De cómo Subiela me hurga en las heridas



Eliseo Subiela hizo un día "El lado oscuro del corazón", que aunque cinematográficamente no es una buena obra, su guión hizo que se convirtiera en una de mis películas favoritas. Luego hizo la segunda parte y, aunque en las segundas partes ya se sabe que es muy fácil pifiarla, también me tocó la fibra sensible. Era fácil. Subiela fotocopiaba a Mario Benedetti y colaba poemas de Oliverio Girondo, ponía boleros de Los Panchos, tangos argentinos y a Darío Grandinetti. Hablaba del amor como búsqueda ideal, obsesiva, utópica y necesaria al fin y a cabo. Subiela hablaba de la soledad, de la muerte y del paso del tiempo. Y, además, lo regaba con poemas de Benedetti. Sí, lo sé, eso ya lo dije.

Eliseo Subiela ha hecho muchas películas malas. Lo sé. Pero le perdono, (siempre le perdono). Al fin y al cabo, ha hecho "El lado oscuro del corazón" y, sólo con eso, ya puede morirse tranquilo. Porque los dos primeros minutos de esa película, con el célebre monólogo de Grandinetti, ya hacen que le perdone cualquier cosa. Y es que lo primero que el espectador ve cuando empieza la película es el rostro del actor argentino recitando:

"Me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias. Pero eso sí, y en esto soy irreductible, no les perdono bajo ningún pretexto que no sepan volar, si no saben volar pierden el tiempo conmigo".

Acto seguido, el actor aprieta un botón y una mujer desnuda, que está tumbada junto a la depresión post-coitum de nuestro protagonista, es expulsada a un vacío oscuro e infinito. Nada que añadir.

Ahora Subiela ha hecho "Lifting de corazón". Lo sé. El título, de por sí, no es que emita muy buenas vibraciones (aunque reconozco que una no se puede dejar llevar por los títulos de las cosas). Se trata, también, de un casting que no promete demasiado (por no decir nada), ya que está formado, casi en su totalidad, por actores españoles (y el que me haya leído algo ya sabe que odio, condeno y aborrezco el cine español). Pero, aun sabiendo que no me iba a gustar, me senté frente a la mula y la descargué. Después de todo, el cabrón de Subiela sabe meterme el dedo en la llaga y el argumento de la película iba a ser una puñalada en toda regla: Hombre casado conoce a chica, hombre casado empieza una aventura con chica. ¿Con quién se quedará hombre casado?.

Se trata de mi historia. Se trata de mi llaga. Y, de vez en cuando, necesitas que te hurguen en la herida y te den un par de hostias.

Sí, es cierto. La película, cinematográficamente, no vale nada. Eso sí, citan a Borges, se escuchan tangos a todas horas, meten el "No volveré a ser joven", aquel glorioso poema de Gil de Biedma, y hasta te nombran a Schopenhauer para que sepas que Subiela es un hombre "instruido". Y sí, en cualquier otro me hubiera cabreado, pero a Subiela se lo perdono (ya dije que le perdono siempre).

Así que al acabar la película, aun sabiendo que no es una buena película, aun sin poder decir que me haya gustado, no estaba enfadada. A pesar de los pesares, no sentía que hubiera perdido el tiempo. No he creído que hayan insultado mi inteligencia. Y es que Subiela sigue sabiendo cómo hurgarme las heridas. Y, de vez en cuando, todos necesitamos que nos metan el dedito y magnifiquen nuestros propios dolores. Será el masoquismo inherente en todo ser humano o, más sencillamente, la necesidad de creer que nuestro dolor no es exclusivo, la necesidad de creer que no estamos solos, que lo que nos duele no nos angustia a nosotros solos. Vaya usted a saber...

Escuchando Gold Collection, de Carlos Gardel

Pero a veces ocurre

Dee Dee Bridgewater


Ocurre con poca frecuencia, desde luego, pero a veces pasa que un milagro nace ante tus ojos.
Ocurre con menos frecuencia de la deseada (y tal vez necesaria), pero a veces la magia baila una danza exótica ante tus oídos.
Pero ocurre.
Aunque sea muy pocas veces.
Ocurre.

