Triste Nochebuena


Al final nos han tenido que joder la Navidad. Va a ser que 2mil7 no podía ser perfecto.

Desde el sur en el que me parieron, gracias, Mr. Peterson por tantos buenos momentos. Hoy, mi brindis con Matusalén es sólo para ti.

King's Blue Christmas



Porque era otra de esas bellezas que duele hasta mirarlas.

Porque acabó de una forma muy injusta y nos dejó demasiado huérfanos a todos los amantes de la música.

Porque los tonticos del complot siguen queriendo verle anfetaminado en una calle de Las Vegas o en una playa mexicana.

Porque Hollywood no le ha hecho justicia y le ha convertido en el estandarte del freakismo.

Porque cantó una de las canciones más bonitas de Navidad que se han escrito jamás.

Porque los amantes del jazz nos quitamos el sombrero ante su rock. Y también lo hacen los amantes del blues, del heavy, del pop... Porque todos los que nos ponemos cachondos con la música tenemos una oración pendiente a su memoria.

Porque digan lo que digan, fue, es y seguirá siendo el Rey.

Cosas que se acaban

Se nos está escurriendo entre los dedos. El año.

Se me van mis alumnos y llevo una semana con los ojos llenos de agua y sal. Ellos se despiden de mí con un regalo, gracias desbordadas y piropos inventados de los que se te clavan en las entrañas maternales. Algunas, en las otras entrañas, que algunos son aspirantes a James Dean y una nunca ha sido de piedra.

Se me acaba la botella de Santa Teresa y la he repuesto por un Matusalén, que una siempre ha sido de acabar las cosas a lo grande.

Se me ha acabado un libro del que os hablaré uno de estos días, entre lo alunada y lo enamorada.

Se me termina de ir un virus que no era una gripe pero casi.

Se va agotando la paciencia y una no puede asfixiar el "hijos de puta" cuando ves a los padres de Madeleine en la televisión jugando a películas de navidad.

Se acaban las opciones y las pistas. Se quema la visa. Se vacía el Viña Ardanza y se queda en los huesos el jamón.

Como quien no quiere la cosa, se nos está finiquitando 2mil7, con lo feliz que me ha hecho este año que llegó de forma discreta, en silencio.

No sé cómo decir todos los tequiero que debo. A ti, y a ti, y a ti, y a ti, y a ti, y a ti, y a ti y también a ti. Y por supuesto, querida alma gemela, también a ti. Seguro que olvido algún te quiero. Siempre olvido las cosas importantes.

Algún día tendré que sentarme a daros las gracias por mejorar tanto mi vida.

Pd. Rick, me has hecho uno de los mejores regalos que se puedan esperar.

A veces soy infiel



A veces engaño a Tom Waits con Bruce Springteen. (De hecho, más de una vez he tenido un sueño en el que aparecen el Boss y Big Man junto a mí. Y ninguno de los tres llevábamos ropa)

Hay tardes en que le doy de lado al café y me voy con un te de rooibos.

Algunas noches le soy infiel a mis Fortuna y me fumo un Marlboro (que le robo al Hombre).

A veces le soy desleal a Miles y me convierto en una Parkeriana.

A veces soy una adúltera sin remedio y cambio al jazz por una chançon de rock&roll.

Algunos días me olvido de mi mano y me busco en otras manos.

Hay momentos en las que engaño a mi alma gemela y sueño eróticamente con mis chicos de la Bourbon.

Siempre habrá una tarde en la que no desee a Norah para convertirme en lesbiana por Diana.

A veces le soy infiel a Clint y me corro una orgía con Woody.

Hay comidas en las que prefiero un Ribera a mi Viña Ardanza (pero es un delito justificado).

Hay noches en que no pido Santa Teresa sino un bourbon (pero es sólo porque quiero parecer una chica dura de Milwaukee).

También hay días en que soy infiel al blog y sueño con retomar esa vieja novela que no terminaré nunca.

Engaño también a mi tesis y hago esbozos de un proyecto sobre jazz con forma de ensayo literario.

Pero, las más de las veces, vuelvo con el rabito entre las piernas, una sonrisa de culpabilidad y un "no volverá a pasar" que no se cree ni mi teclado.


Amor de viento


¿Te ha pasado alguna vez? Le has tenido delante mucho tiempo, sin reparar en él (o en ella).

Hasta ese mágico momento, no tenía pene (ni vagina).

Hasta que el disco duro se te recalienta de pronto una noche deliciosa, estabas ante una persona sin sexo.

Pasa todos los días (o eso dicen).

Sin embargo fue anoche cuando el sonido de su armónica acarició mis pezones por primera vez.

Ayer, después de verle tantas veces, Antonio Serrano me enamoró.

Desde mi asiento de piel oscura, los tangos que le arrancaba a su pequeño (y tantas veces infravalorado) instrumento plateado, me hacían soñar con algo mucho más íntimo que un concierto (si es que puede haber algo en esta vida más íntimo que un concierto).

Es lo que tienen los músicos. Son mi perdición, mi copa de recaída, mi penúltimo cigarro antes de entrar al trabajo, mi masturbación y mi soplo de aire fresco.

Y no sé por qué, pero nunca me he fiado de la gente que no se enamoraba de los músicos que le removían las entrañas. O, al menos, no fantaseaban una escena porno con ellos.

Es lo que tienen los sueños, que son gratis. A veces húmedos, a veces amargos, culpables o de chocolate.

Pd. ¿Será muy difícil aprender a tocar la armónica?

Ausencia



Porque no estás pasando por un buen momento.

Porque Gal Costa tiene una voz de miel y caramelo. ¿Te acuerdas de cuando éramos niños y nos traían nubes rosas de golosina? La voz de Costa sabe como aquellas chucherías de la infancia. Igual de dulce, igual de nociva.

Porque el saxofón de Bobby Martínez (lo sé, porque te conozco mejor de lo que crees) te hubiera hecho reír a carcajadas, apretarme la mano y bailar un cha cha cha conmigo y con tu mirada.



Porque no hacía más que buscarte entre las cabezas anónimas del público.

Porque sé que te gusta el latin jazz y que necesitas (esta tarde más que nunca) la bossa.

Porque te echo mucho de menos.

Porque tengo un regalo para ti que es un secreto, una tontería y una sonrisa.

Porque Gal Costa cantó Desafinado y me faltó una nuca cálida a mi lado.

Porque se puso coqueta y sensual y sé que nosotros dos nos hubiéramos reído juntos al tiempo que hubiéramos deseado un encuentro sexual con sus caderas.




Porque espero que todo vaya bien.

Porque tengo tantas cosas que contarte.

Porque sé que te hubiera encantado (y sanado) el concierto de ayer.

Porque no vi tu mirada cómplice entre tantas cabezas anónimas anoche.

Otra forma de decir "te quiero"


Algunos hombres no saben decir te quiero. Al menos, no saben decirlo sin quedar atrapados en el fango del tópico manido.

Pero algunos hombres dicen "el día que me quieras no habrá más que armonía", desean en voz alta un "la noche que me quieras, desde el azul del cielo, las estrellas celosas nos mirarán pasar" y componen canciones como ésta.

Algunos hombres son como tú eras y también lloran con Gardel. ¿Sabes? Aún sigues siendo más honesto que dios. Aún sigues siendo el mejor hombre que he conocido y aún te veo reflejado en los espejos cuando tarareo a Gardel.

¿Sabes, abuelo? Aún no te he olvidado.

Hopper






Hopper se pasó la vida pintando a gente sola. No es lo mismo ser un "solo" o una "sola", que estar solos. Ser y estar. Se lo digo mucho a mis alumnos, pero no terminan de entenderme. Y tienen su parte de razón. A veces yo misma no distingo si soy o estoy. ¿Soy c'est si bon o estoy blue?



A veces me dan miedo las pinturas de Hopper. No es un miedo a lo "Al final de la escalera". Es más un miedo a, de pronto, descubrirme en una de sus pinturas. En "El Retrato de Jenny" alguien descubría una pintura y se le helaban las vísceras. Al espectador también. Un artista es bueno cuando consigue que al voyeur se le queden congeladas las pupilas de puro miedo. El miedo lo mueve todo. No es el amor. No es el dinero. No es la salud. Es el miedo al desamor, a la pobreza, a la enfermedad. Un antiguo amante bukowskiano me decía (se excusaba) que le tenía miedo al miedo. A lo mejor no le sobraba ni tanto alcohol, ni tanta cocaína, ni tanta literatura.



