Mudanzas

No es fácil meter toda tu vida en cajas. Ni es fácil ni es agradable. Al final se te coge un nudo en la espalda de levantar tanto libro empaquetado.

Ya van ocho mudanzas y ocho montones de basura. Siempre pienso en guardar esas películas en vhs que no volveré a ver nunca (pero ya sabes por qué no puedo tirar a Rita, ni a Marilyn, ni a Humphrey a un contenedor con restos de lenguado congelado y piel de muslo de pollo).

En cada mudanza se van repitiendo las mismas situaciones, aunque siempre me prometo que voy a eliminarlas de mi vida.

Siempre se repite mi Síndrome de Diógenes. Siempre tengo menos cajas que cosas con que llenarlas. Siempre hay alguien que decide romperse su espinazo conmigo. Y siempre dejo para lo último mi pequeña cadena de música y mis discos favoritos. (Y por eso, también hoy, me he acordado de Manolo).

Para meter los libros de trabajo he elegido a Professor Longhair, que es lo más cercano que conozco a la tonalidad "azul gamberra" de la música. Ya sabes a cuál me refiero, ésa que nos salva la vida, nos da un empujón cuando queremos tirar la toalla empapada y nos mete un revolcón salvaje en la desidia. (Al fin y al cabo, tú y yo estamos hechos de la misma pasta, ¿o no?)




Rebeldías


I
Me han dicho que la obra de teatro 2666 es una puta obra maestra. Me dice H., a quien no me canso de adorar por las esquinas, que hay una escena de una violación de más de diez minutos de duración. Él no sabe (porque no se lo he contado) lo mucho que me gustó la angustia sentida con el tunel de Irreversible. Quizá es que me conoce ya de esa forma que apuntaba Borges: Nos entendemos a pesar de las palabras.
H. me dice que me encantaría aquella violación de 2666. "Sufres. La sangre, la angustia, las cruces por todas las mujeres de Ciudad Juárez..." Y yo no se lo digo, porque no hace falta, pero me muero de envidia. Él vio solo (que es como hay que asistir a esos sufrimientos purgatorios) aquella obra/violación/infierno. Él recogió a Rigola al día siguiente en Atocha y pasó el día con él hablando de Bolaño, de 2666, del teatro, del hombre y de las palabras que él y yo ya no necesitamos para entendernos.
Hace un tiempo me perdí en Bolaño. Lo hice entre las sábanas de una relación a distancia en las que había mucho de sadismo y poco de relación. Aquellos días, Bolaño me salvó la vida, como ya habían hecho antes que él la trompeta de Armstrong o el saxo de Parker.

II
He pasado cuatro días en cama. Astenia primaveral. O lo que viene a ser lo mismo, una crisis de ansiedad y estrés. Se veía venir, claro. Cinco horas diarias de sueño. Clases. Artículos. (Me llega un mail de EEUU reclamándome aquel artículo de cultura post 11-S). La marabunta que ruge desde su despacho. Fecha cerrada de boda. Mudanza...
Resultado: cuatro días en cama, durmiendo, llorando, sin aire, sin fuerzas, sin mi jazz...

III
Hoy he cometido un acto de rebeldía. Ha sido discreto, que es como llegan todos los grandes actos del ser humano. Entre ellos, el invento de la cama o la letrina. No hubo grandes guerras (creo) con las llegadas de estas grandes obras magnas.
Se lo contaba hace poco a uno de mis amores platónicos.
Sin que nadie sospechara la acción que me traía entre manos, sin que nadie advirtiera lo que estaba a punto de suceder, he llegado yo y he cometido mi pequeño gran acto. Será el clima político, je ne sais pas.
Estaba en mi puesto de trabajo, recién incorporada de mi baja post_estrés o post_astenia. He mirado a un lado y a otro. Quizá para comprobar que el enemigo no iba a disparar sus bonitas balas de puesto de feria. Y así, sin pensarlo demasiado, he sacado mi cd de Jazzuela del bolso. Lo he puesto en mi ordenador. He conectado los altavoces y, abracadabra, la magia ha explotado en todo el edificio.
Mi jefe ha salido, claro. Me ha mirado extrañado, quizá no sabía si disparar. Sin embargo, sólo ha dicho, con más miedo que prudencia: "vaya músicas".
He dicho "con más miedo que prudencia". Yo debía tener cara de "estoy cometiendo mi pequeño acto rebelde y voy armada". Le he mirado, yo con más prudencia que miedo, y le he contestado: "músicas con clase, X., con clase".
Quizá nadie lo haya notado. Ningún compañero (ni siquiera H.) ha debido percatarse de la hazaña. Pero hoy, sin que haya sido recogido por ningún analista político, he conquistado mi pequeño espacio. Hoy, sin que nadie lo sospeche aún, el jazz ha entrado a mi lugar de trabajo.


Después de todo, hoy ha sido un gran día.