La Sombra de la Luz

Ilustración de Victoria Martín para La sombra de la Luz.

Mi amigo Aarón decidió un día echarle huevos a la cosa y montó Paradigma Teatro, que es una excusa para eyacular sus egos, sus miedos, sus sueños y también sus odios. Cada vez que montan una obra, yo acudo a verle. Suelo sentarme con sus padres, a los que quiero como a esos tíos que nunca tuve por nacer en la familia equivocada. Pero es que quizá siempre se nace en la familia equivocada.

Su madre, que se dejó la vista cosiendo para pagarle a mi amigo una carrera en una universidad privada, me mira buscando cierto apoyo o, al menos, cierta comprensión. Ella sueña (aún) con un mundo bonito, con una vida ideal, con un cuento de hadas y con unas perdices que comer cuando se consigue ser felices. Por eso, cuando su hijo le dijo que quería ser escritor, ella soñó con bellas historias que maquillaran las mañanas absurdas en el Metro, las noticias de "El Caso", los dolores de cabeza y la subida del precio de los tomates. Sin embargo, le salió un hijo existencialista con muchas ganas de recordarle al mundo lo miserable que es la humanidad. De modo que ella, que es una buena madre por encima de todo, va a las representaciones de Paradigma Teatro temblando por el vómito de rabia que su hijo pueda echar sobre el escenario. Se sienta en primera fila, me dice "tiene mucho talento, ¿verdad?", yo asiento (porque soy como una segunda madre para mi amigo Aarón) y, acto seguido, me confiesa que, de pequeño, siempre fue un niño muy bueno. A ella se le ha perdido el momento en el que aquel niño bueno que iba a clases de piano se convirtió en un hombre que estudia las películas de Bergman hasta casi volverse loco (o tal vez no tan casi). Así que coge la mano de su marido para sentirse protegida de la verdad miserable que representa el grupo de actores. El padre se ríe, porque es tan cínico como el hijo. Me mira y también él busca con un guiño cierta complicidad. Él ya sabe que la vida es miserable y se limita a disfrutar de las hostias que su hijo le lanza a las beatas de la primera fila y a los perroflautas que actuaron en una obra anterior.

Esta noche, volverá a repetirse el ritual. Aarón ha escrito una obra de cámara muy difícil y muy cruda. Habla del amor, del desamor, de la locura y de la miseria. Es su lugar común, el tema al que acude una y otra vez para no reconocer que, como a su madre, le aterra que el mundo no sea bonito después de todo.

De modo que, si no tenéis nada mejor que hacer, podéis ir a recibir hostias (que aquí hay para todos).

La Sombra de la Luz
(Paradigma Teatro)

Eva Nieto
Monique Lambrini
Alejandro Céspedes
Aarón Rodríguez

Viernes 17 de noviembre
20.00 horas
C.S.C. "El Soto"
Avda. de los Deportes, 15
(Parada de Cercanías "El Soto")

1 comentario:

Aarón dijo...

Hubo ostias para todos, y como tú bien me dijiste, ahora me podía comparar con Haneke (por lo de la gente que se salía horrorizada de la sala). El existencialismo, mi existencialismo, tú lo sabes mejor que nadie, es una pose ligeramente recalentada que comienza en Kafka y acaba en Houllebecq. Yo sólo quise hacer mi propia "Saraband" (nueve cuadros de dos personajes que se mutilan entre ellos), y mi madre jamás hubiera visto semejante film si yo no se lo hubiera filtrado por las rendijas del salón de mi casa.
A "La sombra de la luz" le faltaba jazz aunque en la banda sonora hubiera buscado algún punto común con tu universo (la "Song to the sirens" de This mortal coil, banda sonora de "Carretera perdida"). Eso es porque, aunque los existencialistas amasen el jazz, esa música fue siempre muy superior a las náuseas de Sartre (que en la novela le atacan, precisamente, mientras escucha un disco de jazz en un café) o a los llantos teológicos de Kierkegaard. Yo podría decirte que el disco de Gary Burton con Astor Piazzola me parece existencialista, y tu podrías lanzarme algo a la cabeza. También podría decirte que el disco "Blood money" de Tom Waits me parece una lección de existencialismo musical y tu podrías retirarme la palabra para siempre. "If there´s something you can say about mankind... there´s nothing kind about men". Woody Allen hablaba de Bergman a ritmo de jazz en sus mejores películas.
El jazz siempre andará varios pasos por delante del existencialismo, quizá porque, como tú defiendes siempre (aunque yo no sea capaz de entenderlo del todo) un mismo fragmento de una canción puede socorrerte o hundirte, según te encuentre. Houllebecq no puede socorrerte aunque lo intentara con las dos manos y una linterna. Cuando Bergman intenta hacer humor, resulta un pobre sueco imbécil. Cuando Michael Bublé canta "Home", uno se siente existencialista enamorado. Cuando Diana Krall... en fín, cuando Diana Krall hace cualquier cosa, uno se siente todavía más enamorado.