A veces también me da miedo la trompeta de Miles Davis. Otras veces el pánico me lo produce una melodía engendrada por Chet Baker. No un miedo a que deje de sonar o a no poder salir nunca más de ella. Es otro miedo. Y sé que alguno de vosotros sabe a qué miedo me refiero.



Hopper se pasó la vida pintando a solos, que debe ser la máxima capacidad de dolor a la que puede llegar un ser humano. Me obsesiona la temática del pintor. Quizá debí haberme llamado Soledad. Pero el olvido no deja de ser una cara más del poliedro de la soledad.



Pd. Perdón por tantas láminas. Es que no sabía cuál era la más cruel.

Jazz, cine y P2P

De Cine Clásico podría decir que es una página web cojonuda para los amantes del cine. Podría añadir que es la "continuadora" de la cuasi "inaccesible" Divx Clásico. Pero mejor os digo que es una de mis últimas drogas. Te metes en ella y, como tengas el tabaco a mano y un buen disco sonando en la cadena (obsequio de El País), el tiempo se convierte en un plano mtviano (para ti, claro, para tu sufridor compañero vital se parece más a un sempiterno plano-secuencia de Abbas Kiarostami).

Fuere como fuere, en Cine Clásico encuentras joyas como ésta:


The Ladies Sing the Blues (1986) - VHSRip? VO

Recopilación de grabaciones de actuaciones, sea en cinema o en directo, de algunas de las más maravillosas cantantes, de la época clásica, de este género. Cabe citar, entre ellas, a Bessie Smith, Ethel Waters, Billie Holiday, Dinah Washington, Lena Horne, Sarah Vaughan y Peggy Lee.




El enlace es:
indicar Bessie Smith & Billie Holiday - The Ladies Sing The Blues.avi


DATOS DE LA PELÍCULA:

TÍTULO ORIGINAL: The Ladies Sing the Blues
NACIONALIDAD: USA
AÑO: 1986
DURACIÓN: 01:02:02
MÁS INFORMACIONES: imdb.



DATOS DEL ARCHIVO:

COMPRESOR: DivX 5.0
BITRATE: 851 kbps
FRAMERATE: 29.971 fps
TAMAÑO: 465 MB
A.R.: 720 x 544
AUDIO: AC3 48000Hz 192 kb/s CBR.



Vosotros no sé, pero yo ya he hecho click.

Tarde de flamenco, placer y sufrimiento




Escuchar a Camarón está por encima del propio verbo escuchar.

Disfrutarle, sufrirle, desbocarte con él o desbocaros juntos, engulle ese 'age de magia y duende que no se puede explicar con las letras de un alfabeto gráfico.

Escuchar al Camarón es aceptar que se te ponga una lágrima en la garganta, un puñal en las entrañas y un humo ácido en las pupilas.

Coger el disco "La leyenda del tiempo" es venderle tu alma al diablo y dejarse llevar. Dejarse arrastrar a un lugar donde el dolor es un torbellino que te deja moratones de placer (P-L-A-C-E-R) clavados en la mandíbula, en la vagina, en las rodillas, en los dedos meñiques de los pies y en las muecas desgarradas.

Luego pones "Como el agua" y tus pulmones se quedan a vivir en el tema que da nombre al álbum. Ya no puedes respirar si no es al ritmo de los aullidos del gitano.

de ti deseo
yo toito el calor
pa ti mi cuerpo
si lo quieres tú,
fuego en la sangre
nos corre a los dos

como el agua
como el agua
como el agua

si tus ogitos fueran
aceitunitas verdes,
toa la noche estaria
muele que muele
muele que muele


Pones "La luz de aquella farola" (Como el agua) y el frío se te mete por las uñas como en una tortura de cuartelillo franquista. [Y me voy a dejar para otro día la guitarra de Paco]

Una sufre.

Una llora (y llora de verdad, con las lágrimas suicidándose por las mejillas).

Una taconea en la silla, se pone de pie, dibuja con la cabeza una sombra chinesca.

Una grita, aunque algún vecino pueda pensar que está loca.

Pero, sobre todo, una goza. Porque con Camarón se sufre y se goza como si, de alguna manera, un verbo no pudiera separarse del otro.

Escuchar a Camarón está por encima del propio verbo escuchar.

Y a aquellos que nunca pondrían un disco de Camarón, por prejuicios estúpidos... Vosotros os lo perdéis. Yo, esta tarde, me voy a seguir perdiendo en sus quejíos.

Algunas buenas excusas y una ayuda


Últimamente no escribo mucho, ya lo sé. Apenas me dejo ver (porque sí sigo dejándome caer) por los cuadernos que garabatean, de pasión y locura, mis más admirados (envidiados) artistas. Sonrío, lagrimeo, me excito, me muerdo el labio, me quedo con la boca abierta y hasta me río a carcajadas con todos ellos. Releo sin cansarme al Tom Waits que describen mis chicos de la Bourbon Street. Envidio las letras con sabor a bolero rasgado que escribe mi alma gemela, me muero de envidia con los viajes de mi compañero de jazz y me da rabia cuando el marcador dinánico no me muestra ningún post nuevo de mi Maestro...

Últimamente ando "como puta por rastrojo", que es un dicho de mi pueblo que siempre me ha encantado, aunque suene tosco y burdo (pero es que a veces hay que dejarse la finura en el quicio de la vergüenza aprendida). Además, es un dicho certero y directo. Ando muy estresada preparando las clases para la universidad "de verdad". Paso tiempo con mis alumnos, que son lo mejor del mundo. Uno de ellos me cuenta anécdotas de un abuelo con Oscar de la Academia por aquella película del "nunca más volveré a pasar hambre". Otro alumno me dice, con su acento gringo, que cuando vaya a Nueva Orleans tengo que beber no sé qué cerveza enorme en tubo kilométrico. Otra chica me agradece que me preocupe por ella y me cuenta que le es muy difícil ser fiel a su novio. Es tan guapa. En serio. Que hasta a mí se me olvida que soy heterosexual.

Además, este martes tengo mi pequeño tribunal de Tesina. Estoy nerviosa. Tengo miedo de que algún catedrático me pregunte "¿qué es para usted el jazz?" y no saber contestarle sin hacer referencia al sexo, a las entrañas, a las noches de insomnio, a los momentos que te salvan la vida, a los vinilos comprados en puestos mugrientos, a las masturbaciones amargas y a las deliciosas. Más que nada, porque no quedaría muy serio, muy académico, muy doctorando... ¡Dios mío! ¿Qué cojones les digo yo que es el jazz? [Empiezo a neurotizarme de nuevo, cambiemos de tema]

Le he regalado a El Hombre un plato de alta gama. En realidad es como si nos lo hubiera regalado a los dos, porque en cuanto se le pase la fiebre del estreno, van a empezar a caer los discos del Duke, el Kind of Blue y hasta el viejo vinilo de Tom Waits.

Lo sé, me miro mucho el ombligo, escribo sobre él y hasta espero que os guste la lectura. Es un poco patético. Pero yo he venido aquí a hablar de mi libro, a pedir perdón por mi ausencia y a buscar un poco de paciencia.

No sólo eso. También he venido a pedir ayuda (again, again, again). Sé por las estadísticas que tengo lectores repartidos por toda la geografía (o gente que se pierde en San Google y, buscando "follando con mi amiga", acaba en esta página). Abusando de vuestro cariño, quería pediros que me escribiéseis un e-mail contándome qué clubs de jazz tenéis por vuestras zonas. Necesito recopilar algunos (cuantos más mejor) de toda España, así que, si me ayudáis, me será un poco menos difícil. Ya sabéis: lacasiopeaa(arroba)yahoo.es

Gracias (again, again, again)

Ésta vez parece que sí


Si 2007 pintaba ser un buen año, 2008 pasará a la historia por ser el año más feliz de mi vida. A nivel amoroso, ya contaré en su día las buenas nuevas.

