Mientras Stan Getz plays



Una mujer llora en su salón.
Un viejo disco de Stan Getz da vueltas a una velocidad vertiginosa sobre un microchip que, probablemente, fabricó un taiwanés que jamás escuchó a Getz, ni a Byas, ni a Bird, ni muchísimo menos el requiebro de la Holiday. (Ni falta que le hace. Bastante tiene, seguramente, con lo suyo).
Un hombre rumia las lágrimas de su amante mientras, posiblemente, pone buena cara para que la mujer que convive con él no sospeche que ella no es su única prioridad.

Lo que me gusta del jazz, lo que me atrapa del jazz, es que es una música (probablemente la única música) en la que el músico sólo hace la mitad del trabajo y el oyente la otra mitad. El artista deja grabadas unas notas y, luego, la mujer del salón interpreta el significado según su estado de ánimo. Un mismo tema puede sonar el tema más triste sobre la faz de la tierra o el más alegre de la historia de la felicidad insulsa.
¡Qué jodidamente grande es el jazz!
¡Qué jodidamente grande era Stan Getz!
¡Qué jodidamente grande era Billie Holiday!

La mujer que llora en el salón arroja muecas desencajadas sobre el saxo amable de Getz.
Se esconde debajo de una manta y mira el teléfono móvil que sabe que no puede usar.
Profiere unos cuantos insultos al aire en el que el hombre procurará no hacer nada que lastime a la mujer con la que vive.
La mujer que llora en el salón bebe cerveza y fuma un cigarro tras otro. Se detiene en su pulso. Le tiembla. Se acuerda de lo que le dijo su mejor amigo, que debería hacérselo mirar. Y piensa que, quizá, tenga razón.

Se oyen sirenas en la calle que tapan la melodiosa nostalgia de Getz.
La mujer del salón no se extraña. Esta ciudad cada día está peor. Esta M30 cada día está peor. En esta metrópoli ya no caben más personas que se autolesionan con sueños, utopías y amores imposibles. El amor en sí es un abstracto imposible, sangrante y, quizá lo peor, paciente. No le importa esperar. Porque, al final, siempre acabará devorando a su víctima.

Se acaba el disco. La mujer detiene también su llanto. Aunque sólo sea mientras busca un nuevo cd en el que camuflar sus bramidos.
Billie Holiday siempre es una buena opción, porque interpretar la voz de Lady Day como un lamento es una tarea demasiado fácil y placentera.


Escuchando Stan Getz, Plays


* A quien le interese, un artículo mío sobre Lady Day

3 comentarios:

josé miguel dijo...

Qué razón tienes (en todo), jamía, qué razón tienes.

Por cierto, una pregunta, a estas horas: de todas las cosas que dices del, ¿seguro que el amor también tiene paciencia?

Besos. De aquí a la eternidad.

Donbyas dijo...

Sólo se me ocurre a mí interrumpir a golpe de teléfono la nostalgia de una beatnik quebradiza con el corazón de sirope.Y además.elegir el momento en que construye adjetivos hirientes que la autoinculpan.Y además.deletrear el nombre y la música del frio y noruego (este,sí)Jan Garbarek.Y además.intentar que haga "morritos" que no veo pero me cosquillean en la oreja.Y además.desear apurar un Calvados con ella hasta que se nos nuble la conciencia y se digne a ignorar que la he llamado Laura.Y además. dejar libre el C.d de Parker que le he prometido y que guardo como rehén aunque ya no quiera quedarse conmigo.


Un beso

Kirk534 dijo...

Y si,de pronto, entre lágrima y lágrima, intentaras bailarar un tango con "ropa de perdición"?
(Subiela, tú sabes)