Una cita pendiente



Gracias a mi queridísimo Erradizo, me entero de que, este año sí, voy a ver a Lucille (y por extensión, a las manos que le arrancan sus aullidos).

Hace años, cuando trabajaba en una emisora de radio de Carabanchel, un compañero me contó aquella historia. Estábamos elaborando la parrilla y, a los pocos días, venía a Madrid “El Rey del Blues”. Yo no pude verle entonces, ni siquiera en su regreso unos meses más tarde. La ausencia pecuniaria de la estudiante que era me alejaban de aquel escenario y de aquella guitarra.

- ¿Sabes por qué se llama Lucille? – me preguntó al tiempo que me ofrecía un cigarro.

Yo no tenía ni idea. Y, aunque la hubiera tenido, siempre me ha gustado que me cuenten historias, cuentos, leyendas. De modo que le sonreí y le puse esa mirada de tontiloca ingenua y hambrienta de palabras.

- Cuando era joven, B.B. King estaba tocando en un lugar llamado Twist Arkansas. Un pueblo de mala muerte. De esos en los que, si el músico la pifia, tiran botellines de cerveza con la única finalidad de abrirle la cabeza. Imagínate. El invierno de Twist Arkansas tiene que ser tan insoportable que, en aquel local, cogían un cubo lleno de queroseno y le metían fuego, en medio del tugurio. Era la única forma, supongo, de soportar el frío. Bueno, ésa, el bourbon y una buena compañía de cama.

En ese momento, mi amigo paró un momento. Tenía dibujada esa mueca que no llega a ser sonrisa, teñida de una mezcla de mediocridad y soledad que me despertó mucha ternura. Después de dar una calada excesivamente larga, prosiguió su relato:

- El caso es que, una noche, dos tipos del público empiezan a pelearse. B.B. King, mientras los dos hombres se revientan a hostias sus masculinidades, sigue tocando en el escenario. Imagino que intentando mantener una compostura imposible. Los dos combatientes, que probablemente se dedicaban a la agricultura o al ganado, de pronto se chocan contra el cubo ardiendo y lo vuelcan. Los bares, entonces, eran de madera. Ya sabes. Los has visto en mil películas. Humo, gritos histéricos, evacuaciones… Pero B.B. King se da cuenta, ya en la calle, de que con el desconcierto se ha olvidado dentro la guitarra. Al margen de la leyenda, imagino que entró a buscarla porque no debía andar muy bien de dinero en aquellos años. El tipo casi se muere dentro. La estructura del local se derrumbaba junto a sus pasos. Pero, por fin, cogió la guitarra y salió a la calle. Al día siguiente, le contaron que aquellos dos hombres discutían por culpa de una mujer (siempre es por culpa de una mujer) llamada Lucille. Y, desde aquel día, todas sus guitarras se llaman Lucille.

Así que, desde el día en que conocí aquella historia, siempre he querido conocer a Lucille. El día 5 de julio, en Villalba, ella y yo tenemos una cita. ¿Te apuntas?

Definición de un día perfecto


Afuera, en la calle, las niñas adolescentes (que desarrollan sus pechos antes que su capacidad de raciocinio) han desempolvado los corpiños de escotes veraniegos. Afuera, en la calle que me lleva a la parada del autobús, un skin pasea un boxer. Y un anciano limpia el coche cubierto de polvo de obras y M30.

Afuera, ahí mismo, el autobús número 50 me lleva a Sol, donde me esperan Aarón y Edu. La primera parada, no necesaria, pero sí placentera y consumista, es la Fnac. Mi templo de la perdición. La adicción en la que recaigo cada vez que mi empresa decide ingresar una nómina. Hubo suerte, eso sí. Sólo un dvd. “Play Misty for Me”. Era necesario, claro. Ayer compré “Round Midnight”. Y hoy tenía que caer el tito Eastwood. Es de cajón, ¿o es una lógica que sólo habita en mi cabeza?