A nivel de sueños por cumplir, podré tachar uno en mi lista. Me confirman en mi trabajo docente que en mayo no se curra. Si tenemos en cuenta que acabaré de cobrar los cursos de invierno... Sólo queda buscar el vuelo. En Internet aparecen en torno a los 500 €. Ahora queda probar suerte e intentar engañar una acreditación de prensa.

De momento, empiezo a hacer la maleta...

Adelanto del Festival de Jazz Madrid 07




La gente del Festival de Jazz de Madrid me mandan el siguiente mail:


Un año más comienza el Festival de Jazz de Madrid, en su XXIV edición, que tendrá lugar del d 5 Noviembre al 1 de Diciembre. Esta edición estará dedicada a la memoria de Tete Montoliu en el décimo aniversario de su muerte.

Los conciertos del programa central se celebrarán en el Centro Cultural de la Villa, Plza. Colón, s/n y en el Circo Price, Ronda de Atocha , 35.

Entre otros artistas y grupos, actuarán Harry Connick Jr, Dianne Reeves, Joaquín Chacon, Omar Sosa, Ornette Coleman, The Manhattan Transfer, Colina Miralta Sambeat, Chick Corea & Bela Fleck, Richard Galliano, Antonio Serrano, Richard Bona, Boby Martínez, Joshua Redman, Eliane Elías, Gal Costa y muchos más.

Paralelamente, tendrán lugar también el XXVI Festival de Jazz de San Juan Evangelista, el XII Festival Internacional de Jazz de Ciudad Lineal, así como los conciertos diarios en los Clubs de Jazz, 14 en total: Café Central, Sala Clamores, Bogui Jazz, Populart, La Boca del Lobo, Sala Siroco, Junco, Moe, Taboo, Barco, El Despertar, Segundo Jazz, Café Zanzíbar y El Plaza .

En cuanto a la sección Música y Cine, este año el programa se centra en la influencia del jazz en el cine, repasando la Nouvelle Vague francesa con cineastas como Louis Malle o Jean Luc Godard y buscando en autores americanos como Jim Jarmush o Wong Kar Wai de Hong Kong esa cinematografía en la que el jazz es la principal fuente de la técnica narrativa, cuando el cine entró la improvisación.

Los recintos de proyecciones serán: el Instituto Francés, Centro Cultural de la Villa, Universidad Complutense de Madrid, Centro Nicolás Salmerón y Casa de América donde tendrá lugar un ciclo sobre Brasil y su música.

Se realizarán otras actividades, habituales ya en este festival, como Música para Niños y la IV Muestra de Grupos Jóvenes de la AMEMM .



Cambio y corto.

Surrealismo legal (y más cabreo acumulado)


Que los jueces de este país han perdido el juicio, no es ninguna novedad. Sólo así se explican algunas sentencias entre el surrealismo y la impotencia. Sólo hay que echar un repaso a la hemeroteca para encontrarse, de bruces, con víctimas de abusos sexuales paternos obligadas a vivir con el verdugo. También mujeres maltratadas que deben compartir techo con sus asesinos. Muchas sentencias que nos hacen avergonzarnos, cada día, de esta junticia, de esta constitución, de este país.

Lo de Ramoncín y A las barricadas (ánimo, chicos, estamos con vosotros) no hace sino añadir una losa más al surrealismo legal español.

Una no puede más que respirar diez veces. Luego otras diez. Cuando llevas mil, te das cuenta de que no te vas a calmar. Señor Ramoncín, vamos a ver si nos damos cuenta. Caes mal porque te has nombrado cabecilla de una organización que no está aquí para ganarse amigos. Nunca he visto a los grandes (a los superventas, quiero decir) sentenciar algunas de las absurdeces que defiendes tú. (¿Cómo era? ¿Si escuchabas música en tu coche y bajabas la ventanilla para que te diera el aire "robabas" la propiedad intelectual?...)

Queridos amigos, Ramoncín, Teo, Teddy... Antes de que existiera la mula, yo no compraba más de diez o doce discos al año. En primer lugar, porque vivía en una ciudad con una sola tienda de discos (infame). En segundo lugar, porque no tenía la posibilidad de descubrir artistas sin miedo a desperdiciar las dos o tres mil pesetas del vinilo de turno. Pero, desde que tengo internet (creo que napster fue el primer programa que usé), compro muchos más discos de los que caben en mi casa. No sólo yo. La mayoría de la gente que conozco, compra más música "original" desde que tienen la oportunidad de "descubrir" en la red. Estaría bien que asumiérais que vosotros tres no vendéis un solo disco porque ni siquiera estáis en la mula. No por ser la vocecilla líder de la innombrable, vais a recuperar vuestro momento. Se acabó.

A las barricadas, sin embargo, suben sus visitas y su apoyo. Desde aquí, una palmada y un poco de envidia (de la sana).

Regalito de cumpleaños




Como no tenían ipods de 27 GB, que son las gigas que me caen, El Hombre me ha regalado el negro de 30. ¿Cómo no voy a quererle? De repente, me ha salvado la vida. En los trenes que me lleven al trabajo, seguro, Miles estará conmigo, dándome fuerzas para aguantar a sus compatriotas alumnos míos. Así que, cuando un alumno me mire como ameba ante la incomprensión de un temario indescifrable a sus ojos de champiñón, echaré un vistazo a mi niño, negro brillante, que esperará en el bolso a que vuelva a amamantarle con mis oídos. ¡Qué bonito es! Lo miro, desde todas sus esquinas, desde todas sus perspectivas... Y ya no sé a quién quiero más, si al Hombre o a mi nuevo "amante".

Éste sí que está siendo un cumpleaños cojonudo. Trabajo, sexo, música, amor, ron... (Y todavía no puedo contaros mi próxima incorporación "laboral" a una casa que... Me callo. Cuando pueda, os invito a todos a un buen ron para celebrarlo)

Ya lo dije. 2007 iba a ser un gran año.

Los cumpleaños olvidados


Me he dado cuenta hace un momento. Este año no me he acordado de celebrar el segundo aniversario de Jass it up, boys! Por tanto, tampoco me he acordado de enumerar todas las razones por las que este blog ha hecho mi vida un poco mejor. Roberto, José Miguel, Manolo, Aarón, la gente de San Javier, Inperson (¿dónde te has metido?), mis chicos de la Bourbon Street, Eluryan, Millas, un ascensorista, alguien en el disparadero, un pez espada, un franético mirón... Y por supuesto, El Hombre. Todos, cada uno a vuestra manera, habéis construido una fortaleza de arena en la orilla de la playa sobre la que descansa mi imaginación. Gracias por todo. Los fumadores solemos decir que no recordamos qué hacíamos con las manos cuando aún no sujetábamos un cigarrillo entre los dedos. Tampoco yo sé qué hacía con mis días cuando vosotros no formábais parte de ella.

Sin embargo, el sábado olvidé que ya iban dos años de fantasear sobre el jazz en esta tímida pantalla de ordenador. Puedo poner muchas excusas. Un nuevo trabajo que empieza en una universidad (¡mañana! y tengo miedo). Una importantísima reunión en clave de jazz de la que espero poder hablar en unos meses (o antes). El último año del Máster. La recién estrenada afición por el Matusalén. La tesina que ya está para defenderse en un tribunal de señores con toga. El Hombre, su líbido y la mía. Mi mejor amiga que se me casa (parece que fue ayer cuando jugábamos a romper el cielo a pedradas)...

En cualquier caso, juntaré la celebración de Jass it up, boys! con la de mi cumpleaños (que ya llevo demasiados años sin celebrarlo por tristeza, vergüenza y demás gilipolleces). Vayan desempolvando sus zapatos de gamuza azul. Yo pongo la música y el vestido de piqué.


Esas bellezas que duelen


Hay un tipo de belleza que hasta duele mirarla. No sabes muy bien por qué, pero no puedes apartar la vista al tiempo que se te encogen las entrañas. Sufres. Quizá porque sabes que nunca verás algo así de cerca. Quizá es que lamentas que tanta belleza tenga que acabar, un día u otro, esperando flores baratas en una lápida llena de moho.

Marilyn luce una cicatriz por una operación de vesícula. Y, con marca y todo, ¿no te duele de lo guapa que es? ¿No te sobrecoge su mirada? ¿No te resulta tan perfecta que hasta te dan ganas de llorar su ausencia?

