Lo mejor y lo peor de 2005


Cineconjazz, comentador de este blog, me ha dado una idea en su blog Jácaras Reales (en realidad se la he robado, pero entre amigos ya se sabe)

Cineconjazz ha decidido acabar el año con un post sobre lo mejor, lo peor, lo más sorprendente... Así que le he robado y adaptado la idea. (Sé que él no se enfada)

Lo mejor de 2005:

- Viajar por segunda vez a Nueva York (aunque quizá esta idea debería estar también en "lo peor"). Pese a que la persona a la que fui a ver se desveló como un tirano rencoroso, Manhattan es una ciudad para perderse. Me perdí en Strand Books (La Librería por derecho propio), compré cds de jazz, comí Hot Dogs de carritos temerarios, me salí a la puerta de los locales para poder fumar (y qué bien sabe el tabaco allí, por cierto)... Quiero volver, porque me da miedo acabar relacionando Nueva York con el personaje que me la presentó y cogerle una manía injusta a la ciudad que nunca duerme.

- Agosto. Fue el mes en el que Javi, Aarón y yo nos fuimos a Valladolid a hacer el primer curso del Master en Historia y Estética de la Cinematografía. Las clases eran fabulosas, la gente grotesca y circense, las películas se movían entre la obra maestra y la intragable casposidad. Timbas de pocker hasta las mil de la madrugada. Un librero aficionado al jazz que vendía libros de cine. Unos vecinos muy étnicos que nos acojonaban. Porteros que no sabían lo que significaba la palabra "cordialidad". Concierto de jazz en un castillo perdido a unos 30 kilómetros de todo resquicio de vida humana. Tablao flamenco. Borracheras y el juego "Yo nunca". El Herminio’s, fantástico club de jazz... Por favor, que llegue ya Agosto 2006.

- "Navegantes entre estrellas", obra de teatro escrita y dirigida por mi amigo Aarón Rodríguez, llena de sarcasmos, referencias a Tom Waits y protagonizada por Javi. Impresionante. Aarón es un escritor genial, el problema es que no termina de creérselo. Pero poca gente me ha puesto en la tesitura en la que me pone él. Me explico. Yo sé que un libro me gusta mucho cuando creo que me han robado la idea, cuando mataría al escritor y deseo haberlo escrito yo. Eso me pasa con todo lo que leo de mi amigo Aarón Rodríguez. Ojalá un agente se dé cuenta y más personas puedan odiarle como yo le odio.

- El concierto de la New Orleans Jazz Band, en el San Juan Evangelista. Me acompañaba David, que es un tipo que se va haciendo un hueco enorme en mi vida. Le habla bien de mí a un poeta-actor con el que quiere emparejarme. Lee mis cuentos y se los pasa a sus conocidos. Y, de un modo extraño, hace que me vuelva a sentir "escritora" (aunque en realidad sólo sea una persona que juega a escribir).

- Cinematográficamente: Creo que algunas de estas películas se estrenaron en 2004, pero yo las vi en 2005. American Splendor, Entre copas, Million Dollar Baby, Match Point (aunque Aarón diga lo contrario), Sin City, The Soul of a Man (aunque no la vi el mejor día), Saraband, Capturing the Friedmans, el falso documental CSA, Primavera, verano, otoño, invierno... primavera, 2046,... (Sé que me estoy dejando algunas)

- Dvd: Películas que han caído en mis manos y que me han encantado este año... Son demasiadas. Resumo. Me compré Bird, Mo Better Blues, Ascenseur pour l’echafaud, Jazz: La Historia (serie de documentales de Ken Burns),... Pirateé de mi querido "Séptimo Arte Digital" (calle Hortaleza, 69): Olvídate de mí (Eternal Sunshine of the Spotless Mind), La vida es un milagro, todo Woody Allen, El Padrino (I, II, III y extras), Corazonada, Miedo y asco en Las Vegas, Media Noche en el Jardín del Bien y del Mal, The Last Waltz,... Muchas. Demasiadas.

- Libros: Miles Davis y Kind of Blue. La creación de una obra maestra, de Ashley Kahn; Pero hermoso. Un libro de jazz, de Geoff Dyer; La música del azar, El libro de las ilusiones y La noche del oráculo de Paul Auster (sí, se me ve el plumero, es posiblemente mi escritor en activo preferido); El mundo como supermercado, de Michel Houellebecq; Escrutaba la locura en busca de la palabra, el verso, la ruta, de Charles Bukowski, Tristano muere, de Antonio Tabucchi; Memoria de mis putas tristes de Gabo,... Muchos más.

- Discos: Aquí sí que hay una lista interminable. Miles Davis y Michel Legrand, Dingo; Nils Landgren, Sentimental Journey; Wynton Marsalis, The Midnight Blues; John Coltrane, My Favourite Things; Duke Ellington, Mood Indingo; Kenny Burrell, Midnight Blue; Charles Mingus, Mingus...; Charlie Parker y Miles Davis, Bluebird... (No os quiero aburrir, en serio)

- Mi trabajo. En enero me convertía (gracias al despido de un jefe insufrible) en Codirectora de El Universitario Europeo y asumía la asignatura de prácticas de prensa escrita.

- Volver a ganar un concurso literario (siempre sube el ego)

- Coordinar el Club de Literatura Prosa de la Universidad.

- Este blog. Lo que me ha traído. Vosotros, que lo leéis.

- Retomar el contacto con Antonio Alay, un fotógrafo maravilloso, una personalidad excitante, una sonrisa contagiosa.

- Mis amigos gays, que me hacen sentir guapa, que me tocan las tetas y que me dan picos.

- El piropo de un desconocido en un Irlandés. "No puedo dejar que te marches sin decirte que eres la mujer más linda que he visto en mi vida".

- La amistad con Javi. Que me llamara "Mama Olvido" y que me dijera que va a crear un personaje inspirado en mí

- La amistad con Ainhoa. Este año se ha convertido en un glóbulo más de mi sangre.

- El Hombre. Porque nunca me habían hecho disfrutar tanto sexualmente. Porque nunca me había embobado tanto escuchando hablar a alguien. Porque nunca había contado tanto el tiempo que faltaba para verle. Porque nunca había deseado tanto venderle el alma al diablo a cambio de que él pierda su alma y su esclavitud por mí.

Lo peor:

- Katrina. Especialmente, aunque sea injusto, me conmovió las entrañas, el telediario me arrancó lágrimas y cuando, pasado el tiempo, veo imágenes, aún se me encoge el estómago.

- Los meses que perdí con el individuo que vivía en Nueva York.

- La ansiedad por un DEA que no tenía con quién hacer.

- Las obras de la M30 al lado de mi casa.

- El concierto de Erik Truffaz en el San Juan Evangelista.

- Todas las películas españolas que he visto (valgan de ejemplo: Segundo Asalto, Mar adentro, Princesas, la horripilante La Mala Educación...)

- El accidente que me ha dejado sin coche.

- Algunos profesores del Doctorado de la Complutense.

- No haber terminado aún aquella novela que me prometí acabar en 2005.

Esto se hace muy largo. Pero es que, al fin y a cabo, una es una exhibicionista de sus miserias y de sus grandezas.

De nuevo, gracias a los que habéis llenado de vida y jazz este blog. Ojalá que dentro de un año todos nosotros sólo tengamos cosas buenas que recordar.

Los propósitos para el nuevo año y las gangas de la Fnac


Escribo esto el penúltimo día del año, que es un día igual que cualquier otro. Nos venden la moto de que hay que acabar el año entre uvas, oro en la copa y mariscada tremenda. Nos venden que hay que ir a una discoteca a beberse todo el garrafón que entre en el hígado. Nos venden que hay que hacer examen de conciencia y empezar el nuevo año con una lista de buenos propósitos.

Yo no tengo buenos propósitos para 2006. Al contrario, voy a ser muy mala. Hace menos de un mes podría haberme matado en la M50. Así que he decidido que mis propósitos de "perversa" niña (de acuerdo, la edad me va convirtiendo en mujer, pero como jode y éste es mi blog...) van a ser:


- No dejar de fumar (me da igual ser una perseguida, me da igual que me miren mal en la parada del autobús personas que nunca se han quejado ni se quejarán del humo de los coches)

- Follar mucho (o al menos lo que me dejen)

- Beber buenos vinos, buenas copas de ron, buenos chupitos del tito Jack,... Mi hígado es muy bueno y no se queja.

- Seguir sin tratarme mi adicción por las gangas en forma de cds de jazz de la Fnac.

- Seguir igualmente con mi adicción a Amazon.

- En contra de lo que me dicen mis amigos (que sé que lo hacen porque me quieren), no dejaré a "El Hombre". Entiendo vuestra postura y entiendo que os acojona el sufrimiento que se avecina. Sé que lo voy a pasar mal y sé que me encerraré en casa a llorar con Billie Holiday o Chet Baker. También sé que lleváis razón cuando me decís que me miente con respecto a la supuesta falta de sexo con su pareja. Sé que tiene una deuda moral con ella y que nunca va a dejarla. Pero vosotros no estáis bajo mis sábanas cuando me eleva al séptimo orgasmo. Ni sentís las hormiguitas vaginales cuando pienso en su mirada sonriente y canalla al penetrarme desde arriba. Así que, como amigos y porque sé que nos queremos, os pido por adelantado que estéis conmigo cuando se me rompan las entrañas (porque todos sabemos que así va a ser)

- No voy a abrir ninguna Cuenta Vivienda. Me gastaré ese dinero en copas en el Populart o en el Segundo Jazz (aprovecho esta ocasión para buscar compañía de parranda jazzística, si alguien se apunta, que deje su mensaje)

- Y sobre todo, aunque quiera dedicarme a la Teoría Cinematográfica, seguiré sin ver las películas de Abbas Kiarostami (lo siento, Aarón)

El nuevo año va a traerme muchas cosas buenas. Lo sé. En verano tendré que dejar en Depósito mi DEA (antes llamada Tesina), que es una culturetada de las mías: "Los valores socioculturales de Estados Unidos a través del cine: El personaje del músico de jazz". Sé que es un DEA que no vale para nada y que no le interesa a nadie. Pero la cosa es divertirse, y trabajar con Bird, Mo’ Better Blues, Ray, El Padrino, Cotton Club,... es mi idea de divertimento disfrazado de laburo.

