágica termita de la que quieres beber para siempre. Zenet es bueno, pero sus músicos... Aaaaaaaaayyyyyyyyyyyyyy, sus músicos. Solo con pensar en ellos se me encienden todos los calores de mi cuerpo, se ilumina la habitación con la sonrisa que me sacan en esta mañana de resaca armónica y me llevo la mano a los labios como queriendo retener y recordar ese beso que, sin ellos probablemente saberlo, me dieron anoche con sus acordes. Sus músicos. Uuuuuffffffff. Me estremece el recuerdo de ayer. Y es que anoche volvió a pasar. Anoche esos músicos me hicieron sentir muy bien amada, me dejaron satisfecha, pletórica y encendida. Más que la mayoría de los hombres que alguna vez me amaron. Y es que anoche esos músicos volvieron a recordarme que soy una tía con suerte.

Déjame esta noche...





Déjame esta noche... soñar contigo, 
déjame imaginarme en tus labios los míos, 
déjame que me crea que te vuelvo loca, 
déjame que yo sea quien te quite la ropa, 
déjame que mis manos rocen las tuyas, 
déjame que te tome por la cintura, 
déjame que te espere aunque no vuelvas, 
déjame que te deje, tenerme pena. 

Si algún día diera con la manera de hacerte mía, 
siempre yo te amaría como si fuera siempre ese día, 
qué bonito sería jugarse la vida, probar tu veneno, 
que bonito sería arrojar al suelo la copa vacía. 

Déjame presumir, de ti un poquito, 
que mi piel sea el forro de tu vestido, 
déjame que te coma solo con los ojos, 
con lo que me provocas yo me conformo. 

Si algún día diera con la manera de hacerte mía, 
siempre yo te amaría como si fuera siempre ese día, 
qué bonito sería jugarse la vida, probar tu veneno, 
que bonito sería arrojar al suelo la copa vacía. 

Déjame esta noche... soñar... soñar... contigo

...

¿Y para qué añadir más, si ya lo ha dicho todo (y cómo) Zenet?

Pd. Me voy a derretir cuando cante esta canción. Voy a sentir un cosquilleo en la nuca y voy a querer pedirle que sea el padre de mis hijos. Siempre me pasa. Y el día que no me pase, matadme. No creo que valga la pena vivir una vida en el que la música no me ponga un cosquilleo en la nuca, en las orejas, en el vientre y en los muslos...

pooh pooh bee doo



tengo una novela por capítulos (o posts) que continuar sabe a desgarro de flamenco y a orgasmo de jazz mañana lo prometo siempre prometo que mañana lo prometo

tengo una melodía metida en la cabeza pooh pooh bee doo mientras trabajo en una guía cátedra de recursos audiovisuales para la educación

tengo un disco que recomendarle a miguel ángel una canción que dedicarle a mi soulmate y un vino que tomarme con roberto pooh pooh bee doo

tengo una nostalgia en las entrañas de horas en la n41 aprendiendo enseñando riendo compartiendo inventando creando

tengo que ordenar el salón (¿seré desordenada por un resentimiento no integrado hacia la figura materna?) pasar el aspirador limpiar el polvo fregar el suelo

tengo que hacer una crema para gastar las verduras que hay en la nevera o se echarán a perder pooh pooh bee doo odio tirar comida me siento miserable

tengo que ducharme darme crema vestirme maquillarme un poco pasear hasta el inem pelearme con una funcionaria coger el metro a velázquez para ver a jane

tengo una novela por capítulos (o posts) que continuar i wanna be loved by you just you nobody else but you i wanna be loved by you paah-deeedle-eedeedle-eedeedle-eedum poo pooo beee dooo

Long Play. Flamenco, jazz y otras lágrimas (primera entrega)

Cuando Soledad se vio rompiendo aguas en el corral en el que ella misma había nacido treinta y tres años atrás, no pudo evitar echarse a llorar. Lloró por sentirse tan sola, por lo que había dejado atrás y por la angustia que invadía sus entrañas y le dejaba un regusto amargo y ácido en la garganta.

Cuando María, la madre de Soledad, entró en el corral y vio a su hija encogida en el suelo, sujetándose la barriga como si con ello tratara de impedir el parto, no pudo menos que correr a sentarse junto a ella y solidarizarse en el llanto. Así, María y Soledad lloraron juntas por primera vez desde hacía treinta y tres años, cuando la madre dio a luz a la hija en ese mismo corral pero sin nadie al lado. En aquel momento, María, joven y viuda desde hacía tres meses, lloró con la amargura de quien se sabe desamparado. A su marido, lo único que tenía en la vida, se lo habían matado tres meses atrás dejándola con las entrañas podridas de odio y de llanto. Cuando rompió aguas mientras tendía las sábanas, solo tuvo tiempo de agarrarse a una sábana y dejar que la niña saliera. Fue un fracaso, la fuerza con la que tiraba de la sabana hizo que el pedazo de tela blanca se rasgara en dos pedazos. Al verlo, no pudo evitar echarse a llorar por la sábana rota. 

Al salir la niña, María se la llevó a la cara, aún con el cordón umbilical entero y sangriento, y las dos, madre e hija, lloraron al unísono.

Ese fue el momento más íntimo que vivieron madre e hija. Habrían de pasar treinta y tres años para que las dos volvieran a llorar juntas.

Soundies

Desde 1941 y hasta 1946, la compañía RCM Corporation produjo una serie de cortometrajes de unos tres minutos de duración. Todos ellos estaban protagonizados por músicos, llevaban por título el de una canción y se reproducían en unas máquinas conocidas como Panoram, muy similares a las jukebox.




A día de hoy, estos cortometrajes están considerados como el antecedente más claro e inmediado de los videoclips. Se trata de los Soundies. Músicos como Duke Ellington, Count Basie, Lionel Hampton y Nat King Cole, entre otros muchos, grabaron sus canciones para ser reproducidos en esas máquinas Panoram. Aquí tenéis un documental (en cuatro partes) sobre estos Soundies. ¡Disfrutadlo!