Y eso hace que sigamos en el camino, que sigamos comprando entradas para conciertos que nos vaciarán la cuenta y nos limitarán el tiempo de amar, de leer a Jack Kerouac o a James Ellroy, de ver una película de Woody Allen o de Billy Wilder, de masturbarnos o de hacer cualquier otra cosa.

Es por eso, porque tenemos la esperanza de saborear El Concierto, por lo que seguimos en este camino. Y, cuando un halo extraño te toca con su varita mágica y te permite saborear lo que yo pude palpar el domingo, entonces, en ese momento, piensas que todo tiene sentido, que la vida es una puta maravilla y que hay un equilibrio cósmico divino. De acuerdo, cuando se pasa la "borrachera" vuelves a vivir en un mundo demasiado lleno de mediocridad y hastío, pero en ese momento, en ese glorioso momento, estás levitando sobre el centro del universo.

Hablo del concierto, del doble concierto del domingo. A las seis de la tarde, Richard Galliano empezaba a susurrarme melodías de Piazzolla al oído. Le acompañaban Gary Burton, que es un tipo que hace magia con un vibráfono; James Genus, que vacilaba al público con un contrabajo que podría haber sido una guitarra flamenca y Clarence Penn, la batería delicada, con el acompañamiento perfecto. Esperaba mucho de este concierto y, en contra de lo que suele ocurrir, obtuve más, muchísimo más.

Pero la gran sorpresa vino después. Una sabe que está ante una diva, aunque nunca le hayan descrito las cualidades que debe tener tal personaje, cuando se la encuentra delante. Es un algo que sólo tienen unas pocas. Lo tenían la Simone, Etta James, Aretha Franklin, Josephine Baker... Y también lo tiene Dee Dee Bridgewater. Ya digo que es un algo, no sabes muy bien en qué consiste. Quizá sea el modo erótico en el que sus caderas monopolizan todo el escenario. Quizá sea el modo de dirigirse al público como si, en realidad, hablara consigo misma. Quizá la capacidad de poner los vellos de punta y los pezones duros. No lo sé, pero aquella noche vi en vivo a una diva. Le acompañaban unos músicos estupendos, es posible. Pero yo me había perdido ya en su sensualidad y en su hechizo.

Ocurre con poca frecuencia, lo sé. Pero a veces pasa que vas a un concierto y sales borracha y sin equilibrio. A veces pasa que vas a un concierto y recuerdas por qué te gusta el jazz, por qué gastas más de lo que tienes en discos y por qué, a pesar de que no todos los conciertos sean mágicos, sigues comprando entradas. Y es que, en el fondo, nunca perdemos la esperanza (ni el recuerdo) de un concierto como éste, un concierto de los que te dejan exhausto de tanto "orgasmo" auditivo. Porque, aunque ocurra con poca frecuencia, a veces pasa. Y eso es lo que hace que el título de la película de Kusturica tenga sentido. Sí, porque a veces, "la vida es un milagro".

De los conciertos que hay que rumiar o del Ron Carter Trío en el Teatro Real

De la página (fabulosa página) de Ron Carter

Algunos conciertos, como algunas películas, como algunos besos, como algunos vinos... necesitan ser rumiados, saboreados en el tiempo, meditados en el transcurso necesario de los días.

Algunos conciertos, te marcan una muesca en tu raciocinio, en tus emociones y también en tus pasiones. De modo que sólo puedes dejar que la marea te suba a la cabeza, que venga la resaca, que amanezca y anochezca y, después, decir en voz alta aquello que has visto. Porque, cuando asistes a uno de estos conciertos, no puedes guardar la experiencia para ti sola. Necesitas exorcizar sensaciones.

El martes fui a uno de estos conciertos. En el Teatro Real comenzaba el ciclo "Jazz en el Barrio Latino de París" con la actuación del Ron Carter Trío. Es muy difícil expresar aquí (o en cualquier otro foro) lo que siente una muchachita, que viene de un pueblecito del sur, cuando ve el Teatro Real lleno hasta las trancas, aplaudiendo de pie a un negro enorme que toca el contrabajo. Es muy difícil y muy paradójico.

El barrio latino de París era ese lugar mágico donde los existencialistas descubrieron el jazz. Era ese lugar literario en el que tantas veces he imaginado a Miles Davis en los días en que componía la banda sonora de Ascenseur pour l’échafaud (para saber más, lean inexcusablemente el glorioso post de José Miguel). Era el barrio en el que yo creía que viviría al cerrar los ojos para siempre (si es que al final resultaba que los creyentes tenían razón y existía el paraíso).