Por último y para acabar, os voy a recomendar los discos que compré ayer en la Fnac. Me pasa que, cuando veo una ganga, no puedo reprimir la necesidad de llevarmela a casa. Soy una adicta a Emule, pero no tengo la culpa de que, en la Fnac, a veces se vuelvan tontos y pongan unas cosas a unos precios... Juzgar por vosotros mismos:




Chet Baker. Quadromania. Time after time. 4 cds. Membran Music. 6,75 € (¡¡!!)

Eddie "Lockjaw" Davis. The Best of. (Con Ray Barretto, Roy Haynes, Don Patterson... entre otros) Prestige Records. 6,50 €

Lester Young. Basie Days. Sagajazz.6,50 €

Sam Rivers. Crystals. Colección Impulse. Verve Records. 8,50 €

Jazzin’ the Classics. A musical Sacrilege: from Bach to Liszt. Sagajazz. 6,50 €

Sidney Bechet et Claude Luter. Jazz in Paris. Gitanes Jazz Productions. 8,75 €

Count Basie. Kansas Jump. Acrobat Music. 4,50 €

Bix Beiderbecke. Davenport Blues. Sagajazz. 6,50 €

Black California. Central Avenue 1945-1950. Sagajazz. 5,95 €

West Coast Jazz. Hermosa Beach. 1951-1954. Sagajazz. 5,95 €

¿A que entendéis que no pueda reprimir mi adicción?

Feliz año nuevo. Os deseo un orgasmo por cada uva para la noche de mañana.

Sobre la navidad, sobre los blogs y sobre las gracias de fin de año

Mi auto-regalo de este año

Inmersa en la navidad, que es una época del año que odio especialmente, escribo estas líneas tras un tiempo de abandono "blogístico". Un amigo-amante me comentaba que su blog le crea adicción. De modo que todos los días (o casi todos) eyacula sobre la pantalla sus fantasías y realidades. Tiene razón. El mundo blog crea una adicción extraña. No escribo a diario, pero sí miro todos los días si alguien ha comentado alguna "pichez" de las que acostumbro a soltar. Curioso el mundo blog. Nunca escribí un diario. De pequeña, las señoronas cursis, pacientes de papá o mamá, me regalaban diarios con hojitas perfumadas y decoradas. Nunca escribí en ellos más de una página. Los empecé todos, con la firme de convicción y el buen propósito de continuarlos. Igual que todos los 31 de diciembre me prometo que dejaré de fumar, que no me meteré en más relaciones complicadas, que por fin haré caso a mi padre y asumiré que acabaré soltera, que terminaré mi primera novela, que nunca más follaré sin condón, que no volveré a ver ninguna película española para no cabrearme... Pero al día siguiente, como ocurría con aquellos diarios, apilo mis buenos propósitos y les meto fuego con la incoherencia que rige mi vida.

Inmersa en la navidad, os decía. La navidad nunca me ha gustado, ni siquiera cuando era pequeña. Recuerdo que en casa poníamos un Belén de artesanía que mis padres tenían. Mi padre, que siempre ha sido un niño grande, se ilusionaba y me decía paciente "Ahora haremos un río con papel albal". Yo, con una sensación que entonces no sabía que se llamara "desidia", pensaba en que el día 8 o 9 de enero habría que recoger todo ese circo, limpiar las pelusillas de las tiritas de colores, tirar el puñetero musgo podrido... De modo que me agobiaba poner el Belén porque luego habría que quitarlo. Ni siquiera me gustaban los Reyes, porque acostumbraban a traerme lo que mi madre consideraba que necesitaba y no lo que quería. Así, año tras año, los juguetes que me traían no eran los que quería sino los que "duran aunque hagas el bruto con ellos". Lo único bueno de la navidad era la visita de mi abuelo "gamberro" (un pseudónimo que no sé bien cómo llegó a ganarse). Mi abuelo era dios. Mi abuelo era pobre y no me traía juguetes. Mi abuelo era lo mejor de la navidad. Me cogía a su mano y presumía de compañía. Quizá ninguna niña sintió celos, ahora lo sé. Pero en aquel entonces, ir abrazada de aquel señor mayor con boina y un olor corporal a tierra y trabajo, me parecía la posición más alta para una señorita de la más alta alcurnia. Mi abuelo me guiñaba un ojo mientras hacía rabiar a la abuela. Mi abuelo veía el telediario y asentía los comentarios del político de turno hasta que una pegatinita decía que era de Alianza Popular (en aquellos años, aún no había ni Gaviota ni Partido). Entonces, el soldadito republicano que fue, se ponía de pie, soltaba con violencia la cuchara y gritaba "hijo de puta, porque tu madre es una puta". Después, cuando el personaje dejaba de hablar en aquella cajita cuadrada, se calmaba y seguía comiendo como si tal cosa. Mi abuelo era lo mejor de la navidad y de mi vida en aquellos años de infancia y sueños tontos.

Escribo inmersa en esta época del año que tan poco me gusta. Pero, con el tiempo, una va aprendiendo. Aprovecho para autoregalarme cosas en nombre de sus Majestades de Oriente (acaba de llegarme el dvd de Mo’ better blues, de Spike Lee, que compré en Amazón, que mola mucho más que la Fnac; y la Familia, con sintonía de El Padrino de fondo, me ha regalado tres colecciones que suman más de 200 cds de jazz). Ya no me hago promesas extrañas el día 31 de diciembre. Seguiré follando con hombres a los que no podré tener nunca, seguiré fumando (aunque la ministra me diga que no lo haga), seguiré dejándome medio sueldo en la Fnac (aunque sé que debería ahorrar para huir a New York la próxima vez que me partan las entrañas), seguiré odiando la navidad y seguiré escribiendo en este blog. Aunque sólo sea para ver si le he tocado la fibra a alguno de mis comentadores, a los que quiero de un modo extraño (Erradizo, Manolo, Stauff, El Selenita, Kirk534, Cineconjazz, Jazzman, Donbyass, Natxo... en fin, todos).

De modo que, inmersa en la navidad, quería aprovechar para daros las gracias a todos los que habéis pasado por aquí. A los que habéis hecho que me sienta C’est si bon. A los que me habéis emocionado. A los que me habéis encontrado un yacimiento de sonrisas. A todos, JASS IT UP, BOYS!!! (y no adapto el "boys" porque, al fin y al cabo, todos sois hombres)

Un te echo de menos y el jazz en mi vida (post dedicado a Erradizo)

Canal Street Jazz Band en Populart


El ser humano tiene la capacidad de emocionarse. Cuando era más jovencita y me balanceaba entre los primeros cigarrillos y los primeros cubatas robados a la vida, me preguntaban en clase de Filosofía en qué se diferenciaba el ser humano del resto de animales.

“Los animales no piensan”, decían mis compañeros. Yo me acordaba de todos los perros que he tenido. Y si no se les puede atribuir la capacidad de pensamiento, sí tenían un ingenio y una capacidad de discernir asombrosas. Luego estaban sus miradas. Los que han tenido perros supongo que me entienden. Layla, que es mi perra actual, me mira como un auténtico ser humano. Sé que no entiende mis tristezas ni mis alegrías. Pero me mira y me parece averiguar en ella un amago de comunicación no verbal. La última vez que me emocioné con ella fue gracias a Miles Davis. Yo había puesto el típico Kind of Blue. Entonces, escaló por la cama hasta la almohada (yo estaba tumbada, mirando a las musarañas del techo) y me lamió tímidamente la cara. La miré y sus ojos parecían decirme “me gusta esta música”. Sí, ya sé, un perro no se emociona con música ni comunica que le gusta. Sólo digo que me pareció entender eso.

Hoy también me he emocionado. No ha sido por Layla (a la que llamé así en honor a Eric Clapton). Un comentador de este blog me ha escrito un correo electrónico para decirme que me echa de menos. Es cierto que llevo sin escribir bastante tiempo. Un accidente de tráfico, una situación sentimental que se balancea entre la locura y la ansiedad, una baja médica, una tesina que quiero perfilar, una novela que he retomado... me han alejado del blog. Este blog empezó para ponerle palabras a la importancia que el jazz tiene en mi vida. De vez en cuando, sin embargo, le soy infiel a aquella idea inicial y hablo de tonterías, como hoy, que transcribo la emoción de un “te echo de menos”.

El jazz ha estado todos estos días en los que no he escrito. El otro día me pasé por la Fnac y me compré unos discos maravillosos y totalmente recomentables:
- Duke Elington con John Coltrane
- Django Reinhardt & Michel Warlop,
Two of a Kind
- John Coltrane,
Live at the Village Vanguard again!
- Django Reinhardt
et Le Hot Club de France
- Don Byas, En ce temps-là

Llegó mi paquetito con la suscripción que hice a la colección de conciertos “This is DVDjazz”.

Me senté en el sofá y vi por enésima vez el episodio segundo de “Jazz: La Historia”, la serie de documentales realizada por Ken Burns (por cierto, en Fnac han puesto la serie de oferta)

El viernes fui con mi amiga Ainhoa al Populart y nos perdimos en la mirada traviesa, caliente, arrolladora del batería de Canal Street Jazz Band. En el descanso, era un chico tímido que no se separaba de los miembros del grupo. Sin embargo, durante la actuación, consiguió excitarnos a mi amiga y a mí. Me gustan las miradas, me gusta perderme en las miradas de la gente (sobre todo en personas de género masculino). También me gusta y me excita el jazz. De modo que un batería de mirada arrolladora de un quinteto de jazz tenía que removerme la pasión. Recordé el chiste y se lo conté a Ainhoa. Ya saben, “¿qué es un cuarteto de jazz? Tres músicos y un batería”. Las dos nos reímos, pero seguimos suspirando y perdiéndonos en aquella mirada.

El jazz ha estado ahí todos estos días. Es sólo que no me apetecía escribir. Pero entonces te escriben un correo electrónico con un “te echo de menos” y se te enciende algo por dentro. Te pones “In a Sentimental Mood” y te sientes menos sola.

Nunca me ha gustado la Navidad

La imagen lo dice todo

Nunca me ha gustado la Navidad.
No me gusta tropezarme con bombillas que forman campanas, abetos o renos.
No me gustan las maratones para apadrinar niños del tercer mundo y, con eso, limpiar nuestras conciencias de occidentales.
No me gusta el mazapán.
No me gusta recibir postales navideñas, personalizadas, de un banco en el que ni siquiera estoy segura de haber tenido nunca una cuenta.
No me gusta el bombardeo de anuncios de juguetes.
No me gusta que programen, otro año más, películas como “Un novio por Navidad”.