Segunda parada. Los cines en versión original de Cortezo. “Factotum”. Yo llegué a Bukowski con apenas quince años. Me perdí en las páginas de “Mujeres” y, en lugar de indignarme con Chinaski, deseé ser una de esas mujeres que le hacían perder semen y cordura al escritor fracasado. Y, desde aquel momento de la adolescencia, he buscado Chinaskis en las paradas de Metro, en los bares lúgubres de Carabanchel, en las clases de la universidad… Después descubrí que todos queremos un conocido beat para poder presumir de andar por el lado salvaje de la vida. Pero, cuando te enamoras de uno de ellos, si consigues salir con el cerebro íntegro, te prometes a ti misma que Bukowski se quedará en los libros que te hacen reír, pero tus sábanas y tu vagina te las removerán hombres que no hayan perdido el hígado en vasos mugrientos y restos de botellas de whisky.

“Factotum” es grandiosa. Está llena de fotogramas exquisitos y lúcidos. Hay un romanticismo nuevo, que no me han contado antes, que no está salpicado por el tópico. Hay un guiño cómplice y burlón en el que encontrarse. Hay un Matt Dillon que casi me convence más que el Mickey Rourke de Barfly”. Hay miseria, claro, pero ¡¡¡¡qué miseria tan cojonudamente hermosa!!!! (Y sí, repito, nadie quiere a ningún Chinaski revoloteando por su cocina). Pero también hay un cierre grandioso, estético y tremendo en el que resuena el poema “Haz girar los dados” (Y hasta aquí puedo leer)

Después de “Factotum”, después del cigarro post_película (¿por qué saben tan bien los cigarros en la salida del cine?), cena y Populart. Había una excusa para engañar a mis amigos y embaucarles a que me acompañaran. El motivo era una harmónica. Y la harmónica se dejaba acariciar por Ñaco. Se suponía, además, que los Bluescavidas y Ñaco Goñi (o viceversa) presentaban, por primera vez en Madrid, a Whisky Davis. Pero no pudo ser. Tampoco hizo falta. Ñaco lo derramó todo sobre el escenario. Kapo Mussio (guitarra y voz) se perdió en los blues y en los acordes azules. El batería, Armando Marcé, salió de su escondrijo de platos y baquetas en un solo grandioso. Pero, si me tengo que quedar con un único solo, si tengo que ser sincera, fue el bajo de Flaco Barral el que me hizo ponerme de pie, contonear las caderas de malditismo bluesero y decir “qué hijo de puta más grande”.

Después, de vuelta a casa, un taxista loco me intentaba convencer de que la violación puede ser placentera. A dios gracias, me dejó sana, salva y sin desgarramiento vaginal en mi portal. Justo a tiempo para encontrarme un mail de “El Hombre”, en el que derramaba los te quieros que necesita una chica como yo, una chica que ya no busca Chinaskis, sino un hombre culto, que me haga reír, que tiene ese punto de malote "por educar" y que, sobre todo, me remueve las sábanas y la vagina. Y, frente a la pantalla del portatil, aquel correo electrónico me ha hecho sentir que, éste, ha sido un día perfecto.

Pd. Hay que ver a Ñaco Goñi y los Bluescavidas, aunque no haya Whisky Davis al piano y aunque os guste más el jazz.

Lo curioso de los blogs


Sí. Es curioso y no deja de sorprenderme esto del mundo blog. Llevo apenas unos días sin postear y, sin embargo, me siento terriblemente culpable. Pienso en mis niños, entrando en este blog desde Zaragoza y desde algún despacho_colmena perdido en algún punto de Madrid. Pienso en los lectores que me dejan, de tanto en cuando, ese 'age de mares gaditanos que tanto me gusta, o ese guiño cómplice y bluesero recién llegado de New Orleans. Pienso en algunas personas que me leen (o así me consta) desde un blog catalán o desde tierras de gauchos y psicoanalistas. Y, entonces, vuelvo a sentirme mal por no actualizar desde hace tantos días.