Así que una va al Teatro Real y se encuentra con Ron Carter, que es un negro enorme que posa las manos sobre un contrabajo y, de pronto, se desata una tormenta mágica de acordes, melodías, caricias y alaridos. Una se apoya sobre el balconcito del palco y se deja caer, medio tumbada, anestesiada en las notas del melodioso piano de Jacky Terrasson. Y aplaude. Vaya que si aplaude. La muchachita se limpia las lágrimas arrancadas por la música y aplaude el solo brillante. Y, después de pasearse por la melancolía, la guitarra de Russell Malone le arrebata unas cuantas sonrisas que iluminan aquel escenario operístico del Barrio Latino de París. Pero, sobre todas las emociones, una ve el Teatro Real lleno hasta las trancas y, de alguna manera, se siente menos sola.

Decía que describir las sensaciones era un trabajo difícil y paradójico. Y es que una no se olvida de la historia. Una piensa en aquellos primeros años del jazz, cuando era una música hecha por negros y para negros. Una se acuerda de Glenn Miller que, entre otras muchas cosas, consiguió que los blancos empezaran a comprar jazz. Una piensa en el pobre Buddy Bolden, que se murió en un psiquiátrico sin haber conseguido grabar ningún disco de esa música que decía haber inventado. Y, después, recorre con la vista el Teatro Real (señores, ¡¡¡El Teatro Real!!!), con sus señoronas de postín, con sus señores que presumen de renombre... Pero también con un buen puñado de puristas del jazz, con mujeres que sobreviven gracias al saxo de Charlie Parker, con hombres que se olvidan de su rudeza en los acordes de Django Reinhardt, con púberes que han comprado las entradas de visibilidad nula o reducida (porque la paga semanal no da para muchos milagros)... Y, aunque el Barrio Latino le descubriera a los existencialistas el jazz, aunque se cansaran de decir que el ser humano está solo y condenado a una existencia horrible... De pronto, ante el enorme y tierno Ron Carter, que bromeaba dos lágrimas ante los aplausos rabiosos, la muchacha que vino de un pueblecito del sur, sonríe para dentro, piensa que está menos sola, mucho menos sola, y susurra un "Jass it up, boys!".

Porque sueño yo no lo estoy


- ¿De dónde sacó esas ideas? – preguntaba un periodista a Duke Ellington en un programa en blanco y negro de televisión.

- ¿Las ideas? Mmmm... – pensaba entonces el músico, mientras fijaba la mirada en algún punto de las teclas del piano – Bueno, tuve un millón de sueños. Lo único que hago es soñar. Siempre.

- Creía que tocaba el piano – decía el entrevistador en tono jocoso.

- Oh, no, esto no es un piano – y se ponía a tocar una melodía, ajeno a todo – Es un sueño.

Duke Ellington tiene mucha culpa en todo esto. Si no fuera por él, quizá no habría caído en esta adicción que me salva la vida todos los días: el jazz. Si no fuera por unos lps que me compré una vez, quizá nunca habría pasado a Charlie Parker, ni a Miles Davis. Y, por supuesto, no habría decidido que mi tema de Tesis sería el músico de jazz en el cine americano. Si no fuera por Duke, yo hoy sería otra Olvido. Quizá ni mejor ni peor, pero sí otra.

En la película Léolo, la voz en off del narrador repetía la cantinela "porque sueño yo no lo estoy". Luego te das cuenta de que, porque sueña, él no está loco o no está muerto. Porque, después de todo, la locura de la que escapa con sus sueños es la misma muerte. Y todavía no hay nada que dé más miedo al ser humano que la visita incómoda de la parca.

Yo no sé si porque sueño (en el sentido que apuntaba Duke Ellington) yo no lo estoy (loca o muerta). Yo sólo sé que, a veces, entiendo las expresiones folclóricas del sur donde nací. Cuando era pequeña, escuchaba decir "vengo con el alma reventada" y me quedaba mirando con mis ojos verdes interrogantes e infantiles. "Pero papá, si el alma no está en el cuerpo y no puede sentirse, ¿cómo sabes que la tienes reventada?". Y mi padre se quedaba callado, buscando una respuesta rápida para librarse de mi ametralladora de porqués. Es verdad, a veces el alma está cansada. Hay días en los que llegas a casa y te duelen los huesos, los músculos y hasta las pestañitas de los ojos. Entonces, te metes debajo de una ducha hirviendo y sientes cómo el agua abraza tu cansancio.