Nunca me ha gustado la Navidad.
No me gusta que se vendan discos de “jazz for christmas” hechos por gente que, a pesar de todo, respeto profundamente.
No me gusta tener que hacer regalos, con prisas y sin meditarlos, sólo porque es navidad.
No me gusta que tengan que regalarme porque lo dicen las fechas.
No me gusta que la gente me pregunte, al venir a casa, “¿es que no pones el belén?”.
No me gusta toda la solidaridad nauseabunda de la que presume la gente de mi entorno.
No me gusta tener que brindar con cava de Valladolid porque a unos cuantos fascistas descerebrados se les ha ocurrido que hay que hacer boicot a un pueblo que, particularmente, me cae de puta madre.

Nunca me ha gustado la Navidad.
No me fío de las bellísimas presentadoras de televisión que nos hablan de niños ilusionados con la cabalgata de los Reyes Magos.
No estoy de acuerdo con comprar christmas de Médicos Sin Fronteras (si no lo hago el resto del año, ¿por qué darles ahora un donativo? No, señores, no creo en las ONGs)
No me gustan los villancicos, ni flamencos, ni populares, ni jazzísticos, ni rockeros.
No me gusta que mis amigos se gasten el dinero que no tienen en décimos de lotería de navidad.
No me gusta, de paso, el calvo que anuncia la suerte, aunque todas digan que está muy bueno.
Y no me gusta, sobre todo, la mala leche que se me pone de tener que estar, presuntamente, de buen humor estos días.

Nunca me ha gustado la Navidad.
No me gusta Papá Noel, ni los Reyes Magos, ni la puta madre que los parió a todos.
No me gusta la copa de cortesía con compañeros de trabajo que, el mes que viene, ni siquiera me saludarán.
No me gusta que todos sueñen con salvar el mundo invitando a un pobre a cenar en su mesa.
No me gusta tanta hipocresía.
No me gusta tanta desidia.
No. No me gusta la Navidad.

Hoy tocaba Blues

El gran John Lee Hooker

El Blues es una música cojonuda que nos pone a todos de acuerdo. Un rocker, un heavy, un popero y un jazzero tienen unas raíces comunes: el Blues. Antes de que Elvis moviera su pelvis enloqueciendo a las adolescentes en celo, antes de que AC/DC buscaran a Brian Johnson para sustituir a un cantante ahogado en su propio vómito de alcohol y drogas, antes de que los Beatles grabaran su primer disco, antes, mucho antes, de que un cliente borracho le increpara a The Original Dixieland Band un "Jass it up, boys!", el Blues ya estaba corriendo por los vasos de bourbon de Estados Unidos.

Mi primer coche se llamaba Hooker. Le puse el nombre en honor al bluesman. En el argot americano, "hooker" significa "putita". Así que mi coche estaba condenado a llamarse "Hooker". Era, según el seguro, de color "rojo pasión", su matrícula era "5959" (si hubiera sido 6969 hubiera sido un zorrón en toda regla, pero resultó sólo un zorroncito, una "putita"). Además, era viejo y tenía alma de Blues. Hooker fue un bluesman que cambió el concepto del Blues. No recuerdo exactamente sus palabras, pero vino a decir algo así como que el Blues no eran lamentos y campos de algodón, sino una botella de bourbon, una mujer y una carretera (en diferentes versiones de rumorología escuchadas, he oído cómo cambiaban "carretera" por "guitarra". Da igual, el sentido es el mismo).

Cuando me saqué el carnet y conseguí a Hooker, mi vida era sexo, alcohol y una carretera (aunque también me vale música, porque pasaba horas y horas escuchando cintas en el radio-cassette del coche). Por ello, una vez más, mi coche debía llamarse Hooker. Estaba predestinado a recibir ese nombre. Además, una, que ha sido cultureta toda su vida, estaba encantada con que su coche se llamara así y poder contar las coincidencias cada vez que un ser extrañado preguntaba un por qué.

El Blues, antes que el Jazz, ha estado presente en mi vida. Pasé del Rock setentero, al Blues. Y de éste, al Jazz (aunque he de reconocer que, entre medias, tonteé con otros estilos que no han dejado demasiada huella). Y, hoy, tocaba Blues. Venía a casa "El Hombre", un individuo que me hace viajar al séptimo cielo y que me tatúa sonrisas en la cara. "El Hombre" no es jazzero, sino heavy. De modo que nunca me acompañará a un concierto de Jazz. Sin embargo, sus raíces y las mías coinciden en el Delta del Mississippi bajo los acordes de un Blues desgarrado. Así que, mientras me perdía en su mirada marrón, un recopilatorio que mi amigo Aarón me recomendó bajarme de la mula, sonaba en el salón.

"El Hombre" se ha marchado hace unos minutos y el Blues sigue inundando mi salón. Pienso en Hooker, pienso en "The Soul of a Man" (falso documental dirigido por Win Wenders y producido por Scorsese) que fui a ver a los cines Princesa hace demasiados meses. Pienso, también, en los viajes que hacía con Diana mientras, en el coche, sonaban desde Jimmy LaFave a B.B. King. Pienso en "El Hombre" de nuevo, en lo cómoda que me siento con él, en lo poco que me gusta que tenga que marcharse. Y, de pronto, sonrío, me regaño a mi misma. Es hora de prohibir que la imaginación vuele. Así que me enfado conmigo misma por engañarme haciéndome ilusiones de niña tonta. Yo siempre quise que me escribieran un "Blues" y las damas que inspiran Blues nunca se hacían ilusiones de niña tonta.

Mañana volveré a escuchar Jazz, pero hoy tocaba Blues. De modo que hoy tocaba el desgarro en lugar de mover, optimista, las caderas. Ustedes me perdonan, ¿verdad?

A veces el jazz no lo es todo

Fotografía cedida por mi amigo y artista El Selenita

Club de jazz en el centro de Madrid.
Luz tenue.
El cuarteto de Freddy Cole (hermano de Nat King).
Humo, whisky, ron, ginebra, intimidades compartidas al ritmo de las teclas del piano.
Un estallido de aplausos.
El concierto ha terminado.


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Tres horas antes estaba a punto de empezar el primer pase.

Mi coche buscaba un sitio donde esperarme mientras yo disfrutaba de mi pasión musical.

Mi amigo Gonzalo trataba de tranquilizar mi ansiedad. Pero era inútil. Iba a empezar el primer pase y yo seguía dando vueltas como una idiota por los alrededores de la calle Barquillo.

La ventana un par de dedos bajada. El humo empezaba a escocerme en los ojos y la calefacción, para evitar un sobrecalentamiento en el motor, hacía necesaria esa rendijita de aire. Aunque la tos de hoy, me dice que quizá no fue tan buena idea al fin y al cabo.

Un hombre (vamos a llamarle hombre, aunque podríamos llamarle "ser vivo mediocre") nos adelanta en moto. Charles Mingus inundaba todo el espacio con el volumen adecuado, lo suficientemente bajo como para poder conversar y lo suficientemente alto como para que se nos metiera por todos los poros.

El ser mediocre se nos queda mirando con un casco del que escapan, despavoridas, luces azules y una música (por llamarlo así en lugar de "ruido perjudicial para la salud mental"). De pronto la reconozco. ¡¡¡Es reagetón!!! El ser mediocre nos mira, como con orgullo, como lanzando un desafío escrito en su mirada ridícula: "¿A qué molo, nena?"

Entonces, a mí se me pone mirada de perplejidad. Es una escena muy cinematográfica. Me quedo rígida, no puedo reaccionar a semejante espectáculo. Metro y medio de ser mediocre de género masculino, con un casco que lanza luces azules y reagetón, que me mira cual cowboy duro de Texas.

Consigo salir de la catatonia, aún no sé cómo. Cierro la ventana del coche y subo el volumen. Mingus vuelve a tomar posesión de nuestra capacidad auditiva.

El ser mediocre cambia de objetivo visual. Esta vez, lanza su lazo de cowboy a una yegua-chica a la que puede ver a través de la ventana de un restaurante. Y en ese momento, soy capaz hasta de hablar. Grito, sumida en una agonía muy existencialista: "¡¡¡Cuánta mediocridad!!!" Gonzalo se ríe. Y su risa se me contagia. Son las 11.30, el primer pase de Cole ya ha empezado, pero da igual, he conseguido relajarme.

En un momento de lucidez, se nos ocurre que podemos meternos en el segundo pase. Era algo que yo quería evitar a toda costa, ya que después del concierto me apetecía ver a un hombre (esta vez sí usamos hombre en su más correcta acepción, aunque podríamos decir también "El Hombre"). Me apetecía besarle y juguetear a ser amantes hambrientos de sexo. Pero "El Hombre" es un encanto y entiende que necesito ver a Cole pero que necesito más aún besarle después. Así que esperará a que yo esté libre.

No hay nada como ir con tiempo. Por fin encontramos un sitio donde dejar el coche. Caminamos hasta un bar. Chopitos, bravas y vino. Excelente elección. Nos traen una botella joven de Ribera del Duero, un Fuentespina Granate de 2004, deliciosa, que se nos mete en la sangre dejándonos esa errónea capacidad humana para decir ñoñeces y una colección infinita de tonterías.

Hacía tiempo que Gonzalo y yo no nos veíamos. La última vez habíamos tenido un encuentro bajo mis sábanas. Gonzalo es un enamorado del amor. Yo se lo digo. Él no se enfada, porque lo tiene asumido. Él prefiere un amor con poemas de Girondo y canciones románticas de Sabina. Yo busco una pasión con poemas de Bukowski y canciones desgarradas de Tom Waits. De modo que, en nuestro buceo "subsabanil", no nos llegamos a poner de acuerdo y a mí se me puso una mala leche que no sé cómo puedo sacar de tan sólo 158 centímetros de altura. Pusimos tiempo y obras de M30 de por medio y ayer, después de algo más de dos meses, volvimos a vernos. Esta vez no discutimos. Él dejó caer algún piropo y yo le hablé de mi nuevo amante. El vino, ya les dije, hace que nos pongamos ñoños.

A las 12.15 fuimos hacia el Bogui Jazz. Estaba terminando el primer pase. La gente no se iba. Por un lado era buena señal. El cuarteto era lo suficientemente bueno como para que la gente se tragara dos pases seguidos. Pero por otro lado, significaba que no se quedaba ni una triste silla libre. Así que una se apalanca en la barra, se sumerge en el maravilloso mundo del Brugal con Coca Cola y deja que sus caderas se le muevan al son de las teclas del piano.