Aún te diré una cosa más. Pocos días después de que Bert Stern tomara esta fotografía, suicidarían a Norma Jean. Y, sin embargo, aun en el umbral de su muerte, me parece que nunca un fotógrafo había capturado tanta belleza. Al menos, no una de esas bellezas que hasta duele mirarlas.

¿Brindas conmigo?


Te pregunto esto porque hoy estoy, de nuevo, feliz y en paz conmigo misma. Hoy, después de un tiempo gris, vuelvo a recobrar la alegría capitalista de sentirme útil, dentro del sistema, dentro del Régimen de la Seguridad Social. Ha pasado mucho tiempo. Quizá ya ni te acuerdes del verano pasado. Yo sí. Fue el peor y el mejor verano de mi vida.

Hace un año, estaba agotando unas vacaciones con la incomodidad de que, a la vuelta, recogería mi despido, mi finiquito y el odio esparcido por mi despacho.

Hace (ya) un año, un ex-jefe me evitaba escondiéndose tras el despiste para no reconocerme(se) una hipócrita amistad, una sangrienta cobardía.

También hace un año, acababa mi segundo año del Máster de Cine con un regusto dulzón y feliz. Estaba enamorada y me amaban. Con mayúsculas.

Se abría un futuro íntimo ante una persona que, por obra y gracias de mi ex-jefe, se había quedado sin porvenir.

Hoy, un año después, me dicen desde una universidad más prestigiosa, más antigua, más pública... que cuentan conmigo en su Claustro de Profesores.

En algún momento lo dije. En realidad lo debí decir de muchas formas:
No hay mal que por bien no venga.
Dos mil siete sonaba a triunfo.
Contigo (con él) a pan y cebolla (aunque mejor a foie y cava)...
Ah, también dije
¡Qué se jodan!
y
El tiempo pone a cada uno en su sitio.
Aunque nunca lo dije tan bien como mi amadísimo Clint Eastwood. ¿Recuerdas aquello de Alégrame el día?

Ahora, tras compartir la alegría contigo, con vosotros (que lleváis formando parte de mi vida casi dos años), me voy a preparar para una cenorra y unas copas de Matusalen a ritmo de jazz. Os quiero. Gracias por estar ahí, aunque sea a hurtadillas.


Escuchando Jacques Loussier Plays Bach

El soul en siete razones tontas

1. Porque sobre el soul no he escrito demasiado en esta pantalla que ahora tienes ante tus ojos. No sé muy bien por qué. Quizá ha sido un acto egoísta. Quizá es que lo quería para mí sola.

2. Porque James Brown se movía como nadie, escandalizaba, enamoraba, excitaba e incomodaba a una sociedad que, tal vez, no estaba del todo preparada para la libertad (en su más amplio y bello significado, en sus más amplias y bellas acepciones).

3. Porque el timbre gastado de Ben E. King es capaz de ponerme un par de lágrimas en la garganta (pero de las buenas, de las que te hacen sentir en el centro gravitatorio del paraíso, de las que te dibujan una carcajada en el clítoris).

4. Porque cuando era una niña cursi me enamoré de la voz de Percy Sledge escuchando su When A Man Loves a Woman. Mi padre grababa cintas de cassette y las ponía en su Citroën Bx en los viajes infinitos (los viajes siempre se antojaban largos y la llegada parecía siempre demasiado temprano). Así conocí a Jacques Brel, a Nat King Cole, a Elvis Presley o a los Beatles. Y, también en uno de esos viajes, me enamoré de la voz de Percy Sledge.

5. Porque el soul es, de lejos, la música sexual por antonomasia. Si tuviera que ponerle música a mi excitación, elegiría una melodía entonada por Sam Cooke. Si tuviera que escoger una voz para mis orgasmos, sería la de Aretha Franklin. Si tuviera que elegir un lenguaje para secar mi sudor, para susurrar los “tequiero” sería el de Otis Redding.

6. Porque a Ray Charles le debo muchos momentos de felicidad. Le debo unos cuantos viajes en compañía de las teclas de su piano. Le debo también algunos de mis mejores platos inventados/inspirados al amparo de sus discos. Pero, sobre todo, le debo haberme guiado, haberme mostrado cuál era mi camino en la tediosa tarea científica. No sólo eso. Sino que además, consiguió que me gustara.

7. Porque hoy, que me siento demasiado sola, demasiado casta, demasiado lejos, sólo consigo sentirme mejor perdiéndome en esta canción de Bill Withers. Y no sé muy bien por qué. Pero me hipnotiza, me envuelve, me salva, me hace ensalivarme los labios, me obliga a entrecerrar los ojos y, sin remedio, le (te) echo mucho más de menos.




Hoy es una fotografía en escala de grises


Porque la semana pasada estuve escuchando en bucle el Jazz at Massey Hall.
(Qué grande es este disco. Creo que fue Nick Hornby quién dijo aquello de que el jazz era esa música en la que los músicos disfrutan más que quienes les escuchan. Éste disco convierte aquella frase en un axioma. Derrocha tanto buen rollo. Además tiene una versión del All Things You Are que te cae al cuerpo como una cerveza fresquita en medio del desierto.)

Porque la calle 52 se queda un poco más sola.
Porque a una le daba una tranquilidad en el alma que siguieran pululando por el mundo genios con mayúscula.
Porque se nos van yendo todos los grandes y a lo mejor tenía razón aquel amigo que apuntaba la muerte del jazz como lenguaje artístico.

Porque una no sabe cómo se le guarda luto a alguien a quien nunca has olido pero al que has escuchado más veces y de forma más profunda que a la mayoría de la gente que conoces. Has saboreado sus manos en días lluviosos y soleados, en soledad y en compañía, jugando al poker y cocinando, feliz y triste, ninfómana y casta, desnuda y en pijama, fumando y comiendo, enamorada y misántropa, con ron y con café...

Porque tengo un vinilo suyo tremendo que me compré en un mercadillo por cuatro perras mal contadas.
Porque alguien pensó en mí, me regaló su tiempo y me escaneó un obituario suyo para mandármelo al correo electrónico. (Gracias, Javier)
Porque siempre me pregunto qué pasará con el instrumento del músico que se va.
Porque en estas situaciones nunca se sabe qué decir.
Porque, con la muerte de Max Roach, la vida hoy me parece un poco más dura y un poco más macabra.

Sobre por qué Saxophone Colossus es imprescindible


Un entendido en jazz te diría que este disco es bueno por los solos de batería del gran Max Roach.
Te podría argumentar, también, que la colaboración pianística de Tommy Flanagan es excelente, aún más indispensable.
Quizá te diría que el sonido es limpio, correcto, incluso sublime.
Te indicaría que es el álbum a partir del cual Sonny Rollins se convierte en “El Coloso”.
Te mostraría el desmedido bajo de Doug Watkins. Y te diría muchas más cosas que tal vez no entenderías.

Por mi parte, te diré que este disco es imprescindible por muchas razones.
Las primeras cinco son los cinco temas que lo integran. St. Thomas, You Don’t Know What Love Is, Strode Rode, Moritat y Blue 7.

St. Thomas es enorme. Es el tema que abre el disco y es imposible no viajar al Caribe, con mojito en mano, mientras la escuchas. Max Roach te lleva en su montura hacia unas raíces selváticas entre África y América. Allí (sé que puedes verlo) hay una santera invocando con sus caderas a un dios de la sexualidad para que, en ese preciso momento, un amante le eche el polvo de su vida.
Entonces, entra el saxo de Rollins y comprendes, desde esta locura necesaria que aporta la canción, que la santera ha conseguido los frutos de sus oraciones. Comprendes que, de alguna manera, te salpica su felicidad y su éxtasis.

Luego está You Don’t Know What Love Is, que es la canción que todos los despechados soñamos una vez con componer. O, al menos, con tocarla al borde de una despedida y así, metafóricamente, apuñalar el último resquicio de ego del amante huido. You Don’t Know What Love Is es una de esas canciones para escuchar con rabia, para alimentar ese odio que nos mantiene vivos sobre el precipicio. Porque, bien rumiada, nos deja ese sabor de que no fue culpa nuestra, de que hicimos lo posible. Simplemente, la otra persona no sabía (quizá no sabrá nunca) qué era eso del amor.

