Sobre la navidad, sobre los blogs y sobre las gracias de fin de año

Mi auto-regalo de este año

Inmersa en la navidad, que es una época del año que odio especialmente, escribo estas líneas tras un tiempo de abandono "blogístico". Un amigo-amante me comentaba que su blog le crea adicción. De modo que todos los días (o casi todos) eyacula sobre la pantalla sus fantasías y realidades. Tiene razón. El mundo blog crea una adicción extraña. No escribo a diario, pero sí miro todos los días si alguien ha comentado alguna "pichez" de las que acostumbro a soltar. Curioso el mundo blog. Nunca escribí un diario. De pequeña, las señoronas cursis, pacientes de papá o mamá, me regalaban diarios con hojitas perfumadas y decoradas. Nunca escribí en ellos más de una página. Los empecé todos, con la firme de convicción y el buen propósito de continuarlos. Igual que todos los 31 de diciembre me prometo que dejaré de fumar, que no me meteré en más relaciones complicadas, que por fin haré caso a mi padre y asumiré que acabaré soltera, que terminaré mi primera novela, que nunca más follaré sin condón, que no volveré a ver ninguna película española para no cabrearme... Pero al día siguiente, como ocurría con aquellos diarios, apilo mis buenos propósitos y les meto fuego con la incoherencia que rige mi vida.

Inmersa en la navidad, os decía. La navidad nunca me ha gustado, ni siquiera cuando era pequeña. Recuerdo que en casa poníamos un Belén de artesanía que mis padres tenían. Mi padre, que siempre ha sido un niño grande, se ilusionaba y me decía paciente "Ahora haremos un río con papel albal". Yo, con una sensación que entonces no sabía que se llamara "desidia", pensaba en que el día 8 o 9 de enero habría que recoger todo ese circo, limpiar las pelusillas de las tiritas de colores, tirar el puñetero musgo podrido... De modo que me agobiaba poner el Belén porque luego habría que quitarlo. Ni siquiera me gustaban los Reyes, porque acostumbraban a traerme lo que mi madre consideraba que necesitaba y no lo que quería. Así, año tras año, los juguetes que me traían no eran los que quería sino los que "duran aunque hagas el bruto con ellos". Lo único bueno de la navidad era la visita de mi abuelo "gamberro" (un pseudónimo que no sé bien cómo llegó a ganarse). Mi abuelo era dios. Mi abuelo era pobre y no me traía juguetes. Mi abuelo era lo mejor de la navidad. Me cogía a su mano y presumía de compañía. Quizá ninguna niña sintió celos, ahora lo sé. Pero en aquel entonces, ir abrazada de aquel señor mayor con boina y un olor corporal a tierra y trabajo, me parecía la posición más alta para una señorita de la más alta alcurnia. Mi abuelo me guiñaba un ojo mientras hacía rabiar a la abuela. Mi abuelo veía el telediario y asentía los comentarios del político de turno hasta que una pegatinita decía que era de Alianza Popular (en aquellos años, aún no había ni Gaviota ni Partido). Entonces, el soldadito republicano que fue, se ponía de pie, soltaba con violencia la cuchara y gritaba "hijo de puta, porque tu madre es una puta". Después, cuando el personaje dejaba de hablar en aquella cajita cuadrada, se calmaba y seguía comiendo como si tal cosa. Mi abuelo era lo mejor de la navidad y de mi vida en aquellos años de infancia y sueños tontos.

Escribo inmersa en esta época del año que tan poco me gusta. Pero, con el tiempo, una va aprendiendo. Aprovecho para autoregalarme cosas en nombre de sus Majestades de Oriente (acaba de llegarme el dvd de Mo’ better blues, de Spike Lee, que compré en Amazón, que mola mucho más que la Fnac; y la Familia, con sintonía de El Padrino de fondo, me ha regalado tres colecciones que suman más de 200 cds de jazz). Ya no me hago promesas extrañas el día 31 de diciembre. Seguiré follando con hombres a los que no podré tener nunca, seguiré fumando (aunque la ministra me diga que no lo haga), seguiré dejándome medio sueldo en la Fnac (aunque sé que debería ahorrar para huir a New York la próxima vez que me partan las entrañas), seguiré odiando la navidad y seguiré escribiendo en este blog. Aunque sólo sea para ver si le he tocado la fibra a alguno de mis comentadores, a los que quiero de un modo extraño (Erradizo, Manolo, Stauff, El Selenita, Kirk534, Cineconjazz, Jazzman, Donbyass, Natxo... en fin, todos).

De modo que, inmersa en la navidad, quería aprovechar para daros las gracias a todos los que habéis pasado por aquí. A los que habéis hecho que me sienta C’est si bon. A los que me habéis emocionado. A los que me habéis encontrado un yacimiento de sonrisas. A todos, JASS IT UP, BOYS!!! (y no adapto el "boys" porque, al fin y al cabo, todos sois hombres)

4 comentarios:

Metalman dijo...

Tu abuelo sí que sabía... Mierda de Navidad... arggggg.

New York siempre estará allí... El Blue Note te espera...

Besos Húmedos

Erradizo dijo...

En mi caso sin duda tocas alguna fibra, tu blog me produce una extraña mezcla de ansiedad, morbo y curiosidad.

Eso unido a tus recientes colecciónes de mas 200 cd's te convierten en una de las mujeres mas interesantes que (no) conozoco :)

cineconjazz dijo...

Gracias por nombrarme en tus agradecimientos.

Un beso.

Y si vas a Nueva York, ya nos contarás a qué huele esa maravillosa calle 52.

Olvido A. dijo...

Metalman: sí, New York siempre estará ahí, para hacerme un hueco entre sus sábanas cuando los penes con piernas me hagan huir de mi Madrid en obras. Y sí también a lo de mi abuelo. Mi abuelo era dios.

Erradizo: muchas gracias por tanto piropo junto. Siempre admiré a las mujeres que producían ansiedad, morbo y curiosidad. Tú eres mi ojito derecho ;)

Cineconjazz: ¡Qué menos! Y ya he estado dos veces en la gran manzana. Sus calles (no sólo la 52) huelen maravillosamente bien. Huelen a jazz, huelen a mil culturas haciéndose su hueco, huelen a las películas de Woody Allen y te hacen sentir que estás en un paraíso extraño.