Cuando el concierto, excelente concierto, estaba llegando al final, saqué el teléfono móvil, en vibración, del bolso. Mensaje de texto. "Quiero besarte". Enviar. Poco después, "Tiene un mensaje nuevo". Me dice que va a besarme. Así que la felicidad del jazz, mezclada con la alegría del vino y del Brugal, se fusionan con la excitación por el sabor de unos labios que necesito besar, como Charlie Parker necesitaba su heroína.


Antes de irme, Gonzalo me hizo una foto con Freddy Cole.




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Ya sé, ya sé. No he hablado mucho del concierto. Ni tampoco he hablado mucho de jazz. Pero es que a veces, sólo a veces, el jazz no lo es todo. A veces una bebe vino, se pone ñoña y se pierde en la mirada de "El Hombre". Y, entonces, por unos momentos, con el recuerdo aún caliente de un buen concierto de jazz, con el sabor del excelente Brugal aún en el paladar y con un cuerpo masculino que me crea adicción, el mundo vuelve a ser, simplemente, cojonudamente perfecto.

C'est si bon




Hoy tenía yo el día "C'est si bon", que es una expresión francesa que viene a decir "Es tan cojonudamente bueno..."
Llevo ya unos días "C'est si bon". Ustedes que me leen, ya saben qué significa llevar unos días así. De pronto, las obras en la puerta de mi casa ya no son tan molestas. De pronto, ante un alumno tontorrón, en vez de enfadarme, sonrío y se me llenan mis 158 centímetros de paciencia y ternura.

Yo acuñé a mi vida la expresión "C'est si bon" tras conocer la canción de Louis Armstrong. Sí, ya sé, ahora me vendrán y me dirán que qué hago yo escuchando a Armstrong. Después del Be Bop, del Hard Bop y del Cool Jazz... ¿Qué hago yo recuperando a Louis?

Louis Armstrong me ha alegrado muchas mañanas de camino al trabajo. Me ha dibujado una sonrisa idiota tras un enfado entre amigos. Incluso muchas tardes de hastío enfermizo, Louis Armstrong ha aparecido en mi lector de cd para guiñarme un ojo y, con ello, ha conseguido convencerme de que moviera las caderas al son de su trompeta. Y por eso, porque me ha salvado de la apatía muchas veces, sin pedirme nada a cambio, no consentiré que me critiquen a mi querido Louis. Y me batiré en duelo, con un espadachín bien afilado, con quien ose negarle su importancia en la historia del jazz.

Su canción "C'est si bon", es mucho más que una canción. Es un tema que me da buen rollo, que ha pasado a convertirse en una forma de llamar a ciertos estados de ánimo. Es una melodía que me hace sentirme guapa y sexy. Es una voz que me llena de alegría. Es la canción que me hubiera gustado que me dedicaran, acompañada de un guiño sexy y una sonrisa hambrienta.

Esta mañana, en una superficie comercial, he visto un cd del trompetista. Una edición de esas cutres que sacan de vez en cuando. He mirado la lista de canciones. En el cuarto lugar, "C'est si bon". Me han entrado unas ganas horribles de escucharla en ese mismo momento. La ansiedad del yonki o la impaciencia del niño pequeño, no lo sé. Pero no me ha quedado más remedio que comprarlo. Ya en el coche, he abierto el cd, lo he metido en la radio y me he fumado un cigarro tranquilamente, con la sonrisa de mi día "C'est si bon" deslumbrando todo el parking (aunque creo que nadie ha visto esa luz aparte de mí)

Y ahí sigo, con mi día alegre, con mi nuevo cd en el reproductor de casa y con las caderas que se me van al ritmo de la trompeta de Louis Armstrong.

The New Orleans All Stars Jazz Band y la magia de un buen concierto

La foto se hizo con un móvil. Lamento la calidad


Cuando entré en el anfiteatro del San Juan Evangelista, el recuerdo me viajó a la decepción que, un par de semanas antes, me había invadido con el huracán Truffaz.
Me senté con miedo. Temiendo que, quizá, se me hubiera perdido aquella magia de tiempo atrás. No sé cómo explicarlo. Antes, cuando iba a un concierto de jazz, me sentía el centro de un universo que, por unos instantes (una hora y media, aproximadamente) funcionaba en perfecta armonía. Erik Truffaz fue el descubrimiento de que, en algunas ocasiones, “jazz” no iba necesariamente unido al concepto de “felicidad”.

David estaba a mi lado. No sé por qué, pero nunca he sido capaz de ir sola a un concierto. Mi amigo Aarón me dice que el día que consiga ir sin nadie, empezaré a disfrutar de un universo nuevo. Pero a mí me gusta tener un hombro amigo cerca. Para apretarlo con fuerza si me emociono, para tener a quien susurrarle “qué tremendo es el trompeta” o “qué sólo tan genial ha hecho el contrabajo”. No quiero acostumbrarme a ir sola. Aprendí a compartir los placeres y los vicios. Supe que un cigarro sabía mejor cuando un amigo fumaba junto a ti. Comprendí que el Brugal está más rico cuando chocas la copa en un brindis improvisado. Me acostumbré a comentar la película al salir del cine… Ya no puedo vivir sin esa compañía.

La noche del viernes fue una de esas noches en las que, de repente, todo vuelve a funcionar en una armonía mágica y perfecta. The New Orleans All Star Jazz Band volvieron a recordarme por qué un día se me fue la cabeza con el jazz. Un entrañable Mark Braud a la trompeta. Lucien Barbarin, extraordinario, al trombón. Tom Fisher, insuperable, en clarinete y saxo. Loren Pickford al piano, Kerry Lewis en un impresionante contrabajo. Rob Espino en tuba. Un maravilloso Gerald French en la batería y, por último, Charmaine Neville, puro nervio, pura sexualidad, pura genialidad, como cantante invitada.

El concierto se hacía en beneficio de los músicos damnificados por Katrina. Pero la banda, que lleva New Orleans mucho más allá de su nombre y de su sangre, demostró qué jazz se hace en ese lado del mundo. El concierto fue un derroche de alegría y risas. Fue una sonrisa ingenua dibujada en cada rostro. Fue un auditorio entero poniéndose de pie para bailar al son de las caderas de la carismática Charmaine Neville.

Yo no sé si éste ha sido el mejor concierto al que he ido en mi vida. Probablemente no, aunque me engañe la emoción que me embarga. Pero sí que es de esos que se te quedan grabados en forma de sonrisa. De modo que, cuando una echa la vista atrás y recuerda aquella noche, vuelve a sonreír con la misma ingenuidad que despertaron en mí aquellos músicos de New Orleans un viernes 11 de noviembre.

Cuando salí del concierto y me monté en el coche para llevar a David a casa, pensé que volvía a gustarme Madrid, aunque estuviera llena de obras incómodas. Pensé que había recuperado aquella magia que Erik Truffaz me había robado dos semanas atrás. Pensé que estaría bien volver a ver a esta banda cuando actúen en alguna otra ciudad. Miré el cuentakilómetros del coche y dije en voz alta “valdrá la pena”.

Sobre la edición en dvd de "Bird"


Bird, el pájaro.
Bird, el que cambió la historia del jazz.
Bird, el yonki.

Clint Eastwood es el último gran clásico. En la era de las películas con estética “MTViana”, el enjuto señor Eastwood se coloca detrás de la cámara y crea personajes de celuloide que me recuerdan a la era dorada del séptimo arte.

Clint Eastwood tiene todos los ingredientes para gustar a alguien como yo. Le gusta el jazz, le gusta narrar historias de personajes, se deleita con una buena fotografía, se toma su tiempo para que degustes y rumies bien su película y, además, le gusta el jazz. ¡Vaya! Eso ya lo dije (como Carver escribiera declarando su miedo a la muerte)

La historia del cine está llena de películas biográficas mediocres. El cine épico nunca ha sido mi favorito. No me gusta que me cuenten historias “basadas en hechos reales”. Prefiero que me cuenten un cuento, inventado, mágico, irreal… Porque cuando me encuentro con películas de gladiadores romanos, de la vida de tal rey francés del siglo XVII o de la guerra civil española, resoplo, me aburro y hasta me cabreo. Las películas basadas en hechos reales son más fantasiosas que ninguna. Y me jode mucho que me quieran vender una moto con marcha atrás y capacidad de vuelo sincronizado. Hay tantos ejemplos, que podríamos escribir una enciclopedia.
“Libertarias” es una mentira tan burda que insulta la inteligencia del espectador (me queda la esperanza de que sus fans no sepan escribir “inteligencia” sin faltas de ortografía)
“Cold Mountain” es aburrida, lenta, coñazo, irreal…
“Una mente maravillosa” es una tomadura de pelo.
“Fahrenheit 9/11” es, cuando menos, sospechosa.
Dejemos los ejemplos. Me creo mucho más la fantasía de “Big Fish” que el realismo lleno de moralina de “Los lunes al sol”.

Sin embargo, “Bird” me encanta. Es una obra de arte. Recuerdo que, durante los últimos meses, visitaba google en busca de la posible llegada en dvd. Nunca la encontraba. Veía cómo editaban en ese formato todas las películas de Almodóvar, todas las series pestilentes españolas (“Hospital central”, “Los Serrano”, “Ana y los 7”…) pero nunca mi ansiada “Bird”. Tampoco la encontraba en vhs en los videoclubs a los que entraba. De modo que, haciendo uso de la ilegalidad más placentera, me la bajé de la mula. Pero no es lo mismo. Yo soy una megalómana sin solución. Me gasto la mitad de mi sueldo en la Fnac. Y quería, con una ansiedad enfermiza, tener el dvd inexistente de “Bird”.

Y llegó el momento.
Fnac. Unos cds y unos libros. Cola para pagar. Y, de repente, “Bird”. El corazón empezó a palpitarme con fuerza, con la rapidez del yonki que, tras varios días de mono, guarda entre sus manos la recuperada dosis de heroína. “Bird”… A la saca.

“Bird” es una magnífica historia. Es una película oscura, porque los clubs de jazz son oscuros. Porque el jazz no se lleva bien con la luz del día. Porque las marcas en el brazo de Parker se hacen en la penumbra de una habitación.
“Bird” es una película magníficamente contada. Es una historia donde ningún personaje cojea. Es una música maravillosa, unos guiones que, pudiendo haber caído en la moralina facilona, escapan de los tópicos y encajan en la credibilidad. “Bird” es una película de Clint Eastwood sobre la vida de Charlie Parker.

