Eurovisión

Vuelvo. Enfadada. Pero vuelvo.

Vuelvo a vomitar mi rabia y a golpear las teclas a falta de un buen saco o, en su defecto, un punching que nunca colgará del salón de mi casa. No pasa nada. Asumí a tiempo que nunca sería una versión femenina del Ernie de Fat City. Aprendí que es mejor expulsar la rabia a través de palabras escritas, porque las palabras habladas no se las llevaba el viento. Se quedaban ahí, marcadas con hierro candente en nuestras vísceras. ¿Que no? ¿Acaso olvidaste aquel primer "tenemos que hablar"? ¡Venga ya! Si aún tienes pesadillas por las noches...

Vuelvo. Enfadada no, cabreada, que suena más fuerte. Vuelvo cabreada por este complejo de europeos que tenemos los que hemos nacido en el viejo continente. Nosotros, los europeos, sabemos coger una copa de vino, entendemos de arte y mantenemos conversaciones intelectualmente execrables. Miramos al amigo americano por encima del hombro, ya sabes, porque no deja de ser un granjero gordito y simplón. Al japonés, en cambio, le miramos con sorna. Ya sabes, porque es un hortera adicto a los videojuegos y al karaoke. ¡Qué ordinario!

Y, sin embargo, el sábado por la noche, lo volvimos a hacer. Una vez más, desde nuestra europeidad, otorgamos el primer premio de la música europea a una canción facilona, cursi hasta la arcada y ridícula en su escenografía. Tan europeos somos, tan refinados, tan instruidos, que dejamos esta joya relegada a un doloroso número dos. ¿Y acaso hay algo peor que saberse un segundón?




Por eso vuelvo hoy. Enfadada, o cabreada por saberme europea, ergo intelectualmente superior.