Locos por el Jazz


El sábado llevé a mi ojito derecho (mi sobrina Laura) a su primer concierto de jazz.

Locos por el Jazz es un espectáculo que reúne en el escenario a la banda The Missing Stompers con los guiñoles de El Conciertazo de TVE para así acercar el jazz a los más pequeños. Para ello, interpretan temas de los dibujos animados de siempre. Los Picapiedra, la Pantera Rosa, los Aristogatos… Aunque también hubo un momento para Beyond the Sea (siempre hay un momento para esta canción).

Tenía miedo, claro. Miedo a que Laura no vibrara con aquello que me hace vibrar a mí. Miedo a que no le acariciaran el alma los sonidos del saxo o de la trompeta. Miedo a que se quedara dormida y miedo a que se pusiera a llorar.

Sin embargo… Se quedó alunada mirando a los músicos y a los guiñoles. No hubo un solo momento en el que la música sonara y ella no aplaudiera (a veces arrítmicamente encantadora), bailó encima de mis rodillas y también en el pasillo lateral del teatro… ¿Qué instrumento quieres aprender a tocar? – pregunté embobaba. Al final, con su dicción de tres años, optó por la trompeta. (Y yo llegué a casa aún con la baba caída)

Pd. El gran descubrimiento: Arturo Cid, clarinetista, cantante y showman.

Heroicidades y otras hazañas (primera entrega)

¡Qué grande!


En una ocasión, a mediados de los sesenta, los Martin [Dean Martin y su tercera esposa Jeanne Biegger] ofrecieron una fiesta en casa por su aniversario de bodas. Decenas de personas en esmoquin y trajes de gala acudieron para celebrar el evento con la pareja. Había mucha comida, mucha bebida y buena música. Algunos invitados bailaban alrededor de la piscina. Poco después de las once de la noche, unas sirenas de la policía llegaron desde lo lejos. Sonó el timbre de la puerta. Jeanne trató de que su marido abriese, pero al no encontrarlo, Sinatra se ofreció para hacer las veces de anfitrión. «¿Algún problema, agentes?», les preguntó. «Hemos recibido una queja por el volumen de la música y las voces. Tendrán que suavizar el tono o terminar la fiesta.» Dado que Jeanne le había comentado que allí estaban todos sus vecinos, Frank preguntó quién había puesto la denuncia. «Nos han pedido que no revelemos su identidad.» «¡Eh, amigos, están hablando conmigo!», se impuso el artista. «Pues verá, señor Sinatra, para serle totalmente franco, la llamada se realizó desde esta misma casa.» Frank no necesitaba saber más. «¡Maldito hijo de puta!», musitó mientras cerraba la puerta.
Subió a saltos los peldaños de la escalera y abrió de golpe la puerta del dormitorio de Dean. «Hola, socio, ¿qué tal va eso?», saludó éste desde la cama, en pijama, mientras saboreaba una galleta. En el televisor se desarrollaban las aventuras de la familia Cartwright en su rancho de Bonanza. «¿Qué tal va? - respondió enfurecido Frank -. ¿Has mandado a la policía a tu propia fiesta?» Dean se incorporó y tragó para poder hablar claro. «Mira, esa gente ya ha comido, ya ha bebido, se ha divertido de lo lindo. Pues bien, ya pueden largarse a casa. Mañana tengo que levantarme temprano.» «Loco bastardo», se despidió Frank.

Javier Márquez. Rat Pack. Viviendo a su manera.

Si puedes oírme, no te vayas


Acabo de ver Gran Torino así que, tal vez, no sea un buen momento para escribir. Las películas de Eastwood, como todas las cosas enormes, hay que rumiarlas, procesarlas, pasarlas por el tamiz de la resaca y, sólo después, vomitarlas.

Acabo de ver Gran Torino y ando secándome las últimas lágrimas y limpiando la saliva de las sonrisas arrancadas, entre el agridulce y el amargor de un susurro.

Es verdad que tengo que rumiar, procesar y pasar por el tamiz de la resaca antes de vomitar las sensaciones vividas en esta ruleta rusa que sólo los genios son capaces de construir desde el otro lado de una pantalla.

Pero dicen (lo dice Él/Clint) que ya no volveré a encontrarme un Walt Kowalski/ Harry Callahan/ Robert Kincaid/ Bill Munny en la pantalla/altar. Por eso, además de por un coche del 72, he llorado a moco tendido mientras Eastwood volvía a regalarme ese pellizco en las entrañas...

Pd. Por favor, Clint, no me hagas esto.

Tal día



Tal día como ayer - como escribían antes los periódicos serios - de hace cincuenta años, siete tipos decidieron salvarme la vida.

Ya sé, quizá ellos no sabían que le salvarían el equilibrio a una europea -española para más señas- cincuenta años después. Es lo que tienen los genios, que mientras garabatean que le tienen miedo a la limpiadora con una cicatriz en la mejilla o construyen con colores fríos a una mujer sola en una cafetería, no pueden imaginarse lo mucho que llegarán a hacer con esas improvisaciones. Por eso siempre he desconfiado de los/las que se creen genios adelantados a su tiempo. Siempre acaban siendo estafadores aduladores de su propio falo -que para más inri, resulta ser en exceso anodino, maloliente e insípido.

También sé que empiezo a resultar pesada con el dichoso Kind of Blue. Pero últimamente no me dejo caer demasiado por este espacio y hoy tenía que volver, aunque sólo (dicen ahora en la RAE que no acentúe este sólo y me duele la vista sólo de pensarlo) sea para recomendar un paseo por este magnífico especial.

Pd. Algún día debería contaros cuánto han hecho por mí los amigos de Tomajazz.