Y luego están los actores. Forest Whitaker (“Smoke”, “Juego de lágrimas”, “Platoon”) da vida a un Charlie Parker extraordinario. Diane Venora (“Cotton Club”, “Romeo y Julieta”) es Chan, la mujer blanca del músico yonki. (Por favor, es imprescindible ver la película en inglés para darse cuenta de su voz ahogada en la angustia)
Por último, Samuel E. Wright, interpretando a un Dizzy Gillespie perfecto. Una ve su interpretación y, por momentos, se olvida de que es una película. Ves al Dizzy Gillespie que, por no caer en las drogas, por su elegancia, por su “savoir faire”, llegó a presentarse a Presidente de los Estados Unidos.

Esta es una película de esas que hay que ver. Por varios motivos. Porque es una buena película, porque es una buena historia, porque los personajes están tremendos, porque va de jazz, de buen jazz, porque es de Clint Eastwood, porque en sus dos horas y media no hay ni un minuto que sobre, porque la música es maravillosa… ¡Vaya! Eso ya lo dije.

Sobre el concierto de Erik Truffaz & Ladyland Quartet



Una se pasa la vida entera negando lo que en realidad es.
Una se dice a sí misma que no es tradicional, que es liberal, que es solidaria, que es multicultural...

Pero, un buen día, una se estrella contra sus propias mentiras y se encuentra un parecido, más que razonable, con todo aquello de lo que siempre había huido.
Siempre me dije que no sería como mi madre, pero ya voy cogiendo gestos y manías suyas (y no me molesta)
Siempre me dije que nunca tendría un traje sastre, pero en mi armario ya conviven seis modelos diferentes (y me encantan)

Recuerdo que, cuando me encontraba con un purista, del jazz, del flamenco, del arte, del cine... pensaba para mí que su intolerancia le impedía descubrir cosas nuevas y terriblemente interesantes.

Sin embargo, ayer, me metamorfoseé en una de esas puristas que resoplan con gesto de condena. En el escenario, Erik Truffaz, del que había escuchado temas interesantes y del que había leído que era "el alquimista del jazz".

Yo no sé si es la crisis del hombre que suma años o su viaje por tierras lejanas. El caso es que la banda (de la que he de decir que, individualmente, eran músicos estupendos) sonaba anárquica (demasiado anárquica) y sin melodía (sin belleza)

El espíritu del jazz es la improvisación. Sí, Truffaz y la banda improvisaban. Pero la improvisación del jazz reside en la belleza. Eso es lo grande, que aun saliéndose de la partitura, no se apartan de una estética hermosa. La belleza del jazz (la que me llevó a perder la cabeza) reside en una improvisación hermosa, en una anarquía que suena bien, que te acaricia el alma, que te pone cachonda, que es capaz de ponerte triste o hacerte saltar de alegría... No sé si me entienden.

Sin embargo, la noche de Truffaz tuve ganas de levantarme de mi asiento y abandonar el auditorio. Más que jazz-fussion parecía metal-fussion (que no tiene nada de malo, si es lo que te gusta y vas buscando)

Truffaz llevó a una guitarra estupenda, Manu Codjia. ¡Dios mío! sonaba muy rockera, muy atractiva. Y llevaba un buen batería, Philippe García, y hasta un buen cantante, Mounir Troudi. Es sólo que, juntos, no me gustaban.

Troudi desparramaba cantos árabes, que a mí nunca me han gustado. Puedo entender e intentar respetar a aquellos paisanos a los que sí les gusta esta multiculturalidad. Pero, realmente, un árabe de Tunez está tan lejos de mi mundo, como el "dale-don-dale" de Don Omar. Me parece bien que los cantos a Alá les guste a mis compatriotas educados bajo una educación judeo-cristiana, pero a mí no. Igual que me parece bien que la tontiloca de turno baile el "dale-don-dale" ajena a que cierto movimiento, que se encuadra dentro de la música de Don Omar, le daría-don-daría una paliza para quitarle de encima su occidentalismo comedor de McDonalds. Me parece bien, que conste, pero a mí no me gustan ni los cantos árabes, ni el reagetón. Está demasiado alejado de mis emociones. Toda la vida llamándome tolerante cultural... Otra mentira.

Una amiga me decía: "Olvido, pues a la gente le está gustando, mira cómo aplauden". Y yo me defendía desde el enfado arrogante: "Pero la gente aplaude por contagio".

Es verdad. Muchas veces, el público general no es entendido. Los entendidos son cuatro gatos. De modo que, si uno empieza a aplaudir, como llevados por un espíritu gregario, el resto de los espectadores también aplaudirán, a rabiar si hace falta. Esto ocurre porque tenemos un complejo enorme. Nos han vendido que la vanguardia es maravillosa y que, si no nos gusta, es porque somos unos ignorantes. Pero ocurre que nos han colado mierda en revistas especializadas, de modo que, a veces, no somos capaces de distinguir mierda de vanguardia. En el arte, por ejemplo, recuerdo una vez en la que un niño de cuatro años ganó un concurso de pintura abstracta. A eso me refiero. A que somos capaces de aplaudir un dibujo de un niño de cuatro años sólo para no quedar como ignorantes.

Oías comentarios en los lavabos. "Vaya cosa más rara". "No me gusta demasiado". Sin embargo, ahí estaban, aplaudiendo a rabiar a un tío pegado a un mac (y es que parece que las nuevas tecnologías ya no respetan nada, ni siquiera a un trompetista con sordina)

En fin, lo siento señores entendidos en jazz. No me gustó el concierto. Ustedes me dicen que este señor y su banda demuestran que el jazz sigue vivo, que su sonido es perfecto. Pero yo, entonces, me acuerdo de la trompeta de Bix Beiderbecke, que sonaba "como una chica diciendo sí". Y pienso que, mientras sus discos estén en mi estantería, el jazz no estará muerto. No hay necesidad de prostituirnos ante un ordenador.

Es cierto que no todo el concierto fue malo. Tres o cuatro temas me hicieron saber por qué estaba allí sentada y por qué había valido la pena el dinero de la entrada. Pero, a rasgos generales, la (con)fussion de Truffaz y su cantante árabe, con sus músicos rememorando sonidos metal-heavies-duros, me hizo darme cuenta de algo que me dolió mucho. Me hizo darme cuenta de que, aunque una se pase toda la vida huyendo de lo que realmente es, al final, resulta una purista intolerante.

Festival de jazz (cuarta entrega)

Me acaba de llegar un dossier sobre el festival de 53 páginas. En él viene toda la programación, incluida la de los pubs.
Como comprenderéis, publicarla aquí sería conseguir el Record al Comment más largo (y nunca me ha gustado pertenecer a la organización Guinness)
Si alguien lo quiere, que me lo pida al correo electrónico lacasiopeaa_arroba_yahoo_punto_es y lo envío gustosa.
Salud

XXII FESTIVAL DE JAZZ DE MADRID

Queridos amiguitos. Acabo de recibir la convocatoria de prensa del Festival de Jazz, donde me incluyen el programa. Como estaba en formato word, he sido incapaz de poner un enlace a él. De modo que os lo copio tal cual. Perdonad la extensión de este Comment pero, si no, no había manera. Lo que sí voy a hacer, para compensar, es libraros, en esta ocasión, de mis divagaciones y recuerdos. Os dejo con él.


XXII FESTIVAL DE JAZZ DE MADRID
Programa
CENTRO CULTURAL DE LA VILLA / AUDITORIO NACIONAL



· Paquito D´Rivera 50 Años y 300 noches
Centro Cultural de la Villa – Sala Guirau / 35 €
Invitados: Rosa Passos, Javier Gurruchaga…etc
Martes 1 de noviembre

· Preservation Hall Jazz Band of New Orleans
Centro Cultural de la Villa – Sala Guirau / 30 €
Miércoles 2 de noviembre

· Javier Vercher Cuarteto
· Dave Holland Quintet
Centro Cultural de la Villa – Sala Guirau / 30 €
Jueves 3 de noviembre

· Denis Rollins Griots t’ Garage
· Charlie Haden´s liberation music orchestra featuring Carla Bley

Centro Cultural de la Villa – Sala Guirau / 35 €
Viernes 4 de noviembre

· Chick Corea & Touchstone
Centro Cultural de la Villa – Sala Guirau / 35 €
Sábado 5 de noviembre

· Joe Zawinul & WDR Big Band Köln
Centro Cultural de la Villa – Sala Guirau / 35 €
Domingo 6 de noviembre

· Roy Haynes Quartet
Centro Cultural de la Villa – Sala Guirau / 20 €
Martes 8 de noviembre

· The Missing Stompers
Pres. Fernando Argenta
Centro Cultural de la Villa – Sala Guirau / 6 €
Miércoles 9 de noviembre - 17 horas

· Chucho Valdés & Michel Legrand
Auditorio Nacional / 20 a 35 €
Miércoles 9 de noviembre

· Ximo Tebar & Fourlights
· Joshua Redman Elastic Band

Jueves 10 de noviembre / 20 €

· Diego Amador Trío Piano Jondo
Centro Cultural de la Villa – Sala Guirau / 20 €
Viernes 11 de noviembre

· Enrico Pieranunzi & Marc JONSON Trasnoche
· Niño Josele A Bill Evans con Marc Johnson, Horacio El Negro
Centro Cultural de la Villa – Sala Guirau / 20 €
Sábado 12 de noviembre

· Rosa Passos
Centro Cultural de la Villa – Sala Guirau / 20 €
Domingo 13 de noviembre

· Maria Schneider Jazz Orchestra
Centro Cultural de la Villa – Sala Guirau / 20 €
Martes 15 de noviembre

· Baldo Martínez Gran Ensemble, Proyecto Miño
Centro Cultural de la Villa – Sala Guirau / 15 €
Miércoles 16 de noviembre

· Gianluigi Trovesi - Gianni Coscia
· Charles LLoyd Trío featuring Zakir Hussain & Eric Harland

Centro Cultural de la Villa – Sala Guirau / 20 €
Viernes 18 de noviembre

· II Muestra de grupos Jóvenes de la AMMEN
Centro Cultural de la Villa – Sala Guirau / Entrada gratuita
Sábado 19 de noviembre – 19 horas

· Lactomía: Los Niños de Candeal
12 horas - Concierto Infantil
Centro Cultural de la Villa – Sala Guirau / 6 €
Domingo 20 de noviembre

· Son de la frontera
Centro Cultural de la Villa – Sala Guirau / 20 €
Domingo 20 de noviembre

