Esas bellezas que duelen


Hay un tipo de belleza que hasta duele mirarla. No sabes muy bien por qué, pero no puedes apartar la vista al tiempo que se te encogen las entrañas. Sufres. Quizá porque sabes que nunca verás algo así de cerca. Quizá es que lamentas que tanta belleza tenga que acabar, un día u otro, esperando flores baratas en una lápida llena de moho.

Marilyn luce una cicatriz por una operación de vesícula. Y, con marca y todo, ¿no te duele de lo guapa que es? ¿No te sobrecoge su mirada? ¿No te resulta tan perfecta que hasta te dan ganas de llorar su ausencia?

Aún te diré una cosa más. Pocos días después de que Bert Stern tomara esta fotografía, suicidarían a Norma Jean. Y, sin embargo, aun en el umbral de su muerte, me parece que nunca un fotógrafo había capturado tanta belleza. Al menos, no una de esas bellezas que hasta duele mirarlas.

¿Brindas conmigo?


Te pregunto esto porque hoy estoy, de nuevo, feliz y en paz conmigo misma. Hoy, después de un tiempo gris, vuelvo a recobrar la alegría capitalista de sentirme útil, dentro del sistema, dentro del Régimen de la Seguridad Social. Ha pasado mucho tiempo. Quizá ya ni te acuerdes del verano pasado. Yo sí. Fue el peor y el mejor verano de mi vida.

Hace un año, estaba agotando unas vacaciones con la incomodidad de que, a la vuelta, recogería mi despido, mi finiquito y el odio esparcido por mi despacho.

Hace (ya) un año, un ex-jefe me evitaba escondiéndose tras el despiste para no reconocerme(se) una hipócrita amistad, una sangrienta cobardía.

También hace un año, acababa mi segundo año del Máster de Cine con un regusto dulzón y feliz. Estaba enamorada y me amaban. Con mayúsculas.

Se abría un futuro íntimo ante una persona que, por obra y gracias de mi ex-jefe, se había quedado sin porvenir.

Hoy, un año después, me dicen desde una universidad más prestigiosa, más antigua, más pública... que cuentan conmigo en su Claustro de Profesores.

En algún momento lo dije. En realidad lo debí decir de muchas formas:
No hay mal que por bien no venga.
Dos mil siete sonaba a triunfo.
Contigo (con él) a pan y cebolla (aunque mejor a foie y cava)...
Ah, también dije
¡Qué se jodan!
y
El tiempo pone a cada uno en su sitio.
Aunque nunca lo dije tan bien como mi amadísimo Clint Eastwood. ¿Recuerdas aquello de Alégrame el día?

Ahora, tras compartir la alegría contigo, con vosotros (que lleváis formando parte de mi vida casi dos años), me voy a preparar para una cenorra y unas copas de Matusalen a ritmo de jazz. Os quiero. Gracias por estar ahí, aunque sea a hurtadillas.


Escuchando Jacques Loussier Plays Bach

El soul en siete razones tontas

1. Porque sobre el soul no he escrito demasiado en esta pantalla que ahora tienes ante tus ojos. No sé muy bien por qué. Quizá ha sido un acto egoísta. Quizá es que lo quería para mí sola.

2. Porque James Brown se movía como nadie, escandalizaba, enamoraba, excitaba e incomodaba a una sociedad que, tal vez, no estaba del todo preparada para la libertad (en su más amplio y bello significado, en sus más amplias y bellas acepciones).

3. Porque el timbre gastado de Ben E. King es capaz de ponerme un par de lágrimas en la garganta (pero de las buenas, de las que te hacen sentir en el centro gravitatorio del paraíso, de las que te dibujan una carcajada en el clítoris).

4. Porque cuando era una niña cursi me enamoré de la voz de Percy Sledge escuchando su When A Man Loves a Woman. Mi padre grababa cintas de cassette y las ponía en su Citroën Bx en los viajes infinitos (los viajes siempre se antojaban largos y la llegada parecía siempre demasiado temprano). Así conocí a Jacques Brel, a Nat King Cole, a Elvis Presley o a los Beatles. Y, también en uno de esos viajes, me enamoré de la voz de Percy Sledge.

5. Porque el soul es, de lejos, la música sexual por antonomasia. Si tuviera que ponerle música a mi excitación, elegiría una melodía entonada por Sam Cooke. Si tuviera que escoger una voz para mis orgasmos, sería la de Aretha Franklin. Si tuviera que elegir un lenguaje para secar mi sudor, para susurrar los “tequiero” sería el de Otis Redding.

6. Porque a Ray Charles le debo muchos momentos de felicidad. Le debo unos cuantos viajes en compañía de las teclas de su piano. Le debo también algunos de mis mejores platos inventados/inspirados al amparo de sus discos. Pero, sobre todo, le debo haberme guiado, haberme mostrado cuál era mi camino en la tediosa tarea científica. No sólo eso. Sino que además, consiguió que me gustara.