Strode Rode huele y sabe a club neoyorkino, a ley seca, a esos años a los que todos hemos querido viajar, aunque sólo fuera en viejas películas en blanco y negro. En Strode Rode, a Sonny Rollins se le sale el corazón por la garganta mientras a ti se te erizan los vellos de los brazos. El bajo de Watkins te guía hacia una fantasmagoría inquietante y necesaria y el piano de Flanagan, simplemente, te parece sobrehumano.
Moritat es una recreación de Mack The Knife, aquel tema que cantara Louis Armstrong con letras de Bertolt Brecht. Mack The Knife es un tema perfecto, único, inteligente… Moritat supone un homenaje humilde y, por qué no decirlo, extraordinario. De esos que te hacen reincorporarte al tiempo que exclamas un “¡Joder!”.

Finalmente (y no es casualidad que cierre el disco), encontramos Blue 7, que es Jazz en estado puro. Una escucha ese tema y sabe que está ante una obra maestra. Con un cuarteto tocando como un solo músico. En Blue 7 se produce el milagro de la sintonía, mucho más extramusical que artística.

Un entendido en jazz te diría que este disco forma parte de la enciclopedia no escrita de la historia de esta música. Yo, simplemente, te diré que es un disco que me hace feliz escuchar. También que es un álbum que merece la pena cada segundo de tu tiempo, que merece cada euro que te gastes en él, que mejorará tu vida, tu futuro (incluso la forma en que integres tu pasado).

Sin ánimo de exagerar (y si lo hago y te decepciona, vayan por delante mis disculpas) es el antídoto contra el escepticismo, contra el tedio y contra la locura. Y tal como están los tiempos, no se me ocurre qué más pedirle a un disco.

Jazz en Valladolid


Con la primera visita al Herminios empieza, verdaderamente, el Máster en Valladolid.

Unas cuantas miles de cervezas.

Llegada y conquista del Club de Jazz.

Dos o tres Matusalen con coca cola.

Un collar de plástico a cambio de olvidar la vergüenza emulando el Mardi Grass de La Ciudad.

Una borrachera de escándalo.

Unas notas de Charlie Parker, un disco grabado en algún bar de París, rememoraciones de cine varias, el recuerdo de Josephine Baker (al emular costumbres de Nueva Orleans en medio de un garito vallisoletano)...

Con la primera visita al Herminios, empieza verdaderamente, el Máster de Historia y Estética Cinematográfica en Valladolid.

Esto es vida, coño. Y a ver cómo duermo yo esta noche con el helicóptero en mi cabeza.

A modo de epílogo




- Dios -

Después del concierto, Dios se quedó jugando al ajedrez en su camerino. En aquellos días, Bergman estaba a punto de morir. Quizá fuera por eso que relaciono, echando la vista atrás, El Séptimo Sello, la Muerte y su partida de ajedrez.

Un músico normal, al terminar una agotadora actuación, se va con su gruppi de turno a que le haga la merecida felación o, al menos, las merecidas carantoñas. Un músico normal, se va a limpiar su sudor en alcohol y adrenalina. Sin embargo, Dios (o Wynton Marsalis) se quedó en su camerino jugando al ajedrez.

En ese momento, yo ya empecé a sospechar que estaba muerta.


- Arcángeles -

Mientras Dios se peleaba con la muerte por una torre o un caballo, los arcángeles iban dejando el auditorio entre aplausos y vítores de unos chavales que aún no sabían a ciencia cierta qué era eso de la adolescencia. Se oían, desde las bambalinas, aquella ilusión de los aprendices de la vida quemándose las palmas de las manos y dejándose la voz en sus halagos. Entonces, una comprende por qué a los músicos les gusta venir a España. Entiende por qué Wynton Marsalis se siente tan cómodo en el Festival de Jazz de San Javier. Y saborea, con un regusto dulzón, que no todo está perdido. Aún hay un halo resplandeciente de esperanza.

Alguien comenta, esperando la salida de Dios, lo mucho que le ha gustado el “Harmonique” de Coltrane. Yo me quedo con el “Big Train”. En realidad, me quedo con toda la noche como una vieja película en blanco y negro. Grabada en mi memoria. Para volver a ella cuando necesite que Dios (o Wynton Marsalis) me salve la vida. Cuando ansíe que me sacuda el desánimo. Cuando esté a punto de volverme loca. Porque el jazz, entre otras muchas cosas, me mantiene recta sobre la cuerda circense, con la cordura necesaria para enfrentarme a las miserias surrealistas que llenan los telediarios y las vidas de mis acompañantes y amigos.


- Apóstoles -

Wynton terminaba su partida de ajedrez mientras yo apuraba una cerveza y unas risas con los magos de San Javier. Un apóstol me contaba, desde su posición privilegiada de ángel de la guarda, secretos, anécdotas y demás morbosidades de la farándula jazzística. Yo sujetaba un vaso casi vacío que no quería que se terminara nunca.

Mientras, otro apóstol, me contaba qué hacían el resto del año, cómo vivían el jazz al acabar el verano. El bar cerraba y yo recordaba aquella cantinela que me cantaba mi abuelo. Reloj, no marques las horas. Detén el tiempo en tus manos. Haz esta noche perpetua... Pero el tiempo, como la muerte, es sordo ante las súplicas.

A la mañana siguiente, al despertarme, volví al calor sofocante, a las sábanas pegadas, a la realidad imperfecta. Desde la cama, con la ligera resaca cervecera, veía la bolsa con los regalos que me habían hecho los apóstoles. Volví a cerrar los ojos, queriendo regresar al túnel de orgasmo y muerte que me había hecho tan feliz la noche anterior. Pero ya había pasado a ser recuerdo. Me duché, me puse una de las camisetas del Festival y suspiré pensando en que, en unos cuantos meses, volvería a San Javier, a abrazar a los apóstoles y a compartir risas y cervezas con ellos.

Empezaba la cuenta atrás. Tic tac. Tic tac.

Sobre la muerte, sobre Dios y sobre el Paraíso (un post acerca del Festival de Jazz de San Javier) II




- Dios -

Hay varios tipos de conciertos. Están los malos. Luego hay algunos que son buenos. Los hay también que valen la pena. Están los que marcan un antes y un después. Están los que te elevan a una categoría de éxtasis. Y, finalmente, están los que te llevan a un orgasmo de sexo y muerte.

Aquella noche, ante Dios (o ante Wynton Marsalis) no me quedó más remedio que hacer una genuflexión para venderle mi alma, mis miedos, mis deseos, mi pasado, mi presente y mi futuro.
Había oído de Mr. Marsalis que era “excesivamente academicista”. Había oído que “dejaba frío a su público”. En resumen, había oído demasiadas gilipolleces. Porque, aquella noche, ante Dios, lejos de quedarme fría, mis entrañas entraron en una combustión espontánea. Lejos de parecerme en exceso academicista, Wynton Marsalis me pareció en exceso tremendo, en exceso extraordinario.


- Arcángeles –

Un músico, que además de trabajar, disfruta, ríe, goza, con su trompeta en la mano, o su saxo, o su contrabajo… es un buen músico. Podrá hacerlo mejor o peor, pero al menos está en el camino correcto. El camino por el que se llega, de manera directa, al alma del espectador. Sólo ese tipo de músico puede conseguir que el espectador ría, goce, disfrute con ese músico y con esa música.

Aquella noche, viendo a Dios reírse con sus arcángeles, supe que la Lincoln Center Jazz Orchestra estaba en el camino correcto. Sólo así podía entenderse que la Gran Esperanza Blanca, Joe Temperley, fuera capaz de meter sus sonidos en mis oídos taponados de catarro veraniego. Sólo así fue posible que Carlos Henríquez le hiciera cosquillas a las palmas de mis pies desde las cuerdas de su contrabajo…


- Apóstoles –

Un festival se puede organizar bien, mal o tremendamente mal. Pero algunos festivales, sorprendentemente, están preparados tremendamente bien. El Festival de Jazz de San Javier es un ejemplo de ello.

