Caprichines de un sábado por la tarde

Ya he dicho alguna vez que Amazon es una de mis tiendas virtuales preferidas. No deja de sorprenderme las cosas que puedes llegar a encontrar. De modo que, a veces, por puro entretenimiento masoquista, pongo alguna palabra en el buscador y... a disfrutar.

Mi padre no entiende que compre libros a través de una pantalla que él no ha llegado a entender. Se defiende escudándose en que pertenece a la generación Olivetti, y disimula su envidia con un "yo prefiero oler los libros en una librería pequeña".

Hoy me he dado un caprichín. Cuando los gastos de envío superan al precio de la joya, una no puede resistirse. Os suena, supongo, La Revista (me refiero a Down Beat, claro). Pues mirad mi última adquisición. Ya empiezo a sentir la ansiedad y la impaciencia. Ahora, a mirar el buzón (el físico, el de mi portal) todos los días.

Escuchando From This Moment On, de Diana Krall

Noche de insomnio


¿Recuerdas la silueta de Sonny Rollins en la penumbra de un puente en blanco y negro que unía Manhattan con Brooklin? Allí estaba el pobre hombre. Seguramente pasaba frío. Seguramente hubiera echado en falta una casa llena y una mujer que le chillara desde la cocina si quería que le llevara una cerveza. Pero sus caseros, o sus vecinos (ya no recuerdo muy bien los detalles exactos de la historia), le habían prohibido ensayar en casa. De modo que el músico cogió a su amigo, lo metió en una funda y se fue al puente que une Manhattan y Brooklin (el mismo puente que Paul Auster retrata en sus novelas). El saxo de Rollins nunca fue tan triste, ni tan exiliado. Pero tampoco nunca una prohibición acústica dio como resultado un disco tan bueno. “The Bridge”.

Antes había grabado “Saxophone Colossus”, que se convirtió en su “Kind of Blue” o en su “A Love Supreme”. Sin embargo, a mí me gusta escuchar “The Bridge” e imaginarme al músico pasando frío en un puente. Mirando de reojo a las jovencitas con curvas en pecado que vuelven tarde a casa, a los macarras con ganas de parecer más temibles, a las mujeres mediocres que quisieron ser divinas y se quedaron en las kalandrakas de Brooklin. Me gusta imaginar al músico anteponiendo el saxo a la comodidad de un camastro caliente y un brasero bajo la mesa camilla. No es fácil de entender. La mayoría de la gente prefiere el plato caliente y la televisión por cable. La mayoría de la gente no entiende una madrugada peleándote con una trama que se ha estancado en la página 150. La mayoría de la gente no entiende la música puesta en mi salón a las cuatro de la mañana, un cenicero colmado, una copa de Baileys y un cuaderno lleno de tachones y correcciones con un rotulador rojo. Pero la mayoría de la gente me importa un bledo. Así que estamos en paz.

Esta noche me he quedado de Rodríguez, con mi empacho de películas, con mi cuaderno que quiere ser un intento de novela, con Sonny Rollins y con “The Bridge”. Lo grabó en 1962, después de pasar unas cuantas (muchas) noches entre la nebulosa en blanco y negro de las noches neoyorkinas. Pocos años después, Rollins se embarcaría en otra nebulosa, la del apasionante mundo del cine. Grabó la banda sonora de “Alfie”, con Michael Caine (otro grande). Y yo sigo estancada en un desarrollo al que le faltan personajes. Miro de reojo con aquellos ojos de Rollins. No veo a muchachitas con curvas, ni a macarras de Brooklin, si acaso desorden, pelusas y el próximo cigarro de la noche.

De por qué me he perdido


No se puede escribir cuando se es feliz, me repetía como una cantinela mi amigo Aarón. Yo nunca estuve del todo de acuerdo, quizá más por el mero placer sádico de llevarle la contraria. Tal vez tuviera razón después de todo. Compruebo, día a día, que me busco mil excusas para no abrir la plantilla de blogger. Me pierdo en los canales del cable, en mis libros y en mis neurosis. Así que, cuando recibes una pregunta sencilla, de sólo una palabra, ¿Olvido?, te quedas con cara de culpabilidad frente a la pantalla. Te das cuenta, entonces, que esto del blog no es (sólo) una gilipollez que decidiste abrir un día, no es (sólo) una moda a la que se suman día a día empresas (hoy descubrí que hasta una revista de ocio tiene sus propios blogs corporativos) y todo tontiloco con algo que decir y mucho que callar. Después de todo, es un medio de comunicación (sé lo que me digo, señores teóricos del periodismo), una Torre de Babel, un suma y sigue de complicidades. (Gracias, Manolo, una vez más por hacerme replantearme todo esto)

Quizá es sólo que, después de todo, es verdad que no se puede escribir cuando se es feliz, cuando se tiene la mente en el final feliz de un camino que trajo más de una rasgadura a las vestiduras, más de un arañazo a la cordura, más de una copa malgastada. Y ya sabéis de lo que os hablo, para algo lo habéis sufrido en vuestras entrañas junto a mí, en vuestras pupilas frente a este espacio virtual. Gracias, a todos.

Este post suena a despedida, aunque no lo sea. También suena a cualquier cosa menos a jazz, aunque en mi defensa diré que, el otro día, El Hombre celebraba junto a mí el final feliz en La Esquina del Real, un restaurante cálido y bueno en el que, para embriagarme aún más, acompañaban las exquisiteces culinarias con Diana Krall, Stan Getz y Charlie Parker.

He estado como ausente, como perdida, aunque en realidad tampoco lo haya estado del todo. Me quedan (os quedan) muchas divagaciones nocturnas en este microespacio que no es sólo un decálogo de gilipolleces ni una moda pasajera. Por lo pronto, esta noche volveré a ver "El Talento de Mr. Ripley", con el My Funny Valentine en el dueto de los protagonistas, con el deseo de hablaros de ella y de otras cintas. Entre otras cosas porque, después de una charla surrealista y cruel con mi ex fefe, me he llevado la Tesis a otra Universidad, más pública, más prestigiosa, más antigua. Y me veo, de nuevo, con unas ganas locas de hallar músicos de jazz en películas norteamericanas. Será que, aunque cuando se es feliz no se tienen ganas de relatar, sí se recobra una ilusión vieja por hacer cosas, por trabajar de nuevo y sentirse tan C'est si bon.

Por eso, además de pedir perdón por mi pereza, por mi ausencia, quería pediros que me tengáis paciencia cuando, de pronto, desaparezca por unos días. Será sólo que la felicidad no me permite entrar en este microespacio. Me perdonáis, ¿verdad?