De los conciertos que hay que rumiar o del Ron Carter Trío en el Teatro Real

De la página (fabulosa página) de Ron Carter

Algunos conciertos, como algunas películas, como algunos besos, como algunos vinos... necesitan ser rumiados, saboreados en el tiempo, meditados en el transcurso necesario de los días.

Algunos conciertos, te marcan una muesca en tu raciocinio, en tus emociones y también en tus pasiones. De modo que sólo puedes dejar que la marea te suba a la cabeza, que venga la resaca, que amanezca y anochezca y, después, decir en voz alta aquello que has visto. Porque, cuando asistes a uno de estos conciertos, no puedes guardar la experiencia para ti sola. Necesitas exorcizar sensaciones.

El martes fui a uno de estos conciertos. En el Teatro Real comenzaba el ciclo "Jazz en el Barrio Latino de París" con la actuación del Ron Carter Trío. Es muy difícil expresar aquí (o en cualquier otro foro) lo que siente una muchachita, que viene de un pueblecito del sur, cuando ve el Teatro Real lleno hasta las trancas, aplaudiendo de pie a un negro enorme que toca el contrabajo. Es muy difícil y muy paradójico.

El barrio latino de París era ese lugar mágico donde los existencialistas descubrieron el jazz. Era ese lugar literario en el que tantas veces he imaginado a Miles Davis en los días en que componía la banda sonora de Ascenseur pour l’échafaud (para saber más, lean inexcusablemente el glorioso post de José Miguel). Era el barrio en el que yo creía que viviría al cerrar los ojos para siempre (si es que al final resultaba que los creyentes tenían razón y existía el paraíso).

Así que una va al Teatro Real y se encuentra con Ron Carter, que es un negro enorme que posa las manos sobre un contrabajo y, de pronto, se desata una tormenta mágica de acordes, melodías, caricias y alaridos. Una se apoya sobre el balconcito del palco y se deja caer, medio tumbada, anestesiada en las notas del melodioso piano de Jacky Terrasson. Y aplaude. Vaya que si aplaude. La muchachita se limpia las lágrimas arrancadas por la música y aplaude el solo brillante. Y, después de pasearse por la melancolía, la guitarra de Russell Malone le arrebata unas cuantas sonrisas que iluminan aquel escenario operístico del Barrio Latino de París. Pero, sobre todas las emociones, una ve el Teatro Real lleno hasta las trancas y, de alguna manera, se siente menos sola.

Decía que describir las sensaciones era un trabajo difícil y paradójico. Y es que una no se olvida de la historia. Una piensa en aquellos primeros años del jazz, cuando era una música hecha por negros y para negros. Una se acuerda de Glenn Miller que, entre otras muchas cosas, consiguió que los blancos empezaran a comprar jazz. Una piensa en el pobre Buddy Bolden, que se murió en un psiquiátrico sin haber conseguido grabar ningún disco de esa música que decía haber inventado. Y, después, recorre con la vista el Teatro Real (señores, ¡¡¡El Teatro Real!!!), con sus señoronas de postín, con sus señores que presumen de renombre... Pero también con un buen puñado de puristas del jazz, con mujeres que sobreviven gracias al saxo de Charlie Parker, con hombres que se olvidan de su rudeza en los acordes de Django Reinhardt, con púberes que han comprado las entradas de visibilidad nula o reducida (porque la paga semanal no da para muchos milagros)... Y, aunque el Barrio Latino le descubriera a los existencialistas el jazz, aunque se cansaran de decir que el ser humano está solo y condenado a una existencia horrible... De pronto, ante el enorme y tierno Ron Carter, que bromeaba dos lágrimas ante los aplausos rabiosos, la muchacha que vino de un pueblecito del sur, sonríe para dentro, piensa que está menos sola, mucho menos sola, y susurra un "Jass it up, boys!".

5 comentarios:

josé miguel dijo...

Tomemos esos lugares sacrosantos para gritarlo bien claro y fuerte, Olvido.

Jass it up, Ron, jass it up, boys.

Besos siempre mil.

Erradizo dijo...

Que envidia me das, un concierto al que pude ir...

resignación...

Besotes

Anónimo dijo...

Gracias, Olvido, por tu comentario en retales, y gracias por tu blog, en el que ya me siento como en casa.

No sé cómo lo consigues, pero lo cierto es que en cada post logras lanzarme un guiño cómplice. Sé que las comparaciones son odiosas, pero la agudeza, el descaro, la ironía, la sensibilidad y, sobre todo, la sinceridad que destila lo que dices y cómo lo dices me transmite esa palmada en el hombro que siento cuando leo a Dorothy Parker.

Un beso,

María

Anónimo dijo...

Estuvistes en el Concierto de anoche???

Tenía entradas pero al final (tampoco)pude ir...

Ha de resultar una gozada, "transportarte" desde el Real con Carter hacia otros lugares...

Besos Olvido, que no te idem (permiteme la pamplina).

Olvido A. dijo...

José Miguel: es una sensación indescriptible ver cómo el jazz (una música que, no lo olvidemos, es improvisación, es sexo, es pecado, es incorrecto...) toma el sacrosanto lugar por excelencia. Es indescriptible, morbosa y fabulosa. Besos

Erradizo: es una pena que no estuvieras, pero pensé en ti, si te sirve de algo. Besos

María: no me des las gracias, porque soy yo la que tendría que dártelas por visitar este blog que cada día tiene más de onanista que de jazzera. Me halaga lanzarte ese guiño cómplice aun sin saberlo, me halagan las comparaciones que no son, ni muchísimo menos, odiosas. Me halaga que hayas dejado tu primera (espero que no última) huella en este blog que ya es tan tuyo como mío. Besos enormes

Anónimo: estuve en el de ayer, estuve. Fue una experiencia orgásmica, entre el terremoto emocional y el paraíso en la tierra... Hablaré de él, claro, cuando empiece a recuperar el equilibrio. Y, aunque te permito la pamplina, ¿quién eres? No has firmado y no te reconozco en las letras que has dejado. Besos