El auditorio sobre el que se sube el músico/dios es un pequeño circo romano con una acústica perfecta. El modo de acceso es sencillo. Hay parking gratuito. Y, para terminar de ser sublime, tiene un bar donde puedes beber y comer sin tener la sensación de ser atracado a mano armada. ¿En cuántos festivales/conciertos de jazz puedes tomarte una cerveza por un euro y medio? ¿En cuántos puedes tomarte una ración por cinco pavos? ¿En cuántos compras un mini de cerveza por cuatro euros?

En el Festival de Jazz de San Javier hay jazz. Y esto sería algo normal y asumible. Pero cuando una ve que en otros festivales ¿de jazz? traen a Elton John, a Bob Dylan… tiene que felicitar a una organización que, cuanto menos, no se contradice a sí misma. Si a esto le sumamos que a los organizadores, realmente, les gusta, les pone el jazz, el resultado no puede ser sino perfecto. Tras acabar el concierto, tuve la suerte de compartir las bambalinas con Alberto Nieto, Luis Lluch y otros miembros de la organización. Nos hablamos y reímos como si fuéramos amigos de toda la vida. Y, entonces, apareció Dios.

“Nice to meet you. Congratulations, Mr. Marsalis. You are so important for jazz history, for my life. Thank you for your music”, pude balbucear mientras, mirándome a los ojos, Wynton practicó su español. “Gracias” - contestaba Él.

Me acariciaba la espalda y me miraba a los ojos con la intensidad de un niño pequeño. Wynton Marsalis, o Dios, buceaba en mi mirada mientras me daba las gracias. El mundo al revés, pensaba yo. Dios dándole las gracias a una persona todavía exhausta por su música…


Continuará…

Sobre la muerte, sobre Dios y sobre el Paraíso (un post acerca del Festival de Jazz de San Javier) I


Sí, esa soy yo. Y sí, ese que me abraza es Wynton Marsalis.


- Dios -

Anoche vi a Dios. En algún momento de la tarde, debí tener un accidente mortal (aunque de eso no me acuerdo). Mis constantes vitales entraron en tiempo de descuento hasta que, ahogadas en una lucha perdida, me dejaron marchar hacia el túnel de luz y el purgatorio.

Yo no sabía que estaba muerta. Explico esto porque, mientras me ganaba la noche, yo no era muy consciente de estar viviendo mi expiración en el más allá. No fue hasta algún tiempo después que supe de mi muerte, de paraísos diversos y de la existencia de Dios.


- Arcángeles –

Anoche vi a Dios, pero no estaba solo. Cuando mi alma se presentó ante él, no desnuda pero sí escotada, le acompañaban catorce arcángeles. Se hacían llamar la Lincoln Center Jazz Orchestra. Y Dios usaba el apelativo de Wynton Marsalis.

Yo, entonces, tampoco sabía que estaba ante mi juicio final. Así que cuando se me saltaron las lágrimas con una partitura del legendario John Coltrane, ni siquiera pensé que era mi reconciliación divina con el músico.


- Apóstoles –

Antes de aquella noche, no sabía que las almas eran guiadas en su camino al paraíso. A mí me llevó, a un asiento junto al escenario de Dios y sus arcángeles, los apóstoles que camuflan su trabajo divino bajo la coartada del Festival de Jazz de San Javier.

Podría decir que hay clase de gente y gente con clase. Podría decir también que las personas que llenan San Javier de jazz y buen rollo son, por supuesto, gente con clase. Pero prefiero apuntar tan sólo que conocerles es caer, irremediablemente, rendidos de amor y admiración por ellos.

Es muy difícil explicar qué se siente cuando ves a un pelotón de niños preadolescentes esperando la salida del señor Marsalis para aplaudir hasta quemarse las palmas de las manos. (Pero me pusieron dos lágrimas emocionadas en la garganta).

Es imposible tratar de discernir qué punto convierte el trabajo de Luis Lluch (Área de Documentación e Imagen) o Alberto Nieto (Director del Festival) en algo que realmente merece la pena. Algo que consigue que el mundo funcione un poco mejor.

Quizá sólo se trata de la ilusión, el deseo y la pasión por un trabajo bien hecho (cuando el tema de trabajo es, además, la carótida de la existencia, la amante que te retiene atado a la vida con un beso lujurioso).


Continuará…

The Three Little Bops

Probablemente a todos os contaron el cuento de los tres cerditos. A mí me lo narró mi abuelo. Quizá ya me lo habían contado antes, cuando aún no tenía la retentiva suficiente para conservarlo. En cambio, recuerdo al hombre enjuto que era mi abuelo. Me cogía de la mano, como con miedo a perderme en un descuido cruel, mientras caminábamos hacia el minúsculo terreno donde olvidaba su jubilación plantando tomates.

Aquel día estaba haciendo una caseta en la que resguardarse de la lluvia. Eso decía él. Yo creo que la hacía para resguardarse del sol en las tardes de siestas campestres. Mientras colocaba sus ladrillos, con su improvisado cemento, me contaba aquel cuento de los tres cerditos.

Es posible que todos tengáis vuestra historia particular. Es probable también que a cada uno os lo contasen de una manera distinta, única. Pero, seguramente, nunca os lo narraron en clave de jazz. De modo que si queréis disfrutar un buen corto de animación de 1957, de la Warner (de quién si no), con Shorty Rogers a la trompeta, sólo tenéis que darle al play.



My Way


Posiblemente sea el tema más emblemático de aquel músico con un olor mágico a mafia y alcohol. La Voz cantaba aquello de a su manera y, de pronto, entendías todo, te alienabas (y alineabas) con su credo y, simplemente, asentías con el convencimiento más enérgico.

My Way no es sólo La Canción de Frank Sinatra. Tal vez sea una de esas composiciones capaces de metérsete dentro, hurgar en tu interior y echar raíces. Porque todos hemos errado muchas veces, pero casi siempre a nuestra manera.

Sammy Davis Jr., que formó aquella gamberrada de Rat Pack con Sinatra, Dean Martin, Joey Bishop y Peter Lawford, también cantó aquella oración alguna vez. De una manera suya y distinta. A Sammy Davis Jr. le consideraron una persona "peligrosa" en los años sesenta. Que así, de pronto, suena a coña. En plena lucha por los derechos civiles, el gobierno estadounidense pensó que aquel músico simpaticón y excéntrico podría traer problemas. No pertencía a los Panteras Negras ni había protagonizado nunca ningún escándalo con tintes de corte político. A Sammy Davis Jr. no le gustaba la política, sino las mujeres (y a poder ser, blancas). Supongo que para el FBI, con el siniestro Edgar Hoover a la cabeza, saber que un negro se estaba tirando a las mujeres (blancas) con las que se masturbaban todos los hombres del planeta, como Kim Novak, provocaba una envidia insana capaz de las estupideces más crueles. Luego se casó con la sueca May Britt, rubia, blanquísima y de ojos azueles. Hazaña ésta que no ayudó a que le cogieran más cariño. Ajo y agua, que dicen en mi tierra, y un brindis por su faena. De momento, se están haciendo cuatro biopics (cuatro, sí, a falta de uno) en Hollywood sobre el músico. Más trabajo para mi Tesis.

También la cantó, y también a su manera, Aretha Franklin. Que no es poca cosa la señora Franklin. Y otra que la cantó, y que tampoco era ninguna pusilánime, fue la tremenda Nina Simone, de quien ya se ha hablado en estas páginas.

Quizá la versión más jassitup, la ponga Lionel Hampton. No lo sé. Supongo que cada uno de ellos, la hizo a su manera. Tan buena y digna como cualquier otra.

Postdata a la entrada anterior


Hacía mucho tiempo que no me salía del cine sin que la película hubiera terminado. Hacía tanto tiempo que, en realidad, no recuerdo cuándo fue la última vez ni si hubo vez siquiera. Me he tragado auténticos bodrios en salas repletas de venado cuyos graznidos alimentaban mi intolerancia hacia el género humano. Y, sin embargo, he aguantado a los títulos de crédito para insultar al director/actores/productor/guionista/público asistente/mundo en general...

