Chau


El domingo por la noche me sentí como un acantilado. El Hombre había llegado al salón y lo había dicho como quien no sabe donde enfocar la vista para no encontrarse con una mirada hueca o cadavérica.

El domingo por la noche se me agolparon las cartas de amor adolescente. Fue una historia hermosa, idealizada como se idealizan todas las historias muertas antes de sangrar siquiera. Da igual cómo él se llamará. Sus cartas siempre traían dentro un poema de Benedetti. Él se fue, o me fui yo, pero el poeta siguió. Vinieron otros que siempre se fueron, o me fui yo, y dejé sin mis dudas / pobres y malheridas / sin mis inmadureces / sin mi veteranía.

Compré libros suyos en librerías con solera. Recité un capítulo de Primavera con esquina rota tratando de creerme mejor persona. Le plagié sin ser del todo consciente en mis historias personales. Una noche lloré leyendo uno de sus relatos en voz alta. Aprendí que uno de los mejores regalos que puedes hacerle a alguien es leerle y dejarte leer en voz alta. Y Benedetti es un autor para ser leído y saboreado en voz alta.

Años más tarde, un concejal leyó Táctica y Estrategia el día de mi boda. Y ése fue uno de los mejores regalos de aquel día.

El domingo me di cuenta de que ya no volverían las tardes de radio en Villaviciosa. Decidimos salvarnos después de todo. Mira que prometimos sin palabras que nosotros seríamos distintos, que no nos juzgaríamos sin tiempo, que no nos pensaríamos sin sangre

Todo hubiera sido mejor si hubiera hablado en boca de él las muchas veces que me quedé callada. Las veces que no insulté o definí cuando mis entrañas me pedían esa última palabra. Los versos que no susurré después de una noche de sexo amable. Los tratos que no llegamos a hacer porque sabíamos que no podíamos contar el uno con el otro. ¡Y que no haya aprendido todavía que en el mundo real no hay posibilidad de pause ni rewind!

El domingo se me agolparon mis pasados. El Hombre entonaba la voz como queriendo convertirla en un abrazo. Nunca le he dicho lo importante que fue para mí Benedetti. Y, sin embargo, sabía que la noticia iba a apuñalar a mi soledad tan concurrida, tan llena de nostalgias. Por saber cosas como esas es, después de todo, El Hombre.

No sé cómo terminar esta rabia contenida. No es tristeza lo que siento sino una profunda rabia. Porque en momentos como estos es cuando no entiendes por qué se nos tienen que ir siempre los necesarios cuando hay tantos Ratzinger y tantos Cheney revolviéndonos el estómago a la hora del telediario.

No quería escribir estas palabras, porque estos días todo el mundo tiene un momento para recordar poemas que nunca le arañaron las encías. Quería quedarme para mí el enfado y la impotencia. Pero llevo desde el domingo con esta sensación extraña y quería vomitarla para poder seguir defendiendo la alegría.

2 comentarios:

Miguel dijo...

Y todavía hay quien piensa que Benedetti era un poeta menor... gracias por tu post

Rafa dijo...

Sobrecogedor... (y Benedetti, también).

Besos / de esos.