Pero hay días en que, además de esos huesos, también te duele el alma. Y yo no sé si lo que decía la voz en off de Léolo es cierto. Yo no sé si el piano de Duke Ellington me salva de la locura o de la muerte. Pero, desde luego, el ánima se me pone a bailar un poquito y siento que, aún, no ha llegado mi cita con la parca, aunque tenga los huesos cansados y aunque ya entienda aquella frase andaluza "vengo con el alma reventada".


Escuchando Mood Indigo, de Duke Ellington

Ne me quittes pas

Jacques Brel


Nina Simone hizo una versión del Ne me quittes pas de Jacques Brel. La escuchaba hace un momento. La Simone, de quien he hablado ya en esta especie de diario exhibicionista, le pone ese toque de negrona prepotente y orgullosa. La Simone parece que está reivindicando su egolatría en cada nota que entona, aunque el acorde pertenezca a una de las canciones de amor más bellas que se hayan compuesto nunca.

A mí me gusta más, mucho más, la versión del belga Jacques Brel. En primer lugar, porque la interpreta con ese deje de actor francés y, en los momentos más dramáticos, cambia el canto por una forma de llorar ahogada que, si tienes sangre en las venas, no puedes evitar que se te ponga el dichoso nudo en la garganta. Pero también me gusta más porque era una de las canciones favoritas de mi padre. Cuando era pequeña, y mi complejo de electra paternal estaba en su máximo apogeo, mi padre ponía una vieja cinta de cassette en su Citroen Bx. No recuerdo a mi madre y a mi hermano. Posiblemente estaban, pero de alguna manera, mi padre y yo nos evadíamos en un mundo mágico de complicidad y adoración en el que, en esos momentos, nadie más tenía cabida. Mi padre canturreaba y desafinaba el Ne me quittes pas. Fingía la interpretación del enamorado abandonado, ése al que ya no le importa prostituir su propio orgullo con tal de que no dejen de amarle. Entonces, me traducía la letra, como si una niña de seis o siete años pudiera entender la profundidad de un “ne me quittes pas / il faut oublier / tout peut s’oublier (...) oublier ces heures / qui tuaient parfois / a coups de pourquoi” (no me dejes, hay que olvidar, todo se puede olvidar (...) olvidar esas horas, que mataban a veces, a golpes de porqués).

No eran tiempos mejores. Yo vivía absorta en mi infancia, sin pensar demasiado en qué mujer llegaría a convertirme algún día. Ahora, que sé que nuestro modo de entender la vida depende de múltiples factores, como la sociedad en que nos toca nacer, la familia, los amigos, los libros que leemos, las películas que, a su manera, también nos educan, las letras de las canciones que moldean nuestro carácter... Ahora, que estoy pasando la noche del viernes frente al ordenador, me doy cuenta de que nada ha cambiado demasiado. Yo sigo utilizando a mi padre como el hombre_espejo en el que mirar a todos los demás hombres. Jacques Brel sigue poniéndome el nudo en la garganta y, sin duda, a él le debo en parte saber que, de repente, un hombre aparece en tu vida y te das cuenta de que él sí vale la pena. La niña que creció sin creer demasiado en el amor eterno, se sonríe dándose cuenta de que, de pronto, vale la pena olvidar la “dignidad” y el “orgullo” y, si es necesario, suplicar un “ne me quittes pas”.

Quizá es sólo una canción cursi. Quizá. Pero todas las canciones tienen un libreto de recuerdos asociados a ellas. Y yo, cuando escucho a Brel, me balanceo entre la ternura de los viajes en el Citroen Bx y la sensación incómoda de escuchar a alguien que ha metido su dedo en tu llaga y está escarbando sin piedad.

Quizá, como digo, sólo sea una canción cursi. Pero, después de todo, también las canciones cursis tienen su espacio en nuestra necesaria dieta musical.