Sin embargo, hoy en Tideland, no he podido aguantar. La película llevaba cincuenta minutos que se me habían antojado cincuenta días (sin pan, sin agua, sin tabaco y sin sexo). Aarón y yo nos hemos mirado y él ha dicho: "Nos podíamos ir a la Fnac". "O a que me golpeen el estómago con una barra de hierro ardiente", he pensado yo. Porque cualquier cosa era mejor que seguir soportando tanto coñazo gratuito.

Así que, si llevados por el Post anterior, pensáis que es buena idea comprar una entrada para la última peli del Monty Python americano, mejor que contéis hasta diez. O hasta mil. Y si no, no digáis que no os lo advertí.

Salud.

Recuerdos de "El Rey Pescador"


Cuando hizo El Rey Pescador (The Fisher King), Terry Gilliam entró, quizá sin saberlo, en ese espacio secreto donde guardo todo aquello que me rasga las entrañas.

Yo estaba en la antigua casa, en el antiguo salón, ante la antigua televisión. Aún andábamos con el Beta (creo) y mi padre había traído aquella película del videoclub. Cuando se es de un pequeño pueblo (para mí, Úbeda siempre será un pueblo, por más que traten de reivindicar su ciudadanía desde un patriotismo estúpido), el videoclub se convierte en el mundo imaginario donde todo es posible, todo.

En Úbeda no había cine. Lo había habido, claro. El Teatro Ideal Cinema flanqueba la entrada al casco antiguo con carteles de las películas de los Hombres G o alguna entrega de Los Inmortales. De vez en cuando, incluso, hasta te ponían alguna joya antigua de Hitchcock o Wilder. Lo que pasaba es que, entonces, la gente cambiaba el cine por la discoteca. No estaba el horno para blancos y negros. Esos días insólitos, mi padre solía cogernos a toda la familia (tampoco éramos tantos) y nos sacaba una entrada. Nos compraba un crunch y una coca cola. Y justo antes de que se apagara la luz del anfiteatro, con una sonrisa que podía iluminar todo el pueblo, nos susurraba: "veréis que película más buena".

Solía tener razón. Siempre fueron buenas películas y siempre fuimos de los pocos que habitamos aquella sala. Pero esto era una excepción. Quizá el dueño del Teatro Ideal Cinema tenía ese halo de romanticismo suicida y, de tanto en cuando, olvidaba que su cine era su negocio. Al tiempo dejó de hacerlo. Al tiempo, también dejó el cine. Así que el videoclub, ya lo he dicho, era una puerta que flanqueaba un mundo desconocido donde todo era posible, todo.

Aquella noche papá había traído El Rey Pescador. No sé si aquella película decía que no estaba recomendada para menores de cierta edad. En mi casa, siempre se han omitido esas tonterías. Antes de que cayera el Muro de Berlín, mi madre nos puso una madrugada una película donde había personajes que salían desnudos. Al día siguiente, con la ingenuidad propia de la niña que era, le dije a mi maestra que si había visto aquella película tan chula de la noche pasada. La mujer, de la que tiempo después conocí una relación con el Opus Dei, llamó a mi madre a reunión. Intentó reprenderle por tal irresponsabilidad. Entonces, mi madre (aún sigue presumiendo de ello) la paró en seco. Le dijo que ella me educaría como le entrara en gana y que, con toda seguridad, le saldría mucho más sana mentalmente de lo que estaba mi maestra. No sé si la cosa fue a más o no. Puede que influyera el hecho de que mi madre fuera la Médico de la Directora del Colegio. Vaya usted a saber. El caso es que no sé si tenía razón del todo en aquello de que saldría más sana mentalmente. Pero sí que es cierto que, si tuviera que empezar de nuevo, me gustaría que lo hicieran del mismo modo (y eso ya es mucho).

Pero la cosa iba de que mi padre trajo una noche El Rey Pescador y, de pronto, el mundo se me puso patas arriba. Creo que mi primer pensamiento hacia el periodismo se lo debo a aquel prepotente locutor (Jeff Bridges) que se veía involucrado en una catástrofe de sangre. Me enamoré de aquel personaje y no podía sacármelo de mi cabeza infantil. Sé que la gente aplaudió mucho más, muchísimo más, el histrionismo de Robin Williams. Pero entonces, sin saberlo, yo ya iba buscando a mi pequeño Bukowski perdido.

Años más tarde, Gilliam hizo Doce Monos (Twelve Monkeys), película que vi en mitad de una adolescencia que se balanceaba entre la estupidez cultureta y la imbecilidad rebelde. Que es la mejor edad para ver algo tan tremendo como eso.

Hoy leo que estrenan Tideland y me pinta muy bien. Tal vez es sólo que me dejo llevar por el recuerdo de aquel Jeff Bridges excelso. Pero no puedo dejar de pensar si, mi amigo el existencialista, querrá venir conmigo.

Los True


Los conoces. Seguramente, más de una vez has deseado retorcerle el gaznate a uno de ellos. Toda disciplina artística que se precie de serlo, tiene sus propios “true” (o “puristas”). Es fácil reconocerlos. Están los puristas del flamenco, los del cine (y más aún, los del cine grecochipriota), hay puristas del heavy, del arte abstracto, del cómic, de la literatura… Y también hay puristas del jazz.

Presumen, a priori, de que les gusta un arte, pero sólo saben echar pestes sobre todo lo que se hace, se crea, se edita…

Tienen una expresión juiciosa en la mirada, un talante prepotente con el que te perdonan la vida. Al fin y al cabo, para ellos sólo eres un pobre infeliz que no ha desentrañado la esencia de ese arte.

Hacen cosas tan absurdas como poner en una lista negra ciertas discográficas, ciertas distribuidoras, ciertas editoriales, así, en abstracto. En el jazz, los True odian la Verve. De este modo, da igual que Bird y Dizzy sacaran una obra maestra en esta casa. Por llevar la palabra Verve, ya es una mierda comercial indigna de su tiempo, de su dinero, de sus oídos.

La boca se les llena de azufre y cal cuando un foráneo les dice que ha descubierto el jazz en una emisora “comercial”. A los True no les gusta que ningún mindundi de tres al cuarto entre en su pequeño círculo puro y elitista. Así, inician un combate de preguntas absurdas

- ¿Pero tú sabes quién era John Coltrane?
- ¿Tú sabes quién tocaba la batería en “Kind of Blue”?
- ¿Sabes diferenciar el free jazz del avant garde?

(Los recién llegados al jazz que leéis estas letras, no os desaniméis, el jazz no es esta legión de borderline)

Los True dicen que el jazz se acabó en John Coltrane. [Sin comentarios]

Son tan necios como para criticar a Miles Davis por el único delito de la reedición de sus discos en Sony Music.

Miran a Diana Krall con lástima, como si sólo fuera una tontiloca mediocre que juega a tocar el piano.

Piensan que Louis Armstrong no es del todo jazz, o al menos no es un jazz muy “de verdad” [en resumen, son como aquellas personas que sólo consideran flamenco “los gritos desgarrados”, esto es, el cante hondo]

Los True son, de alguna manera, como los lectores de El Mundo. Piensan que están iluminados, que poseen la verdad universal, el santo grial y su misión es compartirla sólo con quien esté a su altura.

En resumen, los True son sólo un enjambre de lesionados cerebrales que ponen a prueba, cada día, la paciencia de los cívicos aficionados. Aunque no siempre es fácil aguantar las ganas de retorcerles el gaznate.


Escuchando Night and the City, de Charlie Haden & Kenny Barron.

Ver la música


No basta con oír la música; además hay que verla.

(Igor Stravinski)


“Oyes peleas, hueles la cena, escuchas a gente haciendo el amor. Escuchas la radio... Escuchas a gente rezando, peleando, roncando... Traté de poner todo eso en Harlem Air Shaft”. Duke Ellington hablaba de cómo había compuesto uno de sus temas más celebrados.


