A modo de epílogo




- Dios -

Después del concierto, Dios se quedó jugando al ajedrez en su camerino. En aquellos días, Bergman estaba a punto de morir. Quizá fuera por eso que relaciono, echando la vista atrás, El Séptimo Sello, la Muerte y su partida de ajedrez.

Un músico normal, al terminar una agotadora actuación, se va con su gruppi de turno a que le haga la merecida felación o, al menos, las merecidas carantoñas. Un músico normal, se va a limpiar su sudor en alcohol y adrenalina. Sin embargo, Dios (o Wynton Marsalis) se quedó en su camerino jugando al ajedrez.

En ese momento, yo ya empecé a sospechar que estaba muerta.


- Arcángeles -

Mientras Dios se peleaba con la muerte por una torre o un caballo, los arcángeles iban dejando el auditorio entre aplausos y vítores de unos chavales que aún no sabían a ciencia cierta qué era eso de la adolescencia. Se oían, desde las bambalinas, aquella ilusión de los aprendices de la vida quemándose las palmas de las manos y dejándose la voz en sus halagos. Entonces, una comprende por qué a los músicos les gusta venir a España. Entiende por qué Wynton Marsalis se siente tan cómodo en el Festival de Jazz de San Javier. Y saborea, con un regusto dulzón, que no todo está perdido. Aún hay un halo resplandeciente de esperanza.

Alguien comenta, esperando la salida de Dios, lo mucho que le ha gustado el “Harmonique” de Coltrane. Yo me quedo con el “Big Train”. En realidad, me quedo con toda la noche como una vieja película en blanco y negro. Grabada en mi memoria. Para volver a ella cuando necesite que Dios (o Wynton Marsalis) me salve la vida. Cuando ansíe que me sacuda el desánimo. Cuando esté a punto de volverme loca. Porque el jazz, entre otras muchas cosas, me mantiene recta sobre la cuerda circense, con la cordura necesaria para enfrentarme a las miserias surrealistas que llenan los telediarios y las vidas de mis acompañantes y amigos.


- Apóstoles -

Wynton terminaba su partida de ajedrez mientras yo apuraba una cerveza y unas risas con los magos de San Javier. Un apóstol me contaba, desde su posición privilegiada de ángel de la guarda, secretos, anécdotas y demás morbosidades de la farándula jazzística. Yo sujetaba un vaso casi vacío que no quería que se terminara nunca.

Mientras, otro apóstol, me contaba qué hacían el resto del año, cómo vivían el jazz al acabar el verano. El bar cerraba y yo recordaba aquella cantinela que me cantaba mi abuelo. Reloj, no marques las horas. Detén el tiempo en tus manos. Haz esta noche perpetua... Pero el tiempo, como la muerte, es sordo ante las súplicas.

A la mañana siguiente, al despertarme, volví al calor sofocante, a las sábanas pegadas, a la realidad imperfecta. Desde la cama, con la ligera resaca cervecera, veía la bolsa con los regalos que me habían hecho los apóstoles. Volví a cerrar los ojos, queriendo regresar al túnel de orgasmo y muerte que me había hecho tan feliz la noche anterior. Pero ya había pasado a ser recuerdo. Me duché, me puse una de las camisetas del Festival y suspiré pensando en que, en unos cuantos meses, volvería a San Javier, a abrazar a los apóstoles y a compartir risas y cervezas con ellos.

Empezaba la cuenta atrás. Tic tac. Tic tac.

2 comentarios:

josé miguel dijo...

Amén (II)

Nalyd dijo...

Joder... que envidia. Un saúdo.