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No me resisto a copiar la letra:

Ne me quitte pas/ Il faut oublier/ Tout peut s'oublier/ Qui s'enfuit déjà/ Oublier le temps/ Des malentendus/ Et le temps perdu/ A savoir comment/ Oublier ces heures/ Qui tuaient parfois/ A coups de pourquoi/ Le cœur du bonheur/ Ne me quitte pas/ Ne me quitte pas/ Ne me quitte pas/ Ne me quitte pas.

Moi je t'offrirai/ Des perles de pluie/ Venues de pays/ Où il ne pleut pas/ Je creuserai la terre/ Jusqu'après ma mort/ Pour couvrir ton corps/ D'or et de lumière/ Je ferai un domaine/ Où l'amour sera roi/ Où l'amour sera loi/ Où tu seras reine/ Ne me quitte pas/ Ne me quitte pas/ Ne me quitte pas/ Ne me quitte pas.

Ne me quitte pas/ Je t'inventerai/ Des mots insensés/ Que tu comprendras/ Je te parlerai/ De ces amants-là/ Qui ont vu deux fois/ Leurs cœurs s'embraser/ Je te raconterai/ L'histoire de ce roi/ Mort de n'avoir pas/ Pu te rencontrer/ Ne me quitte pas/ Ne me quitte pas/ Ne me quitte pas/ Ne me quitte pas.

On a vu souvent/ Rejaillir le feu/ D'un ancien volcan/ Qu'on croyait trop vieux/ Il est paraît-il/ Des terres brûlées/ Donnant plus de blé/ Qu'un meilleur avril/ Et quand vient le soir/ Pour qu'un ciel flamboie/ Le rouge et le noir/ Ne s'épousent-ils pas/ Ne me quitte pas/ Ne me quitte pas/ Ne me quitte pas/ Ne me quitte pas.

Ne me quitte pas/ Je ne vais plus pleurer/ Je ne vais plus parler/ Je me cacherai là/ A te regarder/Danser et sourire/ Et à t'écouter/ Chanter et puis rire/ Laisse-moi devenir/ L'ombre de ton ombre/ L'ombre de ta main/ L'ombre de ton chien/ Mais,/ Ne me quitte pas/ Ne me quitte pas/ Ne me quitte pas/ Ne me quitte pas.

No me dejes/ Hay que olvidar/ Todo se puede olvidar/ Lo que ya se fue/ Olvidar el tiempo/ De los malentendidos/ Y el tiempo perdido/ Sin saber cómo/ Olvidar esas horas/ Que mataban a veces/ A golpes de porqués/ al corazón de la felicidad./ No me dejes, / no me dejes, / no me dejes, / no me dejes.

Yo te ofreceré/ perlas de lluvia/ venidas de países/ en los que no llueve./ Yo escarbaré la tierra/ Hasta después de mi muerte/ Para cubrir tu cuerpo/ De oro y de luz/ Yo forjaré un reino/ Donde el amor será rey/ Donde el amor será ley/ Donde tu serás reina./ No me dejes, / no me dejes, / no me dejes, / no me dejes/ no me dejes.

Yo te inventaré/ Palabras locas/ Que tu comprenderás/ Yo te hablaré/ De esos amantes/ Que han visto por dos veces/ abrazar sus corazones./ Yo te contaré/ La historia de un rey/ Que murió por no haber/ Podido encontrarte./ No me dejes, / no me dejes, / no me dejes, / no me dejes.

Se ha visto a menudo/ Resurgir el fuego/ Del antiguo volcán/ Que se creía demasiado viejo./ Existen tierras quemadas/ Que dan más trigo/ que un mejor abril/ Y cuando viene la noche/ para que un cielo arda/ El rojo y el negro/ ¿Acaso no se desposan?/ No me dejes, / no me dejes, / no me dejes, / no me dejes/ no me dejes.

No voy a llorar/ No voy a hablar/ Yo me ocultaré/ Para mirarte/ bailar y sonreír/ Y escucharte/ cantar, y después reír/ Déjame convertirme en / La sombra de tu sombra/ La sombra de tu mano./ La sombra de tu perro/ Pero/ No me dejes, / no me dejes, / no me dejes, / no me dejes.




Pincha detro del cuadro negro para escuchar la canción

Sobre esas canciones que te salvan la vida (o un plagio de Jácaras Reales)

Pintura de Jaime Carbo Marchesini


Uno de mis blogeros favoritos, o lo que viene a ser lo mismo, uno de mis ojitos derechos y compañero de viajes, ha escrito hoy un post sencillamente genial en su blog Jácaras Reales (además, me escribe uno de los piropos más hermosos que me hayan hecho nunca).