· Luciana Souza & Romero Lubambo
· Omar Faruk Tekbilek Ensemble
Centro Cultural de la Villa – Sala Guirau / 25 €
Miércoles 23 de noviembre

· Sedajazz Latin Ensemble
· Iré Habana con José María Vitier y Jorge Perugorría

Centro Cultural de la Villa – Sala Guirau / 15 €
Jueves 24 de noviembre

· Bob Sands Big Band & Laïka Fatien
Centro Cultural de la Villa – Sala Guirau / 15 €
Viernes 25 de noviembre

· Pedro Ruy Blas & Horacio Icasto
· Joachim Khün & Rabih Abou-Khalilhl Trío
Centro Cultural de la Villa – Sala Guirau / 20 €
Sábado 26 de noviembre

· Guillermo Mc Gill & Dave Liebman Band
Centro Cultural de la Villa – Sala Guirau / 15 €
Domingo 27 de noviembre

· Raynald Colom Quinteto
· Gilad Aztmon & The Orient House Ensemble

Centro Cultural de la Villa – Sala Guirau / 15 €
Martes 29 de noviembre

Para Juan Pablo Torres
· Habana Report con Ernán López Nussa, Tata Güines, Changuito y Pancho Terry
· Joshua Edelman Quinteto con Steve Turré
Centro Cultural de la Villa – Sala Guirau / 20 €
Miércoles 30 de noviembre

· Toumani Diabate & Symmetric Orchestra
Centro Cultural de la Villa – Sala Guirau / 20 €
Jueves 1 de diciembre

JAZZ Y CINE
(Proyecciones en formato DVD)

El festival de Jazz de Madrid presenta una ambiciosa muestra de cine y música , doce largometrajes de grandes directores donde el blues , el jazz , el soul , los ritmos latinos y el hip hop vertebran las narraciones cinematograficas.

Directores como Clint Eastwood, Wim Wenders, John Cassavetes , Jim Jarmush o Martin Scorssese compartiendo espacio con músicos como Charles Mingus, James Brown , BB King , Paquito D' Rivera , Salif Keita, Muddy Waters J. B. Lenoir o Eric Clapton. Todo un lujo para los sentidos.

Centro Cultural de la Villa
Plaza Colon, s/n 28001 - Madrid
Tel. 91 480 03 00 fax: 91 480 03 03

Jazz, Soul, Blues y HipHop como bases de un cine independiente y de calidad .
El festival de Jazz de Madrid presenta una serie de películas donde la música y el cine se mezclan para crear cuatro obras imprescindibles.

Sábado 5 noviembre / Sala II - 18.30 horas
Shadows - John Cassavetes ( 1960 )
Si hubo alguna película emblemática de una nueva dimensión para el cine norteamericano a comienzos de los 60 fue esta. Realizada sin contacto alguno con Sin aliento de Jean-Luc Godard pero igualmente influyente, distante también de las producciones que para entonces encaraba el New American Cinema, Sombras (1959) fue el lanzamiento de una forma alternativa de hacer cine, que a la vez se afirmó como excepcional y se permitió hacer escuela.

Miércoles 9 de noviembre / Sala II - 19.30 horas
Ghost Dog - Jim Jarmush
El cineasta por excelencia del cine independiente americano dirige una película protagonizada por Forrest Whitaker, quien interpreta a un asesino a sueldo que se rige por las reglas de los antiguos samurais japoneses,a ritmo de los dibujos de Betty boop y el hip hop de RZA, conocido también en el mundo de la música como Abbot ó Bobby Digital , el corazón, el alma y el cerebro del super grupo Wu-Tang Clan. En 1973, renovó el aspecto del hiphop con el explosivo álbum Enter the wu-tang: 36 chambers.

Sábado 12 de noviembre / Sala II - 18.30 horas
When were Kings - Leon Gast
Un joven camarógrafo llamado Leon Gast fue enviado a cubrir lo que sería el gran evento musical previo a la pelea del 30 de octubre de 1974, a las cuatro de la tarde, hora local en la ciudad de Kinshasa, Zaire, entre Mohammed Ali, años antes conocido como Cassius Clay, y George Foreman: un concierto liderado por las super-estrellas negras B. B. King y James Brown, entre otras grandes figuras.
Una desafortunada lesion de Foreman hizo que gast se dedecicase a filmar la preparación de ambos contendientes

Sábado 19 de noviembre / Sala II - 18.30 horas
Piano Blues - Clint Eastwood
El director, actor, compositor y pianista Clint Eastwood (Escalofrío en la Noche, Bird, Sin Perdón, Mystic River...) explora una de las pasiones de su vida, el piano blues, utilizando material histórico y difícil de encontrar, junto a entrevistas y actuaciones de leyendas vivas o ya desaparecidas como Ray Charles, Pinetop Perkins y Jay McShann, además de Dave Brubeck y Marcia Ball.

Más información
Además de el 010 del Ayuntamiento (donde tenéis que jugar a la lotería para que os toque un funcionario amable), se supone que la página de información es: http://www.esmadrid.com
Pero a día de hoy, en esa web no saben que existe un Festival de Jazz... Supongo que ya lo pondrán.

No os he copiado la información de los lugares de venta de entradas y demás. Se hacía eterno. Eso es todo, espero que os haya gustado.

Festival de Jazz por entregas

De esto hace muchos años, tantos que yo ni siquiera había nacido, aunque mi padre ya daba sus primeros pasos con los pañales puestos y mi abuela hacía cola para canjear el arroz que le tocaba con su cartilla de racionamiento. En esta época, en el periódico que compraba el abuelo, venía una novela por entregas. De modo que mi tía iba coleccionando los fascículos y, con el tiempo, adornó su estantería con libros de Julio Verne o Edgar Allan Poe que, en la portadita, anunciaban ser obras por entregas del periódico de antaño.

Al Festival de Jazz de Madrid le pasa lo mismo. Viene por entregas. Yo no sé si la culpa es de los organizadores, del gabinete de prensa o de un ente abstracto que se mece entre la burocracia y la incompetencia. El caso es que no hay manera de tener un festival como el que tienen en San Javier, en Vitoria o en San Sebastián.

Los grandes festivales empiezan a organizar el siguiente cuando aún no ha tocado el último músico. Esto suele pasar en todos los grandes acontecimientos. Cuando, de pequeña, iba a las Fallas de Valencia, veía cómo se pensaban las fallas del próximo año antes de que estuviera ardiendo el ninot de turno. Pero en Madrid, sin embargo, hay una manera especial de hacer las cosas. A Gallardón no le interesa el jazz. Gallardón prefiere excavar toda la ciudad y salir en la foto con Joaquín Sabina, que es el paradigma de la decrepitud del ser humano. Cuando ves o escuchas a Sabina, te cuesta recordar al poeta que fue un día. Sólo ves a un demagogo que se echa un pulso con Ramoncín para ver quién de los dos suelta más picheces por la boca.

De modo que en Madrid, a menos de dos semanas de que arranque el festival, aún no hay festival. Sé que parece que les estoy gastando una broma. La misma broma que creí que me gastaba este ayuntamiento cuando me vi, con mi cochecito, metida en un Gran Turismo Obras en mitad de la M30. Pero les aseguro que la M30 parece un videojuego, igual que les prometo que el Festival de Jazz de Madrid viene por entregas.

Además de lo que ya ha comentado amablemente erradizo en el Comment Del Festival de Jazz de Madrid y otros enfados, he descubierto navegando la parte del festival que se celebrará en el Colegio Mayor San Juan Evangelista.

Viernes 28 de octubre
22 horas
Erik Truffaz & Ladyland Quartet, Francia
Erik Truffaz (trompeta) Manu Codjia (guitarra) Michel Benita (contrabajo) Philippe García (batería) y Mounir Troudi (voz)

Domingo 6 de noviembre
19,30 horas
Jon Hassell and Maarifa Street, EE.UU
Jon Hassell (trompeta) Peter Freeman (bajo) Rick Cox (guitarra) Steve Shehan (percusión)

Viernes 11 de noviembre
22 horas
Concierto especial benéfico a los músicos damnificados de la banda The New Orleans All Stars Jazz Band
Mark Braud (trompeta) Lucien Barbarin (trombón) Tom Fischer (clarinete) Steve Pistorious (piano) Walter Payton (bajo) Rob Espino (tuba) Gerald French (batería) Charmaine Neville (cantante)

Domingo 13 de noviembre
19,30 horas
Bill Frisell Band, EE.UU
Bill Frisell (guitarras acústicas y eléctrica) Jerry Scheinman (violín) Greg Leigz (dobro, mandolina y pedal steal guitar)

Sábado 26 de noviembre
22 horas
David Murray & The Gwo-Ka Masters, EE.UU y Guadalupe
David Murry (saxo tenor y clarinete bajo) Jaribu Shahid (contrabajo) Hamid Drake (batería) Hervé Samb (guitarra) Hugh Ragin (trompeta) Klod Kiavue (congas) y Philippe Makaia (vocal)

Domingo 27 de noviembre
19,30 horas
Uri Caine - Bedrock 3, EE.UU
Uri Caine (piano) Zach Danziger (batería y sonidos adicionales) Tim Lefebvre (bajo)

Precio
15 euros por día.

Teóricamente deberían tener más información en: Colegio Mayor Universitario San Juan Evangelista (pero siguiendo con las cosas que parecen una broma de mal gusto, no lo han actualizado en la web. Sin embargo, venden las entradas en El Corte Inglés)

Como esto va por entregas, me despido hasta la siguiente novelita de periódico.

Wallpapers y jazz



Desde hace unos seis o siete meses, cada vez que enciendo mi ordenador, me encuentro con una imagen de Miles Davis. Por casualidad, descubrí un día los wallpapers de jazz que diseña el argentino Juan Carlos Fenu. Ya iba siendo hora de que, aunque sea con retraso, le diera las gracias al argentino. Podría dar muchos motivos, pero encontrarme con un diseño del gran Miles, en lugar del logotipo cansino de windows, ya es más que suficiente.



Para dar las gracias, una puede hacer muchas cosas. Puede dedicar la pista número cinco de tal long play. Puede marcar un número de teléfono. Puede regalar un libro o una entrada de un concierto. Incluso una simple mirada sonriente puede servir. Después de darle muchas vueltas, creo que la mejor forma de darle las gracias es recomendar su obra. Sé que me leéis tres, pero si vosotros tres le habláis a otros tres, y esos tres a otros… Pues, de repente, la genialidad de Fenu será un poco más conocida.