Tengo una excusa. He estado malita y aún arrastro cierta afonía y cierto dolor de cabeza. Quizá si no fumara, conseguiría curarme. Pero es imposible. Ha llegado el punto en el que no sé qué hacer con mis manos si no es sujetar un cigarro. Mido el trabajo en intervalos de pre_cigarro y post_cigarro. Y en los atascos en coche, al volver a casa, junto a un disco de jazz, enciendo un cigarro tras otro para que, así, el camino se me haga un poco más corto.

Hoy venía escuchando la banda sonora de "Bullets over Broadway". Este fin de semana, entre las décimas de fiebre, la tos infernal y el aburrimiento absoluto, me tiré en el sofá y le entregué mi alma al séptimo arte. Todo empezó con "El demonio vestido de azul", que es una película que vi en mi adolescencia y a la que, probablemente, le deba mucho de mi atracción hacia los afroamericanos. En ella, Denzel Washington asume un juego peligroso y se convierte en un improvisado detective privado. Hay sexo, hay buenas frases, suena jazz todo el rato y, sobre todo, los personajes se cuelan en los clubs ilegales de jazz que había en aquellos años cuarenta. Luego vino el tito Woody Allen, en quien empecé a creer como en una religión. Ayer hablaba con El Hombre (por cierto, que no he contado que se abren caminos de esperanza hacia nuestra condición de pareja). Él cree que estamos pasando por una crisis de la postmodernidad y que el ser humano necesita, de nuevo, creer en algo. Y de ahí los tontopoyas que leen el famoso Código y hasta le otorgan una credibilidad enfermiza y estúpida. Yo no creo en el Código, ni en las religiones al uso. Creo, sin embargo, en Woody Allen. Y tan enfermiza es mi fé que fui capaz de defender con espada en mano su pésima "Match Point". Vale, así entre nosotros y sin que se entere nadie, no vale la autoría que lleva. Pero... no puedo consentir que se metan con tito Woody. "Todos dicen I love you", "Balas sobre Broadway", "Manhattan"... Y es que, cuando no sé qué hacer, siempre tengo la posibilidad de poner una película de Allen y reírme yo sola, llorar a lágrima viva o decir "qué cabronazo más grande eres". Luego vinieron otras. "Collateral", "Calle 54" (en honor a Erradizo) y "Ray".

Sin embargo, en el coche me he puesto la banda sonora de "Balas sobre Broadway". No era gratuito. Mi amigo Aarón me ha pedido que le seleccione una serie de temas "clásicos" de jazz para su obra de teatro y yo, como no podía ser de otra manera, más contenta que unas pascuas.

- ¿Qué quieres decir con "clásico"? New Orleans, Dixieland, Swing... ¿Qué estilo te busco? ¿Quieres algo de Bix Beiderbecke? Lo malo es que sonará con "freidora"...

En ese momento, mi amigo Aarón me cortó en seco.

- Nadie va a decir "¡qué temazo éste, es de Bix Baiderbawe!. Quiero que la gente diga "anda, suena como las pelis de Woody Allen.

Y lo peor es que lleva razón. A nadie le importa la trompeta de Bix Beiderbecke, ni van a diferenciar entre el Dixieland y el Swing. Pero yo, a pesar de todo, sigo buscando los temas perfectos, sin "freidora" y espero, ansiosa, ver en el libreto de la obra "Música seleccionada por Olvido A."

Y a todo esto, este ñoño_post venía a decir que sí, que me siento mal por no actualizar, que agradezco que mandéis esos ánimos y esos "te echo de menos". Yo también. Siempre. Pero tenía una buena excusa...

Otro concierto...


Pinchar encima de la imagen para verla más grande

Por si os interesa.