En él, que espero que leáis sin excusas, reflexiona o enumera esas canciones que, sin saber exactamente por qué, se convierten en imprescindibles.

Hacia tiempo que le debía un homenaje a todas esas canciones (algunas de jazz, pero otras muchas no) que, de tanto en cuando, vienen a mi desesperación, me arrancan de cuajo la angustia y me salvan la vida. Creo que a todos nos pasa. Tenemos esos temas que, sencillamente, nos sujetan cuando estamos a punto de caernos, nos dibujan la sonrisa necesaria, nos ponen cachondos o, simplemente, nos dan un par de hostias bien dadas (que la "violencia" a veces viene bien y todo).

Cuando quiero gritarle al mundo lo feliz que soy, me pongo "C’est si bon", en la extraordinaria y peculiar voz de Louis Armstrong. No lo puedo evitar. Empieza el tema y ya tengo la sonrisa dibujada en las caderas. En cierto sentido, sí, podría decir que me excita. Me siento guapa y con unas ganas increíbles de demostrarle al macho más cercano lo buena folladora que soy (admito que, con la música, me pasan cosas diferentes al común de los mortales).

Cuando El Hombre me manda un mensaje sin que yo lo esté esperando y me dice que me echa de menos, o que no me hago una idea de lo mucho que me necesita, o lo que le gustaría que fuera yo la mujer que en unas horas dormirá a su lado, me olvido de esa mujer y me pongo a canturrear "Fly Me To The Moon". Me encanta, especialmente, la versión de Frank Sinatra con Count Basie (aviso a navegantes, en Emule circula un directo maravilloso llamado "Live At The Sands" cuya única pega es que viene entero en una sola pista). Pero también me gusta la que canta Diana Krall en "Live in Paris".

De Tom Waits, casi cualquier canción me despierta sentimientos que van del salvajismo al romanticismo. Tom Waits es Dios. "Cold Cold Ground", "Blue Valentine", "Underground", que fue la sintonía de aquel programa de radio que hice con Aarón... Tom Waits, aunque me digan que es feo, me parece el hombre más follable sobre la faz de la tierra. Pero, también el hombre del que te enamoras sin remedio, el hombre_espejo en el que miras a todos los demás hombres. Su (creo) penúltimo disco, "Mule Variations", por ejemplo, explica muy bien esto que digo. Se trata de un disco que hace para contar, en cada canción, los sueños que tiene su mujer. ¿Imaginéis que alguien componga un disco con lo que veis cuando estáis durmiendo?

El "My Funny Valentine" de Chet Baker, ya lo he dicho muchas veces, me sobrecoge los ovarios. Me los aprieta y me pone el nudito en la garganta. Y, si la escucho en bucle, soy capaz de echar las lágrimas que nunca eché por los amores perdidos o los fantasmas que viven bajo mi cama.

Los Rolling Stones, a los que veré en mayo, tienen muchas canciones que forman parte de mi bote salvavidas. Su "Satisfaction" es, simplemente, un motivo para seguir viviendo. Su "Wild Horses" es la melodía que me recuerda que, a veces, es bueno esbozar una mueca triste y regodearse en ella.

"Sus ojos se cerraron", de Carlos Gardel, me pone los pelos de punta, y me da igual que me acuséis de ñoña.

El "So what" de Miles Davis (y su famosísimo sexteto de "Kind of Blue") supone una declaración de principios existenciales (que no "existencialistas"). ¿Y ahora qué? ¿Es que acaso nunca habéis vivido ese momento en el que os preguntáis "y ahora qué"?

El "Now is the Time" me pone de un buen rollo imposible de describir con palabras. Como tengo una vena de hija de puta muy desarrollada, (aunque no lo sepáis), en un dvd que le grabé a El Hombre (y que yo sabía que vería con ella), gracias a Nero Vision, en la pantalla inicial le puse este tema. Y, sí, en los chasquiditos de la batería, él se acordó, irremediablemente, de mí (seguro que, al menos ese día, no folló con ella).