Este es un comentario corto. No tienen sentido las palabras. Además de las imágenes que he seleccionado, os remito a una dirección donde están alojados otros wallpapers de Juan Carlos Fenu. Espero que os gusten. ¡Ah! Se me olvidaba. ¡Muchísimas gracias, Fenu!

Wallpapers de Juan Carlos Fenu

De New York, del Segundo Jazz y de los corazones rotos

Hace un año, Ella estaba preparando su viaje a New York. Había comprado el billete, había reservado una habitación en un hotel de Chinatown y tenía una lista con unos veinte clubs de jazz que le gustaría visitar. Finalmente sólo caerían el Blue Note y el Village Vanguard. Pero eso, Ella aún no lo sabía.

Hace ahora un año, Ella estaba psicótica por no saber cómo decirle a su jefe que necesitaba una semana libre para ir a Manhattan. Entonces, le llamaba a Él, a su móvil del Estado de New York, para que le dijera cosas dulces y, así, recordar por qué valía la pena tanta psicosis.

Unos meses atrás, cuando aún no sabía que iría a New York, se había reencontrado con Él, con el hombre al que había roto el corazón tres años atrás. Quizá porque nunca había cerrado la puerta, quizá porque no había vuelto a sentir el infierno en las entrañas al besar a un hombre, quizá por tantas cosas al mismo tiempo...
Aún hoy lo recuerda como si hubiera pasado ayer. Llevaban tres años sin verse y, en ese tiempo, Él había aprendido a no necesitarla, a cambiar el odio por una indiferencia inventada. Ella, por su parte, se había buscado en otras miradas y se había perdido en otras poyas, coleccionando coitos que no le enseñaron a volar. La primera vez que volvieron a verse, Ella tuvo que disfrazarse de pecadora arrepentida ante un párroco confesor con demasiada prepotencia. ¿Cómo decirle que no se arrepentía de haberle dejado tres años atrás, sino de no haber encontrado a nadie que la supiera masturbar como él lo hacía? ¿Cómo decirle que seguía convencida de que en ese momento tenía que dejarle, pero que no había pasado un solo día sin echarle de menos, no como significante sino como significado? Así que mintió, para volver a encontrarse en su mirada triste, en su boca cálida, en sus manos salvajemente tiernas.

Los dos se habían mentido una promesa de ser amigos, unos buenos amigos. Unos días después le llevó al Segundo Jazz. Mientras el cuarteto tocaba alguna pieza con reminiscencias bop, Ella le contaba la historia del club.

- ¿Sabes? Este lugar nació de un modo muy mágico. El dueño, Segundo, trabajaba en un club de jazz mítico de Madrid. Le encantaba el jazz, era su pasión. Una navidad vino a visitarle el fantasma de Dickens, pero en lugar de enseñarle el futuro, le dio un décimo de lotería premiado. ¿Y qué crees que hizo él?

Él no contestó nada. A Él no le interesaba el jazz y mucho menos la historia de un club de Madrid. Él sólo la miraba, con un embelesamiento producido a medias por un vodka con naranja y la oscuridad del lugar.

- Pues compró este local y montó su propio club de jazz. ¿No te parece precioso? Cualquier otro se hubiera comprado un apartamento en Benidorm. Pero él se compró su rincón jazzístico. No sé, a mí me parece conmovedor. ¿No?

Y, mientras Ella pronunciaba su ¿No?, Él se acercó a su boca y la besó. Ella supo entonces que no era buena idea. Sabía que cuando le rompes el corazón a alguien, éste no olvida nunca y, por lo tanto, algún día devolverá la rotura. Pero, cuando iba a apartarse de sus labios, sintió que algo, entre su ombligo y su pubis, ardía de un modo tan intenso que casi iba a marearse. Sonrió, recordó que no había vuelto a sentir ese calor desde la última vez que le había besado, hacía más de tres años. Así que, aun a sabiendas de que algún día Él le rompería el corazón, continuó aquel beso.

El cuarteto, ante un público más bien reducido, seguía su actuación rememorando temas de Charlie Parker y Dizzy Gillespie. El camarero, seguía trayéndoles vodka con naranja para Él y Brugal con coca cola para Ella.

Al llegar a casa, John Coltrane les esperaba en el cd de su cuarto. Se enterraron entre las sábanas y follaron hasta que, tal vez por el cansancio, tal vez por el olor a sexo, tal vez por el saxo de Coltrane, creyeron que volaban. Mientras Ella encendía su cigarro postcoital, Él le dijo:

- ¿Vendrás a verme a New York?

Algunos meses después de volver de New York, Ella recordó todos sus pensamientos ante aquel primer beso. Él le rompió el corazón traicionando sus férreos principios, mintiéndole excusas de un hombre demasiado simple y sin la creatividad suficiente para inventar un buen pretexto.
Hace un año preparaba su viaje a New York. Hoy, sin ningún dolor ya en las entrañas, Ella sigue encontrando preciosa la historia del Segundo Jazz, Él seguirá viviendo en el cuerpo de un hombre simple que no disfruta con el jazz y John Coltrane aún es un acompañamiento perfecto para las noches de sexo y onanismo.

Del Festival de Jazz de Madrid y otros enfados

En la vida hay ocasiones en las que una tiene que aprovecharse de los papeles que fue almacenando en su curriculum vitae. Quizá no le sirvieron de mucho, ni le enseñaron demasiado al margen de lo que, por cuenta propia, fue sumando a su cabeza. Pero, de tanto en cuando, una coge un teléfono y dice: “Hola, mi nombre es Olvido, dirijo tal revista y necesito información acerca de…”

Hoy ha sido uno de esos días. En Madrid, aunque casi nadie lo sabe porque no se publicitan nunca, existe un Festival de Jazz. Entre el 2 y el 30 de noviembre se celebra la XXII Edición y, aunque Google suele ser una buena fuente documental – según me dijo una vez un jefe un poco más ineficaz que tonto – no recogía mucho acerca de tal evento. En una página recogían un número de teléfono donde comprar entradas y abonos, pero el teleoperador de turno (con todos mis respetos a los teleoperadores, pues yo misma he trabajado en atención telefónica durante mi época universitaria) me dijo que no tenían constancia.

Así que una resopla, para no estallar en un grito que aúne enfado e impotencia. Y, al poco tiempo, como si de un cartoon se tratara, se enciende la bombillita y suena un “clin”. Después de este sonido y esta bombilla, coger el teléfono, buscar el número del Centro Cultural de la Villa (lugar al que remite Google) y hablar con Prensa es todo cuestión de segundos.

Aunque pueda sonar a broma de mal gusto, (muchos preferirán llamarlo "incompetencia" y es que, aunque nos joda, en España tenemos una forma muy peculiar de trabajar) a día de hoy (falta apenas un mes para el festival) no tienen un programa cerrado. Sí saben que va a haber un ciclo de “cine y jazz”, lo que hace que empiece a contar los días con esa ansiedad nerviosa casi infantil. La misma intranquilidad de una primera cita, la misma de un viaje próximo, de un concierto que esperas con impaciencia… También saben, o creen saber, que vendrá Chick Corea. Corea puede gustar más o menos, pero su importancia en el libro de la historia del jazz es innegable.

Chick Corea & Touchstone estuvieron este verano en Vitoria


No me han podido decir nada más, pero me han prometido enviarme toda la información (y puede que algún Abono – a veces una tiene que aprovechar su faceta laboral – para que cubra el Festival)

De este modo, el enfado unido a la impotencia ha ido evolucionando, a lo largo del día y de las llamadas telefónicas, hacia una ansiedad alegre. Poco más me queda por decir, salvo que publicaré el programa del XXII Festival de Jazz de Madrid en cuanto esté confirmado.

Michael Bublé


A Michael Bublé le comparan con Frank Sinatra, la voz. Sin duda, es una estrategia de marketing para llegar a un mercado que nunca ha comprado un disco de Miles Davis ni de Charlie Parker.
En su día, también Frank Sinatra fue un producto de marketing, tan cerca del jazz como Soffia Coppola del cine independiente o underground.
Hay gente que dice que le gusta el jazz porque le gusta Frank Sinatra o Dean Martin, que es lo mismo que decir que te gusta la literatura (voy a seguir "haciendo amigos") porque te gustó el Código Da Vinci o la última diarrea-Planeta de Lucía Etxebarría. Esto lo saben muy bien los chicos de Warner (casa discográfica de Bublé) y por eso han apodado a su chico El nuevo Sinatra. Sin embargo, Michael Bublé no es Sinatra. Lejos de parecerme un buen halago para el canadiense, a mí, de entrada, me echa para atrás. Pero hay que vender discos y, si les funciona el calificativo, adelante.
Warner sabe que Bublé hay que vendérselo a las mari-pepis (aunque podríamos usar el término umbraliano “tontilocas”) porque los puristas del jazz no van a hacerlo. Los puristas (los puristas tontos, me refiero) sólo escuchan jazz clásico, minoritario y poco conocido. Si un músico de jazz consigue un Grammy o sale en los Top Ten, dirán raudos y veloces que eso no es jazz. Lo curioso es que si lo defendieron en los comienzos, dirán que se ha vendido. Son así, les gusta ser “malditos”, escuchar música que no salga en los 40 (no sé qué va a pasar cuando se enteren de que los Principales han reseñado la reedición de los discos de Miles Davis en Columbia)
Esto ya nos pasó con Diana Krall, que tiene los ovarios suficientes como para versionar al increíble Tom Waits y que hasta sale en “Anything else” de Woody Allen.
Nos pasó con Norah Jones, estamos en proceso de que ocurra con Jamie Cullum (este verano, las élites de los festivales han aplaudido su rebeldía, pero en cuanto lo pongan en Kiss FM – que lo pondrán – lo van a lapidar en la vía pública)
A mí, sin embargo, me gusta que el jazz se cuele en las parrillas de las emisoras. En primer lugar, porque eso hace que se sigan editando discos y grabando músicos nuevos. En segundo lugar, porque me da esperanza. Sé que muchas tontilocas comprarán el disco de Bublé porque, como Sinatra, es guapo y canta bien. “Muy melódico y romántico, nena” – que le dirá la tontiloca1 a la mari-pepi2 mientras compran ropa en Zara.
Pero, si sirve para que un 0’001 por ciento de los compradores, pasen de Bublé a Diana Krall, de Krall a Tom Waits, de Waits a Louis Armstrong, de éste a Charlie Parker y de Bird a Art Pepper… ¡Joder! En ese caso, habrá valido la pena el pseudo-halago de El nuevo Sinatra.
Yo, por mi parte, voy a comprar esta tarde un par de entradas para ir a verle el 13 de diciembre. Mi amigo Aarón, que se deja torturar por mis adicciones jazzísticas (en el Segundo Jazz, en un directo de Gary Burton y hasta en un concierto en un castillo perdido de un pueblo vallisoletano) estará a mi lado, mientras unas tontilocas cincuentonas comentan que Bublé es tan guapo como Sinatra, aunque no tanto como Dean Martin.