7. Porque hoy, que me siento demasiado sola, demasiado casta, demasiado lejos, sólo consigo sentirme mejor perdiéndome en esta canción de Bill Withers. Y no sé muy bien por qué. Pero me hipnotiza, me envuelve, me salva, me hace ensalivarme los labios, me obliga a entrecerrar los ojos y, sin remedio, le (te) echo mucho más de menos.




Hoy es una fotografía en escala de grises


Porque la semana pasada estuve escuchando en bucle el Jazz at Massey Hall.
(Qué grande es este disco. Creo que fue Nick Hornby quién dijo aquello de que el jazz era esa música en la que los músicos disfrutan más que quienes les escuchan. Éste disco convierte aquella frase en un axioma. Derrocha tanto buen rollo. Además tiene una versión del All Things You Are que te cae al cuerpo como una cerveza fresquita en medio del desierto.)

Porque la calle 52 se queda un poco más sola.
Porque a una le daba una tranquilidad en el alma que siguieran pululando por el mundo genios con mayúscula.
Porque se nos van yendo todos los grandes y a lo mejor tenía razón aquel amigo que apuntaba la muerte del jazz como lenguaje artístico.

Porque una no sabe cómo se le guarda luto a alguien a quien nunca has olido pero al que has escuchado más veces y de forma más profunda que a la mayoría de la gente que conoces. Has saboreado sus manos en días lluviosos y soleados, en soledad y en compañía, jugando al poker y cocinando, feliz y triste, ninfómana y casta, desnuda y en pijama, fumando y comiendo, enamorada y misántropa, con ron y con café...

Porque tengo un vinilo suyo tremendo que me compré en un mercadillo por cuatro perras mal contadas.
Porque alguien pensó en mí, me regaló su tiempo y me escaneó un obituario suyo para mandármelo al correo electrónico. (Gracias, Javier)
Porque siempre me pregunto qué pasará con el instrumento del músico que se va.
Porque en estas situaciones nunca se sabe qué decir.
Porque, con la muerte de Max Roach, la vida hoy me parece un poco más dura y un poco más macabra.

Sobre por qué Saxophone Colossus es imprescindible


Un entendido en jazz te diría que este disco es bueno por los solos de batería del gran Max Roach.
Te podría argumentar, también, que la colaboración pianística de Tommy Flanagan es excelente, aún más indispensable.
Quizá te diría que el sonido es limpio, correcto, incluso sublime.
Te indicaría que es el álbum a partir del cual Sonny Rollins se convierte en “El Coloso”.
Te mostraría el desmedido bajo de Doug Watkins. Y te diría muchas más cosas que tal vez no entenderías.

Por mi parte, te diré que este disco es imprescindible por muchas razones.
Las primeras cinco son los cinco temas que lo integran. St. Thomas, You Don’t Know What Love Is, Strode Rode, Moritat y Blue 7.

St. Thomas es enorme. Es el tema que abre el disco y es imposible no viajar al Caribe, con mojito en mano, mientras la escuchas. Max Roach te lleva en su montura hacia unas raíces selváticas entre África y América. Allí (sé que puedes verlo) hay una santera invocando con sus caderas a un dios de la sexualidad para que, en ese preciso momento, un amante le eche el polvo de su vida.
Entonces, entra el saxo de Rollins y comprendes, desde esta locura necesaria que aporta la canción, que la santera ha conseguido los frutos de sus oraciones. Comprendes que, de alguna manera, te salpica su felicidad y su éxtasis.

Luego está You Don’t Know What Love Is, que es la canción que todos los despechados soñamos una vez con componer. O, al menos, con tocarla al borde de una despedida y así, metafóricamente, apuñalar el último resquicio de ego del amante huido. You Don’t Know What Love Is es una de esas canciones para escuchar con rabia, para alimentar ese odio que nos mantiene vivos sobre el precipicio. Porque, bien rumiada, nos deja ese sabor de que no fue culpa nuestra, de que hicimos lo posible. Simplemente, la otra persona no sabía (quizá no sabrá nunca) qué era eso del amor.

Strode Rode huele y sabe a club neoyorkino, a ley seca, a esos años a los que todos hemos querido viajar, aunque sólo fuera en viejas películas en blanco y negro. En Strode Rode, a Sonny Rollins se le sale el corazón por la garganta mientras a ti se te erizan los vellos de los brazos. El bajo de Watkins te guía hacia una fantasmagoría inquietante y necesaria y el piano de Flanagan, simplemente, te parece sobrehumano.
Moritat es una recreación de Mack The Knife, aquel tema que cantara Louis Armstrong con letras de Bertolt Brecht. Mack The Knife es un tema perfecto, único, inteligente… Moritat supone un homenaje humilde y, por qué no decirlo, extraordinario. De esos que te hacen reincorporarte al tiempo que exclamas un “¡Joder!”.

Finalmente (y no es casualidad que cierre el disco), encontramos Blue 7, que es Jazz en estado puro. Una escucha ese tema y sabe que está ante una obra maestra. Con un cuarteto tocando como un solo músico. En Blue 7 se produce el milagro de la sintonía, mucho más extramusical que artística.