En fin, hay muchos más temas, pero poco a poco. Este post me ha salido un plagio del de José Miguel. Pero es que cuando lees a alguien con mucho talento, no puedes evitar imitar su estela. Yo sólo espero que él no se me enfade, porque sabe que, si le copio, es sólo porque le admiro con una envidia que no deja de ser la proyección de un respeto enorme.

De las noches de Byas a las mañanas de la Simone

Anoche me acosté escuchando un disco triste. Será que este marzo ha nacido con noches tristes bajo el brazo. Anoche ni siquiera leí. Me quedé a oscuras, en una esquina de mi cama, abrazando una almohada, en posición fetal, con los brazos, y otra con los muslos. En mi cama hay cuatro almohadas de pluma. No las necesito y suelo amanecer con todas ellas desperdigadas por el suelo pero, aún así, me gusta acostarme entre tanto apoyo.



El saxo de Don Byas tiene un efecto inmediato de melancolía en mí. No sé si han visto ustedes “Acordes y Desacuerdos”, de mi idolatrado Woody Allen. Cuenta la vida del ficticio Emmet Ray, el segundo mejor guitarrista de jazz que, cuando escucha a Django Reinhardt, (el mejor guitarrista, y éste sí es real), no puede evitar echarse a llorar. Emmet es un tipo rudo y, sin embargo, ante los acordes del guitarrista gitano, no puede evitar que le suban las lágrimas a la garganta. A mí me pasa algo parecido con Don Byas. Así que anoche, con su disco “En ce temps-là”, de la colección “Jazz in Paris”, me quedé pensando en la nada y en todo al mismo tiempo. Pensaba en las cosas que he permitido que ocurran y que me hacen infeliz. Pensaba en cómo echar marcha atrás. Pensaba, también, en algunas ansiedades que colman mi vida de angustia. Debí pasar horas así, detenida en aquel rincón de mi cama. De vez en cuando oía voces jóvenes en la calle, riendo por alguna tontada. Por un momento, eché de menos a la Olvido que fui, que también se reía con tontadas, a las mil de la madrugada. Oía los coches pasando por un simulacro de “San Andreas” que han colocado donde antes había una M30. Y, por encima de todos esos ruidos, disfrutaba del saxo de Don Byas. Puesto que el disco estaba en la opción “Repeat”, no sé qué hora era cuando conseguí conciliar el sueño.

Esta mañana me he despertado con todas las almohadas desperdigadas. Cualquiera podría pensar que, mientras dormía, he saciado mi mal humor de estos días improvisando un combate contra todas ellas en el ring de mi cama. Me he hecho café, porque soy incapaz de respirar los primeros sonidos del día antes de anestesiarme con mi dosis de cafeína, y, con la taza entre mis manos, me he puesto “See Line Woman”, de la genial Nina Simone. A esta canción le tengo mucho cariño, por sus sonidos tribales mezclados con sus sonidos alegres, pero, sobre todo, porque me recuerda a “Mientras el mundo duerme”, un programa de radio que hice con mi amigo y hermano Aarón.




La Simone es una negra que me devuelve mi Yo. Me devuelve mi orgullo, mi dignidad, mi egolatría... La Simone te toca ahí adentro y te dice, con el morro sacado hacia el norte, que lo vas a “romper” todo. La Simone tiene en mí el mismo efecto, ampliado y mejorado, del cuento hindú “Soy tú” y, por si no lo han leído, se lo copio.

Era un discípulo honesto. Moraba en su corazón el afán de perfeccionamiento. Un anochecer, cuando las chicharras quebraban el silencio de la tarde, acudió a la modesta casita de un yogui y llamó a la puerta.

-¿Quién es? -preguntó el yogui.

-Soy yo, respetado maestro. He venido para que me proporciones instrucción espiritual.

-No estás lo suficientemente maduro -replicó el yogui sin abrir la puerta-. Retírate un año a una cueva y medita. Medita sin descanso. Luego, regresa y te daré instrucción.

Al principio el discípulo se desanimó, pero era un verdadero buscador, de esos que no ceden en su empeño y rastrean la verdad aun a riesgo de su vida. Así que obedeció al yogui.

Buscó una cueva en la falda de la montaña y durante un año se sumió en meditación profunda. Aprendió a estar consigo mismo; se ejercitó en el Ser.

Sobrevinieron las lluvias del monzón. Por ellas supo el discípulo que había transcurrido un año desde que llegara a la cueva. Abandonó la misma y se puso en marcha hacia la casita del maestro. Llamó a la puerta.