De tesoros y hallazgos


Todos tenemos un pirata viviendo dentro de nosotros. Como en los grandes cuentos de nuestra infancia, todos hemos sido alguna vez un aventurero en busca del tesoro, normalmente, con un mapa en la mano. Cuando al tesoro lo llamamos cultura, independientemente de que vaya disfrazada de libro, de película, de disco o de multitud de formas más, el mapa nos lo ha dibujado un amigo, un profesor, un individuo al que respetamos intelectualmente... Así, seguimos las indicaciones, vamos a la tienda de turno y nos hacemos con ese pequeño cofre de monedas de oro.

Pero hay otro tipo de descubrimientos. Los que hacemos por casualidad, los que encontramos cuando, en realidad, buscábamos otra cosa o, directamente, nada en concreto. Es decir, estos tesoros nos encuentran a nosotros, y no al contrario. Y esos tesoros, amigos míos, son los que de verdad te producen una sensación entre el éxtasis y la sobredosis de adrenalina. A lo mejor sólo me pasa a mí, pero cuando he encontrado algo así, he tenido que apretar la mandíbula muy fuerte para no gritar consignas entre la locura y la alegría infantil.

Mis recuerdos están llenos de estas anécdotas. Una vez, en una superficie comercial (donde cultura es sólo una mercancía silenciosa y no demasiado rentable) encontré unos cuantos cds de Verve Records, colocados en la sección de Músicas del Mundo, compartiendo estante con Los Panchos y Paquita la del Barrio, a un precio que rozaba lo ridículo. No sé si el más caro de ellos costaba 4,50 €. Así que rebusqué para llevármelos todos, disimulando el hallazgo, no fuera a venir alguien a robármelos o, aún peor, el encargado se diera cuenta de la barbaridad cometida y me cuadriplicara el precio. Una vez fuera de la tienda, con mi nuevo patrimonio, me permití el lujo de sonreír de forma descarada, sintiéndome una pequeña gran heroína por haber estafado al gigante. Sin embargo, no creo que nadie fuera capaz de interpretar aquel desafío que era mi sonrisa.

Todos hemos encontrado alguna vez un libro excelente compartiendo la fila de "A 100 pesetas" en un puesto polvoriento del Rastro. Todos nos hemos comprado una película maravillosa aprovechando una oferta que aún no nos explicamos. Y todos hemos conocido a un autor por pura chiripa, porque de pronto algo nos ha llamado la atención y, al llegar a casa y descubrirle más íntimamente, hemos reprimido ese grito de felicidad en estado puro.

La última vez que me pasó algo así fue en agosto. Yo estaba con mi mejor amigo (diría más, mi hermano, mi cómplice, mi artista,...) en una librería de Valladolid. Él andaba rebuscando en la estantería dedicada a la Tragedia Griega, releyendo contraportadas de filósofos existencialistas y deseando encontrar el libro que le hiciera pensar "Yo hubiera querido escribir esto". Al otro lado de la librería, frente al estante de Cine, se encontraba la que escribe, en pleno ataque de histeria por una Tesis Doctoral que me está costando la misma vida. En el mueble contiguo, se apilaban revistas y periódicos. Mis ojos, que a veces deciden por sí mismos sin hacer mucho caso a lo que quiere la dueña, se negaron a leer los títulos "Estética en el cine" o "Cómo convertir un buen guión en un guión excelente". Así que, cual madre paciente con sus niños pequeños e insoportables, decidí hacerles caso. Allí estaban, justo enfrente de mi mirada. Unos cuantos números de una revista llamada "Cuadernos de Jazz". En la portada del número de Julio/Agosto de 2005 destacaban un artículo llamado "El jazz según Jean-Paul Sartre". Una, que no está acostumbrada a encontrar productos así en suelo patrio, sonrió, como aquella vez con los cds de la Verve Records. Cogí un par de ejemplares, se los pagué al librero y salí de allí con la sensación de haber encontrado un baúl lleno de monedas de oro.

Declaración de amor y duelo a New Orleans

El amor cabe dentro de cosas muy pequeñas. El amor cabe, a veces, en una fotografía colgada de la pared en la habitación de un universitario. También cabe en un sms de dos palabras (“te quiero”, incluso “TQ” en su versión más ahorrativa y zafia)
El amor puede encerrarse en un regalo que nos hizo el ser amado/amante.
Una declaración de amor puede venir envasada en una flor, comprada a una china de Lavapiés, o grabada en una alianza. También puede vivir en un blog o en una carta manuscrita.


Llevo varios días queriendo escribirle una declaración de amor a New Orleans, pero el miedo a no encontrar las palabras precisas me ha hecho posponerlo una y otra vez. Pero ya han pasado muchos días, los mismos que llevo queriendo enfrentarme a insultar adecuadamente a Katrina.
Tras el huracán, la humanidad entera - porque esto afecta a todo el mundo y no sólo a Estados Unidos ni muchísimo menos en exclusiva al Estado de Louisiana - se enfrenta a la pérdida de un número aún desconocido de personas, que hoy son cadáveres en descomposición a la espera de que alguien los encuentre y les de una sepultura más o menos digna.
Pero la humanidad se enfrenta a otra pérdida: la cultural.

El jazz que, entre otras muchas cosas, es la primera forma de arte norteamericana, no nació en New Orleans por casualidad. La convivencia multicultural de franceses, españoles, antiguos esclavos… hizo posible que un tal Buddy Bolden se hiciera famoso en 1905 con una banda que tocaba los primeros acordes de jazz. Esta música, que nace en un marco de burdeles y casas de juego de la ciudad de Louisiana, se propagó por el resto del mundo gracias a los músicos de New Orleans que llevaron el jazz a Chicago, a New York, a Europa… Eran Louis Armstrong, King Oliver, Sydney Bechet, Jelly Roll Morton…

La desgracia del Katrina no sólo deja unos cuantos cadáveres bajo las aguas, ni la constatación de la perversa condición humana personificada en los saqueadores. Deja también la pérdida de unos bienes culturales que nunca más volverán a ser nuestros.
Parece que la mayoría de historiadores y teóricos del jazz están de acuerdo en afirmar que esta música surgió cerca del barrio francés del distrito de Treme. Seguro que muchos ya sabeis a qué lugar me refiero: el ruidoso sector de Storyville, repleto de burdeles, casas de juego, bares... Acabada la guerra civil, los que antes habían sido esclavos, llegaron a la ciudad con su nueva libertad a cuestas y se asentaron en este distrito.
Pues bien, toda el área de Treme ha quedado borrada por el agua. Clubs, documentos, el Parque Louis Armstrong,… han quedado sepultados.


Todos los amantes del jazz guardamos hoy un doble duelo. El primero de ellos, lo sentimos en nuestra calidad de seres humanos. Sentimos dolor por los cuerpos inertes que Katrina ha enterrado entre agua y basura. También alcanza nuestro pésame a los que se han salvado, a los que tendrán que vivir habiendo perdido sus casas, sus recuerdos, sus fotografías… y acaso un padre, un hijo o un amigo.
El segundo de nuestros duelos afecta a nuestros propios sueños, porque todos quisimos ir alguna vez a las calles de New Orleans. Todos soñamos con una actuación de Wynton Marsalis en cualquier club de la ciudad. Todos imaginamos la comida criolla y una tienda de long plays de segunda mano. Pero nuestros sueños también se han ahogado bajo la crueldad del Katrina.

Una no puede menos que sentirse impotente por no saber decir ese “lo siento”, ese “estoy contigo”, ese “te quiero, New Orleans”…
Una declaración de amor puede caber en sitios muy pequeños y, sin embargo, me siento incapaz de elaborar aquella que se merece la ciudad que un día fue el cordón umbilical del jazz.

El porqué de este blog

Deben de haber pasado siete u ocho años. Yo vivía en otra ciudad, inmersa en otras inquietudes, en otros sueños, en otras noches.
Recuerdo, sin embargo, aquel momento como si hubiera ocurrido ayer mismo. Pasé por delante de un kiosko donde tenían colgada una colección de Jazz de la Verve Records. Por aquel entonces, yo no sabía lo que era el Jazz (o al menos tenía una idea demasiado difusa) y muchísimo menos lo que era la Verve. A día de hoy, sigo sin tener demasiada idea, pero se ha convertido en una adicción, en un motor, en la amante perfecta...
Recuerdo que me paré delante de aquellos tres cds, Side By Side de Duke Ellington & Johnny Hodges, Ella And Louis Again de Ella Fitzgerald & Louis Armstrong y Buddy DeFranco and Oscar Peterson Play George Gershwin.
No recuerdo el precio. Pudieron ser mil pesetas. Era el primer número de una colección que no llegué a hacer.
Cogí el disco de Ella Fitzgerald y Louis Armstrong (digan lo que digan, al Jazz se llega a través de los cantantes) y lo escuché una y otra vez hasta casi hacerlo trizas. En cambio, los otros dos, se quedaron cogiendo polvo en una estantería abandonada.
Con el tiempo, llegaron otros discos. Getz/Gilberto de Stan Getz & Joao Gilberto. Milestones de Miles Davis, Charlie Parker At Storyville... y poco a poco, el Jazz empezó a colarse en mi vida. Cogí los discos cantados y los coloqué donde antes habían estado los instrumentales, para darles el protagonismo a estos en los que ninguna voz tapaba el sonido de un buen solo de trompeta o de saxo.
Una vez en Madrid, me perdí en El Segundo Jazz, me emocioné en el Populart y me indigné con el Calle 54. Fui a Nueva York con la ilusión de conocer el mítico Blue Note. Y sigo ahí, deseando encontrar un motivo para volver a Nueva York.
Con este blog sólo quiero expresar en voz alta mi amor por el Jazz. Como leí en la dedicatoria de un libro, "devolverle al Jazz lo que él lleva dándome desde que tenía 16 años".
Discos, películas, vidas, anécdotas, clubs, festivales, revistas,... Todo lo que en algún momento me haga morderme los labios para no gritar "JASS IT UP, BOYS!"