Un entendido en jazz te diría que este disco forma parte de la enciclopedia no escrita de la historia de esta música. Yo, simplemente, te diré que es un disco que me hace feliz escuchar. También que es un álbum que merece la pena cada segundo de tu tiempo, que merece cada euro que te gastes en él, que mejorará tu vida, tu futuro (incluso la forma en que integres tu pasado).

Sin ánimo de exagerar (y si lo hago y te decepciona, vayan por delante mis disculpas) es el antídoto contra el escepticismo, contra el tedio y contra la locura. Y tal como están los tiempos, no se me ocurre qué más pedirle a un disco.

Jazz en Valladolid


Con la primera visita al Herminios empieza, verdaderamente, el Máster en Valladolid.

Unas cuantas miles de cervezas.

Llegada y conquista del Club de Jazz.

Dos o tres Matusalen con coca cola.

Un collar de plástico a cambio de olvidar la vergüenza emulando el Mardi Grass de La Ciudad.

Una borrachera de escándalo.

Unas notas de Charlie Parker, un disco grabado en algún bar de París, rememoraciones de cine varias, el recuerdo de Josephine Baker (al emular costumbres de Nueva Orleans en medio de un garito vallisoletano)...

Con la primera visita al Herminios, empieza verdaderamente, el Máster de Historia y Estética Cinematográfica en Valladolid.

Esto es vida, coño. Y a ver cómo duermo yo esta noche con el helicóptero en mi cabeza.

A modo de epílogo




- Dios -

Después del concierto, Dios se quedó jugando al ajedrez en su camerino. En aquellos días, Bergman estaba a punto de morir. Quizá fuera por eso que relaciono, echando la vista atrás, El Séptimo Sello, la Muerte y su partida de ajedrez.

Un músico normal, al terminar una agotadora actuación, se va con su gruppi de turno a que le haga la merecida felación o, al menos, las merecidas carantoñas. Un músico normal, se va a limpiar su sudor en alcohol y adrenalina. Sin embargo, Dios (o Wynton Marsalis) se quedó en su camerino jugando al ajedrez.

En ese momento, yo ya empecé a sospechar que estaba muerta.


- Arcángeles -

Mientras Dios se peleaba con la muerte por una torre o un caballo, los arcángeles iban dejando el auditorio entre aplausos y vítores de unos chavales que aún no sabían a ciencia cierta qué era eso de la adolescencia. Se oían, desde las bambalinas, aquella ilusión de los aprendices de la vida quemándose las palmas de las manos y dejándose la voz en sus halagos. Entonces, una comprende por qué a los músicos les gusta venir a España. Entiende por qué Wynton Marsalis se siente tan cómodo en el Festival de Jazz de San Javier. Y saborea, con un regusto dulzón, que no todo está perdido. Aún hay un halo resplandeciente de esperanza.

Alguien comenta, esperando la salida de Dios, lo mucho que le ha gustado el “Harmonique” de Coltrane. Yo me quedo con el “Big Train”. En realidad, me quedo con toda la noche como una vieja película en blanco y negro. Grabada en mi memoria. Para volver a ella cuando necesite que Dios (o Wynton Marsalis) me salve la vida. Cuando ansíe que me sacuda el desánimo. Cuando esté a punto de volverme loca. Porque el jazz, entre otras muchas cosas, me mantiene recta sobre la cuerda circense, con la cordura necesaria para enfrentarme a las miserias surrealistas que llenan los telediarios y las vidas de mis acompañantes y amigos.


- Apóstoles -

Wynton terminaba su partida de ajedrez mientras yo apuraba una cerveza y unas risas con los magos de San Javier. Un apóstol me contaba, desde su posición privilegiada de ángel de la guarda, secretos, anécdotas y demás morbosidades de la farándula jazzística. Yo sujetaba un vaso casi vacío que no quería que se terminara nunca.

Mientras, otro apóstol, me contaba qué hacían el resto del año, cómo vivían el jazz al acabar el verano. El bar cerraba y yo recordaba aquella cantinela que me cantaba mi abuelo. Reloj, no marques las horas. Detén el tiempo en tus manos. Haz esta noche perpetua... Pero el tiempo, como la muerte, es sordo ante las súplicas.

A la mañana siguiente, al despertarme, volví al calor sofocante, a las sábanas pegadas, a la realidad imperfecta. Desde la cama, con la ligera resaca cervecera, veía la bolsa con los regalos que me habían hecho los apóstoles. Volví a cerrar los ojos, queriendo regresar al túnel de orgasmo y muerte que me había hecho tan feliz la noche anterior. Pero ya había pasado a ser recuerdo. Me duché, me puse una de las camisetas del Festival y suspiré pensando en que, en unos cuantos meses, volvería a San Javier, a abrazar a los apóstoles y a compartir risas y cervezas con ellos.

Empezaba la cuenta atrás. Tic tac. Tic tac.