Sobre lo cojonudo que es vivir en Madrid (a pesar de Gallardón)



Mis amigos de Madrid se olvidan, a menudo, de las ventajas que tiene esto de vivir en la capital del reino. Ni siquiera me refiero a los de tercera o cuarta generación (entre otras cosas porque creo que no conozco a ninguno). Me refiero a los amigos que aprendieron a decir su primera palabra (tal vez un balbuceo parecido a "mamá") siendo paseados en sus carricoches por la Gran Vía. Han pasado aquí toda su vida y asumen con normalidad y desinterés que haya cines en versión original repartidos por toda la ciudad. Ven normal que pueda verse "La Dalia Negra" a las 12.15 de la noche en versión original y que, al salir, se puedan hasta tomar unas cañas en un bar picalagartos y no en un "pub".

Yo, que me crié en un pueblo en el que había un cine de una única sala y dos videoclubs, me sigo maravillando con estas cosas. No importa el tiempo que lleve aquí. Al final, siempre me queda la sensación de la magnanimidad de Madrid y la comparación odiosa con el pueblo del sur en el que había mucha más alegría pero mucha menos cultura. A veces lo echo de menos, aunque sólo sea por la expectación que causaba cualquier cosa. Si había una exposición de un artista local (sí, de un "artista" del pueblo), las mujeres se ponían su abriguito de bisón (a mi pueblo no llegaron nunca los barcos de Greenpeace porque está situado entre cerros y El País no iba a ir hasta allí para sacarles la foto), se cogían del brazo de un marido con corbata y se iban a ver el acontecimiento de la semana (o del mes). Cuando el Ideal Cinema estrenaba película, que podía ser de una calidad infrahumana, los niños berreábamos hasta que nos compraban una entrada. Era otro modo de vivir las cosas. Supongo que ocurre igual con todo. La cantidad ingente de información sólo consigue desinformarnos (aunque esto es sólo una frase demagoga de individua licenciada en Periodismo).

Mis amigos se olvidan de que Madrid te ofrece, en el mismo día, una obra de teatro cojonuda, un restaurante exótico, una sesión nocturna de buen cine, una cena de madrugada en La Farfala y, después, un concierto de buen jazz clasicote en El Populart. De modo que, al final, los que nacieron aquí acaban por hacer lo mismo que podrían hacer en el pueblo en el que me crié. Se van a su "pub", se llenan el cuerpo de garrafón y le dan patadas borrachas a las papeleras. Eso hacían unos chavales con los que podría haber coincidido en alguna clase de la universidad cuando, a las tres de la madrugada, después de digerir "La Dalia Negra" y compararla inevitablemente con el magistral libro de Ellroy, volvía a casa en el búho. Y es que, en el pueblo en el que me crié no había ni búhos, ni metros, ni ningún tipo de transporte público diferente a las propias piernas o al taxi del padre de mi amiga Esther, un borrachín al que siempre podías encontrar en el bar "La Paloma". Llegabas, te tomabas una caña con él y, después, si eso, ya te acercaba al pueblo al que necesitabas ir. Era otro modo de entender las cosas. Por eso me sigo maravillando con Madrid y por eso canturreo a veces, en la ducha, aquello de "Cuando vayas a Madrid chulona mía / voy a hacerte emperatriz de Lavapiés / a alfombrarte con claveles la Gran Vía / y a bañarte con vinillo de Jerez. / En Chicote un agasajo postinero / con la crema de la intelectualidad / y la gracia de un piropo retrechero / más castizo que la calle de Alcalá. / Madrid, Madrid, Madrid..."

1 comentario:

Anónimo dijo...

me pasa igual. Madrid tiene todo para quien quiere verlo. Un gadita como yo se siente en casa en una ciudad que te abre los brazos.


jazzpalabrasywhisky