Al otro lado del mundo y en otra fecha de calendario en la que Ellington explicaba sus musas compositoras, estamos tú y yo. Es uno de esos días, ya sabes, de esos en los que tienes el alma indecisa. Nada te reconforta ni nadie te apetece. Acudes al mueble donde guardas los cds y los vinilos, pero más de forma autómata que libre. Te fijas en aquella colección que te regalaste. Eran cuarenta cds por 15 €. Las grabaciones completas de Duke Ellinton 1924-1947. Sonríes porque recuerdas que pensaste que en la tienda estaban locos. Y la sonrisa te lleva, sin saber muy bien cómo ni por qué, a aquello que dijo el Duque y que tú leíste ya no te importa dónde. Buscas entre las carátulas aquel título de Harlem. Pones el cd en la cadena y pasas con la flechita todos los números hasta llegar al tema que necesitas (no sabes por qué, pero necesitas escucharlo en ese preciso momento). Y entonces una patada te sacude las entrañas. Realmente, ves a esa pareja follando en el tercero. Y ves al repugnante señor del primero protestando cualquier cosa (y todavía recuerdas qué cara de asco te puso cuando tuvo que devolverte el tanga negro que se te cayó a su terraza tendiendo una mañana). Y a tu vecino psicópata sonriéndote como si pensara en arrancarte la piel a bocados (literales). El tema sigue, invadiendolo todo. Y piensas que, después de todo, Stravinski no estaba tan loco ni tan errado como decían, al menos no lo estaba cuando dijo aquella frase tremenda. De hecho, si no ves la música, si no puedes mirar todo eso que decía Ellington, entonces, es que no hemos escuchado las mismas notas ni hemos visto la misma música.

Escuchando Harlem Air Shaft, de Duke Ellinton

Un saxo noruego



A Jan Garbarek lo conocí gracias a un hombre que me susurraba calmantes verbales al otro lado del teléfono. En mitad de la madrugada, y en unos días en los que mi estabilidad emocional se tambaleaba entre la locura y la miseria, aquel hombre me llamaba Laura, como la canción, me hablaba de Verona, de la serenidad del saxo de un noruego llamado Jan Garbarek, de un disco de Charlie Parker que llevaba mi nombre y de que, también él, tenía una mujer con hipoteca que le arrastraba hacia una espiral de demencia y asfixia.

Nunca supe cómo se llamaba aquel hombre, ni de qué color eran sus ojos en los días de lluvia. Y, sin embargo, me desnudé ante él como no lo he hecho con personas que comparten mi herencia genética y mi árbol genealógico. Como si pudiera verme por una grieta de mi casa, sabía llamarme en ese momento oportuno en el que había vaciado una botella de ron, las colillas desbordaban el cenicero y a Lady Day no le quedaban más lamentos que escupirme a la cara. Entonces, le hablaba de El Hombre, de que ya no aguantaba más, de que mañana le seguiría hablando de hipotecas y de que también pasado mañana le diría que ya no podía más.

Los que me seguís desde el principio, ya sabéis que el cuento acabó con un final feliz. De aquel hombre que me hablaba con voz serena al otro lado del teléfono, no supe mucho más. De tanto en cuando, me llega un mensaje en el que se me llama “pequeña Laura”, en el que se me cita en Verona para brindar con un buen vino y en el que se me dedican unas notas de “My Funny Valentine”. Supongo que estará bien, que seguirá consolándose en la serenidad de Garbarek mientras mira en la ventana el reflejo de aquella mujer que le arrastraba hacia esa espiral de histeria que, durante algunas madrugadas, compartió conmigo.

Jan Garbarek viene a Madrid. Al Teatro Real. También viene Charlie Haden. Así que una empieza a hacer malabarismos con la miseria monetaria. Ya he hablado en este espacio de qué supone ver un concierto en semejante escenario. De modo que buscaré una butaca en la que alunarme con la placidez del saxo noruego y la inventiva del contrabajista. Y, seguramente, en el descanso recorreré con mi mirada todas las miradas del coliseo. Por ver si reconozco la mirada serena que, durante algunas noches, me habló de Verona, de un disco de Charlie Parker y de un saxofonista que se llamaba Jan Garbarek.

Se dice, se cuenta


En algunos sitios de renombre, empieza a correr el rumor de que Elvis Costello y Allen Toussaint estarán el 13 de julio en el Viajazz presentando The River in Reverse. Y, por supuesto, te remiten al link del festival. Pero como ya dije en un post anterior, esta página sigue dedicada a la edición de 2006.

Hay clases y clases. Hay formas de trabajar y formas de mediocrear. O como dicen en mi pueblo, "esto es pa' mear y no echar gota".

The River in Reverse es un discazo. Tan tremendo que uno de estos días, si me tenéis paciencia, os enumeraré diez razones por las que bajarlo de la mula (o comprarlo original, según creencias) cuanto antes.

Ahora es tarde. Michael Bublé canturrea algo lamentable en Buenafuente. Pero Miguel Chiclé ha convertido La Barbacoa de Georgie Dann en una suerte de swing. Edu Soto tiene eso que por aquí abajo se llama 'age o duende y que no es demasiado fácil de describir. Cuenta la leyenda que Lola Flores se lo explicó así (de borde) a su hija Lolita:

'Age es lo que tiene tu hermana Rosario. Tú cantas bien.

Edu Soto tiene un algo y llegará lejos. Aunque a lo mejor sólo quiere seguir descojonándose de la risa mientras se gana el pan. Que es una opción cojonuda y no deja cadáveres por el camino. Duke Ellington dijo alguna vez de Louis Armstrong:

Nació pobre, murió rico y nunca dañó a nadie por el camino.

Pero es que Louis Armstrong es otro idioma y otra raza. Adaptando a Woody Allen, cuando decía aquello de Ingmar Bergman: Hay músicos mediocres, a los que desearías meterles el instrumento por el culo. Luego hay algunos que no lo hacen mal del todo. Los hay buenos. Los hay muy buenos. Los hay jodidamente buenos. Por encima están los genios. Y luego están algunos dioses. Pero por encima de todos ellos, está Louis Armstrong. (Y alguno más, no se me enfaden, ni me apunten con el Kalashnikov, que nos conocemos).

Pues eso. Que todo esto venía a que Edu Soto, si quiere, llegará lejos.

Carteles con magia I


¿Se proyecta la sombra de un gato? ¿O es la de un diablo? En cualquier caso, ¿no os parece un cartel delicioso?

Martial Solal


Si has visto À bout de Souffle (Al final de la escapada, Jean-Luc Godard, 1960), sabes a qué me refiero cuando digo que hay músicas cinematográficas que están por encima del propio concepto de música cinematográfica. El responsable fue Martial Solal, un pianista que siempre tuvo un hambre terrible de conocer, de mejorar, de ser mejor pianista o mejor persona. ¿En serio pueden ir separadas ambas condiciones? Porque no hablo del concepto judeocristiano de bueno o malo, sino de persona de mayor calidad. Me refiero a mejorar aquello que nos hace de una u otra manera extraordinarios.

Si aceptamos esto y no entramos en debates filosóficos de mayor calado, ¿no es un músico mejor ser humano cuanto mejor músico es? ¿Se le puede reprochar a un director de cine genial como Woody Allen que pase mucho tiempo trabajando? ¿Se le puede echar en cara a alguien como Charlie Parker que descuidara su vida personal por experimentar a lomos de su saxofón? Pero supongo que éste el debate más viejo del mundo y que no vamos a descubrir América en estas letras.

Hablaba de Martial Solal, un pianista argelino que había crecido entre partituras de música clásica. Seguramente era feliz en su mundo de Mozart y Chopin. Pero un día escuchó a Art Tatum y todos los cimientos de su cotidianidad se desplomaron hacia la nada para volver a encontrarse en otros acordes nuevos.

Después llegarían compañeros de infierno y/o paraíso. Se instaló en París, donde el Club Saint Germain sería una casa para él, en el sentido más literal de la palabra. Grabaría con Django Reinhardt, tocaría con Sidney Bechet y haría trucos de prestidigitación con Don Byas. Lee Konitz dijo de él en alguna ocasión que era su pianista favorito en Europa.

En un rato, los dedos del pianista que enaltecen aquella À bout de Souffle se pondrán ante el amigo/enemigo con el que lleva peleándose/alegrándose toda la vida. Levantará la tapa que protege las teclas/amantes. Quizá cierre los ojos. Tal vez tenga un pensamiento lejano hacia Django o Don Byas. No lo sé. Pero lo que sí es seguro es que yo estaré ahí cerquita para perderme en su laberinto de amor/odio hacia esas teclas, hacia esos acordes. Ya os contaré.