Sobre la muerte, sobre Dios y sobre el Paraíso (un post acerca del Festival de Jazz de San Javier) II




- Dios -

Hay varios tipos de conciertos. Están los malos. Luego hay algunos que son buenos. Los hay también que valen la pena. Están los que marcan un antes y un después. Están los que te elevan a una categoría de éxtasis. Y, finalmente, están los que te llevan a un orgasmo de sexo y muerte.

Aquella noche, ante Dios (o ante Wynton Marsalis) no me quedó más remedio que hacer una genuflexión para venderle mi alma, mis miedos, mis deseos, mi pasado, mi presente y mi futuro.
Había oído de Mr. Marsalis que era “excesivamente academicista”. Había oído que “dejaba frío a su público”. En resumen, había oído demasiadas gilipolleces. Porque, aquella noche, ante Dios, lejos de quedarme fría, mis entrañas entraron en una combustión espontánea. Lejos de parecerme en exceso academicista, Wynton Marsalis me pareció en exceso tremendo, en exceso extraordinario.


- Arcángeles –

Un músico, que además de trabajar, disfruta, ríe, goza, con su trompeta en la mano, o su saxo, o su contrabajo… es un buen músico. Podrá hacerlo mejor o peor, pero al menos está en el camino correcto. El camino por el que se llega, de manera directa, al alma del espectador. Sólo ese tipo de músico puede conseguir que el espectador ría, goce, disfrute con ese músico y con esa música.

Aquella noche, viendo a Dios reírse con sus arcángeles, supe que la Lincoln Center Jazz Orchestra estaba en el camino correcto. Sólo así podía entenderse que la Gran Esperanza Blanca, Joe Temperley, fuera capaz de meter sus sonidos en mis oídos taponados de catarro veraniego. Sólo así fue posible que Carlos Henríquez le hiciera cosquillas a las palmas de mis pies desde las cuerdas de su contrabajo…


- Apóstoles –

Un festival se puede organizar bien, mal o tremendamente mal. Pero algunos festivales, sorprendentemente, están preparados tremendamente bien. El Festival de Jazz de San Javier es un ejemplo de ello.

El auditorio sobre el que se sube el músico/dios es un pequeño circo romano con una acústica perfecta. El modo de acceso es sencillo. Hay parking gratuito. Y, para terminar de ser sublime, tiene un bar donde puedes beber y comer sin tener la sensación de ser atracado a mano armada. ¿En cuántos festivales/conciertos de jazz puedes tomarte una cerveza por un euro y medio? ¿En cuántos puedes tomarte una ración por cinco pavos? ¿En cuántos compras un mini de cerveza por cuatro euros?

En el Festival de Jazz de San Javier hay jazz. Y esto sería algo normal y asumible. Pero cuando una ve que en otros festivales ¿de jazz? traen a Elton John, a Bob Dylan… tiene que felicitar a una organización que, cuanto menos, no se contradice a sí misma. Si a esto le sumamos que a los organizadores, realmente, les gusta, les pone el jazz, el resultado no puede ser sino perfecto. Tras acabar el concierto, tuve la suerte de compartir las bambalinas con Alberto Nieto, Luis Lluch y otros miembros de la organización. Nos hablamos y reímos como si fuéramos amigos de toda la vida. Y, entonces, apareció Dios.

“Nice to meet you. Congratulations, Mr. Marsalis. You are so important for jazz history, for my life. Thank you for your music”, pude balbucear mientras, mirándome a los ojos, Wynton practicó su español. “Gracias” - contestaba Él.

Me acariciaba la espalda y me miraba a los ojos con la intensidad de un niño pequeño. Wynton Marsalis, o Dios, buceaba en mi mirada mientras me daba las gracias. El mundo al revés, pensaba yo. Dios dándole las gracias a una persona todavía exhausta por su música…


Continuará…

Sobre la muerte, sobre Dios y sobre el Paraíso (un post acerca del Festival de Jazz de San Javier) I


Sí, esa soy yo. Y sí, ese que me abraza es Wynton Marsalis.


- Dios -

Anoche vi a Dios. En algún momento de la tarde, debí tener un accidente mortal (aunque de eso no me acuerdo). Mis constantes vitales entraron en tiempo de descuento hasta que, ahogadas en una lucha perdida, me dejaron marchar hacia el túnel de luz y el purgatorio.

Yo no sabía que estaba muerta. Explico esto porque, mientras me ganaba la noche, yo no era muy consciente de estar viviendo mi expiración en el más allá. No fue hasta algún tiempo después que supe de mi muerte, de paraísos diversos y de la existencia de Dios.


- Arcángeles –

Anoche vi a Dios, pero no estaba solo. Cuando mi alma se presentó ante él, no desnuda pero sí escotada, le acompañaban catorce arcángeles. Se hacían llamar la Lincoln Center Jazz Orchestra. Y Dios usaba el apelativo de Wynton Marsalis.

Yo, entonces, tampoco sabía que estaba ante mi juicio final. Así que cuando se me saltaron las lágrimas con una partitura del legendario John Coltrane, ni siquiera pensé que era mi reconciliación divina con el músico.


- Apóstoles –

Antes de aquella noche, no sabía que las almas eran guiadas en su camino al paraíso. A mí me llevó, a un asiento junto al escenario de Dios y sus arcángeles, los apóstoles que camuflan su trabajo divino bajo la coartada del Festival de Jazz de San Javier.

Podría decir que hay clase de gente y gente con clase. Podría decir también que las personas que llenan San Javier de jazz y buen rollo son, por supuesto, gente con clase. Pero prefiero apuntar tan sólo que conocerles es caer, irremediablemente, rendidos de amor y admiración por ellos.

Es muy difícil explicar qué se siente cuando ves a un pelotón de niños preadolescentes esperando la salida del señor Marsalis para aplaudir hasta quemarse las palmas de las manos. (Pero me pusieron dos lágrimas emocionadas en la garganta).

Es imposible tratar de discernir qué punto convierte el trabajo de Luis Lluch (Área de Documentación e Imagen) o Alberto Nieto (Director del Festival) en algo que realmente merece la pena. Algo que consigue que el mundo funcione un poco mejor.

Quizá sólo se trata de la ilusión, el deseo y la pasión por un trabajo bien hecho (cuando el tema de trabajo es, además, la carótida de la existencia, la amante que te retiene atado a la vida con un beso lujurioso).


Continuará…