-¿Quién es? -preguntó el yogui.

-Soy tú -repuso el discípulo.

-Si es así -dijo el yogui-, entra. No había lugar en esta casa para dos yoes.

La Simone es una negra lo suficientemente orgullosa como para no soportar a otro yo. Y, con su disco “The Best of Nina Simone”, que me regaló mi amiga Ana, me he quedado ahí pensando, en el cuento “Soy tú”, en mi Yo, en mis ansiedades de marzo...


Escuchando
The Best of Nina Simone

Algunas cosas que no entiendo (o un poquito de cabreo con el mundo)

No entiendo que un hombre pueda mandar un "te echo de menos" y, al mismo tiempo, en ese preciso instante, esté ciberfollando con otra mujer.
No entiendo que alguien pueda someterte a la tortura de pasar 24 horas pensando que ha llegado el fin del mundo.
Tampoco entiendo que el dependiente de una tienda de discos, pequeña y especializada en rock, blues y jazz, no sepa de quién es el "Kind of Blue".


No entiendo a las pseudofeministas que han condenado a los hombres al exilio del silencio porque, si dan una opinión contraria a las suyas, reprimen la libertad individual femenina.
No entiendo a las batidoras humanas que mezclan a Woody Allen, a Charlie Parker y a Los Serrano en el mismo menú de tiempo libre.
Ni, por supuesto, a las niñatas que presumen de pornógrafas y liberales cuando ni ellas mismas se creen su discursito falaz. Y entiendo mucho menos a las monjas que, en la intimidad, se dejan sodomizar.

No entiendo que alguien pueda escuchar el lamento musical de Chet Baker entonando My Funny Valentine y no se le sobrecojan los cojones (o los ovarios).
No entiendo que alguien prefiera leer a Bucay (y hasta ponga cara de filosofar en ciertos párrafos) antes que a Paul Auster, a Antonio Muñoz Molina o a Charles Bukowski.
Y mucho menos entiendo que haya quien prefiera consumir "experimentos sociológicos" a las sublimes entrevistas de Quintero.

No entiendo por qué algunas personas siempre nos encandilamos con el malo de la película de vaqueros, aun sabiendo que no tendrá reparos en rajarnos la cara o la dignidad.
No entiendo que llevemos años de Existencialismo y aún nos engañemos con que no estamos solos (y, de paso, no entiendo que no nos escandalicen los estudios sobre las mentiras que decimos)
Y, sobre todo, no entiendo por qué tengo un ego tan grande algunas veces y, sin embargo, dejo que cualquier piltrafa humana me llene mis ansiedades de apariencias y sinsabores.



Escuchando My Funny Valentine de Chet Baker

Aunque marzo nunca haya sido mi mes preferido...

Hoy me está costando echar el cerrojazo al día.
Pareciera como si no fuera a acabarse nunca. Pareciera también que, con la llegada del mes primaveral, empezara a torcerse el camino. O quizá es sólo que una ya ha aprendido a esperar la llegada de este mes con el chaleco antibalas bien ajustado.

Lo cierto es que marzo nunca ha sido mi preferido. Hay a quien no le sienta bien la llegada del otoño. Ven la primera hoja en el suelo y entran en un estado catatónico_depresivo_estúpido. Luego los hay que se deprimen ante la llegada del otoño, del invierno, de la primavera y del verano. Vamos, que son una pseudodepresión con patas. Yo, lo reconozco, soy de las que marcean muy mal. Me gusta el verano y odio el frío que me congela la rabadilla y me golpea en mi escoliosis heredada. Pero la llegada de la primavera, esos días previos, esas semanas, en las que aún hace un frío del demonio pero las marquesinas vomitan que “ya es primavera en el Corte Inglés”, me sumergen en un estado de dolores de cabeza, mal genio y apatía. No sé si tiene que ver con el Mileniarismo, con los astros o con la luna. O tal vez con nada. Pero el caso es que este marzo llega, como cada año desde que tengo uso de razón, tocando la moral a dos manos.

Así que una, que nunca ha gustado de autocompasiones ni tristezas gratuitas, se busca excusas para enfundar la alegría y la esperanza. Y... Alehop. Aquí está. En breve, “ya es primavera en el Johnny”.