Espérame en el Cielo


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El otro día se nos fue William Claxton, el hombre que me demostró que, para hacer jazz, no (siempre) es necesario tener un saxo, un piano o un contrabajo entre las manos.





Claxton cogió un día su cámara y se echó a andar. Imagino que antes de aquello pensó muchas veces en la manera de hacer jazz sin tocar un instrumento. Quizá hasta compró (como yo) algún libro para aprender a tocar el saxo. Tal vez, también como yo, se frustró mil veces al saber que nunca aprendería a hacerle el amor al complicado instrumento. ¡Qué desagradecido es, por cierto, el saxo! Basta con no ser Charlie Parker o Stan Getz para que de su boquilla salga la queja más atronadora y estridente. Entonces uno y una se sienten los peores amantes del mundo, casi un violador desalmado. Así que guarda el libro, deja el saxo por imposible y se echa al camino con su cámara de fotos.




Gracias a Claxton, como ya he dicho, descubrí que se puede hacer jazz de otras muchas formas. El lo hacía en b/n y en color. Woody Allen lo hace mejor con la tragedia que con las risas arrancadas. Antonio Muñoz Molina le pone caligrafía y mi sobrina favorita lo ha encerrado para siempre en su mirada.




También yo intento hacer jazz con lo que se me antoja pertinente. Cuando me meto en la cocina, cuando escribo en esta bitácora improvisada o cuando le regalo a mi gente una canción con la que irse a la cama.




Con mis libros metidos en cajas, para la que espero será mi última mudanza, incluida alguna obra maestra de Claxton, sólo se me ocurre pedirle al fotógrafo-maestro-jazzero que me reserve un asiento junto a Chet Baker. Estaría de puta madre que el día que viaje a ese lugar (a todos nos va a tocar algún día), Chet me susurre en su trompeta aquel All The Things You Are.