A mí me gustaría ir, como me hubiera gustado ver a María Creuza en Alcorcón, pero mi amigo Aarón, que tiene un talento sobrehumano para contar historias, estrena algo parecido a un café teatro, el mismo día y a la misma hora (o casi).

Siempre nos quedará el segundo pase del Bogui Jazz, con Chris Kase Quartet. Seguro que a Erradizo le gusta la idea. Mariano Díaz al piano, Daniel García a la batería, Paco Charlín en el contrabajo y Chris Kase en la trompeta.

No diréis que no pinta bien...

Escuchando Stan Getz, "The Complete Roost Recordings", cd2

The Amen Corner

James Baldwin


A veces me pongo muy esteta y me dejo engullir por el exquisito placer que provoca la deleitación de la belleza. A veces me pongo muy esteta y muy melómana. Por eso, acumulo en mis estanterías ediciones de libros, discos y películas que harían volverse loco de deseo a cualquier ser humano con la sensibilidad suficiente. Pero es que, a veces, te pones a excavar en esas posesiones hermosas y, de pronto, te encuentras cara a cara con algo que te hace sentir mejor, más humana, más llena, más feliz...

Hace unos meses, me dejé la piel hasta encontrar un número de la descatalogada "La Poesía del Jazz", una edición especial de la siempre fabulosa "Revista Litoral". Y hoy, leyéndola por encima con el cuidado que se pone cuando una tiene la sensación de estar ante una joya artística, me topé con el siguiente texto:


La música. La música. La música es un instante. Pero la vida es larga. En ese momento, si es buena, si realmente te hace vibrar, estás unido a todo, a todo el mundo, a los cielos, a las estrellas y a todas las cosas vivientes. Pero la música no es besar. Besar es una cosa que quieres hacer. Y la música, una cosa que tienes que hacer, si la tienes que hacer. El problema es cuánto tiempo puedes seguir la música si no tienes a nadie a quien besar. Sabes, cariño, la música no sale del aire. Sale del hombre que la toca.
James Baldwin, “The Amen Corner”


Y, bueno, necesitaba compartirlo con vosotros, que sois también ese hallazgo hermoso que me hace sentirme muy esteta.


Una grande



A Lorraine Carter se la conocía en el mundillo farandulero como “Betty Bop”. No era gratuito. Tenía curvas, tenía sensualidad y había empezado con los dos grandes del Bop: Dizzy y también Bird. Tal vez fue por eso que, un día, Lionel Hampton, a cuya banda se había unido en 1948, le sugirió que se cambiara el nombre por Betty. Desde entonces, ocupa su lugar de excepción en el olimpo jazzístico.

Descubrí a Betty Carter en el “Open the door” de American Beauty. Aunque, probablemente, ya la había escuchado antes. Tampoco importa demasiado. Hay un momento para dejarnos impresionar en un fraseo y hasta que no me había perdido en el personaje de Lester Burnham, interpretado por Kevin Spacey, no fui consciente de la fuerza que se precipitaba por las anginas de una tal “Betty Carter”.

Años más tarde, me hice con un concierto en dvd que la Carter grabó en el Festival de Jazz de Montreal en Julio de 1982. (Algún día, sin remedio, conseguiré visitar esta Meca del Jazz). La acompañaban Khalid Moss al piano, Curtis Lundy al contrabajo y Lewis Nash en la batería. Es un concierto mágico, al margen de la tecnología o la estética. Betty Carter sabe cómo hacer un scat y dejarte con la nariz pegada a la pantalla del televisor. Nadie la conoce, no salió en la película de “Ray” y no se la homenajea con reediciones baratas de “Universal”. Y eso tampoco importa demasiado. Lo que importa es que, con el trío en silencio, improvisando sus sonidos en una capela extraordinaria, con sus muecas excéntricas, veinticuatro años después, aún sigue dejándote con las pupilas desorbitadas. Era grande Betty Carter. Sigue siéndolo en la pantalla de mi televisor, sin duda.